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Mi jefe frío es mi fan secreto
Mi jefe frío es mi fan secreto
ผู้แต่ง: Liora Z

Capítulo 1

ผู้เขียน: Liora Z
Mierda, mierda, ¡mierda! No podía ser verdad. No había forma de que mi maldito jefe fuera mi maldito suscriptor VIP.

Luego de que mi teléfono marcara su número por accidente, el celular privado de Don Cassius comenzó a vibrar sobre la mesa de conferencias.

La sala de reuniones quedó en un silencio sepulcral.

Contuve la respiración mientras sentía las palmas de las manos empapadas en sudor frío. Hacía apenas diez segundos había presionado el botón de videollamada para el contacto que tenía guardado como: 1.85 m, dinero fácil, abdominales marcados.

Ese maldito contacto era el mismísimo hombre sentado en la cabecera de la mesa de conferencias. El mismo infeliz que, hacía solo unos minutos, había destrozado mi pintura en cinco pedazos frente a todos.

Ni en mis sueños más húmedos me habría imaginado que aquel hombre tan sumiso, que lloraba por su «ama» en internet y me transfería millones sin pestañear, era en realidad el padrino de la mafia más temido de la ciudad.

Diez minutos atrás, había tocado mi lienzo y se había burlado en mi cara:

—Aria, ¿de verdad este es tu quinto borrador? ¿Acaso te golpeaste la cabeza cinco veces antes de pintarlo?

Estuve a nada de soltarme a llorar ahí mismo. Mi familia estaba ahogada en deudas millonarias y mi única salida era restaurar estos cuadros antiguos; y él, como mi jefe, tenía mi vida entera en sus manos.

Pero ahora... si contestaba esa videollamada y me veía la cara, todo cambiaría por completo, ¿cierto? Ya no tendría que vivir con el miedo constante a que rechazara mis borradores. Las deudas de mi familia quedarían saldadas de un golpe y la pesadilla de que me obligaran a un matrimonio arreglado por fin se terminaría. O al menos eso quería creer en medio del pánico.

Me quedé mirando fijamente su celular sobre la mesa. El corazón me latía tan fuerte que sentía que me dolían las costillas.

Contesta. Vamos, contesta...

La pantalla se iluminó.

Y de pronto, rechazó la llamada.

Un segundo después, el que vibró en mi mano fue mi propio teléfono.

«Ama, estoy en una reunión. No puedo quitarme los pantalones. Pórtate bien. Por favor, no te enfades. Te enviaré dinero y me pondré en contacto contigo más tarde. Te quiero».

En ese mismísimo instante, me llegó una notificación del banco: una transferencia por 50,000 dólares.

Me quedé con la boca abierta. La tentación fue más fuerte que yo y no pude evitar que las comisuras de mis labios se curvaran en una sonrisa.

Eso hasta que una voz fría e irritante me devolvió a la realidad a puñetazos:

—Aria.

Levanté la cabeza de golpe y mi mirada chocó directo con sus ojos grises y opacos.

—¿De qué carajo te estás riendo?

De pronto, tenía a una docena de tipos en traje mirándome como si fuera carne fresca sobre la mesa.

—Yo...

Cassius se puso de pie. Con su metro ochenta y cinco y un traje que costaba más que mi alquiler anual, la sombra que proyectaba sobre mí era aplastante.

—¿Me escuchaste?

—Sí... lo escuché.

—¿Entonces de qué te ríes? —Dio un paso hacia mí, sofocante—. Llevo diez años en este negocio y nunca había visto a una restauradora tan incompetente como tú.

Mis labios empezaron a temblar.

—Eres un desastre con la combinación de colores; tu pincelada parece hecha por un niño de kínder. ¿Y pretendes que crea que esto es un buen borrador?

Se acercó aún más, apoyando una mano sobre la mesa.

—¿Cuánto vale este cuadro? —Como me quedé en silencio, él mismo respondió, cortante—: Veinte millones. ¿A cuánto asciende la deuda de tus padres? ¿Y los intereses? No te alcanza ni para empezar.

Sentí que el piso se me abría bajo los pies.

—Cinco oportunidades —susurró con una voz demasiado baja y peligrosa—. Me vuelves a mostrar esta basura y tu próximo destino será un ring de peleas clandestinas. Con tu contextura, ¿cuánto crees que durarías? ¿Tres minutos? Ni siquiera alcanzaría para pagarte la urna con lo que te ganes.

Sabía que no estaba jugando. El mes pasado mandó a ese mismo lugar a un restaurador mediocre, y el tipo regresó envuelto en vendas ensangrentadas. Las lágrimas amenazaron con salir.

—Jefe, yo... —mi voz temblaba descontrolada—. Mi novio me acaba de enviar un mensaje, lo siento...

—Cállate —me interrumpió con brusquedad—. ¿A quién carajos le importa tu maldito novio?

Me apuntó a la cabeza con el índice de forma tan rígida que sentí como si me estuviera apoyando el cañón de una pistola entre los ojos.

—Pagué un dineral por ti en esa subasta. Vuelve a salirme con esta mierda y te voy a mostrar cómo hace negocios la familia Falcone.

Alguien en la habitación soltó una risa burlesca. Me hundí en mi lugar mientras las lágrimas me rodaban una a una por las mejillas. Y ahí, en mi mano, la pantalla del celular seguía iluminada con la notificación del dinero.

El mismo hombre que en el chat me rogaba llorando que no lo abandonara, era el mismísimo tirano mafioso que tenía enfrente, dispuesto a destrozarme la vida. La mismísima persona.

Me clavé las uñas en las palmas de las manos. No llores, Aria, contrólate. No dejes que note el poder que tiene sobre ti.

Porque ahora lo tenía clarísimo: si Cassius descubría que yo era su "ama" —la misma que lo hacía arrodillarse por chat y llamarse a sí mismo su perro—, no se resolvería ninguno de mis problemas. Lo único que quedaría resuelto sería mi propia muerte. Ni se molestaría en comprarme una urna; me enterraría viva.

—¿Me escuchaste? —repitió, con una voz que me oprimió el pecho.

Tragué saliva con muchísima dificultad y logré articular las últimas palabras:

—Entendido. No volverá a pasar.

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