LOGINBianca y yo compartimos los mismos gustos. El problema es que ella codicia a cada hombre que entra en mi vida. Asegura que soy una ingenua, que no entiendo cómo funciona la mente de los poderosos. Disfraza su veneno con la farsa de que solo los «pone a prueba» por mi propio bien. Dice que me protege, pero el juego siempre termina igual: ella en la cama de mi novio. Y luego, el golpe de gracia en la cara: —¿Lo ves? Te lo advertí. No sirves para este mundo. Estos hombres son tiburones, y si no fuera por mí, ya te habrían devorado viva. Me tragué la rabia. Guardé un silencio absoluto. Esta vez, decidí jugar mis cartas en las sombras. Busqué al mismísimo rey del imperio criminal de Nueva York. Cuando ella descubrió mi rastro, mordió el anzuelo de inmediato. Pobre infeliz. No tiene la menor idea de la realidad. Ese capo no es mi trofeo. Es la trampa mortal que preparé para verla caer.
View MoreUna semana después, me reuní con Bianca en el aeropuerto JFK.Vestía un abrigo gris holgado y llevaba el cabello recogido en una coleta sencilla. Sin maquillaje, sin bolso de diseñador. Lucía como cualquier otra estudiante universitaria.—Viviana —me llamó al verme, con la mirada cargada de sentimientos encontrados.Le entregué un sobre.—Un boleto de ida a California. Y cien mil dólares en efectivo.Bianca lo tomó; sus manos temblaban.—¿Por qué? —preguntó con un hilo de voz—. Pensé... Pensé que también ordenarías mi ejecución.—Solo fuiste un peón —la miré fijo a los ojos, con tono sereno—. Matteo se aprovechó de tu ambición. Eso no merece una sentencia de muerte. Tu estupidez estuvo a punto de costarte la vida, pero también me sirvió de ayuda, aunque no fuera tu intención.Bianca bajó la cabeza. Una lágrima rodó por su mejilla.—Yo misma se los envié —articuló con dificultad, rota por el llanto—. Esas personas... Murieron por mi culpa.—Ahora conoces la verdad —declaró mi voz plana—
Medianoche. El penthouse de Matteo en la Quinta Avenida estaba sumido en un silencio sepulcral.Él se encontraba en su despacho, con la mirada fija en la computadora portátil. La pantalla mostraba un aviso: Archivos eliminados de forma permanente.—¡Maldita sea!Descargó un puñetazo sobre el escritorio. El servidor central del laboratorio había sido vulnerado. Los datos clave —la lista de ejecuciones, los expedientes de los voluntarios— se habían esfumado por completo.—Jefe —Marco, su asistente, entró a la habitación con el semblante sombrío—. El jet privado está listo. Despegamos a las seis en punto. Vuelo directo a Brasil.Matteo asintió. Un país sin tratado de extradición era su única vía de escape.—¿Qué hay del laboratorio?—Lo están destruyendo en este preciso momento —aseguró Marco—. Se desharán de todo el equipo. No quedará ni el menor rastro.Matteo exhaló un suspiro de alivio. Sin evidencia, no había caso. Los federales podían venir a olfatear todo lo que quisieran.En cuant
Subí al auto de Nico. El rastro de miedo y tristeza que traía en el rostro se esfumó por completo. Lo único que quedó fue una capa de hielo. Ese demonio de Matteo... Su desprecio por la vida humana era muchísimo peor de lo que llegué a imaginar.Sin embargo, quedaba un último cabo suelto en mi plan: Bianca. La odiaba. Odiaba su codicia, su ambición, su estupidez. Pero ella era mi peón. Su destino me correspondía decidirlo a mí; no iba a permitir que él la desechara como una herramienta rota.Al día siguiente, la encontré en una cafetería del campus. Estaba sentada a solas en una esquina, con un café intacto frente a ella.—Bianca.Alzó la vista. Sus ojos recorrieron el lugar de inmediato, con un destello de pánico.—Viviana —pronunció sin sostener la mirada—. ¿Viniste a burlarte?Me senté frente a ella y bajé la voz.—Aléjate de Matteo. Sus experimentos son peligrosos. Hay gente muerta.Bianca soltó una risa helada, como si hubiera escuchado el mejor chiste de su vida.—¿Todavía andas
—Dejarme rebajar por ese infeliz me revuelve las tripas. Necesito quitarme de encima la peste de sus matones con agua hirviendo.Nico se limpió un hilo de sangre del labio; sus ojos ardían de asco. Me apoyé contra la pared del callejón. Por fin podía dejar caer la máscara.—Las cámaras... ¿Están listas?—Hecho —Nico extrajo un pequeño dispositivo de su bolsillo—. Bianca fue nuestro boleto de entrada. Logré plantar doce microcámaras en la clínica privada del señor Falcone.Deslizó el dedo por la pantalla. La transmisión era nítida. Una suite de absoluto lujo.—Tenemos cada ángulo. Cada «tratamiento». Cada experimento. Lo tenemos todo.Tomé el aparato, revisando los archivos de video. Ahí estaba Matteo, vestido con una bata de laboratorio, inyectando un líquido desconocido a una joven. El gesto en el rostro de la chica reflejaba una agonía pura.—Esos «voluntarios»... ¿Los trajo Bianca?—Sí —la voz de Nico era puro hielo—. Utilizó la red de clínicas de la familia Romano. Buscó a pacient
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