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Capítulo 2

Auteur: Mónica Herrera
—¿Vas a subir o te vas a quedar ahí parada?

Volví en mí.

La mancha de sangre en mis pantalones era enorme y no quería ensuciar el asiento de algún desconocido, así que abrí la puerta del copiloto y me subí.

Kelvin se me quedó mirando.

—Espera.

Me tendió una bolsa de plástico negra.

La tomé, confundida.

—Sabías que te iba a llegar el período y, aun así, no trajiste toallas sanitarias. Zoey, tienes veintiocho años. ¿Podrías, al menos, aprender a cuidarte?

—Pasaste todo el día caminando por el colegio con los pantalones manchados de sangre. Los estudiantes no dejaban de preguntarme si tenías alguna enfermedad grave. Fue vergonzoso.

¿Vergonzoso?

El penetrante olor metálico de la sangre volvió a invadir mis sentidos.

Sí recordé mis toallas sanitarias, pero la nota de Kelvin hizo que no las empacara.

Creí que, por fin, había aprendido a pensar en mí, pero resultó que la persona que tenía en mente era otra.

Abrí la bolsa.

Dentro había un paquete rosa de toallas sanitarias de una marca cualquiera, cubierto de polvo. Era evidente que las compró en alguna tienda de barrio.

—Si de verdad no tenías toallas, podías pedirle una prestada a alguien. En vez de eso, te escondiste en el colegio y no salías. Te esperé una hora. Ve a cambiarte y vuelve. No me ensucies los asientos.

Seguía hablando.

Observé cómo movía los labios y me sentí agotada.

Cerré la bolsa y dije en voz baja:

—No puedo usar esta marca.

Para ser más específica, no podía usar la mayoría de las marcas.

Todas contenían agentes blanqueadores fluorescentes y yo era gravemente alérgica. Incluso en un día normal, el simple contacto me dejaba la piel enrojecida e irritada.

¿Y durante el período? ¿En la parte más sensible de mi cuerpo?

Imposible.

Solo había una marca que podía usar.

Solo una.

De hecho, se lo conté a Kelvin cuando empezamos a salir.

—Kelvin, soy alérgica a los agentes blanqueadores fluorescentes. Esta es la única marca de toallas sanitarias que puedo usar. Si alguna vez la ves en oferta, ¿podrías comprarme algunas?

Sin apartar la vista del juego en su teléfono, se burló.

—Qué complicada eres.

Mi dedo se detuvo sobre la pantalla.

—Olvídalo. Yo misma las compraré. Es un poco complejo y, además, tú no sabes mucho de estas cosas...

Siempre me hablaba así.

A veces, sus palabras llegaban sin previo aviso y me herían. Me quedaba preguntándome qué había hecho mal.

Pero, aparte de eso, siempre me trató bien.

Después de que nos fuimos a vivir juntos, él se encargó de la mayor parte de las tareas de la casa. Además, cocinaba de maravilla y, gracias a él, incluso subí dos kilos.

Nunca me impidió comprar las cosas que me gustaban. Aunque llenara la casa con adornos extraños que no combinaban en absoluto con su estilo, él solo negaba con la cabeza y sonreía con resignación.

—Qué infantil.

Con el tiempo, me convencí de que esa era simplemente su forma de ser. Indiferente a los hábitos de los demás. A veces tenía la lengua muy afilada.

Además, fui yo quien empezó a perseguir a Kelvin.

Así que me aferraba a cada pequeño momento de ternura para aliviar todas las heridas que me dejaban sus palabras.

Lo aguanté por tres años.

Hasta este día.

Ya no podía seguir haciéndolo.

—¿Y por qué no puedes usarla?

Esa pregunta me la hizo diecisiete veces.

Se la expliqué dieciséis.

Pero esa vez no respondí.

Tiré el paquete de toallas sanitarias a un basurero que estaba al lado.

—Ya te dije que no puedo usarlas. Si te preocupan tanto tus preciados asientos, pediré otro vehículo.

Su ceño se frunció aún más.

Después bajó del auto, abrió la puerta del copiloto y me empujó hacia adentro.

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