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Capítulo 3

Author: Ian Sandra
Así que, sinvergüenza como soy, dije: —Pero es que tengo miedo.

Antes sí que lo había tenido, pero ahora estaba actuando.

De reojo, vi que la expresión de Leo se volvía aún más extraña, pero seguía sin apartarme.

Mientras lo abrazaba, le conté lo que me había pasado: —¿No será una broma pesada de alguien? En este mundo no hay fantasmas, yo creo en el materialismo.

Leo comentó con indiferencia: —Ajá, seguro que alguien hizo una broma para asustarte.

—¡Qué maldad! —dije indignada.

Leo esbozó una media sonrisa: —¿Qué hacías fuera?

—Buscaba una llave —respondí con sinceridad—. Oí que en el cuarto de la encargada hay una.

Leo me miró con intención: —Pues ve a buscarla.

Aproveché la ocasión: —Pero tengo miedo de que vuelvan a asustarme. ¿Puedes acompañarme?

Me puse pesada: si no me acompañaba de vuelta, no soltaba su brazo.

Leo no tuvo más remedio que aceptar acompañarme al dormitorio.

En ese momento, miré el reloj: marcaba las 11:56.

De repente recordé lo que me habían dicho: tenía que llegar al dormitorio antes de la medianoche.

Así que agarré a Leo de la mano y eché a correr hacia el edificio de las chicas.

Cuando llegué jadeando, la puerta del edificio estaba abierta.

Miré el reloj: eran las 12:03.

Me llevé la mano al pecho, aliviada: —Menos mal. Seguro que la doña Luisa olvidó cerrar. Hoy tuve suerte.

Entonces me acordé de la llave.

Así que fui a tocar a su puerta y dije con educación: —¡Doña Luisa! Quiero una llave. ¿Tiene usted una llave un poco especial en su habitación?

No noté la sonrisa irónica de Leo a mis espaldas.

Leo dijo con voz suave: —Doña Luisa, ella la quiere. Dele la llave, con que la tire por la puerta basta.

Entonces, la puerta se entreabrió una rendija y una llave roja salió volando.

Atrapé la llave y dije agradecida: —¡Doña Luisa, es usted un sol! ¡Gracias!

¡Cien mil dólares en el bolsillo!

La sorpresa había llegado de repente.

Doña Luisa, desde dentro de su cuarto, se quedó sin palabras.

Lo que no vi fue que ella, que durante el día era tan amable, en ese momento tenía un aspecto completamente distinto: sin cabeza, y la sangre goteaba desde el muñón del cuello.

Me despedí de Leo con la mano y volví a la puerta de mi dormitorio.

Pero por más que llamé, las tres de dentro no querían abrir. Decían que yo era un fantasma, que seguro era un engaño.

—¿Es que no han estudiado? ¿No creen en el materialismo? ¡En este mundo no hay fantasmas de verdad!

Pero ni así abrieron.

Sin más remedio, fui a dormir al dormitorio de enfrente, el 206. Total, estaba vacío.

A la mañana siguiente, cuando salí del 206, las tres se quedaron mirándome como si vieran un fantasma.

—¿Cómo regresaste? ¿Conseguiste la llave?

—No.

Sabía que no debía presumir de mi suerte.

Camila dijo con expresión complicada: —Eres... demasiado afortunada.

Sin prestarles más atención, por lo de anoche decidí que no seguiría viviendo con ellas.

Así que saqué mis cosas del cuarto y me instalé en el 206.

Al día siguiente, fui a clase.

Leo estaba sentado en su sitio, leyendo.

Compré unos snacks y me le acerqué para congraciarme con él: —Leo, ¡buenos días!

A diferencia de otras veces, cuando siempre me ignoraba, esta vez sí levantó la vista para mirarme.

—¿Quieres comer algo?

Con frialdad, respondió: —No.
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