MasukLeila no podía darse por vencida. Simplemente, no podía. Su secreto no se lo permitía.
Al día siguiente de su huida del bar, obligó a sus piernas temblorosas a ponerse en marcha y volvió a salir a las calles. Por suerte para ella, el pánico no la había hecho perder la cabeza: nunca le había dado a Malakai su dirección real ni ningún dato personal. Solo se había registrado con su primer nombre y un apellido inventado. Aun así, el terror de que el tipo apareciera en la puerta de su modesto apartamento para vengarse la perseguía como una sombra. Pero el contraataque nunca llegó. Con el miedo arañándole el estómago, continuó buscando otra oportunidad. Tenía que hacerlo; sus ahorros eran casi inexistentes y, gracias al sucio juicio por el que pasó, Mike la había dejado sin nada. Además, ahora cargaba con una razón de inmenso peso para necesitar dinero, una motivación secreta que la obligaba a aceptar lo que fuera. Después de mucho caminar, dio con un club de caballeros en la zona alta de la ciudad. Aquello no tenía nada que ver con el antro de mala muerte de Malakai. Se notaba a leguas que era un lugar exclusivo, donde se reunían hombres de verdadero poder. El lujo resplandecía en cada rincón de mármol y cristal. Sin darle muchas vueltas, entró y preguntó directamente en la entrada si tenían trabajo para ella. El guardia de seguridad estaba a punto de soltarle un "no" rotundo cuando, de pronto, se presionó el pinganillo del oído. Escuchó un par de segundos, asintió y miró a Leila con desconcierto. —Sí, jefe. Entendido —dijo al aparato. Luego, fijó sus ojos en ella—. Estás de suerte, chica. El jefe quiere contratarte. Leila tragó en seco. Su experiencia con los jefes últimamente era una pesadilla, pero no tenía opción. —¿A quién tengo que ver para la entrevista? —preguntó. —A nadie. Empiezas hoy mismo en la noche, a las ocho. —¿Hoy? —se asombró ella. —Sí. ¿Tienes algún problema con eso? Leila tenía cosas urgentes que dejar amarradas primero en su vida personal, pero lo resolvería sobre la marcha. No podía perder esa oportunidad que garantizaba una paga mensual estable. —No. Aquí estaré. —Bien. Tus compañeros te explicarán todo. Y sin más, esa misma noche comenzó. ___ Una semana transcurrió desde su contratación y, hasta el momento, todo iba bien. El club contaba con una seguridad estricta y, tal como supuso, los clientes eran hombres poderosos y de dinero que cuidaban sus modales en el salón principal. Sin embargo, la realidad de su nueva vida no tardó en aparecer. —Procura no perder este trabajo, Leila. Compórtate. Un movimiento en falso y estarás de vuelta en prisión más rápido de lo que canta un gallo. Rob, el agente judicial encargado de darle seguimiento a su libertad condicional, había ido a supervisarla directamente al club. No era un hombre agradable, pero tenía razón. Leila no podía permitirse el más mínimo problema. —Todo estará en orden —respondió ella, forzando una calma que no sentía. —Eso espero. Te estaré vigilando —sentenció el oficial antes de marcharse. Leila soltó un largo suspiro de alivio, sintiendo cómo una pesada carga abandonaba sus hombros. Desde el incidente en el bar, vivía con el corazón en un puño. No sabía cómo, pero Malakai no había dado señales de vida ni la había delatado a la policía. No sabía si aquello eran buenas o malas noticias, pero, por el momento, le convenía. —¡Ey, prisionera! Lleva esto al reservado dos —le ordenó el bartender, deslizando una bandeja pesada. Leila frunció el ceño. —Se supone que hoy solo me tocaba trabajar en el salón. —Sí, bueno, los planes cambiaron. Muévete, que te están esperando. Sin más remedio, Leila tomó el carrito con las botellas premium, el hielo, los vasos y copas, y comenzó a caminar por el pasillo de las áreas privadas. Estaba a mitad de camino cuando un hombre claramente borracho se interpuso, bloqueándole el paso. Sus ojos, inyectados en alcohol, se clavaron sin pudor en su escote. —¿Necesitas ayuda, nena? —arrastró las palabras con voz tropelosa. —No, gracias. Solo estoy llevando esto —respondió Leila, intentando esquivarlo. —Justo por eso. Te puedo ayudar... y de paso te llevo conmigo. Le pagaré a Frankie para que te alquile por la noche. —¡No estoy a la venta! —dijo ella con total firmeza. —Todas tienen un precio, y estoy a punto de averiguar el tuyo. El hombre se acercó a ella, desnudándola con la mirada. Las náuseas atacaron a Leila; el hedor a alcohol rancio que desprendía era insoportable. —¡Que te apartes! —gritó, empujándolo con fuerza cuando estuvo demasiado cerca. —Las órdenes las doy yo, nena —le respondió él, empujándola de vuelta con brutalidad hasta que la espalda de Leila chocó ruidosamente contra la pared. —Oh, vamos... Estás retrasando mis tragos. —Una voz ajena, profunda y gruesa, interrumpió el forcejeo. De la puerta del reservado número dos salió un hombre enorme, de piel trigueña y facciones afiladas. Su sola presencia irradiaba un peligro imponente. —No te metas en esto, Chris, no es tu problema —le dijo el borracho, tratando de mantener la postura. —Pero sí que lo es. Por tu culpa mis tragos no han llegado, amigo. —No sabía que estabas de regreso en la ciudad —masculló el ebrio, y un destello de temor cruzó por sus ojos al reconocerlo. —Bueno, al parecer sabes quién soy, pero yo no tengo la más puta idea de quién eres tú, así que no te debo explicaciones —soltó Chris con una frialdad cortante—. Suéltala de una vez para que pueda disfrutar de mis tragos tranquilamente. —No eres mi jefe, Chris, así que no, no la soltaré. —Última oportunidad que te doy para marcharte —advierte Chris con excursión de pocos amigos. —He escuchado los rumores, sé que te crees el mejor del mundo, pero te repito, no eres mi jefe y no veo a tus hombres para que se enfrenten por ti, al final eso es lo que haces, dejar que otros hagan tu trabajo sucio. —dijo el borracho y escupió en el suelo, cerca de Chris. Eso fue todo lo que hizo falta. Con un movimiento limpio y devastador, el hombre trigueño le plantó un golpetazo tremendo en la mandíbula al borracho, sacándole sangre del labio al instante. El borracho cayó al suelo, miró con rencor a Leila y, tras mascullar que aquello no se acabaría ahí, se marchó tambaleándose. Chris se giró lentamente y se acercó a ella. —No me hagas daño, por favor —suplicó ella, ahogando un grito mientras se encogía contra la pared. La chica estaba completamente saturada. Sentía que tenía un imán maldito para atraer a hombres asquerosos, estúpidos y problemáticos. Los traumas del pasado amenazaron con desbordarla. —No te voy a hacer daño, así que por favor no te pongas a llorar —dijo Chris, deteniéndose a un metro. Su voz era firme, pero tenía un matiz extrañamente protector—. No soporto ver a una mujer llorando. Leila asintió, tragándose las lágrimas y obligándose a respirar. No lo haría. La cárcel la había quebrado, pero también la había convertido en una mujer mucho más fuerte de lo que era cuando entró. Enderezó la espalda y lo miró con confusión. —¿En serio te metiste en esto solo porque necesitabas tus tragos? —Por supuesto. ¿Por qué más lo haría? —respondió él como si nada, cruzándose de brazos. Leila no sabía qué era, pero había algo en el tal Chris que resultaba atrapante. A pesar de su evidente arrogancia, se sintió extrañamente atraída por su vibra. El tipo desbordaba un magnetismo peligroso, pero seguro. —Pues... por ayudarme. —Ya. El problema es que no soy el caballero de brillante armadura. Más bien todo lo contrario —le lanzó con una media sonrisa altanera. —No puedes estar hablando en serio —le dijo Leila, incrédula ante su soberbia. —Sí lo estoy. Ella se quedó ahí, mirándolo sin saber muy bien qué hacer, asombrada por la altanería que emanaba de él. —Entonces... ¿Vas a venir, o tengo que llevar el carrito de los tragos yo mismo? —preguntó Chris, rompiendo el silencio. Con la mente hecha un caos, la chica tomó la manija del carrito y comenzó a caminar detrás de él. —¿Cuál es tu nombre? —le preguntó él justo antes de entrar. —Leila. —Muy bien, Leila. Espero que me atiendas toda la noche. Tengo una reunión muy importante, así que voy a necesitar que esos tragos no paren. Ella volvió a asentir y entró al reservado. Era la mejor habitación privada de todo el club, decorada con maderas finas y cuero lujoso. Había dos hombres más sentados en los sofás. De inmediato, Leila se concentró en lo suyo y comenzó a preparar las bebidas con manos hábiles. —Somos cuatro. Uno está en el baño —le aclaró Chris, sentándose de manera imponente en el centro del lugar. La chica continuó organizando las copas y el hielo de espaldas a la entrada. Estaba a punto de terminar el primer trago cuando escuchó el sonido de la puerta del baño abrirse, seguido de una voz que conocía tan bien que le congeló la sangre en las venas. —¡¿Leila?! El mundo se detuvo. Sin poder dar crédito a lo que escuchaba, ella se giró lentamente, sintiendo que el aire faltaba en sus pulmones. Sus ojos confirmaron la peor de sus pesadillas. Frente a ella, impecable, altivo y con una expresión de absoluto shock, estaba Mike, su exesposo. El hombre que la había traicionado, que se había apuñalado a sí mismo para culparla y que había destruido su vida para siempre. Estaba allí, compartiendo la mesa con Chris.Leila pasó el resto de sus vacaciones explorando el resort y la isla con Chris.Recorrieron los senderos empedrados que serpenteaban entre la vegetación tropical. Visitaron las calas escondidas donde el agua era tan cristalina que permitía ver el fondo marino sin necesidad de sumergirse, y disfrutaron de cenas tranquilas a la orilla del mar bajo el cielo estrellado. Las horas transcurrieron en una aparente rutina de descanso y complicidad, envueltas en el paisaje idílico de la suite de luna de miel. Sin embargo, bajo la superficie de aquella calma compartida, la sombra de la noche del altercado permanecía suspendida en el aire como una corriente subterránea que ninguno de los dos se atrevía a nombrar.A pesar de sus declaraciones, algo todavía parecía molestar a Chris, una mezcla de tensión e inquietud que estaba fijada en sus ojos y hombros.Leila lo observaba en los momentos de silencio, cuando él creía que no lo miraban. Lo notaba al contemplar el horizonte oceánico desde la cu
Chris subió por su cuerpo con una lentitud deliberada, dejando un rastro de besos húmedos y abiertos por el vientre suave, entre los pechos, por el esternón, hasta llegar a su boca. La besó profundamente, compartiendo su propio sabor salado y dulce, mientras se quitaba la camisa y los pantalones con movimientos apresurados y torpes de pura necesidad. Cuando se acomodó entre sus piernas, su erección gruesa, caliente, pesada y ya brillante en la punta rozó la entrada de Leila, todavía sensible y empapada del orgasmo anterior. Se miraron a los ojos mientras él empujaba hacia adelante con una lentitud deliberada y casi dolorosa, llenándola centímetro a centímetro hasta que estuvo completamente dentro. Ambos gimieron al unísono, el sonido llenando el espacio entre ellos.—Tan perfecta… —gruñó, la frente apoyada contra la de ella, la voz completamente rota de esfuerzo y de deseo—. Cada vez se siente mejor. Más apretada. Más caliente. Más mía. No sé cómo viví tanto tiempo sin esto.Empez
Chris le tomó la mano a Leila y la llevó hacia la cama. El contacto de sus dedos era firme, cálido, pero ella percibía con claridad la distancia emocional que él intentaba disimular tras la propuesta de disfrutar la suite de luna de miel. El murmullo lejano y constante de las olas rompiendo contra los pilotes del bungalow llenaba el espacio con una melodía pausada, y la luz tenue de las lámparas doradas bañaba las sábanas blancas de lino, creando un contraste suave entre la penumbra de la madrugada y los destellos cálidos que se reflejaban en la madera oscura de los muebles. Leila se dejó guiar a través de la estancia en silencio, aunque la certeza de que Chris le escondía algo, esa rigidez repentina cuando mencionó los secretos de su familia, le pesaba en el pecho como una piedra pequeña pero insistente. Aun así, cuando llegaron al borde del colchón monumental, él se detuvo, se giró hacia ella y la miró de verdad por primera vez desde que había cambiado de tema con tanta brusqued
El eco de la invitación formulada por Chris aún resonaba en el ambiente sereno del bungalow, flotando entre los destellos dorados de las luces tenues y la sombra envolvente de la madrugada. Tras la tormenta de violencia, gritos y acusaciones que Leila había presenciado en la terraza del lounge, el cambio de actitud en el rostro de Chris resultaba casi insólito. Mostraba una vulnerabilidad profunda que pocas veces se permitía exteriorizar frente a los demás. Leila lo observó fijamente desde el centro de la sala, estudiando cada detalle de su rostro cansado: la curva tensa de sus cejas, la huella leve del golpe en su piel y esa incertidumbre casi infantil con la que aguardaba su respuesta. Entender que aquel hombre imponente temía ser rechazado ablandó de inmediato la rigidez en el pecho de la joven, reemplazando la desconfianza acumulada por una calidez profunda que le llenó la mirada.—Me encantaría conocer a tu madre.Los labios de Chris se curvaron en una sonrisa hermosa e impre
El trayecto de regreso desde la terraza del lounge hasta la villa privada se sintió denso, suspendido en una calma chicha que presagiaba más tormentas que alivio. Las luces tenues del sendero iluminaban de forma intermitente el camino de madera y piedra, proyectando sus figuras alargadas sobre el césped húmedo por la brisa nocturna. Caminaban a escasa distancia el uno del otro, rodeados únicamente por el choque rítmico de las olas contra la costa y el murmullo lejano del viento entre las copas de las palmeras. Sin embargo, el silencio entre ambos no era un vacío pacífico. Estaba cargado con la vibración sorda de las confesiones a medias, las miradas esquivas y el eco de los puñetazos aún resonando en la atmósfera.Leila mantenía los brazos cruzados a la altura del pecho, intentando aplacar el temblor latente que le recorría los antebrazos. La adrenalina de haber presenciado el brutal enfrentamiento entre Chris y Eli comenzaba a disiparse, dejando en su lugar un agotamiento pesado
Leila apretó los dientes, sintiendo una punzada de mareo ante la magnitud de los secretos que comenzaban a salir a la luz en aquella plataforma solitaria. Pero estaba claro que amaban a Nixie y su muerte todavía les estaba haciendo daño. Era una herida sangrante, profunda y abierta que el paso del tiempo no había logrado cicatrizar en lo más mínimo, una tragedia no resuelta que continuaba dictando y arruinando sus destinos, arrastrándolos a ambos a una espiral de autodestrucción inevitable.Un sentimiento amargo de culpa comenzó a instalarse en el pecho de Leila, volviéndose más pesado que el propio pavor de la pelea. Recordó la forma en que había abandonado la suite a oscuras, impulsada por las sospechas y la desconfianza que se le habían metido bajo la piel al ver a Chris salir de madrugada. Había pensado en infidelidades, en mentiras románticas y en secretos sucios de pareja, guiada por un egoísmo ciego que ahora la avergonzaba profundamente en medio de aquel escenario.“Este e







