تسجيل الدخولEl aire en el reservado número dos se volvió denso. Las manos de Leila comenzaron a temblar de manera violenta.
Mike la miraba con los ojos desorbitados, fijos en ella como si estuviera viendo a un fantasma. El color había desaparecido por completo de su rostro, dejándolo pálido. Para él, Leila era una exconvicta destruida tras cumplir su condena, no una mujer que se erguía con dignidad en el club más exclusivo de la ciudad. Chris estudió a ambos con detenimiento, y las comisuras de su boca se elevaron. No tenía que ser adivino para saber que entre ellos había algo, así que decidió comprobar su teoría. —Leila, sírvele el trago al Doc. —dijo Chris, rompiendo el espeso silencio. Su tono era aparentemente casual, pero sus ojos oscuros observaron cómo ella se congelaba ante la presencia del recién llegado. Leila intentó con todas sus fuerzas actuar como una empleada profesional, ignorar los latidos desbocados de su corazón y servir los vasos. Pero el cuerpo no le respondió. Tenía enfrente al monstruo que había arruinado su vida para siempre, al que se había clavado un cuchillo a sí mismo con tal de verla tras las rejas y arrebatarle su dignidad. —¿Leila? El doctor tiene sed, sirve algo para él —volvió a decir Chris. Esta vez, su voz no arrastraba la pereza de antes, poseía un tono mucho más autoritario. El orgullo y la furia que Leila había cultivado durante cinco años de encierro, soportando el frío de una celda y el desprecio del mundo, se agolparon en su garganta. Ya no era la esposa sumisa que se callaba para mantener las apariencias. —Preferiría envenenarlo, gracias —dijo Leila finalmente, su voz sonando como el eco de un cristal rompiéndose. La declaración cayó como una bomba en la mesa. Mike se tensó de inmediato, enderezando la espalda con rigidez, mientras que la comisura de los labios de Chris se elevó en una sonrisa cargada de pura intriga. Iba por bien camino. —No sabía que ustedes dos ya se conocían, Doc —soltó Chris, recostándose en el sofá de cuero con una calma que demostraba un control absoluto de la situación. Su mirada gélida se clavó en el médico—. Apuesto a que ustedes deben haber tenido sexo antes. ¿Tengo razón? Frente a todos, el rostro de Mike pasó de la palidez al rojo vivo. La vulgaridad directa de Chris lo había descolocado por completo. —No creo que hablar de eso sea relevante para nuestra reunión, señor Laurie —habló Mike. —Si vamos a trabajar juntos, quiero saber todo sobre mis posibles socios comerciales —sentenció Chris, inclinándose ligeramente hacia adelante. El aura de peligro que emanaba de él aumentó, presionando el ambiente—. Tengo que sacar las manzanas podridas, ¿sabe? Leila contuvo el aliento. Una chispa de desconcierto la recorrió de arriba abajo. ¿Por qué siento que se está metiendo con Mike? ¿Tal vez no son amigos?, pensó, analizando la sutil hostilidad que flotaba en las palabras de Chris. No era la actitud de un aliado; era la de un depredador acorralando a su presa. —Y bien, Leila. Háblame tú, ya que parece que nuestro querido doctor no quiere dar su brazo a torcer —continuó Chris, ignorando la protesta del médico y fijando sus ojos oscuros directamente en ella. Leila se lo pensó por un segundo. Dado todo lo que Mike le había hecho, dejarlo en evidencia, destruir su fachada de hombre respetable e impecable frente a un inversor poderoso como Chris Laurie, era lo mínimo que ella podía hacer para empezar a cobrarse la deuda. Desenvainó sus palabras con una frialdad que sorprendió a los presentes. —Las promesas y la lealtad no significan nada para él. Es el tipo de hombre que te atacará por la espalda cuando estés en tu punto más bajo, el que te destruirá con una sonrisa si con eso logra salvar su propio pellejo. —Dice una exconvicta —escupió Mike, perdiendo los papeles. La fachada de caballero se le agrietó por completo y sus ojos brillaron con el mismo odio asqueroso de la noche de la traición. —Solo fui a la cárcel por tu culpa y tus malditas mentiras —le espetó Leila, dando un paso hacia adelante, la bandeja vibrando en sus manos—. ¡Yo no hice nada! Tú planeaste cada cosa, tú te clavaste ese maldito cuchillo. —Eso no fue lo que determinó el jurado —le respondió Mike, recuperando una sonrisa cruel y mezquina que le deformó las facciones—. Todos vieron las pruebas, querida. Deberías estar agradecida; ¿sabes? Les pedí que fueran amables contigo durante la sentencia, que tomaran en cuenta tu inestabilidad mental. —¿Amables? ¿Por un crimen por el que me acusaste para no perder tu maldito dinero y quedarte con tu amante? —Espera un momento. La intervención no provino de Mike, sino de Chris, poniéndose de pie con una lentitud amenazante. —¿Cuál dijiste que era tu apellido? —preguntó Chris, dando un paso hacia ella. —Es Leila Bemont —intervino Mike, queriendo recuperar el control de la narrativa. —Prefiero morir antes de que me vuelvan a llamar así —lo cortó Leila, clavándole una mirada llena de desprecio a su exesposo—. Ahora es Leila Dallas. Mi apellido de soltera. —Eres su exesposa... —murmuró Chris. Leila se quedó boquiabierta cuando el imponente hombre acortó la distancia entre ambos. Chris extendió una mano, atrapando su barbilla entre sus dedos para obligarla a mirarlo de frente. Sus ojos oscuros escanearon cada facción de su rostro con una fijeza casi obsesiva. —No te reconocí —admitió él, y su voz bajó a un registro espeso, casi íntimo. Con la otra mano, tomó un mechón de su cabello oscuro y lo torció entre sus largos dedos—. Tu cabello se veía diferente en tus fotos policiales y durante la transmisión de tu juicio. Un rubor violento e involuntario tiñó las mejillas de Leila. Sentir los dedos de ese hombre tan cerca, percibir su calor y la autoridad descarada con la que la tocaba, la hizo estremecer. —Solía ser rubio... —confesó ella en un murmullo, bajando la mirada por un instante—. Pero alguien lo cortó mientras dormía en prisión, para humillarme. Luego, cuando creció, pude recuperar mi cabello a lo que solía ser. Una pregunta comenzó a martillarle la cabeza con fuerza: ¿Por qué conocía Chris toda la historia de su caso? ¿Por qué un hombre de negocios de su calibre había seguido las noticias de su juicio de una manera tan detallada, y por qué parecía tener tanto interés en ella de pronto? —Se ve mucho mejor así. El oscuro resalta la fuerza de tus ojos —dijo Chris, y sus dedos rozaron con una suavidad desconcertante su mejilla, descendiendo lentamente hasta la curva de sus labios. Leila tembló ante el contacto. Era una caricia sumamente inapropiada para el entorno, pero el poder que emanaba de Chris era tan aplastante que se sintió incapaz de apartarse, como si estuviera hechizada por su cercanía. —No me había dado cuenta de que siguió las noticias tan de cerca, señor Laurie —intervino Mike, y su voz destilaba una mezcla de rabia contenida y humillación. Ver a su exesposa ser tocada de esa forma por el hombre con el que pretendía cerrar un negocio multimillonario le asestaba un golpe directo a su inflado ego. Leila tuvo que obligar a sus ojos a pestañear repetidamente, porque lo que estaba viendo tenía que ser una alucinación de su mente agotada. Chris Laurie, el hombre que hace un minuto exigía sus tragos con arrogancia, estaba fulminando a Mike con una mirada de puro odio. —¿Por qué no lo haría, Doc? En mi mundo, el conocimiento es poder —le contestó Chris sin apartar los dedos del rostro de Leila, delineando el contorno de su boca con una lentitud exasperante—. Aunque admito que debí haber prestado más atención a los detalles del caso. Me habría ahorrado el tiempo de sentarme a la mesa con ciertas personas. —Basta, puede dejarla en paz ya, señor Laurie —dijo Mike, apretando los puños sobre sus rodillas—. Ella es solo una empleada del club, una criminal convicta. No entiendo qué relevancia tiene esto. Chris soltó una risa baja. —Parece que algo está molestando al doctor Bemont, y no sé por qué, Leila —dijo Chris, ignorando por completo al médico—. ¿Sabes qué le pasa? ¿Por qué está tan alterado? Ella, completamente hipnotizada por la cercanía de Chris, por el aroma a tabaco caro y madera que desprendía, solo pudo negar con la cabeza. —Mmm, es una lástima —continuó Chris, deslizando su pulgar por la barbilla de ella—. Porque para mí, parece que tu ex todavía tiene sentimientos por ti. —¿Cómo podría tener sentimientos por ella? —intervino Mike— Estoy felizmente casado con una mujer de verdad y tengo una hija hermosa. Eso es mucho más de lo que esta perra gélida e infértil podría haberme dado jamás. En cuanto la palabra "infértil" y el insulto salieron de la boca de Mike, la tregua interna de Leila se rompió. El recuerdo de los cuatro años de desprecio, de la humillación sufrida ante la asistente embarazada, encendió una ira volcánica que corrió instantáneamente por sus venas. —No eres más que un hijo de pe... —comenzó a gritar Leila, dispuesta a abalanzarse sobre él sin importar las consecuencias. Sin embargo, antes de que pudiera completar el insulto o lanzar un golpe, el brazo fuerte y tatuado de Chris le rodeó la cintura. Con un solo movimiento fluido y seguro, la levantó del suelo y la sentó directamente sobre su regazo, pegando la espalda de ella contra su firme pecho. El impacto de la sorpresa dejó a Leila sin aire. Chris estaba tan cerca, la rodeaba con tanta posesividad, que ella podía sentir la vibración de sus labios moviéndose directamente contra la sensible piel de su cuello al hablar. —Me alegro de que hayamos aclarado esto, Doc —dijo Chris, clavando sus ojos oscuros en Mike—. Entonces, si ella ya no significa nada para ti y tienes una vida tan perfecta... eso significa que puedo tener a Leila para mí solo, ¿verdad? Porque a mí me encantan las mujeres con fuego en la sangre.El tiempo, implacable y sabio, se encargó de poner cada pieza en su lugar exacto. La tormenta que durante años amenazó con destruir la vida de Leila finalmente se disipó, dejando tras de sí un cielo despejado y una calma que jamás creyó volver a experimentar.Los tribunales no tardaron en dictar sentencia para quienes creyeron estar por encima de la ley. El juicio contra Mike Bemont fue histórico. Las pruebas contenidas en la grabación que Chris había obtenido, sumadas a los testimonios irrefutables de sus negligencias médicas y al intento de secuestro, terminaron por sepultarlo en una condena de más de treinta años en una prisión de máxima seguridad, sin posibilidad de libertad condicional. El hombre arrogante y manipulador que un día se creyó dueño de la vida y el destino de Leila terminó acorralado en una celda fría, despojado de su licencia médica, de su prestigio y de su apellido.Sin embargo, la justicia no se detuvo ahí. Las investigaciones policiales posteriores revelaron
Después de que los médicos revisaran minuciosamente a Leila y a la pequeña Emily en el área de urgencias, confirmando que las contusiones eran leves y que no había heridas internas de gravedad, Alice usó todo el peso de su poder e influencia para que las trasladaran de inmediato a una espaciosa habitación VIP. Quería asegurarse de que ambas descansaran con total privacidad, seguridad y comodidad, lejos del revuelo mediático que comenzaba a formarse en las afueras del hospital.Leila, sentada en la amplia cama clínica con la niña acurrucada a su lado, miró a la matriarca Bemont con una mezcla de serenidad y cansancio. Le dio las gracias de corazón por intervenir y por haber actuado a tiempo para salvarlas. En ese instante de paz, tras años de dolor y malentendidos, ambas acordaron formalmente que Alice estaría presente en la vida de Emily como la abuela que verdaderamente deseaba ser.Poco después de que Alice se marchara respetuosamente de la estancia, la puerta de madera se abrió
Alice atravesó el denso grupo de agentes de policía que abarrotaban el pasillo con elegancia innata. Sin embargo, toda su impecable fachada cayeron por completo en el instante exacto en que sus ojos se posaron sobre el salón. Vio a la pequeña Emily sollozando en brazos de su madre y, justo a un lado, a un ensangrentado Mike que apenas lograba recomponerse del nocaut que le había asestado Chris.—Ay, Mike, no... —murmuró Alice con la voz quebrada por un dolor antiguo y sofocante, llevándose una mano temblorosa a los labios.—Alice, no está muerto... ¿fuiste tú quien llamó a la policía?Alice dejó escapar un suspiro pesado, una exhalación llena de un cansancio acumulado durante años, y asintió levemente con la mirada fija en el suelo.—Hice que siguieran a mi hijo desde hace varios días —confesó la mujer con amargura—. Últimamente no lo veía nada bien. Cuando mis hombres me confirmaron cuál era su destino esta tarde y vi que se dirigía hacia este edificio, no dudé ni un solo segundo e
Leila llevaba una semana viviendo con Emily en el apartamento de Daisy. Ha sido la peor semana de su vida. Justo cuando pensó que su mundo estaba caminando para bien, reconstruyendo sus sueños y abriendo de nuevo su panadería, todo se le derrumbó frente a ella de la forma más cruel. El descubrimiento del verdadero motivo del acercamiento de Chris había destrozado el frágil refugio de confianza que apenas comenzaba a habitar.Chris se intentó comunicar con ella varias veces a lo largo de esos siete días interminables, pero Leila lo bloqueó de todas las plataformas. No estaba lista para afrontarlo, y había hablado completamente en serio la noche de la propuesta cuando le advirtió que no quería que volviera a acercarse a Emily ni a ella.La tarde caía gris sobre la ciudad. Leila estaba a punto de ver una película de autocompasión en la sala para intentar distraer la mente, cuando le entró un mensaje de texto de Daisy pidiéndole que le abriera la puerta principal, explicándole que se
Toda emocionada, Leila dijo que sí con los ojos anegados en lágrimas, sin poder creer el giro tan drástico y luminoso que había dado su vida en cuestión de minutos.—Te voy a amar hasta el fin de mis días si me lo permites, Tigresa —murmuró él con la voz quebrada por la emoción.Chris le puso el anillo en el dedo anular, se levantó con elegancia y la abrazó con fuerza para besarla apasionadamente frente a los presentes.—Dios mío, Leila, apenas puedo contenerme —exclamó Charlotte, llevándose las manos al pecho—. ¡Una hija! ¡Finalmente tendré una hija! Deberíamos planear un almuerzo juntas mañana mismo. Necesito saber todo de ti. Sé que tengo una tendencia a ser... entusiasta.—Eso es quedarse corto —intervino Chris con una ligera sonrisa.Charlotte fulminó con la mirada a su hijo, pero continuó con los ojos brillantes de ilusión:—Puedes decirme si me estoy excediendo, pero me encantaría tener la oportunidad de conocer a tu Emily. Solo si te sientes cómoda con eso, por supuesto.Una s
Leila se giró para ver a la elegante mujer mayor, cuyos labios temblaban mientras miraba a Chris fijamente con los ojos inundados de lágrimas.—¿Qué? No puedes estar hablando en serio. Esto debe ser una broma... —dijo Mike asombrado, dando un paso atrás mientras la incredulidad deformaba su rostro.—¿Eres tú? ¿En verdad estás aquí? —la señora dio un paso tentativo hacia él, como si temiera que el hombre frente a ella fuera solo una visión y fuera a desaparecer en cualquier instante. La habitación entera pareció quedarse en un absoluto silencio.—Sí, mamá, soy yo —respondió Chris con la voz cargada de una emoción contenida durante diez años.Tan pronto como Chris rodeó a la mujer con sus brazos, ella trastabilló y se agarró a él con desesperación, ocultando el rostro en su pecho.—Hijo mío, te he extrañado tanto —sollozó la mujer, aferrándose a su chaqueta con fuerza.—Ya estoy aquí, mamá —murmuró Chris, besando con delicadeza la sien de su madre.La señora Sinclair se fijó en Leila.







