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Capítulo 3

Author: Rilijik
last update publish date: 2026-10-07 19:51:53

Ahora Naomi debía tomar decisiones dolorosas: contactar a una funeraria. El personal de la morgue la ayudó a comunicarse con una que ofrecía precios bajos. Ella nunca había tenido que preocuparse por el dinero, pero ahora todo parecía caer sobre sus hombros, rápido y sin nadie que la ayudara.

Cuando terminó todos los trámites, el papeleo, las actas de defunción y los arreglos con la funeraria, corrió al preescolar para recoger a Greta. Tenía el tiempo justo para llegar. Aunque hacía apenas unos minutos estaba deshecha y perdida, ahora respiraba hondo y se obligaba a no llorar para que Greta no la viera así.

Al verla, Greta la abrazó. Naomi sintió que las lágrimas querían salir otra vez, pero se contuvo. Parecía como si la niña, aun sin entender, percibiera lo que estaba pasando.

Caminaron tomadas de la mano y, esta vez, Naomi decidió consentirla comprándole su hamburguesa favorita. Sabía que, al llegar a casa, tendrían que mover los muebles para acomodar los ataúdes del velorio.

—¿Por qué estás moviendo los muebles? —preguntó Greta cuando vio a su hermana empujar todo apenas llegaron.

—Porque vamos a tener por última vez a nuestros padres en casa —explicó Naomi.

—¿Los dejaron venir del cielo?

—Sí, pero solo por esta vez. Están dormidos dentro de una caja —respondió, sintiendo cómo hablar se le hacía cada vez más difícil mientras sus ojos se llenaban de lágrimas.

—¿Por eso estás triste y lloras?

—Sí… pero no debería estarlo, ¿verdad?

—No. Si ellos están dormidos, un día volverán —respondió Greta con la inocencia de los niños.

Naomi sonrió con tristeza.

—Tienes razón.

Los cuerpos de sus padres llegaron poco después de que Naomi terminara de dejar espacio en la casa. Poco a poco, los vecinos y todas aquellas personas que habían conocido a sus padres comenzaron a llegar para darle el pésame. Naomi no esperaba que tantos le ofrecieran apoyo económico, algo que realmente necesitaba, pues el dinero que sus padres tenían en casa ya se había terminado.

A la mañana siguiente, Naomi y Greta sepultaron a sus padres. Fue entonces cuando, por primera vez, Greta se enojó con su hermana al ver cómo los enterraban y no iban “al cielo” como Naomi le había dicho.

—¡Me dijiste que iban a ir al cielo! —gritó golpeándola—. ¡Mentira, me dijiste mentiras!

—Es la manera en que se va al cielo —intentó calmarla Naomi.

—¡No es cierto, no es cierto! —continuó golpeándola entre lágrimas.

A Naomi no le importaron los golpes ni el enojo; sabía que su hermana estaba sufriendo. Con paciencia de hermana mayor, la abrazó incluso cuando Greta trató de zafarse. Pero al final, la niña rompió en llanto y dejó salir todo el dolor que había contenido, aferrándose al pecho de Naomi.

Cuando regresaron a casa, Greta volvió a llorar, y Naomi tuvo que hacerse la fuerte una vez más. La abrazó, le hizo cosquillas y luego le pidió ayuda para mover los muebles y ponerlos de nuevo en su lugar. Y funcionó: la distrajo un poco.

Esa noche, aunque agotada, Naomi no pudo dormir bien. Necesitaba conseguir un trabajo de inmediato y decidir qué haría con Greta cuando saliera del preescolar. No podía dejarla sola en casa, y sabía que lo que ganara al principio no le alcanzaría para pagarle a alguien que la cuidara. Aun así, el cansancio terminó venciendo y se durmió abrazando a Greta en la misma cama.

A la mañana siguiente, Naomi decidió que lo mejor era llevar a su hermana al preescolar. Una vez que la dejó allí, comenzó a buscar trabajo, pero no encontró nada. Volvió a casa para limpiar; la ropa se estaba acumulando y el lugar aún estaba desordenado.

Mientras limpiaba el piso, el teléfono de la casa sonó, sobresaltándola. Era una trabajadora social. Llamaba para preguntar por el bienestar de Greta, ya que era menor de edad, y para saber si Naomi estaba dispuesta a hacerse cargo de ella. Naomi respondió que sí sin dudarlo.

Entonces la mujer le explicó que, si deseaba hacerse cargo de su hermana legalmente, tendría que iniciar un proceso de tutela. Pero antes, ellos realizarían una visita para asegurarse de que la niña se encontraba bien.

Al día siguiente por la tarde, apenas llegaron Naomi y Greta del preescolar, alguien llamó a la puerta. El corazón de Naomi se aceleró de inmediato. Desde lo que había vivido noches atrás, cualquier ruido la sobresaltaba. Aunque aún era de día, temía quién podría ser.

Con cautela se acercó a la puerta y, antes de abrir, preguntó quién era. Cuando escuchó que se trataba de los trabajadores sociales interesados en revisar las condiciones en las que se encontraba Greta tras la muerte de sus padres, sintió los nervios subirle al pecho. Tenía miedo de no ser considerada apta para quedarse con su hermana, pero pensó que esconderse sería peor.

― ¿Podemos pasar? ―preguntó una de las dos mujeres.

―Claro ―respondió Naomi, apartándose para dejarles entrar.

― ¿Y la pequeña? ¿Dónde está?

―Está comiendo. Llegamos hace poco de la escuela.

―Sé que no le avisamos que vendríamos, pero precisamente de eso se trata. Queremos ver cómo es el ambiente en el que está viviendo su hermana ahora que sus padres no están, y si usted es capaz de hacerse cargo de ella ―explicó la trabajadora social, mientras la otra observaba y tomaba notas―. ¿Podemos verla y recorrer la casa?

―Por supuesto ―asintió Naomi y las guio a la cocina.

Greta levantó la mirada al ver a las dos desconocidas acercarse. Naomi le explicó suavemente que solo estaban de visita y que quizá le harían algunas preguntas. Una de las trabajadoras se sentó con la niña y la animó a seguir comiendo mientras observaba la cocina y el plato de la pequeña.

Naomi volvió a su asiento para no preocupar a Greta, aunque por dentro sentía tirante cada músculo del cuerpo.

― ¿Quién te da el desayuno en las mañanas? ―preguntó la mujer.

―Mi hermana ―respondió Greta.

― ¿Duermes sola o con ella?

―Sola, pero a veces Naomi duerme conmigo. Dormimos en la misma habitación.

― ¿Qué te gusta comer? ¿Estás comiendo hoy tu favorita?

―Me gustan las hamburguesas, pero mi mamá y Naomi dicen que no es bueno comerlas todos los días. Aunque hace unos días me compró una.

―Bueno, una de vez en cuando está bien. ¿Tienes algún juguete favorito?

―Sí, una muñeca y un oso de peluche.

― ¿Tu casa te da miedo?

―No.

― ¿Quién te lleva y quién te recoge de la escuela?

―Naomi. Ella siempre.

La trabajadora social miró a Naomi.

―Mis padres trabajaban desde temprano ―explicó la joven―. Yo siempre me encargaba de llevarla al preescolar. Está cerca de donde estudio… bueno, estudiaba.

La mujer volvió a mirar a Greta.

― ¿Cómo te llevas con tu hermana?

―Bien.

― ¿Ella te abraza cuando te sientes triste o tienes miedo?

―Sí. Naomi me abraza, juega conmigo, me ayuda con la tarea, me da de comer… y la quiero mucho.

Con esa respuesta, la trabajadora social entendió que todo estaba dicho, aunque continuó con las preguntas obligatorias. Después revisaron las habitaciones: todo estaba limpio y acomodado.

Finalmente vino la última pregunta, dirigida a Naomi.

―Por lo que entendí, estudiabas ―dijo la mujer.

―Sí.

― ¿Y ahora?

―Ahora tengo una responsabilidad con mi hermana.

―Me alegra escuchar eso, pero solo el amor no basta, ¿verdad?

―Lo sé.

― ¿Tiene un trabajo?

―Sí, conseguí uno hoy ―mintió.

La mujer asintió.

―Entonces debe presentarse en el juzgado familiar y solicitar formalmente la tutela legal de su hermana.

―Muchas gracias ―respondió Naomi, intentando sonreír, con un pequeño alivio en el pecho. Había ganado una batalla, pero todavía tenía que conseguir un empleo real.

Esa noche tampoco logró dormir. Necesitaba un trabajo que le permitiera cuidar de Greta. Dio vueltas en la cama hasta que finalmente se pasó a la de su hermana; solo con Greta a su lado pudo conciliar el sueño.

A la mañana siguiente, después de dejar a la pequeña en el preescolar, se lanzó a buscar trabajo como ya era su nueva rutina. Esta vez tuvo suerte: encontró empleo en una lavandería como encargada de recibir y entregar ropa. Le permitían tener a Greta con ella después de la escuela.

El sueldo no era mucho, pero sería suficiente para cubrir lo básico mientras su hermana fuera pequeña. Y Naomi entendió que, por ahora, eso era lo que podía pedirle a la vida.

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