LOGINNaomi se levantó, como siempre, muy temprano para preparar el desayuno de Greta y lo que llevaría para la hora del receso. Como ahora tenía un trabajo, también debía preparar el almuerzo para cuando le tocara ir por Greta al prescolar, regresar a casa a comer y después volver al trabajo. No podía pedir una mejor oportunidad: le daban una hora de comida, y esa hora le venía de perlas.
Cuando cumplió una semana trabajando y recibió su primer sueldo, se dirigió a solicitar la tutela de Greta. Para esa ocasión pidió unas horas libres en la mañana, aprovechando que Greta estaba en clases, para así iniciar el proceso. Ante los informes entregados por los trabajadores sociales, el juez le concedió a Naomi, dos semanas después de su petición, una custodia provisional. Aun así debía seguir demostrando que podía hacerse cargo de Greta, pues ahora sabía que el proceso llevaría meses. Necesitaba comprobar ante los trabajadores sociales su estabilidad económica y las condiciones de su hogar. Por fortuna, la casa estaba a nombre de ambas, ya que sus padres, por alguna razón, la habían escriturado a nombre de sus hijas. La parte de la vivienda estaba asegurada, y la emocional podría decirse que también. Naomi no se había permitido extrañar demasiado a sus padres; con todos los problemas que tenía tras su muerte, su duelo había quedado en un segundo plano. Sin embargo, al final del día, cuando Greta se dormía y ella se quedaba sola con apenas la luz de la televisión encendida, los extrañaba. La casa le parecía más grande, más silenciosa, más ajena. Greta también los extrañaba, pero su forma de duelo era distinta: más inocente, menos cruda. En cambio, el dolor de Naomi seguía allí, profundo, apenas mitigado por las listas interminables de responsabilidades que ocupaban sus pensamientos. Su único consuelo era abrazar a Greta cada noche, y así poder dormir. Como era de esperarse, las preocupaciones, el trabajo y el estrés comenzaron a pasarle factura a Naomi. Empezó a mostrar un cansancio extremo por no poder dormir bien, además de perder peso y sentir un dolor abdominal que incluso la despertaba por las noches. Aunque se alimentaba y trataba de cumplir con todas las comidas, era el estrés lo que la mantenía en ese estado. Solo pensar en que podrían quitarle a Greta la enfermaba aún más. Ahorraba y cuidaba cada centavo, además de esmerarse cada día en mantener la casa limpia y en orden, pues los trabajadores sociales podían visitarla cuando menos lo esperaba. ― ¿Qué te pasa? ―preguntó Greta una tarde, mientras estaban en la lavandería y veía a su hermana casi doblada del dolor, con el rostro pálido. ―Nada. ―No es cierto, hace rato que estás así. ―Me duele el estómago, pero ya se me pasará. ― ¿Por qué no vamos al doctor? ―insistió Greta, mirando a su hermana más delgada que la semana anterior. ―No es necesario, ya se me pasará. ―No es cierto, estás más flaca y casi no comes ―reclamó la niña, con la voz temblorosa―. ¿Tú también quieres dejarme sola? El corazón de Naomi se quebró en mil pedazos al ver los ojos de Greta llenos de lágrimas. Pese al dolor, se enderezó y la abrazó. ―Cuando salgamos del trabajo, vamos al médico, ¿sí? Greta asintió y Naomi la abrazó con fuerza hasta sentir que la pequeña comenzaba a tranquilizarse.Cuando Valeria recibió el informe no pudo creerlo. Naomi era joven. Y, aunque había trabajado con ella por años, casi no sabía nada de su vida. Lo único que sabía era que vivía con su hermana menor, a quien Valeria intentó contactar en varias ocasiones sin éxito… hasta dos días después. La llamada finalmente fue contestada. ―Hola… ―fue lo único que logró decir Valeria. ―Diga ―respondió al otro lado la voz cansada de una mujer joven. ― ¿Es usted Greta Vargas Ríos? ―Sí, soy yo. ―Tengo que darle una noticia, pero antes quiero saber dónde se encuentra y con quién está. ―Estoy sola, en mi casa. ―Muy bien. Permítame presentarme. Soy Valeria Villarreal, la jefa de su hermana Naomi. ― ¿En qué puedo ayudarla? ¿Ella no fue a trabajar? Valeria tragó saliva. ―Yo… lamento informarle que su hermana ha fallecido. ― ¿Qué? ―Su hermana está muerta. Greta dejó caer el celular al suelo, conmocionada por la noticia. Aún no podía creer lo que acababa de escuchar: su hermana estaba muerta. D
El tiempo pasó volando. El señor Villareal y el señor Moncada estaban ahora retirados, y eran sus hijas quienes se hacían cargo del despacho. Por eso, Naomi trabajaba cada vez más directamente con ellas. Camila seguía siendo igual de molesta y despectiva que siempre; nada de eso sorprendía ya a Naomi. A pesar de los años que llevaban en el mismo lugar, Valeria continuaba sin ser capaz de hablar con Naomi más allá de lo estrictamente profesional. Naomi nunca decía más de lo necesario, y cada intento de Valeria por acercarse terminaba estrellándose contra la misma muralla de amabilidad distante. Las veces en que Valeria se ofreció a llevarla a casa, Naomi solo aceptó una. Después de eso, siempre encontraba alguna excusa para negarse, hasta que Valeria dejó de insistir. Camila, en cuanto supo que Valeria le había dado un aventón a Naomi, la llamó a su oficina al día siguiente. Con su tono más frío, le dejó claro que tenía prohibido acercarse a Valeria fuera del trabajo. Si lo hacía —d
Días después, en el despacho contable, presentaron a dos mujeres jóvenes, casi de la misma edad de Naomi. Eran hijas de los dueños del despacho y habían llegado para empezar a involucrarse en el negocio que algún día les tocaría dirigir. Nadie en la oficina las había visto antes, pero ese día aparecieron para dar de qué hablar.Como era de esperarse, el señor Villarreal presentó a Naomi como la mejor y más confiable auxiliar contable, por lo que quedó a disposición de ambas. Naomi se sintió un poco cohibida: aquellas mujeres eran diametralmente distintas a ella. Aunque una parecía más sencilla, la otra apenas le extendió la mano.—Ella es mi hija Valeria —la presentó el señor Villarreal. Naomi estrechó su mano—. Y ella es Camila Moncada.—Un gusto conocerlas —dijo Naomi.—Igualmente —respondió Valeria, mientras Camila solo inclinó la cabeza con un gesto breve después de estrecharle la mano.Camila se dio cuenta de la forma en que los ojos de Valeria observaron a la asistente auxiliar,
Cuando Greta despertó y salió de la habitación para desayunar, se encontró apenada con su hermana y con un fuerte dolor de cabeza. Naomi, como siempre, ya estaba lista para ir a trabajar —aunque faltara más de una hora para entrar—, con el desayuno listo y servido.Greta se quedó de pie junto a la mesa, mirando al suelo, avergonzada.—Come o se te va a hacer tarde —dijo Naomi, con un tono seco, muy distinto al tono cariñoso que siempre usaba con ella desde que se habían quedado solas.—Lo siento —murmuró Greta.—Me la paso todos los días trabajando para darte lo mejor, pero parece que no te importa nada de lo que hago —respondió Naomi, con enojo. Esta vez fue Greta quien sintió los ojos llenarse de lágrimas—. Si me enojo es porque me preocupo por ti. Aún eres menor de edad, ¿sabes lo que podría pasar si se dan cuenta de que estás bebiendo cerveza y no estás en casa porque yo no te pongo atención? ¿Tienes idea del problema en el que me podrías meter? ¿En el que podríamos acabar las dos
Al final del día, Naomi estaba agotada mentalmente por la cantidad de información nueva que había recibido, pero satisfecha por haber superado la primera prueba. Cuando llegó a casa, no tenía ánimos de mucho. Se acercó a Greta, le dio un beso en la frente y se dejó caer a su lado en el sofá sin decir palabra. Greta la miró y comentó: ―No pareces muy animada con tu primer día de trabajo. ―Bueno, fue agotador mentalmente, con tantas cosas que memorizar ―dijo Naomi mientras se frotaba las sienes y se quitaba los zapatos de tacón bajo que había comprado para el trabajo―. Me están matando los pies. ― ¿Qué esperabas? Estabas acostumbrada a usar tenis todo el día. ―Lo sé, pero ahora no puedo llevarlos diario. Este trabajo es distinto. ―Que sí lo sé, si hasta te compraste ropa nueva ―dijo Greta, mirando la nueva indumentaria: pantalón de vestir negro de corte recto y blusa blanca. ―No podía ir con lo que tenía. ―Hasta pareces otra ―comentó Greta, acostumbrada a verla siempre con mezcl
Pasó un día. Pasaron dos. Y casi al final de la tarde del tercer día, recibió una llamada en su celular. ― ¿Diga? ―respondió Naomi al ver que era un número desconocido. ―Hablo del despacho contable ―dijo una voz masculina. ―Dígame, ¿en qué puedo ayudarle? ―Después de revisar su perfil y tener una conversación interna, hemos decidido que usted es la persona que buscamos. Le ofrecemos el puesto de auxiliar administrativa. ¿Puede empezar el lunes de la próxima semana? Naomi no podía creer lo que escuchaba. Estaba feliz, muy feliz. Sentía que, después de tantos años, al fin tenía una satisfacción para sí misma. ―Claro, por supuesto que sí ―respondió conteniendo la emoción. ―Entonces, por favor revise en un momento su correo electrónico. Le enviaremos su contrato: allí podrá ver su sueldo, prestaciones y la fecha exacta en la que debe presentarse a trabajar. ―Muchísimas gracias ―dijo Naomi. No pudo evitar dar algunos saltitos de alegría. Moría por ver a su hermana para contarle







