LOGINNaomi tenía un cuadro severo de gastritis debido al estrés que cargaba desde la muerte de sus padres. El doctor le recetó medicamentos para el estómago y otro para ayudarla a dormir y reducir la ansiedad.
Greta entró a la consulta con ella y fingió estar distraída observando el consultorio, pero escuchó cada palabra que Naomi respondió al médico sobre sus preocupaciones y hábitos. ― ¿Por qué estás preocupada, Naomi? ―preguntó Greta más tarde, mientras veían su caricatura favorita en el sofá. Naomi la miró sorprendida. ―No estoy preocupada. ―Entonces ¿por qué dijiste todo eso en el consultorio? Naomi suspiró. Sabía que, aunque Greta seguía siendo una niña, tenía su propio modo de preocuparse. ―Me preocupa todo, Greta… pero sobre todo no tener suficiente dinero y que te lleven lejos de mí. ―Yo también puedo trabajar ―ofreció Greta muy seria. ―No, tú no puedes ni debes trabajar. ― ¿Por qué no? ―dijo cruzándose de brazos. ―Porque eres una niña. Los niños no trabajan: estudian, juegan y obedecen a sus mayores. Si lo hicieras, te separarían de mí, y no queremos eso, ¿verdad? ―No… yo me quiero quedar contigo ―dijo abrazándola con todas sus fuerzas―. Pero tú prométeme que no te vas a enfermar ni preocupar tanto. ―Te lo prometo. Las pastillas que le dio el doctor para que durmiera cumplieron con su objetivo. No eran fuertes, solo un compuesto natural que la ayudó a relajarse en cuanto se acostaba. Conforme pasaban los días y seguía el tratamiento al pie de la letra, Naomi comenzó a sentirse mejor; tanto, que ya no veía las cosas de manera tan negativa. Seguía extrañando a sus padres, pero al menos tenía a Greta, y Greta la tenía a ella. Cuando menos lo esperaba, y luego de casi nueve meses, el juez le otorgó por completo la tutela legal de Greta. Ya no tenía que preocuparse por las visitas de los trabajadores sociales. Sabía que no dejaría de cuidar a su hermana con la misma dedicación, pero sentir que ya no sería vigilada le quitó un gran peso de encima. Aun así, le quedaba otra responsabilidad: la gestión de la herencia. Como sus padres murieron sin dejar testamento, lo que habían dejado —incluido el seguro de vida— se dividió en partes iguales entre ambas. Naomi recibió la suya por ser mayor de edad, pero tendría que administrar y proteger la parte de Greta hasta que ella cumpliera la mayoría de edad. Además, estaba obligada a presentar una rendición de cuentas al juez cada año. El tiempo pasó y Greta se graduó del prescolar para convertirse en alumna de primaria. Eso significó un pequeño aumento en los gastos, pero Naomi se las ingenió: comenzó a hacer galletas y pequeños postres para vender en la lavandería. Ese ingreso extra la sacaba de apuros y le permitía hacer pequeños ahorros para emergencias, evitando tocar más de lo necesario la herencia destinada a Greta. Naomi ya no pensaba como una joven, sino como una adulta de más edad, casi como una madre de familia. Su vida giraba por completo alrededor de su hermana. Y ahora que Greta estaba en secundaria, Naomi decidió buscar un nuevo empleo; la lavandería ya no generaba lo suficiente y Greta ya era lo bastante mayor para quedarse sola en casa un rato. Sabía lo que debía y no debía hacer… incluso, ahora se daba el lujo de contestarle. ―Pórtate bien ―le decía Naomi cada mañana al dejarla cerca de la secundaria―. Nada de novios ni peleas. ―Ya lo sé. ―Y cuando regreses, cruza con cuidado las calles. ―Ya lo sé, ya vete. ―Sé que lo sabes, pero tengo que recordártelo. Greta rodaba los ojos. ―No hagas eso ―reclamó Naomi―. Ándale, apúrate o llegarás tarde. Naomi se había vuelto adulta demasiado rápido y su prioridad seguía siendo Greta. Sin embargo, ahora quería un empleo distinto, algo mejor. En su día libre dedicó unas horas a buscar trabajo y en el periódico encontró un anuncio: un despacho contable buscaba un auxiliar administrativo con tareas de auxiliar contable. Ella sabía que solo había trabajado en una lavandería, que sus estudios habían quedado truncos y que quizás era la menos elegible de todos, pero también pedían a alguien responsable, y Naomi lo era. Su historial de rendiciones ante el juez era impecable. Eso le dio valor para presentarse. Cuando llegó con su currículum en mano, había varias personas esperando. Su ánimo decayó. No era recién egresada, no tenía experiencia… pero aun así se quedó. No perdería nada por intentarlo. Quien la recibió en la entrevista fue el contador principal. Naomi, al ver al hombre serio y mayor, no pudo evitar ponerse nerviosa. ―Siéntese ―la invitó él. ―Gracias. El contador revisó el currículum de Naomi frente a ella y de inmediato se dio cuenta de que no había terminado sus estudios. ―Veo que concluiste un año de universidad, pero no el resto de la carrera. ¿Podrías contarme por qué no la terminaste? ―preguntó el hombre. ―Bueno… mis estudios se interrumpieron abruptamente por una emergencia familiar que requirió que asumiera la tutela total de mi hermana menor. Desde entonces mi prioridad ha sido la estabilidad y el cuidado de mi hogar. Ahora que mi hermana está en la secundaria y es más independiente, estoy buscando una oportunidad profesional más estable. El contador asintió levemente, sin mostrar emoción. ― ¿Cómo manejas información altamente confidencial? ―preguntó, ignorando por completo la parte del currículum que mencionaba la lavandería―. En este despacho manejamos números muy sensibles de nuestros clientes. ―Durante ocho años he gestionado toda la documentación legal y financiera para la manutención de mi hermana. Sé lo que es la discreción, y sé lo importante que es la seguridad absoluta cuando se trata de asuntos legales y de dinero. El hombre la observó unos segundos. ― ¿Cómo te organizas cuando tienes diez tareas urgentes a la vez? ―Aprendí a priorizar en situaciones de vida o muerte ―respondió Naomi con sinceridad―. La presión ha sido parte de mi rutina desde que quedé a cargo de mi hermana. Cuando la entrevista terminó, Naomi dejó escapar el aire que llevaba contenido. Estaba convencida de que no le darían el trabajo a una mujer que había pasado casi ocho años trabajando en una lavandería y administrando unos pocos pesos de la herencia de su hermana. Se dijo a sí misma que ya habría más oportunidades.Cuando Valeria recibió el informe no pudo creerlo. Naomi era joven. Y, aunque había trabajado con ella por años, casi no sabía nada de su vida. Lo único que sabía era que vivía con su hermana menor, a quien Valeria intentó contactar en varias ocasiones sin éxito… hasta dos días después. La llamada finalmente fue contestada. ―Hola… ―fue lo único que logró decir Valeria. ―Diga ―respondió al otro lado la voz cansada de una mujer joven. ― ¿Es usted Greta Vargas Ríos? ―Sí, soy yo. ―Tengo que darle una noticia, pero antes quiero saber dónde se encuentra y con quién está. ―Estoy sola, en mi casa. ―Muy bien. Permítame presentarme. Soy Valeria Villarreal, la jefa de su hermana Naomi. ― ¿En qué puedo ayudarla? ¿Ella no fue a trabajar? Valeria tragó saliva. ―Yo… lamento informarle que su hermana ha fallecido. ― ¿Qué? ―Su hermana está muerta. Greta dejó caer el celular al suelo, conmocionada por la noticia. Aún no podía creer lo que acababa de escuchar: su hermana estaba muerta. D
El tiempo pasó volando. El señor Villareal y el señor Moncada estaban ahora retirados, y eran sus hijas quienes se hacían cargo del despacho. Por eso, Naomi trabajaba cada vez más directamente con ellas. Camila seguía siendo igual de molesta y despectiva que siempre; nada de eso sorprendía ya a Naomi. A pesar de los años que llevaban en el mismo lugar, Valeria continuaba sin ser capaz de hablar con Naomi más allá de lo estrictamente profesional. Naomi nunca decía más de lo necesario, y cada intento de Valeria por acercarse terminaba estrellándose contra la misma muralla de amabilidad distante. Las veces en que Valeria se ofreció a llevarla a casa, Naomi solo aceptó una. Después de eso, siempre encontraba alguna excusa para negarse, hasta que Valeria dejó de insistir. Camila, en cuanto supo que Valeria le había dado un aventón a Naomi, la llamó a su oficina al día siguiente. Con su tono más frío, le dejó claro que tenía prohibido acercarse a Valeria fuera del trabajo. Si lo hacía —d
Días después, en el despacho contable, presentaron a dos mujeres jóvenes, casi de la misma edad de Naomi. Eran hijas de los dueños del despacho y habían llegado para empezar a involucrarse en el negocio que algún día les tocaría dirigir. Nadie en la oficina las había visto antes, pero ese día aparecieron para dar de qué hablar.Como era de esperarse, el señor Villarreal presentó a Naomi como la mejor y más confiable auxiliar contable, por lo que quedó a disposición de ambas. Naomi se sintió un poco cohibida: aquellas mujeres eran diametralmente distintas a ella. Aunque una parecía más sencilla, la otra apenas le extendió la mano.—Ella es mi hija Valeria —la presentó el señor Villarreal. Naomi estrechó su mano—. Y ella es Camila Moncada.—Un gusto conocerlas —dijo Naomi.—Igualmente —respondió Valeria, mientras Camila solo inclinó la cabeza con un gesto breve después de estrecharle la mano.Camila se dio cuenta de la forma en que los ojos de Valeria observaron a la asistente auxiliar,
Cuando Greta despertó y salió de la habitación para desayunar, se encontró apenada con su hermana y con un fuerte dolor de cabeza. Naomi, como siempre, ya estaba lista para ir a trabajar —aunque faltara más de una hora para entrar—, con el desayuno listo y servido.Greta se quedó de pie junto a la mesa, mirando al suelo, avergonzada.—Come o se te va a hacer tarde —dijo Naomi, con un tono seco, muy distinto al tono cariñoso que siempre usaba con ella desde que se habían quedado solas.—Lo siento —murmuró Greta.—Me la paso todos los días trabajando para darte lo mejor, pero parece que no te importa nada de lo que hago —respondió Naomi, con enojo. Esta vez fue Greta quien sintió los ojos llenarse de lágrimas—. Si me enojo es porque me preocupo por ti. Aún eres menor de edad, ¿sabes lo que podría pasar si se dan cuenta de que estás bebiendo cerveza y no estás en casa porque yo no te pongo atención? ¿Tienes idea del problema en el que me podrías meter? ¿En el que podríamos acabar las dos
Al final del día, Naomi estaba agotada mentalmente por la cantidad de información nueva que había recibido, pero satisfecha por haber superado la primera prueba. Cuando llegó a casa, no tenía ánimos de mucho. Se acercó a Greta, le dio un beso en la frente y se dejó caer a su lado en el sofá sin decir palabra. Greta la miró y comentó: ―No pareces muy animada con tu primer día de trabajo. ―Bueno, fue agotador mentalmente, con tantas cosas que memorizar ―dijo Naomi mientras se frotaba las sienes y se quitaba los zapatos de tacón bajo que había comprado para el trabajo―. Me están matando los pies. ― ¿Qué esperabas? Estabas acostumbrada a usar tenis todo el día. ―Lo sé, pero ahora no puedo llevarlos diario. Este trabajo es distinto. ―Que sí lo sé, si hasta te compraste ropa nueva ―dijo Greta, mirando la nueva indumentaria: pantalón de vestir negro de corte recto y blusa blanca. ―No podía ir con lo que tenía. ―Hasta pareces otra ―comentó Greta, acostumbrada a verla siempre con mezcl
Pasó un día. Pasaron dos. Y casi al final de la tarde del tercer día, recibió una llamada en su celular. ― ¿Diga? ―respondió Naomi al ver que era un número desconocido. ―Hablo del despacho contable ―dijo una voz masculina. ―Dígame, ¿en qué puedo ayudarle? ―Después de revisar su perfil y tener una conversación interna, hemos decidido que usted es la persona que buscamos. Le ofrecemos el puesto de auxiliar administrativa. ¿Puede empezar el lunes de la próxima semana? Naomi no podía creer lo que escuchaba. Estaba feliz, muy feliz. Sentía que, después de tantos años, al fin tenía una satisfacción para sí misma. ―Claro, por supuesto que sí ―respondió conteniendo la emoción. ―Entonces, por favor revise en un momento su correo electrónico. Le enviaremos su contrato: allí podrá ver su sueldo, prestaciones y la fecha exacta en la que debe presentarse a trabajar. ―Muchísimas gracias ―dijo Naomi. No pudo evitar dar algunos saltitos de alegría. Moría por ver a su hermana para contarle







