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Capítulo 4

Author: Man D
CLAIRE

Aaron llevaba días llamándome desde que me invitó a cenar.

Cada vez que su nombre iluminaba la pantalla, recordaba los susurros suaves y sugerentes de Vivian esa noche. Dejaba que el celular sonara hasta que la llamada se perdía.

Luego llegó un mensaje:

Aaron: “Claire, por favor. Sal. Solo quiero verte”.

Yo: “Lo siento. Ya no quiero ser la segunda opción de nadie”.

Antes, sin importar lo enojada que estuviera, en cuanto me buscaba, aunque fuera un poquito, me secaba las lágrimas, forzaba una sonrisa y corría a sus brazos.

Pero todo cambió cuando Vivian regresó. Mientras más aparecía ella, menos paciencia me tenía él, a mí, a nosotros.

Dejó de ser el que lo intentaba. Yo siempre era la que se disculpaba, la que pedía quedarse. Ahora que lo pienso, no soporto a la mujer que era antes.

Esta vez lo único que quería era una última cena el día 19, la noche antes de irme, para cerrar el ciclo.

Esa tarde, me ondulé el cabello con las mismas ondas suaves que había llevado cinco años atrás. Los mechones castaños caían sobre mis hombros como una cascada de seda. Bella llamó cuando estaba dándole los últimos toques a mi maquillaje.

—¿A que no sabes qué pasó? Escuché que Vivian y Aaron se pelearon anoche.

Su voz sonaba muy emocionada. Enarqué una ceja mientras me retocaba el labial.

—¿En serio? Qué raro. Pensé que su mundo giraba alrededor de ella.

Bella levantó un poco la voz.

—¡Parece que fue por ti! Nadie sabe bien qué pasó, pero Aaron se fue furioso de la cena y la dejó plantada.

Mantuve un tono neutro.

—Gracias por contarme, Bella. Te lo agradezco.

Ella dudó un momento.

—¿No… no te importa?

No pude evitar reírme.

—Ya me voy a ir. Que sean felices como puedan.

Me reí en voz baja.

—De todos modos, ya me voy. Les deseo lo mejor.

Luego me puse el mismo vestido azul que había usado cinco años atrás, me peiné y maquillé exactamente como aquella vez, y me dirigí a Celestia.

Donde todo empezó y donde todo terminaría. Era la misma mesa. La misma vista.

Seguramente Aaron había hecho que el restaurante preparara todo con anticipación; Celestia se veía todavía más lujoso que cinco años atrás.

Copas de cristal fino, velas parpadeantes y un centro de mesa con lirios blancos llenaban el ambiente con su delicado perfume.

No había más clientes esa noche, solo una discreta fila de meseros que esperaba en silencio a lo lejos.

Había reservado todo el lugar otra vez. Típico de Aaron.

Suspiré, mientras miraba por la ventana cómo las luces de la ciudad comenzaban a fundirse con el atardecer. ¿Qué se suponía que debía decirle cuando llegara?

¿Lo aceptaría tranquilamente o perdería los estribos, como siempre que las cosas se le salían de control? Mi celular vibró. El nombre de Aaron iluminó la pantalla.

—Perdóname. La junta se alargó más de lo que esperaba. Ya voy para allá. Ha pasado mucho tiempo. Te he extrañado.

Podía escuchar el ritmo suave de sus pasos, el tono cálido y bajo de su voz, ese que antes hacía que mi corazón se acelerara.

—Está bien —dije en voz baja, fingiendo que no me importaba—. Tienes suerte de que hoy estoy de buenas.

Pero mientras el cielo pasaba del ámbar al índigo, la silla frente a mí seguía vacía.

Pasó media hora. Luego una hora. Aaron todavía no llegaba.

Le llamé… Nadie contestó.

Entonces, el nombre de Bella apareció en mi pantalla.

—Mira las noticias. Vivian se volvió loca.

Sentí un nudo en el estómago al abrir las noticias.

El auto de Vivian se le había atravesado al de Aaron, obligándolo a frenar en seco en medio del tráfico.

Los dos autos chocaron en forma de T; no fue un golpe fuerte, pero sí lo suficiente para atraer a un montón de gente.

Las cámaras lo captaron todo:

Aaron corriendo hacia ella, con pánico, mientras la tomaba en sus brazos. En otra foto se le veía deteniendo un taxi, cargándola como si fuera algo frágil y yéndose al hospital.

Los tabloides se estaban dando un festín:

“Solo fue un choque ligero, pero la cara de Aaron lo decía todo. Entra en pánico de solo pensar en que podría perderla…”

“Vivian no parecía herida. Se veía feliz en sus brazos”.

“Después de la fuerte discusión de anoche, parece que se reconciliaron en el drama con tanta pasión que es imposible describir lo que pasó después”.

Una molestia sorda y persistente se instaló, sutil pero insistente, como un susurro silencioso que no podía ignorar.

Un platillo exquisito tras otro había sido servido en la mesa, el aroma de las velas encendidas llenaba el aire y todo el restaurante estaba bañado en una luz suave y romántica.

Se acercó un mesero.

—¿Gusta esperar un poco más, señorita?

Silencié el celular.

—Empezaré sin él.

Una cena de lujo para una sola persona no estaba tan mal, me dije.

Si no iba a venir, bien podría disfrutarlo todo yo sola.

Pero… a la langosta le faltaba su sabor de siempre.

El paté… tenía un regusto amargo, sutil pero inconfundible.

Casi consideré llamar al chef, pero la idea me pareció ridícula.

Después de picar unos cuantos bocados más por costumbre que por hambre, hice la silla para atrás y me levanté.

Este restaurante no volvería a verme jamás.

Arrastrando mi maleta por las calles silenciosas de la noche, me dirigí al aeropuerto.

La cafetería en la que me senté estaba casi vacía, pero mi celular no paraba de vibrar con las llamadas de Aaron.

Lo bloqueé. Y entonces empezaron a llover sus mensajes por la aplicación:

“Claire, lo siento. Vivian se lastimó, tengo que cuidarla”.

“Aún tenemos muchos aniversarios por delante. Te lo compensaré”.

“Mañana nos volvemos a casar. No lo olvides.”

La curiosidad, o tal vez la necesidad de cerrar el ciclo, me hizo abrir las redes sociales de Vivian.

Hacía mucho que no me asomaba a su mundo. Y ahí estaba: un montón de fotos de ella con Aaron en todo tipo de ocasiones.

La última publicación, de hacía apenas unas horas:

“Prometiste que siempre me cuidarías”.

“Y yo siempre he creído…”

En la foto, ella se apoyaba en su abrazo, frágil y delicada, mientras él la sostenía con una ternura y una protección que alguna vez creí que eran solo para mí.

Sonreí de manera irónica, sin darme cuenta de en qué momento las lágrimas habían empezado a trazar caminos salados y amargos por mis mejillas.

El amanecer apenas comenzaba a teñir el cielo. Me sequé los ojos, me arreglé el cabello y me aseguré de parecer tranquila.

A las siete en punto, ya había documentado. El mensaje de Aaron parpadeó en la pantalla, preguntando si ya iba en camino.

No respondí. En lugar de eso, lo eliminé de mis contactos en silencio. A las ocho, ya estaba en la fila para abordar.

Números desconocidos aparecían insistentemente en mi teléfono, pero no contesté; sabía que era él intentando contactarme.

A las nueve, el avión comenzó su lento avance hacia la pista. Cuando estaba a punto de apagar el celular, entró la llamada de Bella.

En cuanto contesté, la voz de Aaron, tensa y urgente, se escuchó al otro lado de la línea:

—¡¿Dónde estás?!
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