LOGINEmpecé a salir con un chico súper interesante que se llamaba Ronald, muy guapo, alto, fornido, elegante y ocurrente, empleado de una financiera, donde ganaba un buen dinero. Lo conocí, justamente invirtiendo el dinero que ganaba siendo modelo y participando en pasarelas. Él me esperaba siempre con una sonrisa larga dibujada en los labios, haciendo brillar sus ojos y se prendó de mi belleza tan sensual que ya alborotaba el mundo del modelaje, la farándula y el jet set.
Ronald me hacía reír con sus chistes tontos cuando charlábamos. -Un hombre va a una ferretería a comprar una alambrada y el vendedor le pregunta "¿para cerca?" y el tipo le responde, "no, lejos, yo vivo al otro lado de la ciudad" ja ja ja-, decía él poniendo la cara de tonto y yo me reía, incluso a carcajadas, atronando la financiera, tanto que todo el mundo volteaba a vernos, incluso los otros empleados se empinaban sorprendidos de mis carcajadas explosivas y estruendosas remeciendo el edificio. Creo que eso fue lo que más me gustó de Ronald, que sea tan distendido y divertido. Siempre tenía un chascarrillo a flor de labios que me hacía reír a gritos, jalándome los pelos, revolcándome en el suelo, como una gran tonta. -El colmo de un abogado es perder la muela del juicio, je je je-, me decía en el cine y yo no podía contener las risas, tanto que los otros asistentes me pedían silencio y me lanzaban los granos del popcorn para que dejara de reírme, pero yo no podía controlar mis risas porque, ya les digo, Ronald tenía una cara muy especial, igual a un clown. Lo único que le faltaba era pintarse la nariz de rojo, je je je. Yo pensaba, sinceramente, que me iba a casar con Ronald. Me gustaba mucho, era dulce, cariñoso, besaba como los dioses y en sus brazos me sentía en las nubes, entre muchas estrellas y colores, sin embargo nuestra relación empezó a deteriorarse por sus celos enfermizos. Era violento, además. No aprobaba que yo fuera modelo y luciera bikinis, tangas, baby doll o transparencias en los desfiles y las pasarelas o fuera la portada de revistas y apareciera siempre en la televisión. Coloreaba su cara de mil colores, echaba humo de las narices, refunfuñaba y daba bufidos igual que un rinoceronte atrapado en un corral. -No me gusta que todos los hombres te miren y te deseen-, me reclamaba él enojado, con el rostro fruncido y la mirada furiosa. Yo, al principio, lo tomaba normal sin problemas ni aspavientos. Los hombres son siempre celosos, nos acaparan y no quieren meter en un frasco porque nos consideran que somos su propiedad, pero él, de repente se tornó demasiado violento y explosivo. Me retorcía la muñeca, me jalaba el brazo, alzaba la voz y en una ocasión me dijo "perra" porque me había puesto una minifalda jean súper cortísima para ir a bailar a una discoteca muy elegante en la zona más exclusiva de la ciudad. -Yo quiero salir con mi enamorada y no con una perra-, fue exactamente lo que me dijo él gritándome con su vozarrón ciclónico. Ya imaginarán mi furia. Le metí tal bofetón que le hice volar un par de dientes y sangrar la boca como largas y profusas cascadas. Después que Ronald me insultó, dejamos de hablarnos por más de una semana. Yo estaba demasiado furiosa con él, indignada, colérica y no quería saber nada de mi ocasional enamorado, en realidad, incluso estaba decidida a borrarlo de mi existencia, sin embargo, Ronald me llamaba constantemente, me pidió perdón mil veces, me mandó muchos mensajes a mi móvil aceptando que fue un exabrupto haberme insultado. Me enviaba emojis y videos, incluso chistes y chascarrillos y hasta poemas muy trillados y bobos pero que eran súper románticos. Como él me gustaba mucho y estaba prendada de sus ojos, de su manera de ser, de sus labios y me encantaba sentir la caricia de sus manos ásperas y toscas, recorriendo la lozanía de mi piel, lo perdoné, sin embargo no debí hacerlo eso, fue un gravísimo error que hasta ahora me arrepiento. Una noche después de comer en un restaurante muy elegante, el mozo que nos atendió de maravillas, sabiendo de que era yo la cotizada modelo Jacqueline Monroe, la chica más sensual y sexy del momento, me pidió un selfie que yo encantada acepté porque siempre lo hago con mis seguidores. Es algo común, además, en la farándula. El chico muy entusiasmado, pegó sus mejillas a las mías para tomarnos la foto y eso le disgustó sobremanera a Ronald. Según él, nadie, absolutamente nadie, podía, siquiera rozarme. Hecho un energúmeno, perdiendo toda razón, convertido en un mastodonte, Ronald se lanzó sobre el pobre muchacho y lo aporreó de mala manera, dejándolo mal herido, con varios huesos rotos, encharcado en sangre. Ronald se desquició por completo, empezó luego a romper sillas, botellas, platos y hasta se tumbó un costoso candelabro lanzándole un gran jarrón de porcelana. Al final mi enamorado terminó preso y el chico que se tomó el selfie conmigo, fue conducido al hospital donde debieron atenderlo de emergencia, incluso en cuidados intensivos porque estaba muy maltratado y herido. Yo escapé del restaurante presa de la histeria, después de haber vivido tan horrible experiencia. La fianza era muy considerable, además que se sumaban los pagos al restaurante y el hospital y Ronald no tenía dinero, de remate el abogado del mozo, contratado por el restaurante, exigía un pago millonario por los daños causados a su defendido y la cobertura de los huesos que le rompió y de la atención médica. -No puedo pagar tanto dinero, Jacky, tienes que ayudarme-, me suplicó Ronald por el móvil sin saber qué hacer con tanta deuda. -Me darán diez años de cárcel-, lloraba, igualmente. No lo ayudé, pese a que yo ya era millonaria gracias a mis contratos de publicidad y las pasarelas. -¿Sabes? una buena temporada tras las rejas te servirá para curarte de tus celos enfermizos y de la violencia extrema que padeces-, le dije y le colgué. Ronald me había resultado una terrible decepción. Pensé entonces en lo que me había dicho, Helen. Como les conté, yo pensaba, sinceramente, en casarme con Ronald, porque lo amaba y me gustaba en demasía, sin embargo, ¿qué habría pasado si Ronald era mi marido? Hubiera tenido que correr con todos los gastos de su inaudita violencia. Y de separarnos, a él le correspondería, no sé, nuestra casa, el carro, parte de mi dinero y hasta mis joyas y vestidos de marca. Llamé a Helen para vernos y charlar de lo que me había pasado con Ronald. Ella ya se había convertido en mi mejor amiga. -¿Qué pasa si todo es al revés, que es la mujer quien tiene dinero y el marido no?-, le pregunté alzando mi naricita mientras comíamos un helado en el parque. Helen echó a reír de buena gana. -Igual, pues mujer, el contrato de matrimonio te asegura que nadie toque tus bienes ni se aprovechen de ti, y por el contrario dejas en la ruina a tu marido je je je-, me lanzó la pedrada sin dejar de reírse. Helen imaginaba que yo era una gran tonta, aunque en parte tenía razón, je je je. Yo pensaba, sin embargo, que era una exageración de Helen. No tenía por qué dejar en la ruina a mi futuro marido en caso que las cosas no funcionaran y decidiéramos separarnos y divorciarnos. Si se acababa el amor en una pareja, simplemente cada uno se iba por su lado, con lo suyo y ya. ¿Por qué hacer leña del árbol caído? Ronald era un caso plausible: ¡¡¡acabó preso por pegalón!!! Helen finalmente me convenció. Son tiempos violentos que nos toca vivir en éste siglo XXI. Y chica precavida goza toda la vida. Esa noche en mi alcoba le di muchos retoques al modelo de contrato de matrimonio que me había enviado Helen a mi móvil y modifiqué algunas cláusulas, especificando detalles de que, en caso de una ruptura, cada uno se llevaba lo suyo, sin perjuicio al otro. Lo mío es mío y lo tuyo es tuyo, simplemente. Con eso, pensé, me aseguraba mi felicidad. Era lo que yo pensaba. No quería ser una sátrapa, tampoco. No sé si fue la emoción de tener un contrato de matrimonio bajo la almohada o la casualidad o una jugarreta de Cupido. Yo pensaba que me casaría aún dentro de una década, que primero quería consolidar mi carrera como modelo de pasarela y de publicidad y bailarina en los clips musicales junto a grandes artistas, sin embargo, de repente, la chica tan tonta que era yo, se tornó en una vampiresa que se casó diez veces, aunque usted no lo crea. No la culpo tampoco a Helen o el mismo hecho de que yo era demasiado enamoradiza o el contrato de matrimonio de marras, yo creo que fue el destino, las circunstancias que ocurrieron y que hizo que estableciera un auténtico primado mundial de matrimonios, je je je. Tuve de todo, en realidad. Bonitas experiencias, mala fortuna, alegrías, decepciones, pánico y mucha excitación, y fui feliz, pese a los intensos avatares que me tocó vivir en brazos de todo esos hombres a los que entregué mi corazón.EPÍLOGO -¿Te volverás a casar?-, me preguntó Brenda esa tarde mientras tomábamos lonche en mi club de playa, viendo las olas estrellarse en la playa, haciendo mucho estruendo. Ella hizo tostadas y les untó mantequilla y sirvió infusión de manzanilla. La doctora que me atendía me prohibió café pese a mis protestas porque, ya saben, me encantaba mucho el café pasado. -¡¡¡No vale!!!-, reclamé furiosa, empero mi doctora me dijo que la edad no perdona. -Ya no eres una jovencita, Jacky, los años pasan y después de los tiempos de despilfarro, nos corresponde ahora la época de ahorro-, reía la doctora viéndome desconcertada y malhumorada a la vez porque ella me había prohibido el café. -No, ya no, hija, diez matrimonios son suficientes je je je-, me reí de buena gana, disfrutando de la manzanilla. Estaba exquisita. -¿Qué es lo que pretendías madre, casándote tantas veces? ¿No podías estar sin un hombre a tu lado? ¿Te sentías vacía sin una compañía masculina?-, quería mi hija adivin
Les conté toda mi historia a mis hijos y mis nietos y ellos ahora sabían de cada matrimonio que tuve, pero lo que yo misma ignoraba, hasta ahora, es por qué me casé diez veces. -Mi abogada Daysi me recomendaba que mis maridos firmaran un contrato de matrimonio estableciendo distancias en caso de separación. "Lo mío es mío y lo tuyo es tuyo", decía la cláusula principal del convenio. Me imagino que ese articulado que nos quitaba responsabilidades de encima, era lo que me motivaba a emprender a cada momento una nueva aventura-, les relaté a todos. -Con todo el dinero que ganaba en la publicidad, en las pasarelas, en los clips, los fui invirtiendo en negocios de los que no tenía la menor idea de manejarlos, como hospitales, tiendas, centros comerciales, una línea aérea, condominios y hasta un club de fútbol que estaba último y de repente, ¡pum! ¡pum! ¡pum! empezó a ganarlo a todo y ahora es el mejor equipo del mundo-, me reí de buena gana. -!!!Todos somos hinchas del Unión B
Un sábado llegó una persona a Rancho Monroe con un encargo para mí, El tipo había sido del entorno de Truddle, un colaborador muy allegado y que actuaba como asistente personal de mi marido muerto. Yo disfrutaba de la piscina con mis nietos. - El señor dice que tiene una carta de Mario Truddle, señora Monroe-, me anunciaron de vigilancia. Era una carta. Pedí a uno de los agentes de mi seguridad que trajera la carta. Yo estaba con una tanga muy diminuta je je je. No podía exponerme. En efecto, era una misiva que había hecho Mario Truddle de puño y letra. La tenía guardada en un sobre bien sellado con mi nombre y un agregado que decía "Entregar a mi esposa en caso que muera", lo que me dejó, obviamente, turbada. Lo abrí con cuidado. Se trataba de una hoja arrancada de un cuaderno cuadriculado, con apenas cinco líneas. -La vida de un político y más aún de un presidente de la república está siempre en riesgo, por eso, en previsión de que algo me pase, me atrevo a escribirt
Me recluí varios días en rancho Monroe. No quería saber nada del mundo. Lloraba y lloraba en mi habitación y me sentía culpable de la muerte de Mario Truddle. -No debí acompañarlo, jamás debí aceptar ser su esposa-, le dije llorando a gritos a Brenda. Ella acariciaba mis pelos. -Lo hiciste muy feliz, madre, gracias a ti, Mario pudo ser presidente, murió después de haber consumado su más gran sueño y anhelo-, intentó ella consolarme y darme ánimo, contagiada de mi llanto. -Él aún estaría vivo sumido en sus sueños tontos si me hubiera negado apoyarlo-, le insistí sin resignarme. -No, madre, al contrario, lo hiciste el hombre más feliz de la Tierra con tu apoyo, consumando sus sueños y metas, recuerda que tú lo veías siempre dichoso, hecho una fiesta-, me aclaró mi hija con resolución. Tardé mucho en recuperarme porque fue un golpe atroz, furibundo, en realidad. Yo pensaba que debía separarme de Truddle, reclamarle que respetara nuestro convenio, sin embargo había algo que me
Pero fue entonces que Manix mató a mi marido. Ya les he dicho que ese tipo no pudo digerir jamás el haber perdido en las elecciones. El coronel era un hombre hecho para las armas y había descubierto su lado rencoroso con la derrota en las urnas. Manix pensaba y estaba convencido que Truddle no era merecedor para ser presidente del país, que le ganó en mala lid y consideraba que el hecho de haberlo apoyado yo en los comicios, era causal de fraude en los comicios. El crimen ocurrió en la inauguración de una gran planta nuclear al oeste de la ciudad hecho íntegramente con capitales del consorcio Monroe. Manix llegó camuflado con los otros invitados a la ceremonia, con un revólver metido entre sus ropas. No tuvo problemas para pasar por la seguridad de la planta nuclear porque Manix era muy conocido, respetado y con mucha influencia en la opinión pública. Fue esquivando a la multitud que se había hecho presente para el evento y se ubicó junto a los periodistas, en espera que el presid
Me dieron un palco especial en el parlamento, donde se apreciaba toda la ceremonia de juramentación de Mario como presidente de la república. Estuve junto a los asesores y amistades de Truddle. Fue un acto muy formal y Truddle recibió del mandatario saliente la banda presidencial en medio de los aplausos de sus adeptos. El congreso tenía, además, mayoría absoluta del partido de mi marido que lo apoyaba y respaldaba en todo. Mario aseguró, en su primer discurso como presidente, que cumplirá cabalmente con sus promesas y ofrecimientos en su campaña, que haría un gobierno popular, atendiendo las necesidades de las mayorías, enfrentándose decididamente a la corrupción, que reactivaría la economía y priorizaría las exportaciones, la producción del agro y de las industrias, cuando de pronto dijo, en medio su discurso, -que éste será un quinquenio de progresos que impulsaremos mi mujer, Jacqueline Monroe, y yo hasta cuando tenga que entregar la banda el próximo lustro-, fue exactamente







