MasukCaminando en escuadra avanzábamos por el hostil terreno, estábamos pendientes ante un posible avistamiento. La polución sonora de costumbre en los bosques iba disminuyendo al punto en que pudimos escuchar las inhalaciones y exhalaciones de los demás. Nos detuvimos y los nervios hervían nuestra sangre. Era un evento fuera de lo común, parecía que el bosque conspiraba y fallaba a favor del más fuerte. Nos reunimos y tratamos de mirar a todos lados para poder abarcar más terreno. El sudor caía de mi rostro. El Oficial Argüello me facilitó un arma blanca ya que estaba completamente desarmado. Él se quedó con su pistola tauro semiautomática y el Fiscal también tenía su arma, bien armados, aunque poco servía porque el monstruo era casi inmortal. Ellos me seguían el juego, aunque no estaban muy convencidos. Bajo la leve iluminación de la luna estábamos cautelosos, ante una posible aparición de la bestia.
Minutos después, de entre los árboles, escuché el crujido de algunas ramas. ⸻es él pensé⸻ Los colegas dieron vuelta hacia el lado izquierdo del sendero, con intención de ultimar a cualquiera que se atreva a salir de esa parte. La Colt del fiscal brillaba gracias a la luz de la luna. El fiscal intentó balbucearme algo y justo en ese instante, las ramas fueron estiradas, como si alguien las quisiera arrancar. Contreras aprovechó esa distracción y se deshizo del escolta y corrió hacia la salida. El oficial Argüello enfureció e intentó ir tras él, ya que Contreras estaba hace un instante a su lado y él era el encargado de su traslado. Flexionó las rodillas como un maratonista cuando espera el inicio de la carrera, pero algo lo hizo detener, los dejó turulato. Giró la cabeza con delicadeza y miró a los matorrales. Fueron movimientos violentos y bárbaros de entre los árboles los que llamaron su atención. A una gran velocidad algo se desplazaba por la oscura y virgen maleza. Se veía una estela de muerte tras los pasos del cobarde, quien corría para tratar de postergar su muerte. Algo gigantesco y lanudo saltó tan afanosamente sobre Contreras, como un tigre, el cual reposa su cuerpo contra la de un antílope para derribarlo. Esta enorme bestia no se podía ver con claridad bajo las sombras de la noche, lo que alcancé a escuchar fue el quebrar de algunos huesos y súplicas de piedad.
El oficial Argüello en un intento baldío de proteger a Contreras realizó cuatro disparos, pero la bestia desapareció con el cuerpo de Contreras, quien gimió antes de su captura. Fue tan rápido que no pudimos ver demasiado. Nos acercamos al lugar en donde estaba. Mirábamos entre los árboles, sin entrar por completo. De entre los arbustos se escuchaban los movimientos y también el crujir de los huesos. Empujé al fiscal y el oficial para que sigamos hacia la salida, con algunas dificultades le seguí el ritmo a la carrera que emprendieron. Con problemas en mi sistema respiratorio tuve que hacerlo pausado, detenerme a respirar unos instantes y seguir caminando. Con miedo miraba hacia atrás y también en los costados, pensaba en que ya pudo acabar con Contreras y continuar con nosotros. Los demás se percataron de que ya no estaba corriendo tras ellos, entonces se detuvieron para caminar conmigo. El fiscal apoyó su mano derecha por mi espalda y trataba de movilizarme con mayor rapidez. Ellos estaban convencidos, ya vieron al monstruo, bueno, solo su silueta.
⸻Será mejor que se adelanten y me dejen por mi cuenta, lamento mucho que se vea expuesto a esto por mi culpa ⸻Dije con la voz débil y fatigada.
⸻Mierda, señor, ya nos metimos en esto y debemos salir juntos.
⸻Ya viví demasiado para estar retrocediendo ante el mal mi estimado, si he de morir será como un hombre ⸻Terció el Fiscal con los ojos llorosos.
⸻Les pido un favor, si la bestia aparece y me lleva con él, continúen. No pierdan el tiempo al tratar de salvarme. Valoren sus vidas y cuenten lo que pasó en este lugar inhóspito.
Era algo demencial. Hombres preparados fueron avasallados, personas desaparecidas desde tiempos inmemorables según Duarte. Un paraje hostil para los turistas. Los demás recargan la responsabilidad sobre los hombres, sin saber que el que perpetra las muertes era un demonio, con un apetito desmesurado por la carne humana.
Varios minutos de caminata por el sendero dieron resultados, ya se podía ver a lo lejos, la entrada tupida de maleza que franqueamos para ingresar. Mi rostro estaba cubierto de lágrimas, mi mucosa nasal humedecida, la euforia me invadía, parecía que la vida iba estar de mi lado. Muy triste pensamiento, ya que perdí a todos mis hombres, pero feliz por volver a tener contacto con mis amores.
Froté mi rostro, el cual estaba cubierto de tierra y lágrimas, miré a los demás, estaban sonrientes. Era una sensación única, como si fuéramos galardonados en alguna competencia.
⸻Falta poco, esto no hubiera sido posible sin ustedes⸻ dije lloroso.
⸻Dejémonos de frivolidades, Detective, nosotros estamos orgullosos de participar en este rescate ⸻Dijo el fiscal desvistiendo sus grandes dientes blancos en la oscuridad.
⸻Ya estamos a pun ⸻No pude completar la palabra por que sentí un estrujón similar a la fuerza hidráulica en el brazo derecho, todo pasó tan rápido. Era sobre el codo, a la altura del bíceps, era tan fuerte la presión que quebró mi húmero, mi brazo derecho estaba destruido. Me sujetó con los dientes y la erguida mandíbula que poseía, me lanzó al aire y me azotó hacia un costado. Comencé a plañir del dolor, los demás se detuvieron y percutieron disparos al cráneo del engendro, este ni se inmutaba. Se acercó desafiante a ellos y exhalaba con potencia como si tuviera muchas ganas de ir a envestirlos, la situación era parecida a la de esos toros sueltos en la festividad de San Fermín. Con todo el dolor encima traté de incorporarme, con el brazo izquierdo me apoyé por una piedra lentamente, con dificultad lo hice. El dolor del brazo derecho era agobiante, sentía como si me hubiera caído de un biciclo. Intenté llamar su atención con las pocas fuerzas que me restaban, gritando y zapateando a su costado, pero la bestia no despegaba la mirada de los demás.
Qué demonios quieres gritó presuntuoso el fiscal mientras apuntaba el arma extendiendo los brazos para no fallar en sus estériles intentos. La Bestia rugía y se asemejaba a las dos vocales a y o, gracias a la oscuridad solo pude observar su postura bípeda y las garras que eran como unos bisturís, se asemejaban en su precisión en el momento del corte. Su cráneo a mi parecer era más grande que el de un humano promedio, según la craneometría el volumen más elevado era de 92,3 pulgadas cúbicas, este parecía ser el doble. Los pelos y bellos cubrían todo el cuerpo como un animal, pero este era tan grande y extraño que aún no se ha estudiado, muy salvaje y capaz de ocasionar dolor a quien fuera su presa.
El engendro se acercó cautelosamente a los dos hombres, estos se exaltaron y uno de ellos realizó disparos consecutivos al tórax y hombro, los cuales solo hicieron que moviera el cuerpo, aún seguía de pie. La bestia centró la mirada hacia el Fiscal y demostrando su empeño caminó hacia él. Bajo la luz de la irradiante luna, el señor Gervasio Esquiavo sollozaba frente al verdugo, quien castigó a los demás, una condena por el atrevimiento de adentrarse en sus dominios. Mientras el Monstruo avanzaba hacia el fiscal, él retrocedía con el arma en sus temblorosas manos. Las fuerzas iban abandonando su cuerpo, el temor se apoderó de su persona, tanto era el miedo, que deformaba su rostro con el llanto que realizaba, sus pantalones estaban empapados por la fétida orina que dejaba escapar su cuerpo. Basta, andate de acá, b****a inútil gritaba el fiscal, quien rebuscaba insultos para tratar de persuadir al demonio, pero este obviaba sus palabras ya tenía pactado su obra ya no había marcha atrás.
La bestia relinchaba de ira y se acercó con ferocidad, columpiando sus garras arrancó gran parte de la camisa que vestía el hombre. El oficial Argüello percutió varios disparos en la zona del abdomen. Mientras ocurrían los disparos me dieron varias puntadas agudas que me hicieron quedar en cuclillas, rápidamente saqué mi medicamento, que estaba almacenado en el bolsillo de mi camisa, con esfuerzo y mucha saliva la tragué. El horrible sonido gutural que profería la bestia me hacía mal. Mientras me esforzaba por recuperarme cerraba los ojos y pensaba en cómo ayudar. Trataba de olvidar la dolencia para no sentir esta presión interna, el cual era leve, no como otras veces. Abrí los ojos justo cuando la bestia clavó sus dientes en el cuello del Fiscal, el hombre cedió por completo. La bestia plantó sus garras por las costillas de Gervasio quedando atascado ahí. El oficial Argüello aprovechó para golpearlo con una rama en la base del cráneo, para conseguir lastimarlo. El fastidiado monstruo logró desprender la pierna derecha del fiscal y conectó un golpe en el pecho del Oficial mandándolo al suelo. Mientras miraba hacia Argüello pisó con la pata izquierda el cuerpo de Gervasio, para extraerle algunas costillas, con pequeñas partes de lo que sería un pulmón. La sangre emanaba de él a cántaros, lo levantó con a la fuerza de su mandíbula y lo flameó en el aire, para que falleciera lo antes posible. Con rabia y con la dolencia postergada o controlada me levanté y encaré al monstruo diciendo: Monstruo Infernal qué es lo que quieres de nosotros. Mientras ayudaba a incorporar a Argüello ya que la salida estaba próxima y era su oportunidad para salir.
⸻Vamos, es hora de que salgas, nos vemos afuera.
⸻Señor, vení conmigo, vamos a salir cueste lo que cueste.
⸻Arriba, corré, yo voy a correr detrás de vos, dale.
⸻Gracias señor ⸻Dijo el hombre con lágrimas y con la voz frágil.
Lo incorporé y empujé para la carrera, corría con una buena velocidad, aunque cojeaba de la pierna derecha tras el golpe que se dio al estrellarse contra el suelo. Me movilizaba con lentitud, pero era continuo, miraba atrás en ocasiones, el Engendro aún seguía desmembrando el cuerpo del Fiscal, los ojos rojos del demonios se podía ver a una buena distancia, ojos de sangre, muerte y odio. Ojos que no conoce la compasión contra los que el juzga como culpables, poniendo condenas muy altas, condenas como la muerte, pero acompañado de un desgarrador final. Causante del martirio de muchos hombres, mujeres y tal vez niños, creo que pronto llegará mi final, soy un pecador igual que los demás y la purga ya viene. Esta bestia viene a seleccionar los que hoy serán salvos y sobre quien caerá su ira.
Mientras Corríamos vi una columna blanca de piedra que destacaba entre los demás, pensaba en la teoría de la marcación del límite de su territorio. Argüello se detuvo para salir conmigo, pero el terror volvió a helar mis pies, el grito desgarrador que polucionaba el monstruo me hizo temblar los huesos. Miré atrás y el demonio venía a todo galope hacia nosotros, me detuve para salvar a Argüello, cerré los ojos y extendí la mano izquierda en señal de sumisión. Pero el infeliz solo me invistió tirándome hacia las rocas blancas que estaba muy próxima a nosotros. No corrió con suerte el oficial Argüello, quien fue levantado de las piernas y arrojado, mala suerte, estaba a unos metros de la salvación. Al ser lanzado quedó lisiado de una pierna, la bestia se acercó al hombre y lo presionó con sus enormes y afiladas garras curvas, provocándole un sangrado abdominal, Argüello gemía y tosía sangre, miró hacia mí y dejó reposar su cabeza en la tierra polvorienta. La aberración actuaba con violencia, vi como con su mandíbula desasía el húmero del hombre, desprendía la columna vertebral del tronco y partía en dos el tórax del que alguna vez fue un buen oficial, Valiente y firme.
Me arrastré para ubicarme detrás de las piedras, con dificultad rectaba por el suelo sobre piedras pequeñas, fue uno de los momentos más críticos de mi vida, pensando en que detrás de esa piedra había vida, pero aún debería declarar ante las autoridades. El cuerpo no se rendía, aunque solo poseía en ese instante un solo brazo me arrastraba con todas mis fuerzas. La mente decidió vivir más, las ganas de incorporarme volvieron y caminé tambaleante, pero hacia delante. Una vez que logré pasar el límite de la roca volteé a mirar. El monstruo observaba, me concedió vivir, una rara situación era en la que me encontraba. Un ser depurador, engendrado para repartir dolor a los demás pasó por alto mi deceso, me excluyó de su lista, creé que soy digno de vivir un día más. Sus ojos rojos eran como dagas en mi corazón, pero al parpadear sentí que desapareció el embrujo del lugar. Agarró algo de entre el tórax del Oficial Argüello, creo ver que era el corazón. Lo levantó y caminó hacia los matorrales para así desaparecer nuevamente en sus dominios. En cambio yo, con el brazo lastimado y cojo de una pierna avancé hacia la salida de arbusto que estaba a metros de ubicación. Caminé hacia la maleza, por el mismo lugar de donde entramos, pero el sendero ya estaba hecho y solo restaba atravesarlo. Caminé con mi brazo derecho fracturado y con el izquierdo trataba de estabilizarlo. Las espinas que sobresalían a los costados del sendero penetraban mi vestimenta, el pinchazo me hacía recordar que estaba vivo.
Cada paso aliviaba mi afligido corazón, pasos débiles que son consecuencia de mi condición. La sangre impregnaba la camisa blanca que vestía bajo la campera del finado Argüello. El dolor aumentaba al paso de la inflamación y me dejaba moribundo, ya había perdido mucha sangre y por la falta de alimentos estaba estropeado, ya pasaron facturas. Lo único que quería era ver a mis dos amores.
La mañana avanzaba sobre Areguá disolviendo los últimos jirones de neblina gris sobre la superficie del lago Ypacaraí, pero en la mente del comisario Nagel la claridad tardaba en instalarse. El patrullero avanzaba con suavidad por el camino costero, despidiendo un leve rumor de neumáticos sobre el pavimento húmedo mientras el paisaje de aguas mansas y juncos altos desfilaba por las ventanillas. Cada kilómetro recorrido hacia los embarcaderos artesanales reforzaba la certeza de que el peligro subterráneo que creían sepultado bajo el asfalto y el plomo bendecido en la estación ferroviaria no era más que una ramificación de un mal mucho más vasto y antiguo.—Detén la marcha acá, Matías —ordenó Nagel de improviso, señalando con la barbilla una pequeña ensenada rodeada de sauces llorones donde solían atracar las barcas de los pescadores locales.El joven oficial frenó la camioneta a un costado del camino, junto a un cartel oxidado que señalaba la prohibición de arrojar basura en la ribera.
La bruma de la madrugada flotaba sobre la superficie del lago Ypacaraí como un manto de gasa blanca que se negaba a disiparse, incluso cuando los primeros rayos de un sol pálido comenzaban a teñir de gris perla el horizonte de Areguá. A la orilla del agua, donde los matorrales de ea y los camalotes formaban un laberinto verde y silencioso, el aire conservaba ese frescor húmedo que penetraba hasta los huesos, recordándole a cualquiera que la naturaleza de la región guardaba memorias mucho más antiguas que las leyes de los hombres.El comisario Nagel caminaba solo por el muelle de madera vieja, con las manos hundidas en los bolsillos de su campera táctica y la mirada fija en el vaivén perezoso de las pequeñas olas contra los pilotes de lapacho. Las botas de cuero emitían un sonido seco y rítmico —tock, tock, tock— sobre las tablas carcomidas por la humedad, el único compás que rompía la quietud matutina.A pesar de que las incursiones subterráneas en la estación y el enfrentamiento en l
La oscuridad del monte bajo en la compañía Caacupé-mi no era una simple ausencia de luz; se sentía como una sustancia viva, espesa y pesada, que se adhería al rostro y ralentizaba los movimientos. A pocos metros de distancia, en el lecho seco de la cañada, el ejemplar joven de Ao Ao continuaba su labor frenética. Sus garras delanteras, largas y afiladas como cuchillas de acero, raspaban la roca arenisca con un sonido metálico y chirriante que perforaba los oídos. Las piedras saltaban despedidas hacia atrás, golpeando los matorrales con fuerza mientras la bestia dejaba escapar buidos roncos y desesperados.El comisario Nagel permanecía inmóvil, agazapado detrás de un tronco grueso de yvyrá pytã cuyas raíces superficiales servían de trinchera natural. Tenía el cuerpo ligeramente inclinado hacia adelante, manteniendo el equilibrio sobre sus botas, con la pistola firmemente sujeta entre ambas manos. Su respiración era un ejercicio de control absoluto: inhalaba despacio por la nariz, reten
La camioneta patrulla avanzaba a los tumbos por el camino vecinal de tierra roja que serpenteaba hacia las estribaciones de la compañía Caacupé-mi. Las luces delanteras cortaban la negrura de la noche, proyectando haces de luz que danzaban sobre los matorrales tupidos y los postes de alambrado caídos. A los lados del camino, el monte cerrado de Areguá parecía una muralla impenetrable, un abismo verde que guardaba celosamente los secretos más oscuros de la mitología guaraní.En el asiento del acompañante, el comisario Nagel mantenía la vista fija en el horizonte, con la mano derecha apoyada instintivamente sobre el mango de la nueve milímetros. Su respiración era pausada, casi imperceptible, acompasada por el ronroneo constante del motor forzado contra los baches del terreno.—El hombre que llamó vive en el límite mismo donde terminan los potreros y empieza la reserva forestal que trepa hacia los cerros —explicó Matías, aferrando el volante con ambas manos para evitar que el vehículo p
La tarde en Areguá descendía lentamente, tiñendo el cielo de un tono cobrizo que se reflejaba en las aguas tranquilas del lago Ypacaraí a lo lejos. En la comisaría, el ritmo de la jornada había disminuido tras el trajín matutino. Los reportes firmados y archivados reposaban en los casilleros de la administración, y el eco de las botas del comisario Nagel resonaba con una regularidad casi metronómica contra el suelo de terrazo del pasillo principal.Nagel se detuvo junto a la ventana de la guardia, observando cómo los últimos rayos de sol encendían las copas de los árboles en la plaza central. A pesar de que los túneles subterráneos habían sido limpiados y el peligro inmediato de la manada había quedado sepultado bajo toneladas de asfalto y tierra, la inquietud no lo abandonaba por completo. Un cazador que ha visto los límites de la realidad romperse frente a sus ojos sabe perfectamente que el silencio de la naturaleza nunca es definitivo; es apenas una tregua temporal antes de que el
La mañana en Areguá desperezaba su modorra entre casonas coloniales y el aroma persistente a chipa caliente que emergía de las panaderías artesanales sobre la calle principal. El sol de septiembre, tibio pero firme, comenzaba a disipar los últimos rastros de la neblina nocturna que había abrazado las vías muertas del ferrocarril. Para los transeúntes que caminaban rumbo al mercado o se detenían a saludar frente a la plaza central, el mundo transcurría con la apacible normalidad de un pueblo donde las noticias más graves rara vez superaban el robo de una bicicleta o una disputa vecinal por medianeras.Nadie en la superficie sospechaba lo que había ocurrido apenas unas horas antes bajo sus propios pies.El comisario Nagel caminaba de regreso hacia la jefatura con paso lento pero firme. Cada uno de sus movimientos arrastraba el cansancio acumulado de una noche sin tregua, una fatiga que ya no se manifestaba como una migraña paralizante, sino como un peso sordo en los músculos y la certeza