LOGIN—¿De verdad? —exhaló, volviendo a sonreír mientras sacaba el coche de la plaza de aparcamiento—. ¡Anda ya, Kassandra! Sé que estás disimulando, ¡tampoco me has echado tanto de menos!
Llegamos a su casa y, solo desde la entrada, ya se veía enorme y preciosa. Un salón perfectamente amueblado con un televisor de plasma gigante en un lateral, un gran ventanal de techo a suelo con vistas a toda la ciudad, dos dormitorios, un comedor enorme... Te dejaba sin aliento. Una escalera conducía a las demás habitaciones y baños, y justo al lado había una cocina equipada con congelador y todo lo que te pudieras imaginar.
—Hermanita... —suspiré—. Tienes un piso increíble. ¿De dónde sale...?
—¿...tanto dinero? —completó ella por mí.
—Del trabajo, claro. Hay que currar duro para permitirse esto —respondió—. Es uno de los incentivos que me da la empresa por ser de las mejores empleadas hasta la fecha. Además, el sueldo neto está bastante bien. Venga, voy a la cocina a calentarte la comida en el microondas. Acompáñame, que es hora de comer. Ya cotillearás el resto de las habitaciones luego —añadió, dejando mi maleta junto a la puerta principal.
Mientras comíamos, Riley recibió una llamada de la oficina por una última hora de una noticia. Tuvo que salir pitando al trabajo y me dejó sola recogiendo mis cosas. Entré en el dormitorio donde me había instalado, me senté en la cama grande y resoplé. Me sentía hiperactivada, con una necesidad urgente de liberar tensión. Hacía muchísimo tiempo que no me follaba un pene de verdad. Abrí una de las maletas, saqué mi vibrador tipo varita y lo dejé sobre la cama mientras me desnudaba por completo.
Puse el aire acondicionado para caldear de frío la habitación y me tumbé desnuda sobre la colcha, dejando que el aire helado me erizara los pezones hasta ponerlos duros. Cogí el vibrador y lo encendí en la potencia más baja. Se oía un zumbido suave. Eché la mano al bolso, saqué el lubricante y embadurné el cabezal para que estuviera bien húmedo. Lenta, muy lentamente, me lo subí hacia el pecho y empecé a trazar círculos alrededor de mis mamas, descendiendo poco a poco hasta rozar los pezones. La corriente de placer me erizó la piel. Cerré los ojos para saborear la sensación.
Solté una risita ahogada e inhalé hondo ante el latigazo de placer. Dios mío. Me metí tres dedos en la vagina, que ya chorreaba, y empecé a dedearme suavemente mientras con la otra mano hacía rotar el vibrador alrededor del pezón izquierdo.
Me llevé el cabezal a la boca, lo empapé bien de saliva y me lo bajé directo al coño. Le subí la velocidad. Aún tumbada en la cama, abrí de par en par las piernas, me aparté los labios con una mano para exponer el clítoris y le pasé el vibrador por encima: arriba, abajo, despacio, arriba, abajo... y a los cinco segundos, una pasada larga de arriba a abajo. La corriente me atravesó entera. «Dios mío, Dios mío, Dios mío», gemí fuera de mí. No podía controlarme. Sin dejar de frotarme el clítoris, pegué el cuerpo al colchón. Podía notar cómo mi coño se empapaba cada vez más; me pasé los dedos por la entrepierna para comprobar la humedad y me los llevé a la boca para saborearme. Sabía salado y dulce a la vez. Me retiré el vibrador un segundo, lo puse a máxima potencia porque necesitaba correrte ya, y me lo volví a clavar contra el centro del placer mientras me agarraba con fuerza a las sábanas.
Esta vez me embestía contra el vibrador a ritmo frenético, de arriba abajo, rozando justo el punto exacto. Mis gemidos subían de tono y las piernas me temblaban sin control. Chillé lo más fuerte que pude mientras alcanzaba el orgasmo.
Pierre grita algo en francés y señala el helicóptero. Estoy casi segura de que se refiere al ametrallador en la puerta abierta.No me importa. Lo único que me importa es la vida de Grant.«¡Vete!», grito furiosa.Pierre se resigna y luego grita: «¡Abajo, abajo!», mientras hace un gesto con la mano.Me agacho en el asiento trasero. Pierre hace lo mismo al volante, asegurándose de protegerse la cabeza, y luego avanza a una cuarta parte de nuestra velocidad anterior.Estoy a punto de gritarle que vaya más rápido cuando el ametrallador abre fuego. Esta vez no es un disparo de advertencia.Grito mientras las balas vuelan a nuestro alrededor como abejas furiosas y destrozan el casco de fibra de vidrio de la lancha, dejándolo lleno de agujeros.Pierre inmediatamente pone la marcha atrás y empezamos a retroceder lentamente en lugar de avanzar.En cuanto empezamos a retroceder, las balas cesan. Los disparos deben ser una amenaza para mantener a Grant a raya. Si se porta bien, no me pasará nada
Se aparta para mirarme y me agarra el pelo mojado con las manos mientras ríe. Sus ojos brillan y danzan mientras me observa.—¿Estás bien? —pregunta.Asiento. Mi corazón aún no se ha recuperado del todo de la descarga de adrenalina de los últimos minutos, pero estoy viva, y eso es suficiente.—¿Me rastreaste? —pregunto.—Sí, desde el momento en que salimos. Supe que algo andaba mal cuando oí los disparos, pero ya habíamos cruzado el río y no pudimos regresar a tiempo. El tráfico se convirtió en un atasco. Así que llamé a Pierre... —Aquí señala al joven al timón, que desliza la lancha sobre el agua—.—Me recogió y te rastreamos hasta Notre Dame.Empiezo a llorar, tan aliviada. Una vez más, he escapado de la muerte por los pelos y he vuelto a los brazos del hombre que amo.—¿Cariño? —dice.—¿Sí?—Me retracto de todo —sonríe—. Tenías razón: el GPS fue genial, la mejor idea de la historia.Me río entre lágrimas—. ¿Me lo puedes dejar por escrito?Se ríe conmigo—. Lo grabaré en una placa de
Tiene sentido, sin embargo. Epicuro los está guiando. Puede verlo todo con las docenas de cámaras que veo en cada manzana, y les está dando indicaciones. El cazador controlando a sus perros.No me disparan, pero eso también tiene sentido. Me quieren vivo… como cebo.Por eso no pueden atraparme.Me duele el costado al llegar a la enorme plaza frente a la catedral. Cientos, quizás miles, de personas deambulan por allí: sacan fotos, leen carteles, pasean y disfrutan del paisaje.Quizás pueda despistar a los mercenarios entre la multitud.¡BUM, BUM, BUM!Los disparos resuenan en el aire.Toda la multitud me mira horrorizada. Sé lo que ven: hombres enmascarados con pistolas.¡Terroristas!, piensan, y todos esos cientos de personas gritan y se dispersan, dejando la plaza completamente vacía en cuestión de segundos.Adiós a la idea de despistar a mis perseguidores entre la multitud.Corro a toda velocidad por el patio y me dirijo a la puerta principal de la iglesia. Normalmente habría una fi
Pero no lo es.Nunca volverá a estar bien.—Aeropuerto Charles de Gaulle, ahora mismo —ordena Duplass.La camioneta sale del callejón y se incorpora al tráfico en una calle más grande. Voy apretujada entre Mailin y Duplass en el asiento trasero; los otros dos van delante.—Dios mío, qué telenovela —murmura Duplass. Intento ignorarlo, pero me lo pone imposible—. Tú y tu novio matón sí que saben cómo hacer llorar.Ya odiaba a Duplass antes de esto. Ahora lo detesto por completo.—¿Tal vez podríamos hablar de esto en otro momento? —pregunta Mailin con frialdad.—Tendré la conversación que quiera, cuando quiera —responde Duplass bruscamente—. Olvídate de acostarte con tu amorcito y madura. Es una criminal, igual que Carlson.Mailin se sonroja intensamente.Considero hasta dónde puedo meterle el auricular a Duplass en la oreja y si eso lo mataría. Si lo hiciera, iría a la cárcel muy contenta.“Vamos a ser el hazmerreír del FBI, ¿lo sabes, verdad?”, se burla Duplass de Mailin. “Estamos a tr
Se supone que debo irme con ellos en los próximos minutos.Ya me despedí de JP en Marcel's. No me molesté con Dominique; ya había tenido suficiente de esa zorra hipócrita para siete vidas.Ahora solo queda despedirme de Grant. Lo cual, a pesar de la revelación que tuve antes en el restaurante, es lo más difícil que he tenido que hacer en toda mi vida.Ninguno de los dos sabe qué decir."Bueno...", empiezo con torpeza.Tiene un semblante sombrío. "Ha sido una aventura intensa".Asiento. "Eso es quedarse corto".Sonríe, y luego se pone serio de nuevo. "Mira... cuando vuelvas... si necesitas dinero, saca lo que quieras de las cuentas en el extranjero que abriste".Sus palabras pretenden ser amables, pero duelen. "No quiero tu dinero"."Sé que no lo quieres, pero si lo necesitas... prométeme que lo tomarás".—Estaré bien.Suspira, se gira y mete la mano en el coche en el que llegamos. Saca la mochila y rebusca dentro. Veo el último fajo de 10.000 dólares en efectivo, las tarjetas de crédi
«—que verme morir lentamente, sin ser el hombre que estaba destinado a ser. Fue entonces cuando decidí que tenía que dejarla ir».«Y ella dice: “Mi amor, lo siento”… y entonces…»Se oye el sonido del beso, luego se abre una puerta, seguido de mi voz, aguda y acusadora: «¿Qué está pasando?»JP detiene la grabación. Se ve más cabizbajo que nunca, y eso ya es decir mucho.No lo culpo.Yo tampoco querría ser el ángel de la muerte emocional de nadie. No querría ser quien les arrebatara su amor, sus sueños, su esperanza.Levanta la cabeza para mirarme, luego desvía la mirada y respira hondo.Me giro.Grant está de pie al pie de la escalera, escuchando, con el rostro contraído por el dolor y la culpa.***Lo miro fijamente. Me siento en estado de shock. Entumecida. Muerta emocionalmente.«Eve…» susurra.«¿De verdad es por eso?», le pregunto con voz monótona y sin expresión. «¿Por eso me quieres en el barco?»«Es… no. No, es mucho más complicado que eso.»—Está bien —digo en voz baja. Ahora t







