เข้าสู่ระบบPOV ALICE
No conseguí volver a dormir. Cada vez que cerraba los ojos, veía el rostro de Daniel. Su expresión cuando el jarrón se estrelló contra su cabeza. La sangre. Sus gritos. La amenaza que me lanzó antes de que huyera: —Te voy a encontrar. Abrí los ojos de golpe. La habitación permanecía en silencio. Durante unos segundos me quedé inmóvil, intentando convencer a mi cuerpo de que ya no estaba en aquella casa. Aquí nadie iba a entrar de madrugada para revisarme el teléfono, criticar mi cuerpo o gritarme por cualquier cosa. Aun así, el miedo seguía conmigo. Me levanté despacio para no hacer ruido. El suelo de madera estaba frío bajo mis pies. Salí de la habitación y avancé por el pasillo hasta llegar a la sala principal. La nieve seguía cayendo detrás de los enormes ventanales. Todo era blanco. Silencioso. Tranquilo. Una paz que me resultaba extraña. Por primera vez en mucho tiempo no había teléfonos sonando, empleados esperando órdenes ni reuniones interminables. Solo el crepitar de la leña consumiéndose lentamente en la chimenea. Respiré hondo. Entonces empecé a fijarme en detalles que el día anterior habían pasado desapercibidos. Aquella casa no pertenecía a un hombre cualquiera. En una pared había varios mapas topográficos de la montaña llenos de anotaciones hechas a mano. En otra descansaban fotografías aéreas del bosque sujetas con chinches. Sobre un estante había una brújula militar, una vieja radio de largo alcance y varios libros sobre supervivencia. Todo estaba perfectamente ordenado. Cada objeto parecía ocupar exactamente el lugar donde debía estar. Nada era decoración. Todo tenía una función. —No deberías caminar descalza. Di un pequeño salto. No había escuchado sus pasos. Alexander estaba detrás de mí con dos tazas humeantes entre las manos. Llevaba un pantalón deportivo gris y un suéter oscuro de cuello alto. Su cabello todavía estaba húmedo y la barba de un par de días endurecía aún más sus facciones. Me tendió una taza. —Gracias. Acepté el café. El calor me reconfortó las manos de inmediato. Él bajó la mirada hacia mis pies. Sin decir una sola palabra, caminó hasta un mueble, abrió un cajón y sacó unas medias gruesas de lana. Después hizo algo que me dejó completamente inmóvil: se agachó frente a mí. —Alex... —intenté detenerlo. Él simplemente negó con la cabeza. Con una calma absoluta tomó uno de mis pies entre sus manos. Sus manos eran enormes. Fuertes. Llenas de pequeñas cicatrices que hablaban de una vida mucho más dura de lo que imaginaba. Sin prisas me colocó la media. Luego hizo exactamente lo mismo con el otro pie. No había vergüenza. No había tensión. Solo una naturalidad que me desarmó por completo. Nadie... nunca... había tenido un gesto tan sencillo conmigo. —Listo. Se puso de pie como si aquello no tuviera importancia. Yo tuve que desviar la mirada porque sentía un nudo insoportable en la garganta. —¿Siempre eres así? —pregunté. Él arqueó ligeramente una ceja. —¿Así cómo? —Como si cuidar de alguien fuera lo más normal del mundo. Alexander permaneció unos segundos en silencio. Después apoyó una mano sobre el respaldo de una silla. —Antes no lo era. —Su voz perdió parte de la calidez—. Aprendí demasiado tarde que a una persona no siempre se la pierde por una bala. Fruncí ligeramente el ceño. No entendí lo que quería decir. Pero comprendí que aquella frase escondía una historia demasiado dolorosa para preguntarla. Nos quedamos en silencio. Yo giraba lentamente la taza entre mis manos mientras él observaba la nieve tras el ventanal. Hasta que un pensamiento me atravesó el pecho. Daniel. Si llegaba hasta aquí... Alexander terminaría pagando las consecuencias por haberme ayudado. —Alex... —comencé. Él volvió la cabeza. —Todavía puedes dejarme en el pueblo. Sus ojos se endurecieron. —No. —No tienes ninguna obligación conmigo. Esta vez caminó hasta quedar frente a mí. La diferencia de estatura seguía impresionándome. Tuve que levantar completamente la cabeza para mirarlo. —La obligación empezó cuando te encontré herida al borde de la carretera. Lo observé sin comprender. Él sostuvo mi mirada con absoluta serenidad. —Podría haber seguido de largo. Podría haber llamado a la policía. Podría haber fingido que nunca te vi. No hice ninguna de esas cosas. —Su voz era firme, segura—. Tomé una decisión. Y no pienso arrepentirme de ella. Aquellas palabras me golpearon con más fuerza que cualquier promesa. No intentaba impresionarme. Simplemente decía la verdad. Bajé la mirada para esconder la emoción. Fue entonces cuando vi una marca asomando bajo la manga de su suéter. Una cicatriz fina rodeaba parte de su muñeca. No parecía una herida de combate. Parecía la marca que dejan unas esposas demasiado apretadas. Alexander siguió mi mirada. Instintivamente bajó la manga. —¿Qué pasó ahí? Durante un instante sus ojos cambiaron. Una sombra cruzó su rostro. —La peor decisión de mi vida. No añadió nada más. Y entendí que acababa de tocar una puerta que todavía debía permanecer cerrada. En ese preciso momento un pitido metálico rompió el silencio de la casa. Alexander reaccionó de inmediato. Dejó la taza sobre la mesa y caminó hasta el panel de seguridad. La pantalla se iluminó mostrando la carretera principal de la montaña. Mi respiración se detuvo. Dos camionetas negras avanzaban detrás de un vehículo de la policía. Conocía esas camionetas. Las había visto cientos de veces estacionadas frente a la empresa de Daniel. Sentí que la sangre abandonaba mi rostro. —Alex... Él observó la imagen apenas unos segundos. Su expresión no cambió. Apagó el monitor. Respiró profundamente. Después volvió a mirarme. —Es hora de que conozcas el refugio.POV ALEXANDER —¡Muévanse!La voz de Marcus retumba sobre el estruendo de los disparos y me devuelve al presente.Me levanto de golpe detrás del chasis destrozado del vehículo y disparo en ráfaga hacia uno de los mercenarios que intenta flanquearnos por el costado derecho. El impacto lo derriba sobre la nieve salpicada de barro.—¡Por aquí! ¡A la cobertura! —grita Noah señalando la maleza.Corremos a toda prisa hacia la zanja profunda que bordea la carretera. Es nuestra única posibilidad real de cubrirnos contra el fuego cruzado. Alice viene justo detrás de mí, tropezando con el terreno irregular. La tomo de la mano con fuerza y tiro de ella mientras las balas barren el aire, haciendo restallar las ramas sobre nuestras cabezas.—¡Agáchate! —la insto, empujándola hacia abajo.Ella cae conmigo en el barro helado justo cuando una ráfaga masiva golpea los troncos a espaldas nuestras, haciendo caer una lluvia de nieve y esquirlas sobre nosotros.—¿Estás herida? —pregunto sujetándola por lo
POV ALEXANDERNo me gusta ese mensaje.No por las coordenadas ni por la hora, sino porque alguien sabía exactamente dónde estaríamos. Nadie más debía conocer esta ruta. Nadie.Marcus mantiene ambas manos firmes sobre el volante. La carretera está casi completamente cubierta por una capa densa de nieve y los árboles a los lados forman una pared oscura e interminable que parece cerrarse sobre nosotros.Miro el reloj en mi muñeca.21:47.Tenemos poco más de cuarenta minutos para llegar al punto indicado. Si es que aquello es realmente un punto seguro y no otra trampa esperándonos en la penumbra.—¿Cuánto falta? —pregunto, rompiendo el tenso silencio del habitáculo.Marcus echa una mirada rápida a la pantalla del GPS antes de devolver los ojos al camino.—Veinte minutos, quizá menos si la nieve no empeora.—¿La ruta sigue limpia?—Hasta ahora, sí.Miro de reojo por el retrovisor exterior. Las luces tenues de un vehículo se reflejan en el cristal cubierto de escarcha. Sigue ahí. No ha camb
POV ALEXANDERLa carretera nevada exigía firmeza al volante. Nadie hablaba; sabíamos que el silencio era vital.Con la mano de Alice entrelazada a la mía, noté que fingía dormir, aunque su respiración tensa la delataba.—¿No puedes dormir? —pregunté en voz baja.Abrió los ojos.—No.—¿Por qué?Miró hacia la ventanilla.—No me gusta cómo terminó todo esto.—A mí tampoco.Apoyó la cabeza en mi hombro.—¿Crees que hicimos bien en irnos?La pregunta me tomó por sorpresa.—Sí.—¿Seguro?—Sí.—¿Aunque dejemos todo atrás?Miré hacia la negrura del exterior.—Todo eso eran cosas materiales.Ella levantó la vista.—¿Y si no podemos volver jamás?La miré directo a los ojos.—Entonces construiremos otra vida.Sus ojos se quedaron fijos en los míos.—¿Así de fácil?—No. Nunca será fácil. Pero mientras estés conmigo... encontraremos la manera.Ella esbozó una sonrisa pequeña, casi triste, se acercó y me besó los labios.Marcus carraspeó desde el asiento delantero.—Sigo aquí, por si lo olvidan.Al
POV ALEXANDER La estaca seguía clavada frente a nosotros. Te quedan tres días. Noah permanecía inmóvil. Marcus había dejado de mirar el mensaje para observarme a mí. Elena tenía los brazos cruzados y Ethan no decía una palabra. Y Alice... Alice seguía junto a mí. Sentí sus dedos cerrarse alrededor de mi mano. —Alex... —la miré. Tenía los ojos llenos de preocupación—. ¿Qué significa? No respondí inmediatamente. Volví a mirar la cinta roja. Cuervo no estaba amenazándonos; estaba marcando un plazo. Y eso era mucho peor. —Significa que tenemos tres días para desaparecer. Marcus negó de inmediato. —No. Tenemos menos.—Lo miré con el ceño fruncido. —¿Por qué? —Porque si realmente conocen nuestra ubicación, no van a esperar tres días para atacar. Esto no es una fecha de ataque. Es una cuenta regresiva. Sentí cómo se tensaba mi mandíbula. Tenía razón. Cuervo quería que supiéramos que nos había encontrado y quería que hiciéramos exactamente lo que él esperaba. —¿Qué harías tú? —pr
POV ALEXANDER El sonido del viento golpeando los cristales rotos de la ventana era lo único que se escuchaba en la sala principal. La estaca con la cinta roja seguía sobre la mesa. “Te quedan tres días.” Siete palabras. Un ultimátum directo, frío y sin margen de error. Marcus se acercó lentamente a la mesa, cruzándose de brazos y observando el trozo de madera con una expresión sombría. —Tres días —murmuró, sopesando las palabras—. Significa que no piensa venir solo. Está preparando algo grande o está esperando refuerzos. —O ambas cosas —añadió Noah desde la puerta, con la mirada fija en el sendero cubierto de nieve—. No se habría arriesgado a dejar esto a plena luz del día si estuviera solo vigilando el perímetro. Hay más gente con él. Ethan, que había estado revisando las cámaras de seguridad que instaló la noche anterior, soltó un suspiro tenso y golpeó la mesa con los nudillos. —Y lo peor es que los sensores no captaron nada. Absolutamente nada. Es como si hubieran pisado
POV ALEXANDER Nadie habló después de la transmisión. La radio seguía sobre la mesa, en absoluto silencio, como si la voz nunca hubiera existido. Marcus fue el primero en reaccionar: tomó el aparato y lo desmontó pieza por pieza en menos de un minuto con movimientos mecánicos. —No tiene sentido —murmuró, frunciendo el ceño. —¿Qué pasa? —preguntó Ethan, tenso. Marcus dejó los componentes metálicos sobre la madera. —No estaba usando nuestra frecuencia cifrada. —Entonces... —comencé. —Entró directo a nuestro sistema de banda ancha —sentenció Marcus. La respuesta cayó como una piedra pesada en la sala. No había interceptado nuestra comunicación; la había hackeado e invadido a voluntad. Eso solo significaba una cosa aterradora: nos había estado observando y escuchando desde mucho antes de que cruzáramos la puerta de la cabaña. Elena cruzó los brazos, con la mirada dura. —¿Puede volver a hacerlo? Marcus asintió lentamente. —Si quiere, sí. —Entonces apaguen todo ahora mismo —ordené







