LOGINAlice huyó de la violencia, de un cobarde para terminar atrapada en el dominio de una bestia. Con el rostro ensangrentado y el cuerpo marcado por los golpes de un hombre que juró amarla mientras destruía su autoestima llamándola "demasiado pesada", el único camino que le quedaba era la huida. La tormenta de nieve en las profundidades de Alaska debía ser su tumba, pero el destino la arrojó a las puertas de un infierno diferente: la inmensa cabaña de madera de Alexander. Dos metros diez de estatura. Masa muscular pura, cicatrices de guerra y un pasado en sombras. Un exmilitar ermitaño que vive aislado del mundo porque la sociedad teme a su tamaño... y porque él sabe de lo que es capaz. En la soledad helada de la montaña, las normas son implícitas, pero hay un aviso no escrito grabado en la madera: no provocar al gigante. Sin embargo, el encierro forzado enciende una tensión salvaje y sin retorno. Alexander no ve en ella a la mujer rota e imperfecta que su expareja intentó destruir. Ve carne abundante, caderas anchas y una tentación irresistible hecha a la medida de su brutalidad. Entre el fuego abrasador de la chimenea y el aislamiento implacable del invierno, la compasión se transforma rápidamente en hambre. Alexander no busca consolarla; exige reclamarla, invadirla y someterla hasta borrar cada recuerdo del pasado. Un deseo crudo. Una desproporción aterradora. Cuando la bestia despierta, la única opción es entregarse por completo.
View MoreCapítulo 1: La huida
POV ALICE —No vas a comer un solo bocado hasta que reflexiones, ¿me oíste? El grito de Daniel rebotó por todo el vestíbulo antes de que un empujón me lanzara contra el piso de mármol. El golpe me dejó sin aire. Cerré los ojos un instante, intentando recuperar el aliento mientras el dolor se extendía desde la espalda hasta las costillas. No llores. No lo mires. No respondas. Había aprendido que cualquier reacción podía empeorar las cosas. —Mírate —escupió con desprecio mientras se aflojaba la corbata—. Das vergüenza. Levanté la vista apenas un segundo. Todavía llevaba puesto el vestido negro que él mismo había escogido para la cena de su empresa. Decía que ese color "disimulaba". Que la gente notaría menos lo mucho que había cambiado mi cuerpo. Como si yo no lo notara cada mañana frente al espejo. Meses atrás mi ropa dejó de cerrarme. Mis caderas comenzaron a ensancharse, mi pecho aumentó de tamaño y mi cuerpo parecía transformarse sin pedir permiso. Los médicos seguían haciéndome exámenes porque nadie encontraba una explicación clara. Pero para Daniel no existían hospitales ni diagnósticos. Solo existía una mujer que, según él, había dejado de cuidarse. —Toda la noche estuviste pendiente de la comida —continuó, caminando lentamente hacia mí—. ¿Sabes cómo me miraban mis socios? Negué con la cabeza. Era mentira. Había pasado toda la cena fingiendo que no tenía hambre. Solo había tomado un pequeño bocadillo cuando el mareo me hizo creer que iba a desmayarme delante de todos. —No quería llamar la atención... —susurré. Su risa fue peor que un grito. —Siempre llamas la atención. Se agachó frente a mí y me sujetó del mentón con fuerza. —Antes eras una mujer elegante. Ahora pareces incapaz de controlar lo único que depende de ti. Las lágrimas comenzaron a acumularse en mis ojos. No por sus palabras. Sino porque una parte de mí todavía seguía preguntándose si tendría razón. ¿Y si realmente era culpa mía? ¿Y si todo esto solo significaba que había perdido el control de mi cuerpo? —Daniel... yo no elegí que esto pasara. —Claro que sí. Me soltó con brusquedad. Elegiste comer. Elegiste descuidarte. Elegiste convertirme en el hazmerreír de la noche. Sentí un nudo en la garganta. Durante tres años me había convencido de que sus insultos eran una forma torpe de ayudarme. Que, en el fondo, solo quería que volviera a ser la mujer de la que se enamoró. Pero esa noche... Había algo diferente en sus ojos. Algo que me hizo sentir un miedo que nunca antes había sentido. —Solo comí un bocado... —murmuré. —¡Cállate! El golpe llegó tan rápido que apenas lo vi venir. Su mano impactó contra mi rostro con tanta fuerza que mi cabeza giró hacia un lado. El sabor metálico de la sangre llenó mi boca. El labio inferior acababa de romperse. Antes de que pudiera incorporarme, Daniel cayó sobre mí. El primer puñetazo aterrizó en mi brazo. El segundo en las costillas. El tercero en el abdomen. Me hice un ovillo por puro instinto. Intenté protegerme la cabeza mientras los golpes seguían cayendo uno tras otro. —¡Mírate! —gritaba fuera de sí—. ¡No sirves para nada! Cada palabra dolía casi tanto como los puños. —¡Por favor...! No terminé la frase. Una patada me arrancó el aire de los pulmonales. Todo empezó a dar vueltas. Entonces lo escuché. —Agradece que no te mato aquí mismo. Su voz había cambiado. Ya no gritaba. Hablaba despacio. Con una calma que me heló la sangre. —Estás tan pesada que ni siquiera podría meterte en una maleta sin dañarme la espalda. Lo miré. Y por primera vez entendí algo. Daniel no estaba intentando asustarme. Estaba pensando seriamente en matarme. El terror apagó el dolor. Mi mano comenzó a buscar algo a ciegas sobre el piso. Mármol. Alfombra. Vidrios. Hasta que mis dedos encontraron la base pesada de un jarrón de cerámica. Lo agarré con las dos manos. Y antes de que pudiera volver a golpearme... Lo estrellé contra su cabeza. El sonido fue seco. Daniel soltó un grito y retrocedió tambaleándose mientras la sangre empezaba a correr entre sus dedos. No esperé a comprobar si volvería a levantarse. Me puse de pie como pude. Tomé las llaves de mi camioneta que estaban sobre la mesa del recibidor y corrí hacia el garaje. El motor rugió apenas giré la llave. Salí de la propiedad sin mirar el espejo retrovisor. Solo quería alejarme. Lo más lejos posible. Conduje durante horas. No recuerdo cuánto. Las lágrimas me nublaban la vista y el dolor en las costillas hacía que cada respiración fuera un esfuerzo. Cuando reaccioné, ya estaba ascendiendo por una carretera de montaña completamente desconocida. La nieve comenzó a caer poco después. Primero fueron pequeños copos. Luego una tormenta. El viento golpeaba la camioneta con tanta fuerza que apenas distinguía el camino. Fue entonces cuando el motor empezó a fallar. Una luz roja se encendió en el tablero. Después otra. Y finalmente todo quedó en silencio. Giré la llave varias veces. Nada. La batería había muerto. Me quedé inmóvil unos segundos. El frío comenzó a entrar por cada rincón del vehículo. Si permanecía allí, terminaría congelándome. Tomé aire y abrí la puerta. El viento me golpeó el rostro como una cuchilla. La nieve me llegaba casi hasta las rodillas. Avancé sin saber hacia dónde iba. Cada paso era más difícil que el anterior. Mis zapatos ya no protegían del hielo. Sentía los pies completamente entumecidos. Las costillas me ardían. Las piernas apenas respondían. Tropecé con una raíz escondida bajo la nieve. Caí por una pequeña pendiente y rodé varios metros hasta quedar boca arriba. El cielo era completamente blanco. Los copos seguían cayendo sobre mi rostro. Quise levantarme. No pude. Entonces vi algo a lo lejos. Una enorme reja de hierro negro. Detrás de ella se alzaba una casa de piedra parcialmente oculta entre los pinos. Y frente al portón... Había un hombre. Era inmenso. Mucho más alto que cualquier persona que hubiera visto. Llevaba un abrigo grueso, barba oscura y un rifle colgado a la espalda. Por un segundo, el miedo volvió a paralizarme. No sabía quién era. No sabía si sería mejor... o peor que Daniel. Pero ya no tenía fuerzas para seguir huyendo. Levanté una mano temblorosa. —Por... favor... Mi voz apenas era un susurro. —Ayúdeme... El gigante caminó hacia el portón. Lo último que vi antes de perder el conocimiento fue cómo abría la reja y se arrodillaba frente a mí. Después... Todo se volvió negro.POV ALEXANDERLa carretera nevada exigía firmeza al volante. Nadie hablaba; sabíamos que el silencio era vital.Con la mano de Alice entrelazada a la mía, noté que fingía dormir, aunque su respiración tensa la delataba.—¿No puedes dormir? —pregunté en voz baja.Abrió los ojos.—No.—¿Por qué?Miró hacia la ventanilla.—No me gusta cómo terminó todo esto.—A mí tampoco.Apoyó la cabeza en mi hombro.—¿Crees que hicimos bien en irnos?La pregunta me tomó por sorpresa.—Sí.—¿Seguro?—Sí.—¿Aunque dejemos todo atrás?Miré hacia la negrura del exterior.—Todo eso eran cosas materiales.Ella levantó la vista.—¿Y si no podemos volver jamás?La miré directo a los ojos.—Entonces construiremos otra vida.Sus ojos se quedaron fijos en los míos.—¿Así de fácil?—No. Nunca será fácil. Pero mientras estés conmigo... encontraremos la manera.Ella esbozó una sonrisa pequeña, casi triste, se acercó y me besó los labios.Marcus carraspeó desde el asiento delantero.—Sigo aquí, por si lo olvidan.Al
POV ALEXANDER La estaca seguía clavada frente a nosotros. Te quedan tres días. Noah permanecía inmóvil. Marcus había dejado de mirar el mensaje para observarme a mí. Elena tenía los brazos cruzados y Ethan no decía una palabra. Y Alice... Alice seguía junto a mí. Sentí sus dedos cerrarse alrededor de mi mano. —Alex... —la miré. Tenía los ojos llenos de preocupación—. ¿Qué significa? No respondí inmediatamente. Volví a mirar la cinta roja. Cuervo no estaba amenazándonos; estaba marcando un plazo. Y eso era mucho peor. —Significa que tenemos tres días para desaparecer. Marcus negó de inmediato. —No. Tenemos menos.—Lo miré con el ceño fruncido. —¿Por qué? —Porque si realmente conocen nuestra ubicación, no van a esperar tres días para atacar. Esto no es una fecha de ataque. Es una cuenta regresiva. Sentí cómo se tensaba mi mandíbula. Tenía razón. Cuervo quería que supiéramos que nos había encontrado y quería que hiciéramos exactamente lo que él esperaba. —¿Qué harías tú? —pr
POV ALEXANDER El sonido del viento golpeando los cristales rotos de la ventana era lo único que se escuchaba en la sala principal. La estaca con la cinta roja seguía sobre la mesa. “Te quedan tres días.” Siete palabras. Un ultimátum directo, frío y sin margen de error. Marcus se acercó lentamente a la mesa, cruzándose de brazos y observando el trozo de madera con una expresión sombría. —Tres días —murmuró, sopesando las palabras—. Significa que no piensa venir solo. Está preparando algo grande o está esperando refuerzos. —O ambas cosas —añadió Noah desde la puerta, con la mirada fija en el sendero cubierto de nieve—. No se habría arriesgado a dejar esto a plena luz del día si estuviera solo vigilando el perímetro. Hay más gente con él. Ethan, que había estado revisando las cámaras de seguridad que instaló la noche anterior, soltó un suspiro tenso y golpeó la mesa con los nudillos. —Y lo peor es que los sensores no captaron nada. Absolutamente nada. Es como si hubieran pisado
POV ALEXANDER Nadie habló después de la transmisión. La radio seguía sobre la mesa, en absoluto silencio, como si la voz nunca hubiera existido. Marcus fue el primero en reaccionar: tomó el aparato y lo desmontó pieza por pieza en menos de un minuto con movimientos mecánicos. —No tiene sentido —murmuró, frunciendo el ceño. —¿Qué pasa? —preguntó Ethan, tenso. Marcus dejó los componentes metálicos sobre la madera. —No estaba usando nuestra frecuencia cifrada. —Entonces... —comencé. —Entró directo a nuestro sistema de banda ancha —sentenció Marcus. La respuesta cayó como una piedra pesada en la sala. No había interceptado nuestra comunicación; la había hackeado e invadido a voluntad. Eso solo significaba una cosa aterradora: nos había estado observando y escuchando desde mucho antes de que cruzáramos la puerta de la cabaña. Elena cruzó los brazos, con la mirada dura. —¿Puede volver a hacerlo? Marcus asintió lentamente. —Si quiere, sí. —Entonces apaguen todo ahora mismo —ordené












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