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Capítulo 5: La Puerta Trasera

Author: AliceG
last update publish date: 2026-07-13 21:09:01

POV ALICE

Alexander sujetó mi mano antes de que pudiera reaccionar.

—Ven.

No elevó la voz. Ni parecía nervioso. Pero algo en la firmeza de sus dedos me hizo entender que aquello no era una sugerencia. Era una orden. Lo seguí sin hacer preguntas. Atravesamos el pasillo principal mientras las pantallas de seguridad continuaban mostrando el avance de las camionetas por el camino cubierto de nieve. Mi respiración empezó a acelerarse. Las reconocía. Daniel nunca viajaba solo. Si esas camionetas estaban allí... él también.

Alexander no volvió a mirar los monitores, como si ya hubiera tomado una decisión. Se detuvo frente a un librero enorme que ocupaba casi toda la pared del estudio. A simple vista parecía un mueble antiguo, lleno de libros perfectamente acomodados, pero entonces apoyó la mano sobre una talla de madera con forma de lobo. Se escuchó un clic metálico y el librero completo comenzó a deslizarse lentamente hacia un lado. Abrí los ojos con sorpresa. Detrás había una escalera estrecha que descendía hacia la oscuridad.

—¿Qué es esto? —pregunté.

—Mi refugio.

Tomó una linterna y me hizo un gesto con la cabeza.

—Baja delante de mí.

Obedecí. El aire se volvió más frío a medida que descendíamos. Los escalones eran de concreto reforzado y las paredes estaban cubiertas por placas de acero. No parecía un sótano; parecía un búnker. Cuando llegamos abajo me quedé completamente inmóvil: había varias pantallas mostrando distintos puntos de la montaña, mapas digitales, estaciones meteorológicas, radios, botiquines, armas perfectamente organizadas, un generador eléctrico, tanques de agua y raciones militares. Todo estaba dispuesto con un orden casi obsesivo.

Alexander cerró la puerta blindada detrás de nosotros. El sonido del cerrojo retumbó por toda la habitación.

—Aquí nadie puede encontrarte.

Giré lentamente sobre mí misma.

—¿Construiste todo esto tú?

Asentí.

—Hace años.

—¿Esperabas una guerra?

Su mirada permaneció fija sobre una de las pantallas.

—Siempre.

No supe qué responder. Había conocido hombres ricos, empresarios, políticos, pero nunca alguien que viviera preparado para sobrevivir a un asedio. Mi mirada volvió a recorrer la sala: en una esquina había varias cajas metálicas marcadas con fechas, y en otra, fotografías aéreas de diferentes montañas. Todo hablaba de planificación, de disciplina, de alguien que jamás improvisaba. Excepto conmigo. Porque yo había aparecido de la nada, y aun así me había abierto las puertas de ese lugar.

—¿Confías tanto en mí?

Alexander tardó unos segundos en responder.

—No.

La respuesta me sorprendió. Él giró finalmente hacia mí.

—Confío en mi instinto.

Fruncí el ceño.

—¿Y tu instinto qué dice?

Se acercó despacio. No invadió mi espacio, pero su presencia bastó para hacerme sentir protegida.

—Que eres una mujer asustada. No una amenaza.

Aquellas palabras me apretaron el pecho. Daniel jamás había visto mi miedo; solo lo utilizaba. Alexander, en cambio, parecía verlo incluso cuando yo intentaba esconderlo.

De pronto, una de las pantallas emitió un pitido. Los dos levantamos la vista. La cámara del portón mostraba al comisario descendiendo del vehículo. Detrás de él bajaban dos policías y varios hombres vestidos de negro. Mi respiración se detuvo. Uno de ellos abrió la puerta trasera de la camioneta.

Daniel.

Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente. Retrocedí un paso. Después otro. El aire dejó de entrar a mis pulmones. Alexander giró inmediatamente hacia mí.

—Alice.

No podía apartar la vista de la pantalla. Daniel llevaba un vendaje en la sien, pero caminaba igual que siempre, seguro de sí mismo, como si el mundo entero le perteneciera. Sentí que las piernas empezaban a fallarme. Alexander llegó hasta mí antes de que pudiera caer y me sostuvo por los hombros.

—Mírame.

No pude. Seguía viendo el rostro de Daniel, las noches encerrada, los insultos, los golpes contra la pared.

—Alice. —Su voz sonó más firme—. Mírame.

Obedecí. Sus ojos grises eran completamente distintos a los de Daniel. No había ira. No había desprecio. Solo una calma absoluta.

—Aquí abajo nadie puede tocarte.

Asentí con dificultad. Él tomó aire lentamente.

—Voy a subir. Quiero que te quedes aquí. No importa lo que escuches. No abras esta puerta. No salgas. ¿Entendido?

—Sí...

—Repítelo.

—No voy a salir.

Alexander sostuvo my mirada unos segundos más, como si estuviera evaluando si realmente me creía capaz de obedecer. Finalmente asintió, se acercó al panel de seguridad y presionó varios botones. Las pantallas cambiaron de imagen; ahora podía ver el exterior desde distintos ángulos: el portón, la nieve, los vehículos y a Daniel, observando la casa con esa sonrisa arrogante que tanto conocía.

Alexander tomó una chaqueta gruesa que colgaba junto a la puerta. Después abrió un compartimiento metálico oculto en la pared. Dentro descansaba un rifle de aspecto militar. Lo revisó con movimientos rápidos y precisos. No había nerviosismo, solo costumbre. Cuando terminó, volvió a mirarme.

—Todo va a salir bien.

No respondí. Simplemente abrió la puerta blindada, subió las escaleras y desapareció. El sonido del cerrojo volvió a cerrar el refugio. Me quedé completamente sola, mirando las pantallas, esperando, sin saber que, al otro lado del portón, Daniel estaba a punto de cometer el peor error de toda su vida.

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