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Capitulo 2

Author: Suni
last update publish date: 2026-08-13 13:54:26

Ana llegó en menos de una hora, aún con el abrigo puesto y el pelo húmedo por la lluvia. Se sentó frente a Sofía en la mesa de la cocina, donde la sopa llevaba un mes fría, y hojeó las notas del bloc legal.

—¿Ninguna propiedad? —dejó el bloc sobre la mesa—. Sofía, tres años. Renunciaste al instituto por él, al hospital. Trabajabas en una clínica a dos kilómetros para hacerle la cena. ¿Y te vas sin nada?

—No quiero nada que me recuerde a él.

—Entonces no te lleves lo suyo. —Ana se inclinó hacia delante—. Pero la casa de tu madre no es suya. Es lo único que te queda de ella. No dejes que te quiten también eso.

Sofía miró sus manos.

—Está bien. La casa. Nada más.

A la mañana siguiente hizo las maletas con una calma que ni ella misma esperaba. Dejó los bolsos de diseñador de su suegra en sus fundas, la pulsera de jade sobre la cómoda, la llave del Bentley en la encimera.

En el fondo de un cajón encontró las fotos. Los dos en la playa el verano de su boda, Dante riendo con arena en los hombros, ella apoyada contra él. Las había tomado casi todas ella misma, con el brazo estirado, esperando a que él sonriera antes del obturador.

Se sentó al borde de la cama y las revisó una por una. En cada foto era ella la que se inclinaba hacia él; el brazo de él nunca la rodeaba del todo. Y en la mitad de ellas, los ojos de Dante ya miraban hacia otra parte.

Ella había sido la única que tomaba esas fotos. Lo entendió por fin, tendido sobre la manta como la evidencia que debió notar años atrás.

Deslizó el sobre en la caja y bajó las maletas.

Tres días después, Dante volvió de su viaje y encontró el apartamento demasiado silencioso. Abrió el armario por costumbre. Vacío.

Recordó que Sofía le había dicho que iría a arreglar la casa de su madre y no le dio importancia. Su hermana lo llamó: el contrato estaba cerrado, lo esperaban en el centro comercial con Serena y la niña para celebrarlo. Cerró la puerta del armario y se fue.

En el supermercado, Sofía estaba en el pasillo de los cereales cuando oyó la risa de una niña que reconoció de la foto.

Serena estaba junto al puesto de frutas, con la misma niña sentada en su cadera, los dedos enredados en su pelo.

—Mamá, ¿compramos fresas?

El carrito de Sofía se frenó sola. Dante estaba junto a ellas, estabilizando una bolsa de naranjas, murmurando algo que hizo reír a la niña. Su mano descansaba con naturalidad en la espalda baja de Serena, y a Sofía le revolvió el estómago.

Nunca había visto su rostro suavizarse así. Ni por ella, ni siquiera el día de su boda. Una ira ardiente le subió por el pecho y tragó el llanto antes de que llegara a sus ojos.

Serena la vio primero.

—Sofía. Qué mundo tan pequeño. —Sonrió medio segundo demasiado pronto—. Te ves... bueno, como si te las estuvieras arreglando bien.

—Estoy bien, gracias.

—Por supuesto. —Los ojos de su hermana se desviaron hacia Dante, Serena y la niña, y volvieron al carrito casi vacío de Sofía—. Debe ser agradable no tener que prepararle la cena a nadie.

Dante se giró entonces, y sus ojos se encontraron a través del pasillo. Durante un segundo se quedó inmóvil, la mano pausada sobre las naranjas.

Luego miró hacia otro lado, tomó la mano de la niña y caminó hacia la caja sin decir una palabra.

Sofía se quedó helada. Era algo tan pequeño —un hombre que no se detiene a hablar con su propia esposa— y sin embargo cayó en un lugar tan hondo que tuvo que presionar la lengua contra los dientes para no romper el rostro.

Se quedó un momento de más, con su carrito donde solo había una docena de huevos y una bolsa de arroz, y lo empujó hacia la salida con pasos demasiado rápidos, demasiado uniformes.

Antes de llegar a las puertas sonó su teléfono. Era la madre de Dante.

—¿Sabes lo que has tirado por la borda? —dijo sin saludar—. Tres años, y ni siquiera le diste un hijo a esta familia. Lo mínimo que puedes hacer es volver y cuidar de mi hijo como es debido.

Sofía apretó el asa del carrito.

—¿Cuidar de él cómo?

—Deja ese ridículo trabajo en la clínica. El lugar de una esposa es su casa, no andar curando a los hijos de otros mientras tu marido come solo.

Sofía se detuvo en seco. Respiró hondo contra las ganas de colgar.

—Quizá Dante debería ir al médico primero. —Su voz sonó más firme de lo que se sentía.

Colgó y metió el teléfono en el bolso. Cargó los huevos y el arroz en el maletero de su pequeño coche de segunda mano, que no se parecía en nada al Bentley que había dejado atrás, y rebuscó al fondo del bolso.

Dos muñecas de madera talladas a mano hacía tres años, una con un hilo rojo a modo de corbata, la otra con un retal pálido por vestido. Las hizo una semana después de casarse y las guardó siempre consigo, un hábito tonto y un secreto solo suyo, el testimonio de un matrimonio feliz.

Las giró en la palma. La pintura del rostro de la muñeca masculina se había borrado hacía años, y ella nunca lo había notado.

Caminó hasta el cubo junto a la zona de carritos, las dejó caer una tras otra y no miró atrás para ver dónde aterrizaban.

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