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Capitulo 3

Author: Suni
last update publish date: 2026-08-13 13:55:04

Sofía había pasado toda la mañana reponiendo insumos en la clínica, con los pies adoloridos de estar de pie. Pero sabía que si ignoraba a Ana, ella vendría directamente a su puesto, así que se cambió el uniforme y acudió.

—Lo terminé —Ana golpeó la carpeta sobre la mesa—. El abogado ajustó los términos tal como pediste. Solo conservas la casa de tu madre, renuncias al resto de bienes gananciales. Todavía me cuesta aceptarlo.

—Es lo que quiero —Sofía fijó la mirada en el menú—. No quiero nada que me ate a él.

Ana la miró con frustración, pero deslizó la carpeta hacia ella para que la revisara.

—Está bien, respeto tu decisión. Pero te cité aquí por otro motivo. Mi tío Sebastián ha vuelto del extranjero. ¿Te acuerdas? Tiene una firma de inversión sanitaria, busca proyectos de I+D farmacéutica en etapas iniciales. Quiere conocerte. Sabe que siempre soñaste con tu propio laboratorio.

Sofía se quedó callada.

Recordó sus años de universidad: tres proyectos de desarrollo de fármacos, dos que llegaron a ensayos clínicos. Su mentor le decía que pertenecía al laboratorio, con la pipeta entre las manos, no a tomar temperaturas en una consulta. Recordaba el silencio de medianoche en el laboratorio, la emoción de ver que un compuesto cumplía la teoría.

Luego llegó el matrimonio con Dante. Aceptó el trabajo en la clínica cercana, solo para volver a casa a tiempo y prepararle la cena, aunque casi nunca él aparecía. Tres años. Casi había olvidado cómo era esa versión de sí misma.

—Lo pensaré —respondió finalmente.

Ana iba a insistir, pero Sofía desvió la mirada hacia la entrada.

—Maldita sea —murmuró Ana.

Dante entraba junto a Serena, sujetando la mano de la niña. La pequeña llevaba un vestido nuevo y una pinza brillante en el pelo. Dante hablaba por teléfono, con esa misma arruga entre las cejas que Sofía conocía bien: la que tenía cuando revisaba contratos en la cama, mientras ella permanecía despierta, esperando que la notara.

Un camarero los escoltó hacia el fondo. La niña soltó la mano de Serena, corrió y abrazó la pierna de Dante. Él guardó el móvil de inmediato, con una ternura que Sofía nunca había recibido.

Sofía tomó su té sin inmutarse.

—¿De quién es esa niña? —susurró Ana.

—No importa. Ya estoy fuera de esa vida. Nada cambia.

—Eres demasiado tranquila. Si fuera yo…

Sofía esbozó una sonrisa vacía. Ella también había imaginado enfrentarlos, pero ya no quería gastar energía en ellos.

En ese momento, la pantalla del teléfono se iluminó con un mensaje de su antiguo mentor. Le escribía para avisarle que había compartido su perfil con un inversor del sector farmacéutico. Sofía lo leyó rápidamente, guardó el móvil boca abajo sobre la mesa y decidió responderle más tarde.

—¿Quién era? —preguntó Ana.

—Mi antiguo tutor. Se ha enterado de que busco retomar la investigación.

Ana se iluminó un instante.

—Eso es una señal. Deberías aprovechar la oportunidad con Sebastián.

Poco después se marcharon. Ana no paraba de comentar las posibilidades del proyecto mientras caminaban hacia el ascensor.

Cuando las puertas se abrieron en el vestíbulo, estaba Dante, solo, con el móvil en la mano. Serena y la niña seguramente ya lo esperaban en el coche, como antes esperaba Sofía.

Él levantó la vista. Sus ojos se posaron primero en Sofía, se detuvieron un instante, y luego pasaron a Ana.

—¿Cuándo regresan? —preguntó, con naturalidad, como si no hubiera roto su mundo.

Sofía lo observó. Llevaba un abrigo de cachemir gris oscuro. No era el que ella le había comprado el invierno anterior.

Ella recordó aquella tarde en el centro comercial: comparó tres marcas, gastó casi un mes de su sueldo para regalárselo. Había imaginado que presumiría que su esposa lo había elegido. Pero solo lo usó una vez delante de ella y dijo simplemente: “Está bien”.

Ahora comprendió. No era que no le gustara el cachemir. Era que no le gustaba que fuera ella quien se lo escogía.

—¿A dónde vamos? —preguntó Sofía, tarde.

Dante frunció el ceño, confundido.

Ella no esperó su respuesta. Caminó a su lado hacia la salida, Ana siguiéndola, resoplando al pasar junto a él.

Un Maybach negro esperaba en la acera. La ventana bajó: era Sebastián.

—Tío —sonrió Ana—, sube, te llevamos a casa.

Sofía miró el coche, luego miró a Dante. Él los había seguido hasta la puerta, de pie, con la corbata ligeramente torcida. Antes, sin pensarlo, ella se habría acercado para acomodársela.

Hace tres años, con solo pronunciar su nombre, él la habría hecho girarse. Ella creía que eso era paciencia. Ahora sabía que solo era espera.

Sin dudar, Sofía se inclinó y subió al asiento trasero. El cuero fresco rozó sus piernas.

La puerta se cerró con un clic.

A través del cristal escuchó su nombre, suave, casi cuidadoso, el mismo tono que usaba con la niña.

—Sofía.

Su mano se acercó a la ventana por un viejo reflejo, tres años de hábito pidiéndole responder. Pero la dejó caer sobre su regazo.

Miró las costuras del asiento del conductor y no se dio la vuelta.

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