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Capítulo 2

Auteur: Sea One
Después de cenar, fui sola a la tienda de armas.

En mi vida pasada, después de que enviaran a Vivian a Sicilia, tuvo que vender su cuerpo para conseguir la protección de los jefes locales. Abortó a cinco hijos. Solo así logró sobrevivir lo suficiente para arrastrarse de regreso a New Estate veinte años después.

Esta vez, me niego a recorrer el mismo camino que ella. Si voy a Sicilia, será para encontrar a ese hombre.

El hombre del que incluso Marcus mantiene distancia.

El hombre a cuyo alrededor la gente desaparece.

Por eso necesito un arma.

El dueño acababa de colocar varias pistolas sobre el mostrador cuando Marcus apareció en la puerta como la mismísima muerte.

Sus ojos recorrieron el mostrador.

Su voz era hielo puro.

—¿Para qué estás comprando esto? Yo tengo de estas hasta de sobra. ¿Por qué no me pediste una? ¿Acaso planeas usarla contra Vivian?

Me obligué a mantenerme calmada.

—Es para defensa personal.

Marcus soltó una risa fría.

—¿Defensa personal? Estás a punto de casarte conmigo. Con todos mis hombres alrededor, ¿todavía crees que nadie puede protegerte?

No, Marcus. No pueden protegerme. En mi vida pasada, incluso tuviste que lanzarte tú mismo frente a la bala.

Levanté mi mirada para cruzarla con la suya.

—Necesito protegerme a mí misma.

Él me observó fijamente. Su mirada se oscureció.

—Nerina, sé que estás ansiosa por adaptarte al papel de esposa del Don, pero mi mujer no necesita tocar un arma.

Luego giró la cabeza hacia el dueño de la tienda.

—No le venderás nada. O si no…

Antes siquiera de terminar la frase, tomó despreocupadamente la pistola del mostrador.

Ni siquiera se dio la vuelta, levantó la mano y disparó.

«¡Bang!».

La bala atravesó exactamente el centro de la diana en la pared.

El dueño se agachó aterrorizado detrás del mostrador.

Al segundo siguiente, mis pies dejaron el suelo.

Marcus me cargó directamente hasta su Phantom.

La puerta se cerró, y solo entonces me di cuenta de que Vivian ya estaba sentada en el asiento trasero.

Me miró con curiosidad.

—Nerina, ¿por qué estabas en la tienda de armas?

No le respondí.

Durante todo el trayecto, no dejó de presumir todo lo que Marcus le había comprado: Vestidos de diseñador, sombreros para el sol, protector solar, gafas oscuras… El maletero estaba desbordado.

Ella creía que Sicilia requería ropa bonita. No tenía idea de que lo único que realmente te mantiene con vida allí es el poder y las armas.

Por suerte, al día siguiente logré conseguir un arma en secreto, así que la escondí en el almacén.

Sin embargo, en la mañana del tercer día, un disparo resonó por toda la propiedad de los De Luca.

Una multitud de guardaespaldas salió corriendo.

Cuando llegué, Vivian ya estaba temblando en los brazos de Marcus.

—Me duele tanto… ¿voy a morir…?

Solo tenía un rasguño superficial en el brazo. Y el arma en el suelo era exactamente la misma que yo había escondido la noche anterior.

Marcus levantó lentamente la vista hacia mí, luego le ordenó fríamente al asistente:

—Averigua de dónde salió esa arma.

Cinco minutos después, el asistente bajó la cabeza.

—La señorita Nerina la escondió allí anoche.

La preocupación reflejada en los ojos de Marcus se convirtió de inmediato en un juicio gélido dirigido hacia mí.

La visión me dio vueltas.

Él me miró, y su voz sonó aterradoramente baja.

—¿Así que te gusta jugar con armas?

Respondí enseguida:

—Admito que fui yo quien la escondió, pero no fui yo quien le disparó. Ella se hirió sola para echarme la culpa.

Vivian se encogió entre los brazos de Marcus.

Las lágrimas comenzaron a deslizarse por su rostro una tras otra.

—Don… Entonces ella de verdad compró el arma anoche para atacarme…

Marcus le secó las lágrimas con el pulgar con gentileza.

—No llores, Rosa mia. Haré que pague por esto.

Ese fue el primer momento en que sentí verdadero miedo. Quería ir a Sicilia, pero no quería morir.

Pronto, me ataron a la cruz de madera en el centro del patio. Marcus estaba a unos seis metros de distancia.

La pistola negra se elevó lentamente en su mano.

—Nerina, te dije que no tocaras armas, pero te negaste a obedecer. Y aun así te atreviste a usarla contra Vivian.

Al segundo siguiente…

«¡Bang!».

«¡Bang!».

«¡Bang!».

«¡Bang!».

«¡Bang!».

«¡Bang!».

Los seis disparos sonaron uno tras de otro. Las balas pasaron rozando mis oídos y sobre mi cabeza. El aire cortante cercenó mechones de mi cabello al instante.

Podía sentir a la muerte rozando mi frente centímetro a centímetro.

Vacío las seis balas y el cargador usado cayó al suelo con un chasquido metálico.

Marcus no volvió a mirarme, se dio la vuelta y se alejó.

Y yo seguía atada a la cruz.

Aunque ya me había desmayado del miedo.

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