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SERA
—Tu hermana tiene setenta y dos horas antes de que la vendamos al mejor postor.
La voz al teléfono era mecánica, distorsionada, pero el video que se reproducía en la pantalla de mi laptop era cristalino. Gianna. Mi hermana pequeña. Atada a una silla en una habitación oscura, su cabello rubio enmarañado con sangre seca, el rímel corriendo por su rostro aterrorizado.
No podía respirar.
—¿Qué quieres? —Mi voz salió rota, apenas un susurro.
—Doscientos mil dólares. En efectivo. Tienes treinta días a partir de hoy, pero tu hermana tiene tres días antes de que la traslademos a un lugar más permanente. Considéralo motivación para que trabajes más rápido.
La llamada terminó. El video se congeló en el rostro de Gianna, con la boca abierta en medio de un grito.
Cinco minutos antes había estado mirando mi libro de texto de justicia penal. La ironía me supo a bilis en la garganta.
Mis manos temblaban mientras marcaba el 911, pero me detuve. La voz había sido clara: nada de policía. Nada de FBI. Solo el dinero, o Gianna desaparecería para siempre.
Doscientos mil dólares.
Tenía tres mil en ahorros. Préstamos estudiantiles en los que ya me estaba ahogando. Sin familia. Nadie a quien llamar. Nuestros padres llevaban cinco años muertos y el resto de nuestros parientes había dejado claro que estábamos solas.
Abrí mi cuenta bancaria en el teléfono, como si la cifra pudiera haber cambiado mágicamente. No lo había hecho.
No había forma legal de conseguir ese dinero en treinta días.
Busqué desesperadamente. Dinero rápido. Préstamos de emergencia. Cualquier cosa. Pasé página tras página hasta que un artículo llamó mi atención.
«Industria del entretenimiento de élite en Chicago: Donde las bailarinas ganan seis cifras».
Se me revolvió el estómago, pero seguí leyendo. Club Nero. Clubes de caballeros de alto nivel donde las hermosas y desesperadas vendían fantasías a hombres con dinero para quemar. El artículo afirmaba que las mejores bailarinas podían ganar entre cinco y diez mil dólares por semana.
Hice las cuentas. Incluso en el extremo alto, treinta días no eran suficientes. Pero era algo.
Nunca había estado en un club. Nunca había bailado para nadie. Yo era la chica buena. La responsable. La hermana que sacrificaba su vida social para trabajar en dos empleos y mantener un promedio de 4.0 para que Gianna pudiera tener la experiencia universitaria que yo nunca tuve.
Pero Gianna estaba atada a una silla en algún lugar, esperando a que yo la salvara.
Entré en la página web del Club Nero. Se aceptaban solicitudes todas las noches. Audiciones cada tarde a las nueve.
El reloj de mi laptop marcaba las 7:47 PM.
Abrí mi armario y saqué lo único remotamente sexy que tenía: un vestido negro que había comprado para una cita que nunca ocurrió en segundo año. Era ajustado, corto y mostraba más escote del que me sentía cómoda.
Me lo puse ahora y apenas me reconocí en el espejo.
Parecía desesperada. Asustada. Joven.
Parecía exactamente lo que era: una chica a punto de hacer algo que lamentaría el resto de su vida.
Pero el rostro de Gianna seguía destellando en mi mente. La sangre. El terror. El cronómetro avanzando.
Agarré mis llaves y salí antes de que pudiera cambiar de opinión.
***********
El Club Nero se alzaba en el centro de Chicago como una joya oscura, todo vidrio negro y neón rojo. Coches caros llenaban la zona de valet. Hombres en traje entraban por la puerta como si fueran dueños del mundo.
Yo no pertenecía a ese lugar.
De todos modos, abrí la pesada puerta.
Una mujer en el puesto de recepción me miró de arriba abajo.
—Las audiciones están abajo. Sigue el pasillo rojo hasta el fondo. Pregunta por Valentina.
Encontré una puerta marcada como «Privado» y llamé.
—Adelante.
La abrí y encontré a una mujer rubia platino detrás de un escritorio, evaluándome con ojos que lo habían visto todo.
—Soy Valentina. ¿Estás aquí para audicionar?
—Sí.
—¿Nombre?
Dudé.
—Scarlett. Scarlett Vale. —El apellido de soltera de mi madre.
—¿Has bailado antes, Scarlett?
—No.
—¿Has hecho striptease?
—No.
Se recostó en su silla.
—Entonces, ¿por qué estás aquí?
Levanté la barbilla y sostuve su mirada.
—Porque necesito dinero, y lo necesito rápido.
—El escenario está a través de esa puerta. Los controles de música están a la izquierda. Tienes una canción para convencerme de que vale la pena contratarte. Haz que cuente.
Caminé por la puerta hacia una habitación pequeña y oscura con un escenario y una sola silla frente a él.
Empezó la música. Se encendieron las luces.
Y empecé a moverme.
No tenía técnica. Ni entrenamiento. Ni idea de lo que estaba haciendo. Pero pensé en Gianna. En el cronómetro contando regresivamente.
Mi cuerpo se movía por instinto, impulsado por la desesperación más que por la habilidad. Me balanceé al ritmo, dejando que el vestido subiera por mis muslos. Pasé las manos por mi cabello, por mi cuello, sobre curvas que nunca antes había considerado armas.
Me sentía ridícula. Expuesta.
Pero no podía parar. Gianna necesitaba que fuera lo suficientemente valiente, lo suficientemente descarada, lo suficientemente desesperada para hacer esto.
Cuando finalmente abrí los ojos, ya no estaba sola.
Valentina estaba en la puerta, pero no me miraba a mí. Miraba al hombre que estaba detrás de ella.
Él llenaba el marco de la puerta como la oscuridad hecha forma. Alto, de hombros anchos, con un traje que probablemente costaba más que toda mi educación. Cabello oscuro peinado hacia atrás de un rostro que pertenecía a monedas romanas, todo ángulos afilados y belleza despiadada.
Pero fueron sus ojos los que me detuvieron el corazón.
Verdes. Fríos. Absolutamente depredadores.
Me miró como si yo ya fuera suya.
Valentina miró entre nosotros.
—El señor Vitale quiere hablar contigo en privado.
Todos mis instintos me gritaban que corriera.
Pero Gianna tenía setenta y dos horas.
Asentí.
Valentina salió, cerrando la puerta detrás de ella con un suave clic que sonó como la puerta de una celda cerrándose.
El hombre, el señor Vitale, se acercó a la silla y se sentó con gracia casual. Cruzó una pierna sobre la otra, completamente a gusto, mientras yo permanecía allí medio vestida y temblando.
El silencio se estiró hasta que no pude soportarlo más.
—¿Debería seguir bailando? —Mi voz salió más pequeña de lo que quería.
—No —Su voz era profunda, suave y peligrosa—. Ven aquí.
No era una petición.
Bajé del escenario con piernas temblorosas y caminé hacia él. Cada paso se sentía como acercarse al borde de un acantilado en la oscuridad.
Me detuve a unos metros, pero él me indicó que me acercara más.
Más.
Hasta que estuve directamente frente a él, lo suficientemente cerca para oler su colonia cara y algo más oscuro debajo.
—¿Cómo te llamas, Bella?
—Scarlett Vale.
Sus labios se curvaron en algo que no era exactamente una sonrisa.
—Ese no es tu nombre real.
Mi pulso dio un salto.
—Es el nombre que estoy usando.
—Justo. —Me estudió como si fuera un cuadro que estuviera considerando comprar—. Dime, Scarlett Vale, ¿por qué una chica que nunca ha hecho striptease entra en mi club con cara de dirigirse a su propia ejecución?
—¿Tu club?
—Soy dueño del Club Nero. Entre otras cosas. —Lo dijo con naturalidad—. Ahora responde mi pregunta.
—Necesito dinero. Mucho. Rápido.
—¿Cuánto?
—Doscientos mil dólares.
No se rio. Ni siquiera parpadeó.
—Y ¿cuánto tiempo tienes?
—Treinta días.
Ahora sí sonrió, y fue lo más peligroso que había visto nunca. Todo dientes y sin calidez.
—Ni siquiera mis mejores chicas ganan ese tipo de dinero en un mes, Scarlett. Así que o eres increíblemente ingenua, o estás lo suficientemente desesperada como para hacer absolutamente cualquier cosa. —Se levantó lentamente—. ¿Cuál de las dos?
Se acercó. Demasiado.
—Estoy lo suficientemente desesperada —susurré.
—Bien. Porque tengo una propuesta para ti. Una que te dará todo lo que necesitas esta misma noche, no en treinta días.
Mi corazón latía con fuerza.
—¿Qué tipo de propuesta?
Extendió la mano y tomó mi barbilla entre el pulgar y el índice, levantando mi rostro hacia el suyo. El toque fue posesivo, dominante.
—Bailarás para mí. Solo para mí. Todas las noches durante un año. Ningún otro hombre. Ningún otro público. Solo tú, yo y lo que yo quiera verte hacer.
**POV: Sera**El aire frío dentro del almacén vacío olía a metal oxidado, grasa vieja y concreto húmedo. Estaba sola debajo del único foco tenue que colgaba del techo alto, las manos metidas profundo en los bolsillos de la chaqueta para esconder el temblor. Cada sonido leve en el edificio oscuro hacía que el corazón me diera un vuelco. Después de lo que Tommaso le hizo a Enzo—dejarlo roto en una cama de hospital con tubos en el pecho—sabía exactamente con qué tipo de monstruo estábamos lidando. No había espacio para ni un solo error esta noche. Si este plan fallaba, ninguno de nosotros saldría vivo.La voz profunda de Luca crujió a través del diminuto auricular escondido en mi oreja, sonando tensa y apretada. “Sera, quédate cerca de la luz,” susurró suavemente. “Mis hombres ya están en posición a lo largo de las pasarelas de arriba. En el momento en que Tommaso cruce la línea, cerramos el edificio. Solo mantenlo ahí.”“Te oigo,” murmuré apenas por encima de un susurro, mirando las som
POV: EnzoEl almacén del río olía a óxido viejo, madera húmeda y agua sucia. Caminé rápido por el pasillo estrecho entre filas de cajas de madera pesadas, con la mano apoyada en el bolsillo donde tenía escondido el celular. Acababa de terminar de enviar el lote de códigos de envío directo al servidor privado de Luca. Todo iba según el plan. Solo necesitábamos una hora más antes de que Luca pudiera entrar con su gente y cerrar la operación de Tommaso para siempre.Doblé la esquina hacia la salida trasera, listo para escurrirme al callejón oscuro donde estaba estacionado mi auto. Quería regresar rápido al ático para asegurarme de que Sera y Luca estuvieran a salvo. Pero en el segundo en que me acerqué a la puerta, tres focos potentes se encendieron sobre mi cabeza.Me detuve en seco, las botas congeladas en el piso.Parado justo frente a la salida estaba Tommaso. No llevaba la chaqueta del traje, solo una camisa oscura con las mangas arremangadas hasta los codos. A su lado estaban cuatr
POV: LucaEl corazón me latía con fuerza mientras caminaba de un lado a otro por el piso duro del ático. La habitación callada se sentía extraña después de la música fuerte de Club Nero. Sera estaba sentada en el sofá grande de cuero cerca de la ventana, las manos bien apretadas alrededor de una taza caliente. Su piel seguía pálida por lo cerca que estuvo Tommaso de atraparla, pero su respiración por fin se había calmado. No podía dejar de mirarla, asegurándome de que realmente estuviera a salvo frente a mí. Cada segundo que pasó sentada cerca de mi tío se sintió como una agonía pura. Si Tommaso le hubiera tocado un solo cabello esta noche, habría quemado todo ese club hasta los cimientos.El elevador privado pesado se abrió con un clic, rompiendo el silencio. Enzo salió sosteniendo una carpeta gruesa de cuero negro y una pequeña memoria USB plateada en la mano derecha. Su cara estaba completamente sin expresión, pero sus ojos brillaban con noticias serias. No perdió tiempo con saludo
POV: SeraLa pesada puerta del SUV negro se abrió hacia la calle ruidosa de la ciudad. La luz de neón rosa brillante de Club Nero parpadeaba en la pared sobre mi cabeza, lanzando sombras largas por el callejón. Mis botas se sentían pesadas sobre el pavimento frío. El estómago se me retorcía en nudos apretados, pero forcé la espalda derecha y eché los hombros hacia atrás. Esta noche yo no era solo Sera, la chica asustada de un departamento pequeño tratando de proteger a su hermana. Esta noche volvía a ser Scarlett.Revisé el pequeño micrófono negro escondido debajo del cuello de mi vestido rojo. Estaba bien pegado a la piel justo debajo de la clavícula, completamente oculto. Enzo se aseguró de que la señal fuera clara y se grabara directo en el auto de Luca estacionado a dos cuadras. Cada respiración que daba, cada palabra que se dijera cerca de mí, iba derecho a un disco duro como prueba legal.“¿Lista?” la voz profunda de Enzo sonó a través del auricular diminuto metido profundo en m
Punto de vista: SeraLa puerta del pesado todoterreno negro se abrió hacia la ruidosa calle de la ciudad. La brillante luz de neón rosa del Club Nero parpadeaba en la pared sobre mi cabeza, proyectando largas sombras a través del callejón. Mis botas se sentían pesadas sobre el pavimento frío. El estómago se me retorcía en nudos apretados, pero obligué a mi cuerpo a enderezarse y eché los hombros hacia atrás. Esta noche no era solo Sera, la chica asustada de un pequeño apartamento que intentaba proteger a su hermana. Esta noche volvía a ser Scarlett.Revisé el diminuto micrófono negro metido bajo el cuello de mi vestido rojo. Estaba pegado con cinta de forma segura contra mi piel, justo debajo de la clavícula, completamente oculto a la vista. Enzo se había asegurado de que la señal fuera nítida, grabándose directamente en el coche de Luca aparcado a dos manzanas de distancia. Cada respiración que tomaba, cada palabra pronunciada cerca de mí, iba directo a un disco duro como prueba lega
Punto de vista: SeraEl pesado coche negro se detuvo justo frente a la entrada del ascensor privado debajo del edificio de Luca. Mi cuerpo se sentía débil por todo el estrés, pero el nudo en mi estómago empezaba a aflojarse un poco. La agente Rodríguez se había marchado. Asuntos Internos la obligó a dar un paso atrás, dándonos un respiro. Pero todos sabíamos que era solo una pausa. La verdadera amenaza seguía ahí fuera.Luca nos abrió la puerta a mí y a Gianna. Mi hermana pequeña salió despacio, mirando a su alrededor en el vestíbulo. Ya no parecía aterrorizada por Luca, pero seguía aferrada a mi brazo. Enzo nos seguía de cerca, cargando con dos pequeñas bolsas de lona llenas de la poca ropa que pudimos coger de nuestro viejo apartamento.—¿Este lugar es realmente seguro? —preguntó Gianna con vocecita.Luca se giró hacia ella, agachándose hasta quedar a su altura.—Es el lugar más seguro de la ciudad, Gianna. Mis hombres están afuera las veinticuatro horas del día. Nadie se acerca a e







