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Capituló 2

Author: Karla Nesta
last update publish date: 2025-11-03 11:23:24

La ciudad de San Cristóbal no pertenecía a sus ciudadanos, ni a su alcalde, ni a sus leyes. Pertenecía, en cuerpo y alma, a los De la Rua. Se decía, entre susurros de envidia en los clubes de golf y cenas de gala, que la fortuna de esta familia era un pozo sin fondo, una marea de oro capaz de comprar la infraestructura de la ciudad entera dos veces y aún conservar lo suficiente para vivir en la opulencia por tres siglos más. Pero su poder no radicaba solo en el dinero, sino en el mito. Los De la Rua no eran simples empresarios; eran herederos de una estirpe europea, portadores de una "sangre azul" que parecía destilar un brillo gélido y superior. Ser socio de su imperio era alcanzar el Olimpo; decir que trabajabas para ellos te convertía, automáticamente, en el centro de gravedad de cualquier habitación.

Eran la casta intocable. Una familia que no se mezclaba, que observaba el mundo desde el palco de su exclusividad, volviéndose más deseables cuanto más inalcanzables se mostraban.

El Patriarca y la Tragedia

Leonardo De la Rua, el patriarca de mirada de acero, había construido este reino sobre las cenizas de su pasado en Europa. Junto a su esposa Maribel, una mujer de elegancia gélida y modales perfectos, habían forjado un legado que parecía blindado contra el tiempo. La felicidad de Leonardo alcanzó su cenit cuando su hijo mayor, Francisco, no solo asumió sus responsabilidades, sino que le otorgó la continuidad del linaje a través de sus nietos. El imperio estaba a salvo. América había sido conquistada.

Pero el destino tiene una forma cruel de cobrar impuestos a la grandeza.

Una noche de niebla espesa, el eco de un estallido de metal y cristal rompió el silencio de la carretera. Francisco y su esposa murieron en un accidente tan trágico como inexplicablemente misterioso. La noticia sacudió los cimientos de la ciudad. Leonardo y Maribel quedaron deshechos, el heredero perfecto se había ido, dejando tras de sí un vacío que amenazaba con devorar todo el esfuerzo de décadas.

Leonardo, sin embargo, no era un hombre que se permitiera el lujo de quebrarse por mucho tiempo. Ante la pérdida de su hijo, tomó una decisión radical: criaría a sus nietos como si fueran sus propios hijos. En los ojos de Castiel, el mayor, Leonardo vio el fuego de la ambición y la frialdad necesaria para gobernar. Él sería el CEO, el diamante pulido a base de exigencia y disciplina.

En contraste, la otra rama de la familia era una mancha de aceite en un lienzo de seda. Su otro hijo, River, y el "bastardo" de su nieto —como Leonardo solía llamarlo en sus pensamientos más amargos— no eran más que parásitos que despilfarraban la fortuna en negocios turbios e ilegalidades. Leonardo no permitiría que el apellido se hundiera en el fango por culpa de unos "buenos para nada". Con la mano firme de un verdugo, los envió al exilio, lejos de los focos y de la empresa, dedicándose exclusivamente a moldear a Castiel a su imagen y semejanza: un hombre poderoso, calculador y desprovisto de debilidades innecesarias.

El rugido discreto del motor del BMW serie 7 cortaba el aire de la noche. Dentro, el silencio era absoluto, roto solo por el sutil roce del cuero premium. Los cristales blindados y tintados de un negro impenetrable protegían la privacidad de Castiel De la Rua. A sus treinta años, Castiel no era solo el CEO del emporio; era el hombre más cotizado de la nación. Su belleza era casi ofensiva: facciones talladas en mármol, una estatura imponente y una figura que denotaba una disciplina atlética. Era el sol alrededor del cual orbitaba la alta sociedad, aunque él prefería mantenerse en la sombra de su propia importancia.

Castiel observaba los rostros borrosos de los transeúntes a través del cristal. Se preguntaba cuántos de ellos darían la vida por estar en su lugar, sin saber que su posición era una jaula de oro. Había dedicado cada segundo de su juventud a satisfacer las expectativas de su abuelo. No podía decir que odiara su vida; disfrutaba de los privilegios, de los mejores vinos, de los sirvientes que anticipaban sus deseos antes de que él mismo los formulara, y de las mujeres más hermosas que el dinero y el estatus podían atraer. Gozaba de una libertad absoluta... o eso creía.

—Llegaremos en tres minutos, señor —anunció su chofer y hombre de confianza.

Castiel asintió, aunque su mente estaba en otra parte. Esa noche tenía planes con Ángel, su amigo de la infancia y cómplice de excesos. Tenían una reserva en el club más exclusivo de la ciudad, un lugar donde las luces de neón y el champán ayudaban a olvidar el peso del apellido. Castiel disfrutaba de la estética de esos lugares: el movimiento rítmico de los cuerpos, la sensualidad cruda de las bailarinas.

Sin embargo, el recuerdo de Ángel trajo consigo un sabor amargo. Su amigo podía ser insoportable bajo la influencia del alcohol. Castiel rememoró, con un destello de culpa, aquel altercado de hace dos años. Una chica joven, de mirada tan vulnerable que parecía hecha de cristal, estaba siendo acorralada por Ángel. Castiel solía no intervenir en los "asuntos" de otros, pero aquella mirada... esos ojos inundados de lágrimas que buscaron los suyos en una súplica silenciosa, lo habían obligado a actuar. Había algo en la indefensión absoluta que lograba penetrar su armadura de frialdad.

El auto se detuvo frente a la mansión ancestral de los De la Rua, una estructura de piedra y hierro que parecía más un castillo que una casa. Adolfo abrió la puerta con precisión mecánica. Castiel bajó, sintiendo el crujir del empedrado bajo sus zapatos de piel de becerro hechos a medida. Se ajustó el saco de su traje italiano y entró.

—Buenas noches, señor De la Rua —saludó el mayordomo, un hombre que parecía haber envejecido junto a las paredes de la casa.

—Buenas noches, ¿dónde está mi abuelo? —La voz de Castiel era profunda, con el tono de alguien acostumbrado a dar órdenes.

—Están todos en el comedor, esperándolo.

Castiel caminó por los pasillos decorados con retratos de antepasados que parecían juzgarlo con la mirada. Al entrar al comedor, la atmósfera le golpeó como una pared de hielo. Sus abuelos estaban allí, junto a su hermana menor, sentados en una mesa que podía albergar a treinta personas, pero que esa noche se sentía asfixiante.

—Buenas noches a todos —dijo Castiel, ocupando su lugar frente a Leonardo.

—Buenas noches —respondieron al unísono.

Había algo extraño. El saludo carecía de la calidez habitual de su abuela; se sentía como un guion ensayado. Su hermana ni siquiera lo miró a los ojos, manteniendo la vista fija en su plato. Castiel intentó romper el hielo despeinando el cabello de su hermana y besando la mejilla de Maribel, pero el gesto de Leonardo —una mano pesada sobre su hombro y un silencio sepulcral— le indicó que la noche no sería placentera.

La cena transcurrió entre el tintineo de los cubiertos de plata y el aroma de un buey Wellington perfectamente cocinado. Nadie hablaba. La tensión era un comensal más en la mesa.

Finalmente, Leonardo dejó su copa de cristal sobre el mantel y se limpió los labios con una servilleta de lino.

—Hijo —su voz resonó con una autoridad que no admitía réplicas—, te he citado para hablar de un asunto de extrema seriedad.

Castiel dejó su tenedor, su paciencia empezaba a agotarse.

—Claro, abuelo, dime. Me tienes intrigado.

Leonardo suspiró, un sonido inusual en él, casi humano.

—Esto es difícil para mí, pero las circunstancias lo exigen. No creas que hago esto para castigarte o porque dudes de tu capacidad, pero he tomado una decisión irrevocable. Castiel, debes casarte.

El aire pareció abandonar los pulmones de Castiel. Se inclinó hacia adelante, con los nudillos blancos de tanto apretar el borde de la mesa.

—¿¡Qué!? ¿Por qué ahora? ¿Acaso he cometido algún error en la empresa? ¿Te he defraudado de alguna manera?

—En absoluto —respondió Leonardo, recuperando su frialdad—. Has sido un CEO impecable. Pero nuestra familia es escasa, Castiel. El linaje pende de un hilo. Necesito morir con la certeza de que mi imperio estará protegido por una línea sucesoria legítima y sólida. Tú mejor que nadie sabes que tu tío y tu primo son buitres, unos buenos para nada que quemarían este imperio en una semana si tuvieran la oportunidad. Jamás dejaré el trabajo de mi vida en sus manos.

Leonardo se puso de pie, dominando la habitación.

—Así que he decidido darte un plazo de un mes. Un mes para encontrar a la mujer adecuada y contraer matrimonio. Si no lo haces, tendré que tomar medidas drásticas con la herencia. No permitas que el apellido De la Rua se desvanezca por un capricho de soltería.

Castiel miró a su abuela buscando apoyo, pero ella simplemente bajó la mirada. El destino del hombre más deseado de la ciudad acababa de ser sellado bajo una sentencia de boda, y el reloj ya había empezado a correr.

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