Partager

Capítulo 2

Auteur: Hombre Sucio
Antes de que Nadia pudiera reaccionar, la agarré de la muñeca y la empujé con fuerza contra la pared exterior:

—Zorra... ¿Viniste a seducirme? ¿Eh?

Nadia dejó escapar un quejido, se retorció un par de veces y se desplomó en mis brazos. Sus gemiditos y sonidos incoherentes me hicieron temblar hasta los huesos. Sin importarme nada, la tomé del mentón, la obligué a alzar la cara y la besé.

Mi lengua recorrió el interior húmedo y caliente de su boca y succioné su lengüita rosada con rudeza. Debí de lastimarla, porque no dejaba de golpearme con los puños.

—Aaa Aaaaahhhhhh...

De sus labios escapaban gemidos bajos, uno tras otro. Ignoré su resistencia, la sujeté por detrás de la cabeza y la besé con más intensidad. Tragaba su dulce saliva con avidez.

No la solté hasta que estuvo a punto de perder el equilibrio.

—¡Pervertido! Todos los Robledo son unos viejos verdes...

Con la cara roja de vergüenza y furia, no dejaba de insultarme. Sonreí con picardía y le separé con la rodilla las piernas que mantenía apretadas.

—¡Aah!

Tras aquel grito sensual de sorpresa, quedé atrapado entre sus muslos.

—Y todavía me llamas pervertido... —Miré hacia abajo con malicia—. Entonces, ¿por qué me aprietas tanto?

Nadia, muerta de vergüenza, me empujó para que retrocediera.

—Suegro, ya estás grande... No... no hagas esto...

Decía que no hiciera nada, pero apenas hacía fuerza para empujarme. A mí me pareció que, en vez de apartarme, se hacía de rogar. Eso me provocó un deseo insoportable. Le sujeté las muñecas, se las alcé sobre la cabeza y la inmovilicé contra la pared.

Al sentir su aliento cálido mezclarse con el mío, hablé con voz ronca:

—Cochina, deja de fingir... ¿Esta tarde ya te morías por probar mi potencia? ¿Quieres que te dé placer? ¿Eh?

Empujé la cadera contra ella y la hice estremecerse. Sus pechos grandes subieron y bajaron; se me hizo agua la boca.

—Qué grandes... ¿Me dejas probarlos?

Al oírme, Nadia se puso más tensa y empezó a llamarme animal y pervertido.

Pero yo me convencí de que también se moría de ganas; si no, ¿de dónde salía aquella humedad pegajosa que sentía en la rodilla?

Bajé la cabeza con una sonrisa maliciosa y dejé una mano libre. Tiré de su camisón holgado hasta bajárselo; sus pechos redondos y firmes quedaron al descubierto. Se balanceaban frente a mí; no podía apartar la mirada.

Me humedecí los labios y me lancé a besarle los pechos.

—Mmm... mmm... aah...

Al principio seguía tímida, pero tras varios besos sonoros su reacción cambió...

Echó el cuerpo hacia atrás, como si quisiera pegarme los pechos a la cara. Se puso nerviosa y la respiración se le entrecortó:

—Papi... No, aquí no... Facundo sigue adentro...

Miré de reojo hacia el interior. El muchacho ya estaba agotado y dormía profundamente. Le di un apretón en las nalgas firmes, que no paraban de temblar. Tragué saliva y respondí:

—Tranquila... Ya está dormido. Además... ¿No es más excitante hacerlo aquí? Si no, ¿por qué estarías... tan sensible?

Al escuchar eso, Nadia tembló con más fuerza, incapaz de controlarse. Aproveché para sujetarla por el muslo terso y subí la mano poco a poco. Se retorció e intentó detener mi mano inquieta:

—Papi... No...

Tras probar aquel placer, no pensaba detenerme. Hice un poco de fuerza y aparté la tela que la cubría; mis dedos comenzaron a acariciarla con destreza. Su cuerpo se estremeció como bajo una descarga y sus gemidos salieron entrecortados:

—Ay, qué rico... ¡Aah!

Sí que era una cochina. Acababa de comer y aún no quedaba satisfecha; seguro que mi hijo tenía un gran paquete, pero nada de aguante. Pura fachada.

Y como su padre, era natural que me encargara de satisfacer las necesidades de mi nuera.

Jadeé y flexioné los brazos hasta que se me marcaron los músculos. Después alcé a Nadia por los muslos y la apreté contra mi cuerpo sin esfuerzo.

Se aferró a mí, apoyó sus delicados brazos en mis hombros y me miró con deseo:

—Papi, te lo suplico... No... no me la metas...

Me convencí de que las mujeres siempre decían una cosa y querían otra, así que no pensaba escucharla. Le aseguré que no lo haría, pero no pude contenerme y le di unas nalgadas.

Al escuchar aquel chasquido húmedo, se puso roja hasta las orejas.

Apenas cerró los ojos, la sujeté por las nalgas firmes, presioné mi cuerpo contra el suyo y le dije:

—Así, buena perrita. Te voy a complacer más que mi hijo...

Continuez à lire ce livre gratuitement
Scanner le code pour télécharger l'application

Dernier chapitre

  • Nuera Compartida   Capítulo 7

    Nadia no volvió a responder, pero esa noche, cuando Facundo, borracho, se quedó dormido, ella se coló de nuevo en mi habitación.Esa noche se las ingenió para complacerme con las manos, los pies y la boca... Me hizo ver las estrellas.Ya me tenía hechizado y, como era de esperarse, no pensaba con claridad.A la mañana siguiente, Nadia ya no estaba a mi lado. Solo quedaba una nota con los datos de su cuenta bancaria.Sin perder un minuto, me levanté, me arreglé, tomé mis documentos y fui al banco.—Señor Robledo, la cuenta de destino está en el extranjero. Una vez confirmada la transferencia, no podrá revertirse. ¿Está seguro de que quiere transferir cien mil dólares? —me preguntaron en el banco.—Sí, confirmo la transferencia —respondí sin vacilar y asentí.Nadia no me dijo en qué país pasaría el embarazo, pero como se iba al extranjero, no me pareció extraño que fuera una cuenta extranjera.Cuando se confirmó la transferencia, fotografié el comprobante y se lo mandé a Nadia:“Nena, ya

  • Nuera Compartida   Capítulo 6

    Me emocioné y le apreté la mano a Nadia.—Nadi, ¿por qué no te divorcias de Facundo y te quedas conmigo? Ten al bebé; yo te voy a ayudar.Nadia se quedó atónita un momento y apartó la mano.—¡Estás loco! Si de verdad me divorcio de Facundo para quedarme contigo, ¿qué va a pensar la gente de mí? Me van a destrozar con sus rumores.Ni una opción ni la otra servía. Ya estaba harto.—Entonces, ¿qué propones?Nadia guardó silencio unos instantes antes de proponer:—¿Y si... me voy un tiempo a otro país y digo que me enviaron por trabajo? Cuando nazca el bebé, regreso. Así nadie se enterará.Su idea era buena porque así podría tener a mi hijo biológico sin preocuparme por lo que diría la gente.Dar a luz en el extranjero no era un asunto menor. Todo costaba dinero y, al sumar los gastos, la cifra resultaba considerable.Nadia se acurrucó entre mis brazos y acarició mi pecho:—Ya hice las cuentas. Desde ahora hasta que nazca el bebé, necesitaremos unos cien mil dólares para cubrir todos los g

  • Nuera Compartida   Capítulo 5

    Si no nos moderábamos, lo nuestro no tardaría en quedar al descubierto.Esa noche, al volver a casa, le mandé a Nadia un mensaje:“Nena, tenemos que ser más discretos por un tiempo. Los vecinos ya se fijaron en nosotros”.Nadia no tardó en responder:“Suegro... Entonces… ¿Vamos a un hotel mañana?”Yo estaba pensando en mantener la distancia durante un tiempo, contenerme un poco y esperar a que pasara el revuelo.Pero bastó con que me propusiera ir a un hotel para que se reavivara mi deseo. ¿Cómo iba a preocuparme por lo demás?Tecleé emocionado:“Perfecto. Nos vemos mañana”.Al día siguiente me levanté temprano y fui a la barbería para que me arreglaran el cabello.Cuando Nadia salió del trabajo, yo ya había reservado una habitación y la esperaba en el hotel. Me preguntó el número de la habitación y poco después llamó a la puerta. Abrí, la hice entrar y, muerto de ganas, me lancé a besarla sin pensar en nada más.Nadia, que hasta entonces se había mostrado muy receptiva, esquivó el bes

  • Nuera Compartida   Capítulo 4

    —Déjame abrazarte... Nadi...Nadia no se negó, así que la senté en mi regazo. Poco a poco derribé sus defensas. Al final, no pudo contenerse y me besó. Esta vez nos besamos como si no pudiéramos separarnos.Se mostró aún más decidida. Me sujetó por el cuello de la camisa y me llevó hasta el sofá. Con las mejillas encendidas, Nadia parecía una diabla irresistible y yo estaba dispuesto a dejarme arrastrar por ella.Tragué saliva, me recosté a su lado y le pedí: —Nadi, relájate...Me obedeció y terminamos acostándonos. Eso sí, aquello... fue bastante fuera de lo común. Del sofá a la mesa, de la sala a la recámara y al balcón.Mi vigor dejó rendida a Nadia. Acurrucada entre mis brazos, estaba más tierna que nunca:—Papi... ¡Qué macho eres!Estaba orgullosísimo. Y no es por presumir. Cuando era joven, era un hombre muy cotizado en la fábrica. ¡No sé cuántas mujeres jóvenes y casadas, cansadas de la soledad, me invitaban a salir!Los compañeros de la fábrica me apodaban “el Tripié” a mis esp

  • Nuera Compartida   Capítulo 3

    ¿Quién iba a creer semejante promesa? Si me limitaba a rozarla, ¿qué clase de hombre sería? Pero cuando iba a embestir con fuerza, Facundo se despertó en la recámara.—Amor... amor, tengo sed... Quiero agua...Al escuchar la voz de Facundo, Nadia volvió en sí. Forcejeó para bajarse de encima de mí. No pude retenerla y tampoco convenía hacer demasiado ruido, así que tuve que soltarla. Nadia se arregló la ropa a toda prisa, respiró hondo y entró en la recámara.Mierda, se me escapó la presa cuando ya la tenía.Claro que no pensaba darme por vencido. Además, era una zorra; sería un desperdicio no penetrarla.Sonreí al pensar: “Algún día la dejaré muerta de ganas. Se arrodillará ante mí como una perra y me rogará que la penetre”.Esa noche supe que la zorrita no volvería a salir, pero no tenía prisa. A la mañana siguiente, Facundo desayunó temprano y se fue a trabajar.—Papá, Nadi no trabaja hoy y le encantan las costillas. Compra unas y prepáraselas en barbeque para que reponga fuerzas —m

  • Nuera Compartida   Capítulo 2

    Antes de que Nadia pudiera reaccionar, la agarré de la muñeca y la empujé con fuerza contra la pared exterior:—Zorra... ¿Viniste a seducirme? ¿Eh?Nadia dejó escapar un quejido, se retorció un par de veces y se desplomó en mis brazos. Sus gemiditos y sonidos incoherentes me hicieron temblar hasta los huesos. Sin importarme nada, la tomé del mentón, la obligué a alzar la cara y la besé.Mi lengua recorrió el interior húmedo y caliente de su boca y succioné su lengüita rosada con rudeza. Debí de lastimarla, porque no dejaba de golpearme con los puños.—Aaa Aaaaahhhhhh...De sus labios escapaban gemidos bajos, uno tras otro. Ignoré su resistencia, la sujeté por detrás de la cabeza y la besé con más intensidad. Tragaba su dulce saliva con avidez.No la solté hasta que estuvo a punto de perder el equilibrio.—¡Pervertido! Todos los Robledo son unos viejos verdes...Con la cara roja de vergüenza y furia, no dejaba de insultarme. Sonreí con picardía y le separé con la rodilla las piernas que

Plus de chapitres
Découvrez et lisez de bons romans gratuitement
Accédez gratuitement à un grand nombre de bons romans sur GoodNovel. Téléchargez les livres que vous aimez et lisez où et quand vous voulez.
Lisez des livres gratuitement sur l'APP
Scanner le code pour lire sur l'application
DMCA.com Protection Status