Se connecterNadia no volvió a responder, pero esa noche, cuando Facundo, borracho, se quedó dormido, ella se coló de nuevo en mi habitación.Esa noche se las ingenió para complacerme con las manos, los pies y la boca... Me hizo ver las estrellas.Ya me tenía hechizado y, como era de esperarse, no pensaba con claridad.A la mañana siguiente, Nadia ya no estaba a mi lado. Solo quedaba una nota con los datos de su cuenta bancaria.Sin perder un minuto, me levanté, me arreglé, tomé mis documentos y fui al banco.—Señor Robledo, la cuenta de destino está en el extranjero. Una vez confirmada la transferencia, no podrá revertirse. ¿Está seguro de que quiere transferir cien mil dólares? —me preguntaron en el banco.—Sí, confirmo la transferencia —respondí sin vacilar y asentí.Nadia no me dijo en qué país pasaría el embarazo, pero como se iba al extranjero, no me pareció extraño que fuera una cuenta extranjera.Cuando se confirmó la transferencia, fotografié el comprobante y se lo mandé a Nadia:“Nena, ya
Me emocioné y le apreté la mano a Nadia.—Nadi, ¿por qué no te divorcias de Facundo y te quedas conmigo? Ten al bebé; yo te voy a ayudar.Nadia se quedó atónita un momento y apartó la mano.—¡Estás loco! Si de verdad me divorcio de Facundo para quedarme contigo, ¿qué va a pensar la gente de mí? Me van a destrozar con sus rumores.Ni una opción ni la otra servía. Ya estaba harto.—Entonces, ¿qué propones?Nadia guardó silencio unos instantes antes de proponer:—¿Y si... me voy un tiempo a otro país y digo que me enviaron por trabajo? Cuando nazca el bebé, regreso. Así nadie se enterará.Su idea era buena porque así podría tener a mi hijo biológico sin preocuparme por lo que diría la gente.Dar a luz en el extranjero no era un asunto menor. Todo costaba dinero y, al sumar los gastos, la cifra resultaba considerable.Nadia se acurrucó entre mis brazos y acarició mi pecho:—Ya hice las cuentas. Desde ahora hasta que nazca el bebé, necesitaremos unos cien mil dólares para cubrir todos los g
Si no nos moderábamos, lo nuestro no tardaría en quedar al descubierto.Esa noche, al volver a casa, le mandé a Nadia un mensaje:“Nena, tenemos que ser más discretos por un tiempo. Los vecinos ya se fijaron en nosotros”.Nadia no tardó en responder:“Suegro... Entonces… ¿Vamos a un hotel mañana?”Yo estaba pensando en mantener la distancia durante un tiempo, contenerme un poco y esperar a que pasara el revuelo.Pero bastó con que me propusiera ir a un hotel para que se reavivara mi deseo. ¿Cómo iba a preocuparme por lo demás?Tecleé emocionado:“Perfecto. Nos vemos mañana”.Al día siguiente me levanté temprano y fui a la barbería para que me arreglaran el cabello.Cuando Nadia salió del trabajo, yo ya había reservado una habitación y la esperaba en el hotel. Me preguntó el número de la habitación y poco después llamó a la puerta. Abrí, la hice entrar y, muerto de ganas, me lancé a besarla sin pensar en nada más.Nadia, que hasta entonces se había mostrado muy receptiva, esquivó el bes
—Déjame abrazarte... Nadi...Nadia no se negó, así que la senté en mi regazo. Poco a poco derribé sus defensas. Al final, no pudo contenerse y me besó. Esta vez nos besamos como si no pudiéramos separarnos.Se mostró aún más decidida. Me sujetó por el cuello de la camisa y me llevó hasta el sofá. Con las mejillas encendidas, Nadia parecía una diabla irresistible y yo estaba dispuesto a dejarme arrastrar por ella.Tragué saliva, me recosté a su lado y le pedí: —Nadi, relájate...Me obedeció y terminamos acostándonos. Eso sí, aquello... fue bastante fuera de lo común. Del sofá a la mesa, de la sala a la recámara y al balcón.Mi vigor dejó rendida a Nadia. Acurrucada entre mis brazos, estaba más tierna que nunca:—Papi... ¡Qué macho eres!Estaba orgullosísimo. Y no es por presumir. Cuando era joven, era un hombre muy cotizado en la fábrica. ¡No sé cuántas mujeres jóvenes y casadas, cansadas de la soledad, me invitaban a salir!Los compañeros de la fábrica me apodaban “el Tripié” a mis esp
¿Quién iba a creer semejante promesa? Si me limitaba a rozarla, ¿qué clase de hombre sería? Pero cuando iba a embestir con fuerza, Facundo se despertó en la recámara.—Amor... amor, tengo sed... Quiero agua...Al escuchar la voz de Facundo, Nadia volvió en sí. Forcejeó para bajarse de encima de mí. No pude retenerla y tampoco convenía hacer demasiado ruido, así que tuve que soltarla. Nadia se arregló la ropa a toda prisa, respiró hondo y entró en la recámara.Mierda, se me escapó la presa cuando ya la tenía.Claro que no pensaba darme por vencido. Además, era una zorra; sería un desperdicio no penetrarla.Sonreí al pensar: “Algún día la dejaré muerta de ganas. Se arrodillará ante mí como una perra y me rogará que la penetre”.Esa noche supe que la zorrita no volvería a salir, pero no tenía prisa. A la mañana siguiente, Facundo desayunó temprano y se fue a trabajar.—Papá, Nadi no trabaja hoy y le encantan las costillas. Compra unas y prepáraselas en barbeque para que reponga fuerzas —m
Antes de que Nadia pudiera reaccionar, la agarré de la muñeca y la empujé con fuerza contra la pared exterior:—Zorra... ¿Viniste a seducirme? ¿Eh?Nadia dejó escapar un quejido, se retorció un par de veces y se desplomó en mis brazos. Sus gemiditos y sonidos incoherentes me hicieron temblar hasta los huesos. Sin importarme nada, la tomé del mentón, la obligué a alzar la cara y la besé.Mi lengua recorrió el interior húmedo y caliente de su boca y succioné su lengüita rosada con rudeza. Debí de lastimarla, porque no dejaba de golpearme con los puños.—Aaa Aaaaahhhhhh...De sus labios escapaban gemidos bajos, uno tras otro. Ignoré su resistencia, la sujeté por detrás de la cabeza y la besé con más intensidad. Tragaba su dulce saliva con avidez.No la solté hasta que estuvo a punto de perder el equilibrio.—¡Pervertido! Todos los Robledo son unos viejos verdes...Con la cara roja de vergüenza y furia, no dejaba de insultarme. Sonreí con picardía y le separé con la rodilla las piernas que







