تسجيل الدخولAvery Crown. —Eran seis —murmuro de un momento a otro, rompiendo lo que me pidió. Pero algo dentro de mí no quiere olvidarlo. No puede solo guardarlo.—Lo sé. Seis perros y una vasija sin utilidad —añade enseguida. —Cuatro del grupo —se sienta con tranquilidad. —Los otros dos se unieron cuando vieron que podían sacar algo de gloria mal prometida. También lo sé. Creyeron que destacarían —ordena con un gesto que siga comiendo. —Y lo hicieron.Levanto la mirada. Margosha se cruza de brazos.—Ahora tienen algo por lo que serán recordados.No sé qué esperaba escuchar, pero no era eso. Me quedo observándola, con la cuchara suspendida entre el plato y mi boca, con una expresión que pretende ser desafiante, aunque sospecho que mis ojos todavía están demasiado hinchados para imponer carácter.—Yo creía que me considerabas débil —le recuerdo. Margosha arquea una ceja, cruzando las piernas. —¿Cuándo? —No sé. Desde que llegué —se alteran mis latidos. —Por la manera en que nos miras, por có
Avery Crown. Cierro los ojos cuando el antiséptico toca la piel abierta en mi codo, forzando a mi garganta para que no emita otro ruido, como los casi veinte anteriores. Los pies no los siento debido a la anestesia local, pero sé que están saturando los cortes más profundos. —¡No de esa manera! ¿Acaso tienen las manos de adorno? —la voz de Margosha atraviesa la habitación antes de que consiga abrir los ojos del todo. —Si van a limpiar una herida, la limpian bien. Si van a vendarla, se aseguran de no cortar la circulación. Y si alguno vuelve a utilizar la palabra terminado para referirse a un trabajo que todavía necesita correcciones, le enseñaré personalmente cuánto puede tardar en aprender a utilizar las manos.Permanezco inmóvil sobre la cama, con las mantas subidas hasta el pecho y la cabeza hundida en una almohada que huele a jabón.Definitivamente, no quiero estar en el lugar de quien acaba de recibir esa reprimenda.—¿Mejor así, supervisora? —le pregunta una de las mujeres que
Vael Zarkov. —¿Tu Avery? —repito.Jayden aprieta la mandíbula.—No vas a romper lo que tenemos.Una risa breve me abandona la garganta.—¿Lo que tienen? —¡Te pregunté dónde está! —se impulsa, pero mi mano le atrapa la garganta.—Y yo estoy intentando comprender qué te hace pensar que todavía tienes derecho a exigirme respuestas —me inclino un poco, lo suficiente para examinar el muñón. La cicatriz no tiene la pulcritud que cabría esperar de alguien con su formación. Hay irregularidades en el tejido, una recuperación imperfecta y una historia de dolor que no necesito conocer para reconocer quien la hizo. Yaro disecciona sin cuidado. Porque no le interesa provocar dolor, sino quitar lo que más valor le da a su presa. —Curioso —murmuro—. En otras épocas, y todavía en algunos lugares, a los ladrones les cortaban las manos para impedir que volvieran a robar. Una solución bastante rudimentaria, aunque comprensible para quienes carecían de imaginación.Jayden estira el brazo más preocupa
Vael Zarkov. —¡Creador! ¡Por favor! —ruge. —¡Puedo explicarlo!—Has hablado bastante —culmino.El cuchillo aparece en la mano del Krisha.No necesito describir cada movimiento para reconocer el instante en que Boro comprende que sus súplicas han terminado. Su cuerpo culminó en el instante que le hinco la rodilla en el pecho, forzandolo a separar los dientes, en donde introduzco las pinzas para capturar el órgano que se contrae, pero no puede escapar del metal que lo sujeta. Sus ojos se abren de par en par y, cuando la hoja le corta la lengua de un solo corte, el grito que intenta emitir se convierte en un sonido ahogado.La sangre le llena la boca, comenzando a ahogarse con la cantidad que le provoca arcadas.Lo sueltan solo cuando deja de forcejear lo suficiente para no hacerse más daño. Cae de lado sobre la nieve, tosiendo, con las manos temblorosas y la respiración convertida en un espasmo.Lo observo al incorporarme.No siento satisfacción por el sufrimiento en sí mismo. La satis
Vael Zarkov. —Continúa —lo animo. Boro se humedece los labios.—Tengo pruebas —cobra fuerza cuando más interesado me ve, mientras los Krishas observan atentamente. Ignorando también que si escuchan lo que no deben, sólo tendrán dos opciones. —¿Las tienes? —insisto cuando Boro sigue callado.—Sí, Creador —algo se desliza congelando mi columna. —¿Dónde? —mantengo la misma posición. —En el informe —toda sensación desaparece. Inclino la cabeza.—Yo tengo ese informe —resalto. Su expresión vacila.—Tal vez no lo leyó bien…—Deja de hablar cuando un Krisha le advierte que acaba de joderse a sí mismo. Medio muevo la cabeza y guarda silencio.Miro a Boro durante unos segundos. No hay nada extraordinario en él. Ni inteligencia, ni valor, ni una voluntad capaz de sostener sus decisiones cuando alguien lo obliga a mirarlas de frente. Solo tiene la clase de arrogancia que aparece cuando un hombre cree que la autoridad es un abrigo que puede ponerse y quitarse a conveniencia.—¿Estás insinuand
Vael Zarkov.El río aparece entre los árboles, con un ruido salvaje que aumenta a medida que nos acercamos.El agua trae un color oscuro, con una corriente rápida e indiferente al frío que detiene a todos los que se niegan a ingresar. Una capa delgada de hielo se acumula junto a las orillas, pero la corriente central permanece libre. El ruido ahoga parte de los gritos que traemos detrás.Me detengo al encontrar lo que Avery Crown dejó en su escape.El primer hombre está a punto de desplomarse cuando suelto las cadenas. Su respiración es irregular y la pierna herida apenas lo sostiene. Los demás se amontonan a su espalda, unidos por el acero y por la certeza de que ninguno va a salir de allí por su propia voluntad.Miro hacia el otro lado en lugar de darles la atención que buscan para remover algo dentro para que los libere. Pero en Tomsk lo que sirve se ahorma con fuego, y lo que no es útil se destruye pedazo a pedazo. Paseo la mirada por encima de las rocas con hielo resquebrajado q







