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last update publish date: 2026-09-01 10:08:51

~Isabel~

—El Sr. Sterling es mi padre —respondió William, inclinándose hacia adelante. Luego habló lo bastante alto como para que todos lo escucharan—: Puedes llamarme William. Después de todo, ahora somos familia, ¿no?

Dejó esa amenaza flotando en el aire durante un segundo. Después, sus ojos descendieron hacia mi vestido una última vez y su labio se curvó como si oliera algo podrido.

—Y, por cierto, Isabel, hazme un favor. No uses nada floral en mi oficina ni en esta casa. Se ve barato y no lo voy a tolerar.

El calor me subió por todo el cuello hasta llegar a las orejas. Empujé la silla hacia atrás con tanta fuerza que la madera chilló horriblemente contra el piso.

—Yo no me pongo ropa barata, William —rebatí; la voz me tembló un poco, pero no di un solo paso atrás—. Me pongo lo que me ha costado trabajo conseguir.

No esperé a que nadie dijera una sola palabra más. Me di la vuelta y salí de allí, aunque podía sentir sus ojos clavándose en mi espalda a cada paso.

No reduje la marcha hasta que estuve dentro de mi habitación y la puerta se cerró tras de mí. Me apoyé contra la madera, soltando finalmente el aire que sentía haber estado reteniendo desde hacía una eternidad.

Me temblaban tanto las manos que apenas podía sentir los dedos.

Transcurridos unos minutos, empecé a caminar de un lado a otro por el cuarto, como si las paredes se me vinieran encima. ¿Cómo se supone que voy a lidiar con esto?

Necesitaba calmarme. Pensé que un vaso de agua podría ayudar, o tal vez una máquina del tiempo que me enviara de vuelta a Nueva York.

Como el agua era lo único que realmente podía conseguir, me escurrí fuera de la habitación y bajé las escaleras en silencio.

La mansión se sentía todavía más enorme y aterradora de noche. Deambulé por los pasillos hasta que encontré la cocina. Era gigantesca, repleta de acero brillante y mesones de piedra. Tomé un vaso, lo llené y me pegué el borde frío a la frente para intentar detener el vértigo en mi cabeza.

—¿Planeando tu escape?

Dí un brinco tan violento que el agua se desbordó por el borde y cayó al piso.

William estaba de pie en el mismo umbral de la puerta. Llevaba una camiseta blanca sencilla y pantalones deportivos oscuros, pero incluso sin el traje elegante resultaba igual de intimidante. En todo caso, se veía demasiado atrayente, más desprotegido y peligroso.

—Solo conseguía agua —atiné a decir, dejando el vaso despacio sobre el mesón.

Entró a la cocina sin hacer el menor ruido con sus pasos. La única luz provenía de las pequeñas lámparas sobre la isla, proyectando sombras en sus brazos y en su pecho. Se movió despacio, rodeándome hasta quedar parado justo a mi lado.

—A mi padre es fácil engañarlo —dijo William—. Ve una historia triste y una cara bonita, y saca la billetera. Pero yo no tengo esos puntos débiles que él tiene.

Apreté el borde del mesón a mis espaldas con tanta fuerza que se me pusieron los nudillos blancos.

—No quiero su dinero. Y definitivamente no quiero nada de ti.

—Claro. Eso es lo que dicen todos —dio un paso más hacia mí. Luego otro.

De pronto estaba tan cerca que tuve que inclinar la cabeza hacia atrás solo para sostenerle la mirada. Estampó una mano contra el mesón, justo al lado de mi cadera, atrapándome entre su cuerpo y el borde.

—Simplemente resulta que te mudas a una mansión de millones de dólares y consigues un trabajo que no te ganaste. ¿Pura suerte, supongo?

Sus palabras eran frías, sin duda, pero podía sentir el calor que desprendía su cuerpo... de cerca parecía cansado, como si hubiera tenido un día duro, y me odié por haberme dado cuenta... odié que mi corazón estuviera latiendo tan fuerte que estaba segura de que él podía escucharlo.

—Puede que no tenga la experiencia habitual —espeté, negándome a apartar la mirada—. Pero me esforcé por cada nota que saqué. Me gané mi puesto en la universidad. Y me ganaré este trabajo también, te guste o no.

Su mirada bajó a mi boca tan solo un segundo; el aire entre los dos se volvió denso, apenas podía respirar bien.

—Interpretas el papel a la perfección —murmuró, inclinándose aún más—. La chica trabajadora a la que todo le resulta tan duro.

Levantó la mano y, por un segundo, pensé que me iba a tocar la cara. En su lugar, sus dedos engancharon el cuello de mi vestido mientras sus nudillos me rozaban la piel; sentí como si una descarga me atravesara por completo.

—Hablaba en serio en la cena, Isabel —susurró, rozando la tela—. Deshazte de esto. Ahora estás en un mundo totalmente diferente. Si quieres durar en mi oficina, deja de actuar como si necesitaras que te salven.

Le aparté la mano de un golpe rápido; en el proceso, nuestra piel se rozó solo un instante y esa chispa volvió a encenderse.

—Me pondré lo que me dé la gana —le dije, aunque la voz me salió más suave y temblorosa de lo que pretendía.

Los ojos de William se oscurecieron. Me miró durante lo que pareció una eternidad, con una expresión de querer devorarme y, lo aterrador, era que no estaba segura de querer que se detuviera.

Finalmente dio un paso atrás, llevándose ese fuego consigo.

—Lunes por la mañana. A las siete en punto —dijo.

Se giró para irse, pero se detuvo justo en el límite de las sombras y miró hacia atrás sobre su hombro con una sonrisa cruel.

—No tardes, hermanastra...

Dejó que esa palabra quedara suspendida allí antes de perderse en la oscuridad, dejándome temblando y completamente sola en la silenciosa cocina.

~~~~~~~~~~~

5:45 a. m.

Mi alarma tronó como una sirena, despertándome de golpe. Me senté rápido con el corazón desbocado mientras mis ojos se acomodaban a la penumbra de la habitación. Las sábanas se sentían demasiado suaves, casi como si se burlaran de mí por tener algo que aún no me había ganado.

Me quedé de pie en medio de un vestidor más grande que todo mi antiguo departamento. Mi mirada cayó directo sobre mi vestido floral colgado cerca del frente y escuché la voz de William tan clara como el agua: «Quítate esto y quémalo».

¿Quién se creía que era para decirme qué ponerme?

Ese pensamiento hizo que la rabia me ardiera por dentro. Aparte el vestido, tomé un saco gris carbón sencillo y una camisa blanca de mi maleta, y los tiré sobre la cama.

Después de ducharme y vestirme, me miré en el espejo de cuerpo entero... la chica que me devolvía la mirada parecía estar viviendo una vida prestada.

Puede que mi mamá pensara que casarse con un rico significaba que al fin podía respirar tranquila, pero yo lo sabía mejor. Todavía necesitaba dinero para los libros de texto, el transporte y cualquier otra cosa, para no tener que pedirle jamás una sola moneda a Arthur.

Esta pasantía no era solo algo para poner en un currículum... Era lo único que mantenía vivo mi futuro. Soportaría a William porque él se interponía entre el sueldo que necesitaba y el futuro por el que estaba luchando...

A las 6:55 a. m. ya estaba esperando en el pasillo... Los pisos estaban tan deslumbrantes que podía ver mi propio rostro nervioso reflejado en ellos. Miré mi reloj. 6:58 a. m.

—Puntual. Eso es algo nuevo en tu familia.

William estaba recostado contra el marco de la puerta, con un café en una mano y el maletín en la otra. Llevaba un traje azul marino que le sentaba perfecto, como si hubiera nacido viéndose así de bien.

—Te dije que yo sí trabajo —respondí—. No necesito un sermón sobre la puntualidad.

Caminó hacia mí despacio, deteniéndose a solo unos centímetros... ese aroma familiar de su colonia me envolvió como un soplo de aire frío. Me examinó de arriba abajo; sus ojos se detuvieron justo en mi sencillo cuello blanco.

—Mejor —murmuró—. Pero esos zapatos son deplorables. Arreglaremos eso.

—Mis zapatos están bien.

—Esos son zapatos de mesera, Isabel. Ahora trabajas en Sterling Global. Intenta estar a la altura.

Lo seguí fuera hasta un Bentley negro.

El trayecto hacia la oficina transcurrió en un silencio sepulcral. Se pasó los veinte minutos concentrado en su tableta como si no existiera nada más. Cuando nos detuvimos frente a la sede central de Sterling Global —una enorme torre de cristal que se alzaba hasta el cielo—, se me hizo un nudo apretado en el estómago.

Ni se molestó en mostrarme el lugar. Simplemente se movía como si estuviera en su propio planeta.

—Sígueme. Y quédate callada hasta que yo diga lo contrario —ordenó William.

El ascensor se abrió en el piso cincuenta. Una mujer con el cabello recogido tan tirante que la frente se le veía completamente lisa estaba detrás de un escritorio... alzó la mirada, nos miró a William y a mí, y vi la antipatía reflejarse en su rostro de inmediato.

—Sophia —dijo William—. Ella es Isabel Mayfield, la nueva pasante. Dale el archivo atrasado de la fusión de Mánchester. Quiero todas las auditorías revisadas para el final del día.

Los labios de Sophia se curvaron en una sonrisa.

—Por supuesto, Sr. Sterling.

Y, así sin más, él desapareció dentro de su oficina. Sophia se volvió hacia mí con el rostro endurecido y luego arrastró una pila de cajas de cartón, estampándolas contra un escritorio estrecho en una esquina.

—Esto contiene facturas en papel de hace tres años —siseó—. La mayor parte ya está en el sistema, pero William quiere una revisión manual. Alrededor de mil páginas. Termínalo para esta noche.

—¿Para el final del día? —pregunté confundida.

—Sí, eres una pasante. Deberías aprender cómo funcionan las cosas aquí. Nosotros no pedimos tiempo extra, señorita Mayfield. Ahora, a trabajar.

Me senté en la silla con una montaña de papeles que parecía capaz de tragárselame entera. Me tragué el nudo en la garganta... no podía renunciar. Necesitaba este dinero, así que tomé la primera página y empecé a leer...

Cinco horas después, me ardían los ojos y sentía la garganta seca... No había probado ni un sorbo de agua desde la mañana... Cada vez que alzaba la vista, veía a William a través de su oficina de cristal, pero él ni una sola vez miró en mi dirección.

A las seis de la tarde las luces bajaron de intensidad automáticamente. Tenía los dedos manchados de tinta... cuando una sombra cayó sobre mi escritorio.

—Sigues aquí —comentó William.

—No he terminado —dije con voz áspera.

Se acercó un poco más y tomó uno de los libros contables.

—Sophia te dio esto para quebrarte —dijo—. Son datos viejos e inservibles. NINGUNO importa.

La rabia me floreció en el pecho.

—¿Entonces por qué dejaste que me lo diera?

William se inclinó apoyando ambas manos sobre el escritorio, de modo que su rostro quedó a la misma altura que el mío.

—Porque quería ver si renunciabas —susurró—. Quería ver si corrías llorando a buscar a tu madre.

—Yo no renuncio —rebatí inclinándome hacia adelante hasta que nuestros rostros casi se tocaron—. Solo quieres demostrar que no sirvo para nada para sentirte mejor por ser tan cruel. Pero eso no va a pasar.

Sus ojos bajaron a mis labios y esta vez no apartó la mirada. Levantó la mano y limpió una mancha de tinta en mi mejilla... pero no la quitó; en su lugar, simplemente la arrastró por mi pómulo... su piel se sentía tibia contra la mía.

—Eres un desastre, Isabel —dijo en tono de burla—. Tinta en la cara. Ropa barata. Ojos cansados. ¿Por qué no te alejas de todo esto y te regresas a casa?

—Jamás. Para tu información, hermanastro, esto apenas comienza —respondí mirándolo fijamente.

Se apartó rápidamente, como si mis ojos lo hubieran quemado.

—Vete a casa. El auto te espera abajo. ¿Y, Isabel?

Alcé la mirada, con el pecho todavía apretado de frustración.

—Espera muchísimo más trabajo mañana —añadió con un destello perverso en los ojos—. Veremos si de verdad puedes quedarte.

Se alejó sin decir una sola palabra más... las puertas del ascensor se cerraron tras de él, dejándome sola con las manos llenas de tinta.

Su actitud era lo más exasperante de él. Tomé mi bolso mirando la oficina vacía una última vez.

—Dame trabajo de verdad mañana —le susurré al espacio vacío—. No basura.

Abajo, el Bentley me esperaba. Pero todavía tenía la sangre ardiendo. Mañana le demostraría que yo no había venido a jugar. Había venido a trabajar...

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