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Capítulo 2

Author: Serein M
POV: Scarlett

—¿Decencia? —pregunté con la voz temblorosa y la mirada perdida—. ¿De qué clase de decencia estás hablando, Cassius?

Me puse de pie y lo miré a los ojos.

—¿De la que consiste en servirle como una criada? —continué con amargura—. ¿O de la que me obliga a soportar que me encierre durante horas en una cava helada hasta dejarme ardiendo en fiebre?

Camilla palideció, pero recuperó enseguida su expresión de santa incomprendida.

—Scarlett, otra vez estás diciendo tonterías…

—¿Tonterías? —la interrumpí, incapaz de contener la rabia—. Dijiste que ibas a enseñarme sobre vinos añejos y me dejaste encerrada ahí durante cuatro horas. Cuando por fin me encontraron, estaba medio muerta de frío.

Una lágrima me recorrió la mejilla. No lloraba por Cassius, sino por todos los años que había tirado a la basura. Por mi bebé muerto. Por haber desperdiciado mi juventud amando a un monstruo.

Cassius se frotó las sienes con fastidio, como si no estuviera hablando de mi sufrimiento, sino de algún problema aburrido que quería quitarse de encima.

—Eres demasiado sensible, Scarlett —declaró con impaciencia—. La puerta se cerró sola y Camilla ya se disculpó. Además, yo te consolé después, ¿no?

¿Consolarme?

¿Se refería a aquel miserable «ten más cuidado la próxima vez»?

Camilla soltó uno de sus suspiros de víctima profesional.

—Cassius, si Scarlett está sufriendo tanto, quizá debería dejar de acompañarnos a las galas del sindicato —sugirió con aparente preocupación—. Así evitaremos que…

Hizo una pausa. Por un segundo, vi el triunfo en sus ojos.

—…te avergüence.

Algo dentro de mí terminó de romperse.

Ya habían sido cinco años. Cinco años tragándome sus humillaciones, sus mentiras y los juegos enfermizos de Camilla. No pensaba soportar ni un día más.

—Tienes razón —respondí con una calma que ni yo misma reconocí—. A partir de ahora, no volveré a asistir a ningún evento de la Famiglia.

Me dirigí a la habitación para recoger la maleta que ya había preparado, pero Cassius me alcanzó en dos zancadas. Me sujetó la mandíbula con tanta fuerza que sentí como los dedos se hundían en mi piel y, por un momento, temí que fuera a romperme los huesos.

La arrogancia se le borró de la cara. Lo único que quedó fue la furia de un hombre que comenzaba a perder el control.

—Da un solo paso fuera de esta casa —gruñó en voz baja— y jamás iré a buscarte. ¿Quedó claro?

Entonces comprendí lo estúpida que había sido.

Durante años me aferré a los pocos recuerdos felices que todavía nos quedaban. Cuando enfermaba, Cassius no se separaba de mi lado. Esas manos que habían acabado con incontables vidas me sostenían con una delicadeza que no parecía propia de él.

En mis cumpleaños dejaba de ser el Don durante unas horas. Miraba los fuegos artificiales conmigo y soplaba las velas como cualquier esposo enamorado.

También recordé todas las noches en las que me inmovilizaba contra el colchón y me tomaba una y otra vez hasta dejarme sin aliento.

—Mi niña, quédate conmigo para siempre —solía susurrarme al oído.

Tal vez hubo un momento en el que sí nos amamos. Pero ese amor no tuvo ninguna oportunidad contra las mentiras que Camilla le metía en la cabeza todos los días. Tampoco pudo sobrevivir a la obsesión de Cassius por mandar, controlar y someter todo lo que consideraba suyo.

—Cassius, quiero divorciarme —declaré con serenidad.

El silencio cayó de golpe.

Cassius aflojó la mano y retrocedió un paso. Me miró como si acabara de hablarle en otro idioma.

—¿Qué dijiste? —preguntó con voz sombría.

—Quiero el divorcio —repetí sin emoción—. Voy a divorciarme de ti.

La mandíbula se le tensó.

—¿Me estás amenazando con el divorcio porque no quieres aprender las reglas de la alta sociedad? —cuestionó con ese tono que no admitía discusión—. Te sobreestimé, Scarlett. Creí que tenías carácter.

¿Una amenaza?

Estuve a punto de reírme en su cara.

Cassius Gallo llevaba tanto tiempo sentado en su trono que de verdad creía que recibir su amor era una especie de privilegio. Una limosna que yo debía agradecer de rodillas.

—No estoy haciendo un berrinche —respondí. Ya no me quedaba nada en el pecho—. Busca a una mujer digna de la Famiglia. —Aparté su mano de mi rostro antes de añadir—: Alguien como Camilla.

Entré en la habitación sin volver a mirarlo.

—¡Scarlett! —rugió Cassius desde la sala—. ¡Si hoy cruzas esa puerta, te arrepentirás!

Saqué la maleta y la arrastré por el salón sin prestarle atención. Había soportado cinco años de un matrimonio clandestino, humillaciones y maltratos. Ya había pagado demasiado por amarlo.

Cuando estaba tendida en una cama de hospital, aterrada y suplicando por mil dólares para salvar a nuestro bebé, Cassius me rechazó sin pensarlo dos veces. Prefirió creer las mentiras de Camilla y asumir que yo solo estaba inventando una excusa para librarme de mis responsabilidades.

El día anterior, en aquel quirófano frío, había perdido a nuestro primer hijo. Y él ni siquiera sabía que esa pequeña vida había existido.

—¡Detente ahora mismo! —gritó detrás de mí—. ¡No tienes nada! ¡Sin mí, no eres nadie!

Cerré la mano alrededor del pomo y me detuve durante un segundo.

En el momento en que mi bebé murió, también murieron el amor que sentía por Cassius y la familia que alguna vez creí que construiríamos juntos.

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