FAZER LOGINScarlett no podía respirar. El oxígeno parecía haberse evaporado del pasillo del piso cincuenta. Sus ojos iban de la pequeña caja de terciopelo en el suelo a la figura de su esposo, y luego a Victoria, quien no se molestó en abotonarse la blusa de seda. La directora financiera simplemente se cruzó de brazos y la miró con la curiosidad de quien observa a un insecto a punto de ser aplastado.
No había pánico en ellos. No había culpa, ni balbuceos, ni disculpas. Y eso fue lo que más aterrorizó a Scarlett.
—Lo escuché todo —susurró Scarlett, su voz temblando, rompiéndose en el silencio del ático—. Escuché lo que planean hacer. La clínica en Suiza. Mis acciones.
Roman soltó un suspiro, pasándose una mano por el cabello perfectamente peinado. No parecía un hombre al que acababan de atrapar engañando a su esposa; parecía un CEO lidiando con un empleado incompetente.
Avanzó un par de pasos hacia el pasillo, pateando casualmente la cajita de terciopelo hacia un lado. No se molestó en mirar qué había dentro.
—Siempre has tenido un talento especial para el drama, Scarlett. Estás sacando las cosas de contexto —dijo Roman, intentando usar su habitual tono manipulador—. Estás cansada. Has estado muy inestable últimamente. Ve a casa y hablaremos de esto por la mañana, cuando te hayas medicado y calmado.
La palabra "inestable" fue el detonante.
La rabia, caliente y ciega, rompió la parálisis de Scarlett. El instinto de supervivencia de la mujer arrinconada salió a flote. —¡No estoy loca, Roman! —gritó, retrocediendo un paso, con las manos hechas puños—. ¡Sé exactamente lo que son ustedes dos! ¡Un par de monstruos!
Victoria soltó una carcajada seca, despectiva. Se separó del escritorio y caminó hacia la puerta, colocándose al lado de Roman. —Cuidado con el tono, niña —advirtió Victoria, sus ojos brillando con una frialdad corporativa—. Estás pisando el mundo real. Aquí las rabietas no funcionan.
—¡Voy a destruir la fusión! —amenazó Scarlett, impulsada por la desesperación, lanzando la única carta que creía tener—. Voy a ir mañana mismo a la junta directiva conservadora. Les contaré de su relación. Les contaré de su plan de fraude para inhabilitarme. ¡Los suizos se retirarán antes del mediodía y las acciones de esta maldita empresa caerán en picada!
El silencio que siguió fue denso. Letal.
Esa fue la amenaza equivocada. Scarlett creyó que atacar la billetera de Roman lo asustaría. No comprendió que amenazar el imperio de dos depredadores en la cima de la cadena alimenticia solo garantizaba una cosa: su propia eliminación.
El rostro de Roman se transformó. La máscara de CEO calmado desapareció, revelando una furia fría y sociópata. —No vas a decir absolutamente nada —siseó él.
Roman avanzó con violencia. Victoria se movió casi al mismo tiempo, mucho más rápida y letal de lo que Scarlett hubiera imaginado.
—¡Dame tu teléfono! —exigió Victoria, lanzando la mano hacia el abrigo de Scarlett, asumiendo que estaba grabando la conversación.
—¡No me toquen! —Scarlett forcejeó, el pánico apoderándose de ella. Intentó zafarse del agarre de garra que Victoria le había puesto en el brazo, mientras Roman acortaba la distancia para acorralarla contra la pared.
En su desesperación por huir hacia los ascensores, Scarlett dio un tirón violento hacia atrás.
Su tacón resbaló en la placa de bronce que dividía la gruesa alfombra del pasillo del suelo de mármol pulido.
No hubo nada de lo que agarrarse. Scarlett perdió el equilibrio, sus manos agitándose en el aire vacío. Cayó hacia atrás con fuerza. La base de su columna y su cadera se estrellaron brutalmente contra la afilada esquina de una pesada consola de mármol que adornaba la pared del pasillo.
El sonido del impacto fue un crujido sordo, horrendo.
Scarlett rebotó contra el mueble y cayó de costado sobre el suelo de mármol.
Un dolor blanco, agudo y cegador la atravesó desde la pelvis hasta la nuca. El grito que salió de su garganta fue un sonido primitivo, desgarrador. Se hizo un ovillo instintivamente, jadeando en busca de aire, llevándose ambas manos al bajo vientre.
Roman y Victoria se quedaron quietos. Ninguno de los dos intentó ayudarla a levantarse.
Roman dio un paso hacia ella, pero se detuvo de golpe. Su mirada había descendido.
Al caer, la pequeña caja de terciopelo que él había pateado antes se había abierto. Sobre la alfombra, iluminada por las tenues luces de emergencia, descansaba la prueba de plástico blanco.
Dos rayitas rosas.
Roman miró la prueba. Luego miró a Scarlett, que se retorcía en el suelo, sollozando, incapaz de articular palabra por el dolor insoportable que la estaba partiendo por la mitad.
—¿Roman...? —rogó Scarlett, con un hilo de voz, el terror inundando sus ojos. Podía sentirlo. Un calambre oscuro, caliente y antinatural comenzó a formarse en su vientre—. Duele... duele mucho. Llama a una ambulancia.
Victoria se agachó con elegancia y recogió la prueba de embarazo. La observó sin parpadear. Ni una sombra de empatía cruzó su rostro; solo un cálculo rápido y clínico.
—Si llamas al 911 ahora mismo —dijo Victoria, su voz baja y urgente, mirando a Roman—, registrarán la llamada en este edificio. Habrá un reporte de disputa doméstica. La policía interrogará a los de seguridad. Para las ocho de la mañana, la prensa lo tendrá. La junta directiva entrará en pánico y los suizos se subirán a su jet de regreso a Zúrich. Estaremos arruinados antes de que abra el mercado, Roman.
—Por favor... —sollozó Scarlett. Un líquido caliente y denso comenzó a empapar el interior de sus muslos, manchando la seda de su ropa interior y escurriendo hacia el mármol. Su hijo. El bebé que iba a arreglarlo todo. Se estaba yendo.
Roman miró la sangre contrastando contra el suelo pulido. Miró los ojos suplicantes de su esposa, llenos de lágrimas. Y luego, miró a Victoria, quien sostenía la prueba de embarazo con expresión estoica.
Roman Pierce, el hombre brillante y exitoso, tomó su decisión.
—Llama al doctor Evans —ordenó Roman, su voz de hielo cortando los lamentos de Scarlett.
—Evans vive al otro lado de la ciudad, Roman. En el tráfico de medianoche tardará al menos cuarenta minutos en llegar —advirtió Victoria, tecleando rápidamente en su teléfono—. Está perdiendo mucha sangre.
—Que tarde lo que tenga que tardar —sentenció él, sin titubear—. Evans está en mi nómina. Que traiga su equipo y entre por la puerta de servicio del estacionamiento subterráneo. Nadie puede verla salir de este edificio en ese estado. El escándalo nos hundiría.
El horror absoluto paralizó las cuerdas vocales de Scarlett.
Los estaba escuchando. Iban a dejarla desangrarse en el suelo durante casi una hora. Estaban sacrificando la vida del bebé para proteger el maldito valor de las acciones de la empresa.
—No... mi bebé... —jadeó Scarlett, estirando una mano temblorosa hacia la pierna del pantalón de Roman, manchándole el dobladillo con sangre—. Roman, es tu hijo. Salva a tu hijo.
Roman apartó la pierna con un movimiento seco, como si el contacto de su esposa le quemara. Evitó mirarla a los ojos.
—Esto es tu culpa, Scarlett —murmuró él, justificando su propia monstruosidad para proteger su ego—. Te dije que te fueras a casa. Todo esto fue un accidente provocado por tu histeria.
Victoria finalizó la llamada. —Evans viene en camino. Trae sedantes fuertes.
El dolor arrasó a Scarlett como una ola negra, ahogando su consciencia. El frío del mármol se filtraba por sus huesos. Su visión comenzó a oscurecerse en los bordes. Ya no tenía fuerzas para gritar, ni siquiera para llorar.
Lo último que vio, antes de que el mundo se apagara por completo y la oscuridad la tragara, fue a su esposo. Roman le había dado la espalda. Había caminado hacia su despacho y, con mano firme, se estaba sirviendo un vaso de whisky, mientras Victoria comenzaba a limpiar la sangre del mármol con un pañuelo de seda para no arruinar la decoración.
El martes por la noche, el aire en la mansión Pierce era pesado, cargado con la inminente tormenta financiera del viernes.Roman estaba de pie en el salón principal, sirviéndose un vaso de whisky de la licorera de cristal. Llevaba el pantalón del traje y una camisa blanca impecable, pero aún conservaba el chaleco oscuro que se ajustaba a su torso.Scarlett lo observó desde el umbral. Su estómago se contrajo violentamente, un nudo de puro asco y terror amenazando con paralizarla. Respiró hondo, cerró los ojos por un microsegundo y evocó a Crimson. Necesitaba la frialdad de la máscara, aunque ahora llevara un vestido de punto suave y un cárdigan gris que la hacía lucir hogareña y frágil.Caminó hacia él en silencio. Sus pasos descalzos sobre la alfombra persa no hicieron ruido.—Roman... —murmuró, su voz suave, casi un susurro vacilante.Roman se giró, con el vaso en la mano y el ceño fruncido.—¿Qué quieres, Scarlett? Estoy revisando los últimos detalles de la transferencia con Zúrich.
La puerta del despacho de la directora financiera en Pierce Industries se abrió sin previo aviso. Victoria Sterling apenas tuvo tiempo de levantar la vista de sus monitores antes de que Roman cerrara de un portazo, girando el pestillo con violencia.Roman caminó hacia el inmenso escritorio de cristal. No lucía como el hombre paranoico al que Victoria había llamado la noche anterior; lucía arrogante, implacable y profundamente irritado.—No vuelvas a hacerlo —le advirtió Roman, su voz baja y cargada de una autoridad absoluta, apoyando ambas manos sobre la mesa y mirándola desde arriba—. No vuelvas a llamarme a mi casa a las tres de la mañana para darme órdenes como si fueras una carcelera.Victoria se quedó paralizada por un microsegundo. Su mente, analítica y veloz, procesó la información. Roman no estaba furioso con Scarlett; estaba furioso con ella.—Roman, yo solo intentaba advertirte... —comenzó Victoria, manteniendo un tono medido.—¿Advertirme de qué? —la cortó él, soltando una
La luz amarilla de la lámpara proyectaba sombras afiladas sobre el rostro de Roman Pierce. Estaba de pie frente a ella, respirando pesadamente, con los ojos entrecerrados como un depredador a punto de saltar sobre su presa.El pánico estalló en el pecho de Scarlett, un golpe sordo y helado que amenazó con paralizarle los pulmones. Sándalo y tabaco. El olor de Kassian Bordeaux estaba impregnado en su piel, en su ropa y en su cabello. Roman tenía el olfato de un sabueso. Estaba a un segundo de descubrirlo todo.El silencio se estiró durante tres agonizantes segundos. Si dudaba, si tartamudeaba, estaba muerta.Scarlett forzó a su cerebro a trabajar a la velocidad de la luz. «Piensa. ¿Quién más fuma puros? ¿Quién más huele a madera cara y dinero sucio?»La respuesta la golpeó con la claridad de un relámpago. Marcus Vance. Roman se había reunido con el banquero de fondos buitre en el hotel hacía unos días, y Vance fumaba gruesos puros.Scarlett no retrocedió. En lugar de encogerse bajo la
El ascensor privado se abrió en el penthouse de Kassian. Scarlett salió al pasillo de madera oscura con el corazón latiéndole a un ritmo frenético. La adrenalina de la guerra fría en la mansión y los mensajes cruzados de esa tarde habían convergido en una sola necesidad: escapar de la jaula y reclamar lo que era suyo.Kassian la esperaba en el centro de la inmensa sala de estar. Se había quitado la chaqueta y la corbata; la camisa negra se pegaba a su pecho, los primeros botones desabrochados. La tormenta en sus ojos grises era evidente. Dio un paso hacia ella, con la clara intención de devorarla, de tomar el control absoluto desde el primer segundo.Pero Scarlett no iba a ceder tan fácil. Había pasado años siendo sometida.Antes de que él pudiera ponerle las manos encima, Scarlett levantó la suya y presionó la palma plana contra el pecho firme del magnate, deteniéndolo en seco.—No —susurró ella, mirándolo a los ojos con una chispa desafiante y oscura—. Hoy no dictas las reglas, Bord
El servidor privado encriptado de Victoria Sterling parpadeó con una alerta roja letal a las 4:12 p.m.La directora financiera estaba en su oficina de Pierce Industries, rodeada de carpetas. Los auditores externos, contratados por el mismísimo Roman esa mañana, estaban a solo tres puertas de distancia, revisando los registros de la junta directiva y acercándose implacablemente a su red.Victoria abrió la notificación. El color abandonó su rostro en un segundo.Una transferencia entrante. Quinientos mil dólares acababan de ser depositados en su cuenta offshore secreta en las Islas Caimán, provenientes de un fondo de inversión que, tras dos clics rápidos, Victoria identificó como una de las empresas fantasma de Kassian Bordeaux. El concepto de la transferencia decía: «Comisión por Consultoría Externa».El pánico, frío y paralizante, le oprimió la garganta. Si los auditores veían ese depósito, no solo perdería su trabajo; Roman la entregaría al FBI por espionaje corporativo y fraude ante
El cielo apenas comenzaba a clarear cuando el sedán negro de Kassian dejó a Scarlett a un par de calles de la mansión Pierce.El frío del amanecer le caló los huesos, pero el calor del recuerdo de la noche en el penthouse aún le acariciaba la piel. Tenía once millones de dólares. Era libre en las sombras, pero mientras introducía la llave en la puerta de servicio de las cocinas, supo que el verdadero juego apenas comenzaba.Subió a su habitación en silencio. Se quitó el vestido negro de seda, borró cualquier rastro de maquillaje y se enfundó en un pijama conservador y una bata gruesa. Frente al espejo, volvió a invocar a la esposa rota. Hundió los hombros, opacó su mirada y ensayó una expresión de cansancio dócil.A las ocho de la mañana, bajó al comedor principal.El ambiente era tóxico. Roman estaba sentado a la cabecera, con el nudo de la corbata deshecho y el teléfono pegado a la oreja. Tenía los ojos inyectados en sangre. No había dormido. La pérdida del Proyecto Nexus por la hum







