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Capítulo 2

Author: xRaconteurr
last update publish date: 2026-08-01 06:09:25

Scarlett no podía respirar. El oxígeno parecía haberse evaporado del pasillo del piso cincuenta. Sus ojos iban de la pequeña caja de terciopelo en el suelo a la figura de su esposo, y luego a Victoria, quien no se molestó en abotonarse la blusa de seda. La directora financiera simplemente se cruzó de brazos y la miró con la curiosidad de quien observa a un insecto a punto de ser aplastado.

No había pánico en ellos. No había culpa, ni balbuceos, ni disculpas. Y eso fue lo que más aterrorizó a Scarlett.

—Lo escuché todo —susurró Scarlett, su voz temblando, rompiéndose en el silencio del ático—. Escuché lo que planean hacer. La clínica en Suiza. Mis acciones.

Roman soltó un suspiro, pasándose una mano por el cabello perfectamente peinado. No parecía un hombre al que acababan de atrapar engañando a su esposa; parecía un CEO lidiando con un empleado incompetente.

Avanzó un par de pasos hacia el pasillo, pateando casualmente la cajita de terciopelo hacia un lado. No se molestó en mirar qué había dentro.

—Siempre has tenido un talento especial para el drama, Scarlett. Estás sacando las cosas de contexto —dijo Roman, intentando usar su habitual tono manipulador—. Estás cansada. Has estado muy inestable últimamente. Ve a casa y hablaremos de esto por la mañana, cuando te hayas medicado y calmado.

La palabra "inestable" fue el detonante.

La rabia, caliente y ciega, rompió la parálisis de Scarlett. El instinto de supervivencia de la mujer arrinconada salió a flote. —¡No estoy loca, Roman! —gritó, retrocediendo un paso, con las manos hechas puños—. ¡Sé exactamente lo que son ustedes dos! ¡Un par de monstruos!

Victoria soltó una carcajada seca, despectiva. Se separó del escritorio y caminó hacia la puerta, colocándose al lado de Roman. —Cuidado con el tono, niña —advirtió Victoria, sus ojos brillando con una frialdad corporativa—. Estás pisando el mundo real. Aquí las rabietas no funcionan.

—¡Voy a destruir la fusión! —amenazó Scarlett, impulsada por la desesperación, lanzando la única carta que creía tener—. Voy a ir mañana mismo a la junta directiva conservadora. Les contaré de su relación. Les contaré de su plan de fraude para inhabilitarme. ¡Los suizos se retirarán antes del mediodía y las acciones de esta maldita empresa caerán en picada!

El silencio que siguió fue denso. Letal.

Esa fue la amenaza equivocada. Scarlett creyó que atacar la billetera de Roman lo asustaría. No comprendió que amenazar el imperio de dos depredadores en la cima de la cadena alimenticia solo garantizaba una cosa: su propia eliminación.

El rostro de Roman se transformó. La máscara de CEO calmado desapareció, revelando una furia fría y sociópata. —No vas a decir absolutamente nada —siseó él.

Roman avanzó con violencia. Victoria se movió casi al mismo tiempo, mucho más rápida y letal de lo que Scarlett hubiera imaginado.

—¡Dame tu teléfono! —exigió Victoria, lanzando la mano hacia el abrigo de Scarlett, asumiendo que estaba grabando la conversación.

—¡No me toquen! —Scarlett forcejeó, el pánico apoderándose de ella. Intentó zafarse del agarre de garra que Victoria le había puesto en el brazo, mientras Roman acortaba la distancia para acorralarla contra la pared.

En su desesperación por huir hacia los ascensores, Scarlett dio un tirón violento hacia atrás.

Su tacón resbaló en la placa de bronce que dividía la gruesa alfombra del pasillo del suelo de mármol pulido.

No hubo nada de lo que agarrarse. Scarlett perdió el equilibrio, sus manos agitándose en el aire vacío. Cayó hacia atrás con fuerza. La base de su columna y su cadera se estrellaron brutalmente contra la afilada esquina de una pesada consola de mármol que adornaba la pared del pasillo.

El sonido del impacto fue un crujido sordo, horrendo.

Scarlett rebotó contra el mueble y cayó de costado sobre el suelo de mármol.

Un dolor blanco, agudo y cegador la atravesó desde la pelvis hasta la nuca. El grito que salió de su garganta fue un sonido primitivo, desgarrador. Se hizo un ovillo instintivamente, jadeando en busca de aire, llevándose ambas manos al bajo vientre.

Roman y Victoria se quedaron quietos. Ninguno de los dos intentó ayudarla a levantarse.

Roman dio un paso hacia ella, pero se detuvo de golpe. Su mirada había descendido.

Al caer, la pequeña caja de terciopelo que él había pateado antes se había abierto. Sobre la alfombra, iluminada por las tenues luces de emergencia, descansaba la prueba de plástico blanco.

Dos rayitas rosas.

Roman miró la prueba. Luego miró a Scarlett, que se retorcía en el suelo, sollozando, incapaz de articular palabra por el dolor insoportable que la estaba partiendo por la mitad.

—¿Roman...? —rogó Scarlett, con un hilo de voz, el terror inundando sus ojos. Podía sentirlo. Un calambre oscuro, caliente y antinatural comenzó a formarse en su vientre—. Duele... duele mucho. Llama a una ambulancia.

Victoria se agachó con elegancia y recogió la prueba de embarazo. La observó sin parpadear. Ni una sombra de empatía cruzó su rostro; solo un cálculo rápido y clínico.

—Si llamas al 911 ahora mismo —dijo Victoria, su voz baja y urgente, mirando a Roman—, registrarán la llamada en este edificio. Habrá un reporte de disputa doméstica. La policía interrogará a los de seguridad. Para las ocho de la mañana, la prensa lo tendrá. La junta directiva entrará en pánico y los suizos se subirán a su jet de regreso a Zúrich. Estaremos arruinados antes de que abra el mercado, Roman.

—Por favor... —sollozó Scarlett. Un líquido caliente y denso comenzó a empapar el interior de sus muslos, manchando la seda de su ropa interior y escurriendo hacia el mármol. Su hijo. El bebé que iba a arreglarlo todo. Se estaba yendo.

Roman miró la sangre contrastando contra el suelo pulido. Miró los ojos suplicantes de su esposa, llenos de lágrimas. Y luego, miró a Victoria, quien sostenía la prueba de embarazo con expresión estoica.

Roman Pierce, el hombre brillante y exitoso, tomó su decisión.

—Llama al doctor Evans —ordenó Roman, su voz de hielo cortando los lamentos de Scarlett.

—Evans vive al otro lado de la ciudad, Roman. En el tráfico de medianoche tardará al menos cuarenta minutos en llegar —advirtió Victoria, tecleando rápidamente en su teléfono—. Está perdiendo mucha sangre.

—Que tarde lo que tenga que tardar —sentenció él, sin titubear—. Evans está en mi nómina. Que traiga su equipo y entre por la puerta de servicio del estacionamiento subterráneo. Nadie puede verla salir de este edificio en ese estado. El escándalo nos hundiría.

El horror absoluto paralizó las cuerdas vocales de Scarlett.

Los estaba escuchando. Iban a dejarla desangrarse en el suelo durante casi una hora. Estaban sacrificando la vida del bebé para proteger el maldito valor de las acciones de la empresa.

—No... mi bebé... —jadeó Scarlett, estirando una mano temblorosa hacia la pierna del pantalón de Roman, manchándole el dobladillo con sangre—. Roman, es tu hijo. Salva a tu hijo.

Roman apartó la pierna con un movimiento seco, como si el contacto de su esposa le quemara. Evitó mirarla a los ojos.

—Esto es tu culpa, Scarlett —murmuró él, justificando su propia monstruosidad para proteger su ego—. Te dije que te fueras a casa. Todo esto fue un accidente provocado por tu histeria.

Victoria finalizó la llamada. —Evans viene en camino. Trae sedantes fuertes.

El dolor arrasó a Scarlett como una ola negra, ahogando su consciencia. El frío del mármol se filtraba por sus huesos. Su visión comenzó a oscurecerse en los bordes. Ya no tenía fuerzas para gritar, ni siquiera para llorar.

Lo último que vio, antes de que el mundo se apagara por completo y la oscuridad la tragara, fue a su esposo. Roman le había dado la espalda. Había caminado hacia su despacho y, con mano firme, se estaba sirviendo un vaso de whisky, mientras Victoria comenzaba a limpiar la sangre del mármol con un pañuelo de seda para no arruinar la decoración.

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