PASIÓN A CIEGAS: Divorciada y Deseada

PASIÓN A CIEGAS: Divorciada y Deseada

last updateLast Updated : 2026-09-21
By:  xRaconteurrUpdated just now
Language: Spanish
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Para el arrogante CEO Roman Pierce, su esposa Scarlett no era más que un adorno en su mansión, mientras él satisfacía sus verdaderos deseos con su secretaria. —Es como tocar un bloque de hielo —le escuchó decir Scarlett a su amante, justo cuando planeaba darle la noticia de su embarazo—. Si no fuera por las acciones de su familia, ya la habría desechado. Esa frase mató a la esposa sumisa. Esa misma noche, Scarlett perdió a su bebé y, con él, cualquier rastro de piedad. Sabiendo que Roman era cliente habitual de L'Éclipse, el club nocturno más exclusivo de la ciudad, Scarlett acude a su dueño: el implacable magnate Kassian Bordeaux. Intrigado por el odio en los ojos de ella, Kassian acepta un pacto: la convertirá en la cortesana enmascarada más deseada de su club para que Roman caiga a sus pies y se arruine intentando comprarla. El plan funciona de maravilla. De día, Scarlett le entrega el divorcio a Roman, soportando sus burlas. De noche, oculta tras una máscara y bajo el seudónimo de Crimson, se convierte en su mayor obsesión. Roman enloquece, vaciando sus cuentas y humillándose de rodillas por una sola hora de atención de esa diosa, sin saber que le ruega a la mujer que humilló. Sin embargo, el mayor peligro no es que Roman descubra la verdad. El problema es que Kassian Bordeaux ha roto su regla de oro. Tras moldearla y probar su fuego, el despiadado dueño ya no está dispuesto a ser solo su cómplice. — Roman está a punto de quebrar por ti —murmura Kassian, acorralándola en la oscuridad—. Pero si crees que te dejaré ir, estás muy equivocada, Scarlett. Tú me perteneces ahora.

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Chapter 1

Capítulo 1

Dos rayitas rosas.

Scarlett Pierce sostuvo la pequeña prueba de plástico bajo la dura luz del baño de su habitación. Sus manos temblaban ligeramente, pero el aire que soltó fue un suspiro de puro alivio.

Habían pasado tres años desde que pronunció sus votos frente a la élite de la ciudad. Tres años atrapada en un matrimonio impecable para las revistas de sociedad, pero asfixiante de puertas para adentro. Roman Pierce, el brillante CEO de Pierce Industries, era un hombre esculpido en ambición. Últimamente, la distancia entre ellos se había convertido en un témpano de hielo. Él justificaba sus ausencias, su frialdad y las noches durmiendo en habitaciones separadas con la presión de la inminente fusión con un conglomerado suizo.

Scarlett había intentado ser la esposa perfecta. Había tolerado el silencio, las cenas solitarias y la sensación de ser solo un adorno en la inmensa mansión de Highland Park.

«Un heredero. Esto lo cambiará todo», pensó, aferrándose a la prueba de embarazo como si fuera un salvavidas. Roman siempre decía que un hijo consolidaría su legado. Esto era lo que necesitaban para volver a conectar, para derretir el hielo.

Miró el reloj de pared. Eran las once y media de la noche. Roman le había enviado un mensaje escueto horas antes avisando que se quedaría trabajando hasta tarde en la sede corporativa.

En lugar de esperar a la mañana, Scarlett guardó la prueba en una pequeña caja de terciopelo, se puso un abrigo largo sobre su vestido de noche y pidió que prepararan el coche. Quería ver su rostro. Quería ser ella quien le diera la noticia en la intimidad de su oficina, lejos de las miradas del personal de servicio.

El imponente edificio de Pierce Industries estaba prácticamente vacío cuando llegó. El guardia de seguridad del vestíbulo la saludó con una inclinación de cabeza y le habilitó el acceso al ascensor privado que subía directamente al ático ejecutivo.

Mientras los números de los pisos ascendían en la pantalla digital, el corazón de Scarlett latía con una anticipación nerviosa. Repasaba en su mente las palabras exactas que usaría.

Las puertas de acero se abrieron con un susurro en el piso cincuenta.

El pasillo estaba en penumbras, iluminado solo por las luces de emergencia y el resplandor de la ciudad que entraba por los inmensos ventanales. La gruesa alfombra amortiguó el sonido de sus tacones mientras caminaba hacia la oficina principal al final del corredor.

La pesada puerta de doble hoja de caoba no estaba cerrada del todo. Una franja de luz cálida se filtraba hacia el pasillo.

Scarlett levantó la mano, rozando la madera con la yema de los dedos, dispuesta a empujarla y anunciar su llegada.

Pero una voz la detuvo en seco. No era un susurro romántico. Era el tono afilado, frío y calculador que Roman reservaba exclusivamente para destrozar a sus competidores en la sala de juntas.

—El acuerdo prenupcial es un campo minado, Victoria. Sus abogados blindaron las acciones del abuelo. Si le pido el divorcio ahora, la cláusula de penalización se activa y pierdo el control mayoritario justo antes de que los suizos firmen.

Scarlett dejó de respirar. La mano le quedó suspendida en el aire.

Se acercó milimétricamente a la rendija. La visión la paralizó, robándole el calor de la sangre en una fracción de segundo.

Allí estaba Roman. No estaba solo, y definitivamente no estaba revisando hojas de cálculo. Apoyada contra el borde de su inmenso escritorio estaba Victoria Sterling.

Victoria no era una simple secretaria. Era la Directora Financiera de la empresa, una de las socias mayoritarias y, hasta donde Scarlett sabía, una mujer de hielo que devoraba corporaciones para desayunar. Llevaba una falda de diseñador de corte impecable, pero su blusa de seda estaba completamente desabotonada. Las manos de Roman, grandes y posesivas, descansaban sobre la cintura desnuda de la mujer, trazando círculos lentos mientras hablaban.

No había pasión descontrolada en la escena, lo cual la hacía mil veces más perturbadora. Había una intimidad retorcida, una complicidad absoluta de dos depredadores planeando su próximo festín.

—Es un problema matemático simple, Roman —respondió Victoria, su voz ronroneando con una frialdad que hizo que a Scarlett se le erizara la piel—. No necesitas divorciarte de ella. Necesitas incapacitarla.

Roman soltó una carcajada baja, inclinándose para besar la curva del cuello de Victoria antes de mirarla a los ojos. —Explícate.

—Scarlett siempre ha sido... frágil. Demasiado emocional —continuó Victoria, enredando sus dedos con uñas esmaltadas en rojo en el cabello perfecto de Roman—. Un par de crisis nerviosas bien documentadas, un médico privado que esté en nuestra nómina dispuesto a firmar un diagnóstico de inestabilidad mental severa, y boom. La enviamos a una clínica de reposo exclusiva en Suiza. Un lugar silencioso, rodeada de montañas, donde no moleste a nadie.

El mundo de Scarlett comenzó a dar vueltas. El aire en el pasillo se volvió denso, asfixiante.

—Como su esposo y tutor legal, tú asumirías el control de sus derechos de voto en la junta por defecto —concluyó Victoria, trazando la línea de la mandíbula de Roman—. Te quedas con sus acciones, cerramos la fusión con los suizos, y yo dejo de tener que fingir cortesía con esa estúpida niña rica en las galas de caridad. Tú y yo nos quedamos con el imperio completo.

Roman la miró en silencio durante unos segundos. La luz de la lámpara del escritorio iluminó la ambición cruda y despiadada en sus ojos.

No hubo culpa. No hubo ni una pizca de duda al escuchar el plan para destruir la vida y la mente de su propia esposa.

—Siempre he amado tu cerebro, Victoria —murmuró Roman, aplastando su boca contra la de ella en un beso posesivo y oscuro—. Empezaremos a medicarla la próxima semana. Dejaré un rastro de recetas y llamaré a mi médico para que empiece a armar el historial psiquiátrico. Para cuando lleguen los suizos, Scarlett será legalmente un fantasma.

El horror absoluto golpeó a Scarlett con la fuerza de un tren.

No la estaban engañando. La estaban cazando. El hombre con el que dormía cada noche, el hombre del que estaba esperando un hijo, estaba planeando encerrarla en un manicomio para robarle su herencia.

Un temblor incontrolable se apoderó de sus manos. El pánico le cerró la garganta. Necesitaba huir. Necesitaba salir de ese edificio antes de que la vieran, buscar un abogado, llamar a Ivanna, correr.

Dio un torpe paso hacia atrás.

Su tacón resbaló ligeramente en el borde de la gruesa alfombra del pasillo. En su intento por recuperar el equilibrio, la pequeña caja de terciopelo negro que contenía la prueba de embarazo se le resbaló de los dedos entumecidos.

La caja cayó al suelo.

El sonido seco del objeto golpeando contra la madera pulida que bordeaba la pared fue diminuto, pero en el silencio sepulcral del piso cincuenta, sonó como un disparo.

En el interior del despacho, el murmullo de Roman y Victoria se detuvo abruptamente.

El silencio que siguió fue denso, cargado de una tensión letal. Scarlett se quedó congelada, con los ojos muy abiertos, sintiendo que el corazón le martilleaba contra las costillas a una velocidad dolorosa.

Se escucharon pasos pesados acercándose desde el interior de la oficina. Pasos decididos.

La puerta de caoba se abrió de golpe, bañando a Scarlett en una luz amarilla que la dejó expuesta, sola y temblando en medio del pasillo.

Roman apareció en el umbral. Se estaba abotonando los puños de la camisa, con el rostro desprovisto de cualquier sorpresa. Su mirada fría y calculadora descendió hasta la cajita de terciopelo en el suelo, y luego subió lentamente, clavándose en los ojos aterrorizados de su esposa.

Victoria apareció justo detrás de él, con los brazos cruzados y una sonrisa afilada que no prometía absolutamente nada bueno.

—Scarlett, querida —dijo Roman, su voz sonando tan casual y calmada que resultaba psicópata—. Qué sorpresa tan desagradable. ¿Cuánto tiempo llevas ahí parada?

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