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Capítulo 3

Author: xRaconteurr
last update publish date: 2026-08-02 04:44:39

El pitido constante y monótono de un monitor cardíaco fue lo primero que logró atravesar la densa niebla de la anestesia.

Scarlett abrió los ojos. La luz blanca y estéril de la habitación la obligó a parpadear varias veces hasta que el techo plano y desconocido tomó forma. Olía a yodo, a sábanas limpias y a cloroformo. Lentamente, los recuerdos de la noche anterior comenzaron a filtrarse en su cerebro como gotas de ácido: el despacho, Victoria, el mármol frío, la sangre.

Con un movimiento torpe y pesado, Scarlett deslizó la mano bajo la sábana del hospital hasta alcanzar su bajo vientre.

Estaba plano. El leve, casi imperceptible abultamiento que había acariciado con tanta ilusión apenas unas horas antes había desaparecido.

El vacío no se sintió como una tristeza normal; se sintió como un agujero negro que amenazaba con tragarle el alma entera. Abrió la boca para sollozar, pero el sonido se atascó en su garganta, reseca como papel de lija. Su bebé. El hijo que la iba a salvar de la soledad, sacrificado en el altar del imperio corporativo de Roman Pierce.

La puerta de la habitación se abrió con un leve chasquido.

Roman entró. Llevaba el mismo traje impecable de siempre, pero se había quitado la corbata y desabotonado el cuello de la camisa para darle un toque de falso desaliño. En sus manos sostenía un enorme ramo de rosas blancas. Su expresión era una máscara de aflicción tan perfectamente ejecutada que merecía un premio.

Detrás de él entró una enfermera, mirando a Roman con evidente lástima y admiración por su devoción.

—Mi amor... —susurró Roman, acercándose a la cama con pasos rápidos y preocupados. Dejó las flores sobre la mesa rodante y tomó la mano inerte de Scarlett entre las suyas—. Gracias a Dios que despiertas.

Scarlett no apartó la mano. No porque no quisiera, sino porque el asco la tenía paralizada.

—La paciente está estable, señor Pierce —dijo la enfermera, revisando el suero con una sonrisa compasiva—. El doctor Evans vendrá a verla en una hora. Los dejaré a solas. Necesita mucho apoyo de su esposo ahora mismo.

—No me separaré de ella, se lo aseguro —respondió Roman, sin apartar sus ojos "llorosos" de Scarlett.

La puerta se cerró. El clic del pestillo resonó en la habitación.

En el instante exacto en que la enfermera desapareció, la máscara de Roman se desvaneció. Los hombros del CEO se relajaron, la falsa preocupación huyó de sus ojos y soltó la mano de Scarlett como si tocarla le diera repulsión, limpiándose discretamente las palmas en la tela de su pantalón.

Arrastró una silla de visitas y se sentó junto a la cama, cruzando una pierna sobre la otra con absoluta elegancia.

—Bien, ya estás despierta. Acabemos con esto rápido porque tengo que volver a la oficina —dijo él, su tono volviendo a ser el mismo hielo cortante que usaba en las juntas directivas.

Scarlett giró la cabeza en la almohada. Sus ojos, oscuros y vacíos, se clavaron en él. —Mi bebé... —logró articular, su voz sonando como un crujido roto—. Lo dejaste morir.

Roman resopló, pasándose una mano por el cabello. No había ni una pizca de remordimiento en su rostro. —No seas melodramática, Scarlett. Fue un accidente. Te alteraste, perdiste el equilibrio y caíste. El doctor Evans, que por cierto es muy discreto y un excelente profesional de mi nómina, ya redactó el informe médico.

Roman se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas, acercando su rostro al de ella hasta que Scarlett pudo oler su colonia de seiscientos dólares.

—El informe detalla que sufriste un episodio de crisis nerviosa severa —susurró Roman, cada palabra calculada para clavar un clavo en el ataúd de la libertad de su esposa—. Detalla que tu inestabilidad emocional provocó el accidente doméstico que resultó en el aborto espontáneo. Victoria y yo fuimos los testigos consternados que intentamos calmarte.

Scarlett sintió que el poco calor que le quedaba en el cuerpo la abandonaba. El plan. El plan del que hablaron en el despacho ya estaba en marcha, y ella misma les había dado la excusa perfecta al caerse.

—Eres un monstruo... —jadeó ella, las lágrimas de pura impotencia finalmente quemándole los ojos—. Le diré a todo el mundo lo que hiciste. Le diré a la policía, a la junta...

—¿A quién le vas a decir? —la interrumpió Roman, con una sonrisa ladeada y perversa—. ¿Quién le va a creer a una mujer con un diagnóstico psiquiátrico firmado por el jefe de traumatología de esta clínica? Si abres la boca, Scarlett... si intentas manchar mi nombre o el de la empresa, usaré este mismo informe para declararte mentalmente incapacitada. Perderás tus acciones, perderás el control de tu cuenta bancaria y te juro por Dios que te encerraré en un sanatorio en Suiza donde las ventanas tienen barrotes blancos y nadie irá a visitarte jamás.

La habitación se sumió en un silencio asfixiante. Scarlett lo miraba, dándose cuenta de la inmensa magnitud de la red en la que había caído. No estaba casada con un hombre infiel; estaba casada con un sociópata con poder ilimitado.

—¿Me entiendes, querida? —preguntó él, acariciando la mejilla pálida de ella con el pulgar. El roce la hizo estremecerse de asco—. Eres mi esposa. Y a partir de hoy, serás la viuda dolorida de este matrimonio. Callada. Discreta. En casa.

Se puso de pie, abotonándose el saco del traje, revisando su costoso reloj. —Descansa. Vendré por ti mañana para llevarte a casa. Y por favor, intenta no llorar frente al personal, me haces quedar mal.

Roman caminó hacia la puerta y salió de la habitación sin mirar atrás.

Sola de nuevo, Scarlett intentó sentarse. El dolor agudo en el vientre la hizo jadear, pero ignoró la agonía. Se giró hacia la pequeña mesa rodante, buscando desesperadamente su bolso, su teléfono, cualquier cosa para llamar a Ivanna o a un abogado.

No había nada. Las gavetas estaban vacías.

Miró hacia la puerta; no tenía seguro por dentro. Miró hacia la ventana; era de cristal grueso y no tenía manijas para abrirse. Junto a la cama solo había un botón rojo para llamar a la enfermera. Estaba incomunicada. Completamente aislada bajo las órdenes de su "amoroso" esposo.

Se recostó de nuevo en la almohada y clavó la mirada en el techo blanco.

No lloró. Las lágrimas se habían secado. Roman creía que la había quebrado, que su amenaza del psiquiátrico la mantendría sumisa para siempre. Pero en el fondo de ese abismo, en el vacío que había dejado su hijo, una rabia oscura, fría y silenciosa comenzó a cristalizarse.

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