LOGINEl tiempo en la mansión de Highland Park se había convertido en una masa espesa y gris.
Scarlett llevaba cinco días encerrada en su habitación. La señora Gable le llevaba las comidas y un pequeño vaso de plástico con dos pastillas blancas recetadas por el doctor Evans. Scarlett no se las tragaba. Las escondía bajo la lengua y luego las escupía en el inodoro. Sabía que si dejaba que los sedantes hicieran efecto, Victoria y Roman ganarían.
Esa tarde, el silencio de la casa fue roto por un escándalo en la planta baja.
—¡Me importa un carajo lo que haya dicho el señor Pierce! ¡Apártese de mi camino o llamaré a la policía para reportar un secuestro!
Scarlett se sentó de golpe en la cama, el corazón latiéndole desbocado. Conocía esa voz.
Se escucharon pasos furiosos subiendo la escalera de mármol, seguidos por las súplicas nerviosas del ama de llaves. La puerta de la habitación de Scarlett se abrió de un portazo.
Allí estaba Ivanna. Llevaba una chaqueta de cuero roja, botas de tacón y la respiración agitada. Al ver a Scarlett pálida, delgada y envuelta en una bata gigante, la furia en el rostro de la rubia se desmoronó, dando paso a una genuina angustia.
—¡Señorita, no puede estar aquí! —jadeó la señora Gable, apareciendo detrás de Ivanna, sosteniendo un teléfono—. Tengo órdenes de llamar a seguridad...
Ivanna se giró hacia el ama de llaves con una mirada que podría haber cortado cristal. —Llama a quien quieras. Pero si intentas sacarme de aquí antes de que vea a mi amiga, te juro por Dios que le diré a la prensa que Roman Pierce mantiene a su esposa prisionera. ¡Lárgate!
La señora Gable palideció, retrocedió y cerró la puerta, dejándolas a solas.
Ivanna corrió hacia la cama y envolvió a Scarlett en un abrazo desesperado. Scarlett, que había mantenido sus emociones selladas tras un muro de hielo durante cinco días, finalmente se quebró. Se aferró a la chaqueta de su amiga y sollozó. Lloró con un dolor primitivo y desgarrador que le raspó la garganta.
—Me quitaron todo, Ivy... —susurró Scarlett entre sollozos, temblando de pies a cabeza—. Lo escuché todo en el despacho. Roman y Victoria Sterling... planeaban incapacitarme. Encerrarme en Suiza para quedarse con mis acciones. Me caí, empecé a sangrar y ellos... ellos no llamaron a emergencias. Dejaron que mi bebé muriera para evitar un escándalo financiero.
Ivanna se separó lentamente. Su rostro estaba desencajado por el horror. La compasión desapareció rápidamente de sus ojos, reemplazada por una rabia oscura y asesina. —Vamos a la policía —siseó Ivanna, poniéndose de pie de un salto—. Ahora mismo. Levantaremos cargos por homicidio negligente, fraude...
—¡No! —Scarlett la tomó del brazo, jalándola hacia abajo con terror puro—. Tienen a un médico corrupto. Firmó un papel diciendo que sufro episodios psicóticos. Si hablo, usarán eso para encerrarme en un psiquiátrico y quitarme mis derechos. Además, Victoria amenazó tu galería, Ivy. Dijo que te harían una auditoría y te dejarían en la calle. No puedo pelear contra ellos. Roman canceló mis cuentas. Me quitó el teléfono. Tienen todo el maldito poder.
Ivanna se quedó callada, asimilando la telaraña perfecta en la que habían atrapado a su amiga. Apretó los puños, pero su cerebro, siempre calculador, comenzó a trabajar.
—Roman y Victoria son unos monstruos corporativos —dijo Ivanna, bajando la voz, sentándose al borde de la cama, mirando fijamente a Scarlett—. Creen que porque tienen el dinero y la ley de su lado, son intocables. Pero hay un mundo en esta ciudad donde sus reglas de cuello blanco no sirven para nada.
Ivanna metió la mano en el bolsillo interior de su chaqueta de cuero. —El sistema de justicia no te va a salvar, Scarlett. Y llorar tampoco te va a devolver a tu hijo. Si quieres destruirlos, tienes que quitarles lo que más aman: su empresa, su dinero y su ego. Y para cazar tiburones, necesitas al diablo.
Sacó un objeto y lo dejó caer sobre las sábanas blancas.
Era una tarjeta de metal pesado, negra mate, con letras doradas finamente grabadas en el centro: L'Éclipse.
Scarlett miró la tarjeta. —¿Qué es esto?
—Es un pase VIP de acceso ilimitado a L'Éclipse —explicó Ivanna, sus ojos brillando con una determinación peligrosa—. Se le cayó a uno de mis clientes coleccionistas de arte el mes pasado y me la quedé por curiosidad. Es el club privado más exclusivo y corrupto del país. Roman gasta millones de dólares allí intentando impresionar a sus socios con fiestas clandestinas.
Scarlett frunció el ceño. —¿Quieres que vaya a un club a buscar a mi marido? Ivy, si salgo de esta casa...
—No vas a buscar a tu marido, Scarlett. Vas a buscar al dueño del club —la interrumpió Ivanna, señalando la tarjeta—. Kassian Bordeaux. Él es la única persona en esta maldita ciudad a la que Roman Pierce le tiene pánico. Bordeaux es un depredador. Odia a Roman, compiten por los mismos inversionistas y no juega con las reglas de la bolsa; él hace sus propias leyes en la oscuridad.
El nombre resonó en la cabeza de Scarlett. Kassian Bordeaux. Las revistas financieras hablaban de él en susurros. Un hombre sin escrúpulos, un magnate del inframundo que había construido un imperio desde la nada y que disfrutaba aplastando a los herederos arrogantes como Roman.
—Él no me va a ayudar —susurró Scarlett, sintiendo que el pánico le oprimía el pecho—. ¿Por qué iba a escucharme a mí? No soy nadie. No tengo dinero que ofrecerle.
—Tienes el veinte por ciento de Pierce Industries, Scarlett. Y tienes el motivo perfecto —argumentó Ivanna, tomándola por los hombros, obligándola a enderezarse—. Bordeaux no quiere tu dinero, quiere la cabeza de Roman en una bandeja de plata, y tú eres la infiltrada perfecta para dársela. Roman cree que eres una muñeca de cristal rota. Victoria cree que eres una estúpida. Esa es tu mayor ventaja.
Scarlett miró la tarjeta negra. El frío del metal parecía prometer venganza. Un camino oscuro del que no habría retorno. Si cruzaba las puertas de ese club y se aliaba con un hombre como Bordeaux, ya no habría marcha atrás.
—Mírate —le dijo Ivanna con dureza, aunque sus manos seguían siendo cálidas sobre los hombros de su amiga—. Estás esperando que te encierren en Suiza y que tiren la llave. Roman te mató en ese despacho, Scarlett. La mujer que lo amaba ya está muerta. Así que usa este maldito pase, ve a ver a Bordeaux y haz un trato con él. Vuélvete el puto veneno que los va a matar desde adentro.
El silencio llenó la habitación. Scarlett bajó la vista hacia su vientre vacío. Recordó el crujido de su columna contra el mármol, la frialdad de Victoria calculando las acciones y a Roman sirviéndose un vaso de whisky mientras ella se desangraba.
El miedo, paralizante y profundo, seguía ahí. Pero de pronto, un calor oscuro y hirviente comenzó a expandirse en su pecho, derritiendo el hielo de su depresión.
Lentamente, Scarlett extendió la mano y tomó la pesada tarjeta negra.
Levantó la mirada hacia Ivanna. Las lágrimas se habían secado por completo. En sus ojos ya no quedaba el brillo inocente y desesperado de la víctima.
—Dime cómo salgo de esta casa sin que el servicio me vea —dijo Scarlett, su voz sonando rasposa, desconocida y letal—. Y ayúdame a encontrar algo de ropa.
El martes por la noche, el aire en la mansión Pierce era pesado, cargado con la inminente tormenta financiera del viernes.Roman estaba de pie en el salón principal, sirviéndose un vaso de whisky de la licorera de cristal. Llevaba el pantalón del traje y una camisa blanca impecable, pero aún conservaba el chaleco oscuro que se ajustaba a su torso.Scarlett lo observó desde el umbral. Su estómago se contrajo violentamente, un nudo de puro asco y terror amenazando con paralizarla. Respiró hondo, cerró los ojos por un microsegundo y evocó a Crimson. Necesitaba la frialdad de la máscara, aunque ahora llevara un vestido de punto suave y un cárdigan gris que la hacía lucir hogareña y frágil.Caminó hacia él en silencio. Sus pasos descalzos sobre la alfombra persa no hicieron ruido.—Roman... —murmuró, su voz suave, casi un susurro vacilante.Roman se giró, con el vaso en la mano y el ceño fruncido.—¿Qué quieres, Scarlett? Estoy revisando los últimos detalles de la transferencia con Zúrich.
La puerta del despacho de la directora financiera en Pierce Industries se abrió sin previo aviso. Victoria Sterling apenas tuvo tiempo de levantar la vista de sus monitores antes de que Roman cerrara de un portazo, girando el pestillo con violencia.Roman caminó hacia el inmenso escritorio de cristal. No lucía como el hombre paranoico al que Victoria había llamado la noche anterior; lucía arrogante, implacable y profundamente irritado.—No vuelvas a hacerlo —le advirtió Roman, su voz baja y cargada de una autoridad absoluta, apoyando ambas manos sobre la mesa y mirándola desde arriba—. No vuelvas a llamarme a mi casa a las tres de la mañana para darme órdenes como si fueras una carcelera.Victoria se quedó paralizada por un microsegundo. Su mente, analítica y veloz, procesó la información. Roman no estaba furioso con Scarlett; estaba furioso con ella.—Roman, yo solo intentaba advertirte... —comenzó Victoria, manteniendo un tono medido.—¿Advertirme de qué? —la cortó él, soltando una
La luz amarilla de la lámpara proyectaba sombras afiladas sobre el rostro de Roman Pierce. Estaba de pie frente a ella, respirando pesadamente, con los ojos entrecerrados como un depredador a punto de saltar sobre su presa.El pánico estalló en el pecho de Scarlett, un golpe sordo y helado que amenazó con paralizarle los pulmones. Sándalo y tabaco. El olor de Kassian Bordeaux estaba impregnado en su piel, en su ropa y en su cabello. Roman tenía el olfato de un sabueso. Estaba a un segundo de descubrirlo todo.El silencio se estiró durante tres agonizantes segundos. Si dudaba, si tartamudeaba, estaba muerta.Scarlett forzó a su cerebro a trabajar a la velocidad de la luz. «Piensa. ¿Quién más fuma puros? ¿Quién más huele a madera cara y dinero sucio?»La respuesta la golpeó con la claridad de un relámpago. Marcus Vance. Roman se había reunido con el banquero de fondos buitre en el hotel hacía unos días, y Vance fumaba gruesos puros.Scarlett no retrocedió. En lugar de encogerse bajo la
El ascensor privado se abrió en el penthouse de Kassian. Scarlett salió al pasillo de madera oscura con el corazón latiéndole a un ritmo frenético. La adrenalina de la guerra fría en la mansión y los mensajes cruzados de esa tarde habían convergido en una sola necesidad: escapar de la jaula y reclamar lo que era suyo.Kassian la esperaba en el centro de la inmensa sala de estar. Se había quitado la chaqueta y la corbata; la camisa negra se pegaba a su pecho, los primeros botones desabrochados. La tormenta en sus ojos grises era evidente. Dio un paso hacia ella, con la clara intención de devorarla, de tomar el control absoluto desde el primer segundo.Pero Scarlett no iba a ceder tan fácil. Había pasado años siendo sometida.Antes de que él pudiera ponerle las manos encima, Scarlett levantó la suya y presionó la palma plana contra el pecho firme del magnate, deteniéndolo en seco.—No —susurró ella, mirándolo a los ojos con una chispa desafiante y oscura—. Hoy no dictas las reglas, Bord
El servidor privado encriptado de Victoria Sterling parpadeó con una alerta roja letal a las 4:12 p.m.La directora financiera estaba en su oficina de Pierce Industries, rodeada de carpetas. Los auditores externos, contratados por el mismísimo Roman esa mañana, estaban a solo tres puertas de distancia, revisando los registros de la junta directiva y acercándose implacablemente a su red.Victoria abrió la notificación. El color abandonó su rostro en un segundo.Una transferencia entrante. Quinientos mil dólares acababan de ser depositados en su cuenta offshore secreta en las Islas Caimán, provenientes de un fondo de inversión que, tras dos clics rápidos, Victoria identificó como una de las empresas fantasma de Kassian Bordeaux. El concepto de la transferencia decía: «Comisión por Consultoría Externa».El pánico, frío y paralizante, le oprimió la garganta. Si los auditores veían ese depósito, no solo perdería su trabajo; Roman la entregaría al FBI por espionaje corporativo y fraude ante
El cielo apenas comenzaba a clarear cuando el sedán negro de Kassian dejó a Scarlett a un par de calles de la mansión Pierce.El frío del amanecer le caló los huesos, pero el calor del recuerdo de la noche en el penthouse aún le acariciaba la piel. Tenía once millones de dólares. Era libre en las sombras, pero mientras introducía la llave en la puerta de servicio de las cocinas, supo que el verdadero juego apenas comenzaba.Subió a su habitación en silencio. Se quitó el vestido negro de seda, borró cualquier rastro de maquillaje y se enfundó en un pijama conservador y una bata gruesa. Frente al espejo, volvió a invocar a la esposa rota. Hundió los hombros, opacó su mirada y ensayó una expresión de cansancio dócil.A las ocho de la mañana, bajó al comedor principal.El ambiente era tóxico. Roman estaba sentado a la cabecera, con el nudo de la corbata deshecho y el teléfono pegado a la oreja. Tenía los ojos inyectados en sangre. No había dormido. La pérdida del Proyecto Nexus por la hum







