ログインEl trayecto desde la clínica hasta la mansión en Highland Park se hizo en el más sepulcral de los silencios.
En el asiento trasero del Mercedes, Roman mantenía una distancia calculada, revisando correos electrónicos en su teléfono. Scarlett miraba por la ventana, sintiendo un vacío físico en su vientre que la mareaba con cada bache del camino.
Cuando los portones de hierro forjado se abrieron y el auto se detuvo frente a la escalinata de mármol, Roman guardó su teléfono y se giró hacia ella. Su rostro adoptó esa expresión neutra y aterradora de quien está a punto de dictar sentencia.
—Escúchame bien, Scarlett —dijo él, sin molestarse en fingir frente al chofer, que mantenía la mirada al frente—. El doctor Evans ha recomendado reposo absoluto y cero estrés. Para garantizarlo, he tomado algunas medidas.
Scarlett frunció el ceño, una punzada de alarma atravesando su letargo. —¿Qué medidas?
—He cancelado temporalmente tus tarjetas de crédito y he congelado tus cuentas bancarias. No quiero que en un ataque de histeria te vayas de compras o intentes huir a hacer un escándalo —enumeró Roman con frialdad—. Además, confisqué tu teléfono. El ama de llaves te proporcionará uno nuevo que solo puede recibir llamadas mías o de la clínica. Es por tu propia salud mental, querida.
El pánico se apoderó de Scarlett. El poco aire que había en el coche pareció desaparecer. —No puedes hacer eso, Roman. Es mi dinero. Son mis cuentas.
—Soy tu esposo y tu tutor legal ante una crisis psiquiátrica respaldada por un informe médico firmado —replicó él, acercando su rostro al de ella, susurrando con una crueldad que le heló la sangre—. Puedo hacer exactamente lo que yo quiera. A partir de hoy, no sales de esta casa sin mi permiso.
Se bajó del auto, dejándola paralizada en el asiento de cuero. Scarlett tuvo que obligar a sus piernas temblorosas a moverse para seguirlo hacia el interior de la mansión.
La inmensa casa, que antes le parecía un castillo solitario, ahora tenía todos los matices de una prisión de máxima seguridad. El personal de servicio la miraba con una mezcla de lástima y precaución, claramente instruidos sobre su supuesta "inestabilidad".
Roman no se quedó. Tomó su maletín en el vestíbulo y le dio una última mirada de advertencia. —Tengo que volver a la oficina a limpiar el desastre de relaciones públicas que tu patética caída casi provoca. Descansa.
La puerta principal se cerró con un golpe sordo.
Scarlett se quedó sola en el centro del vestíbulo, temblando. Subió a su habitación, se dejó caer en el borde de la cama y escondió el rostro entre las manos. Estaba incomunicada. Sin un centavo. Prisionera.
Pasaron tres horas. El silencio de la mansión solo era roto por el tic-tac del reloj de pie en el pasillo, hasta que el sonido de unos tacones firmes y rítmicos resonó en la planta baja.
Scarlett levantó la cabeza. No eran los pasos de Roman.
Se puso de pie, ajustándose la bata de seda sobre su ropa de estar por casa, y salió al pasillo de la segunda planta, asomándose por la barandilla de la escalera principal.
Allí, en medio de su vestíbulo, estaba Victoria Sterling.
Llevaba un traje sastre color crema, impecable, un maletín de cuero en una mano y un café de diseño en la otra. Estaba dándole instrucciones a la señora Gable, el ama de llaves, con la naturalidad de quien da órdenes en su propio territorio.
La sangre de Scarlett hirvió. La rabia, pura y ciega, rompió la parálisis de su depresión. Bajó las escaleras casi corriendo, impulsada por el odio hacia la mujer que había encubierto la muerte de su hijo.
—¿Qué demonios haces tú en mi casa? —escupió Scarlett, deteniéndose en el último escalón.
Victoria se giró lentamente, dándole un sorbo a su café. No se sobresaltó. No mostró culpa. La miró de arriba abajo, evaluando su aspecto pálido, sus ojeras y su bata holgada, con una superioridad que rozaba lo insultante.
—Señora Gable, eso será todo. Puede retirarse a la cocina —ordenó Victoria, ignorando por completo la pregunta de Scarlett.
Para horror de Scarlett, el ama de llaves asintió con deferencia. —Por supuesto, señorita Sterling.
—¡Señora Gable! —gritó Scarlett, su voz temblando de autoridad fracturada—. ¡Exijo que escolte a esta mujer a la salida inmediatamente!
La señora Gable se detuvo, miró a Scarlett con evidente incomodidad y luego bajó la mirada. —Lo siento, señora Pierce. El señor Pierce dejó instrucciones estrictas de que la señorita Sterling tiene acceso total al despacho y a la casa para retirar documentos de la fusión. No puedo... no puedo echarla.
El ama de llaves desapareció por el pasillo de servicio.
Scarlett sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. Acababa de ser desautorizada frente a la servidumbre en su propia casa.
Victoria soltó una carcajada baja, fría y carente de humor. Caminó hacia el centro de la sala de estar, dejando su maletín sobre la costosa mesa de cristal. —Pobre Scarlett. Sigues creyendo que tu título de esposa significa algo aquí.
—Lárgate —siseó Scarlett, avanzando hacia ella, apretando los puños a los costados—. Eres una maldita zorra asesina. Ustedes dejaron que mi bebé...
—Ahórrate el drama, no hay público —la cortó Victoria, su voz afilada como un bisturí—. Tu embarazo era un error de cálculo, Scarlett. Un estorbo para el imperio que Roman y yo estamos construyendo. Llora por tu pérdida, pero no te atrevas a culparme por tu propia torpeza al caer.
Victoria comenzó a caminar lentamente por el salón, acariciando el respaldo de los sofás blancos, evaluando el territorio. —Roman y yo manejamos Pierce Industries. Yo conozco sus cuentas, sus miedos y sus ambiciones. Tú solo eres el veinte por ciento de las acciones que tu abuelo dejó. Eres un trámite legal. Una firma que necesitamos mantener drogada y dócil hasta que pase la fusión con los suizos.
Scarlett intentó mantener la compostura, pero el dolor y la humillación la estaban asfixiando. —Le diré a la junta directiva conservadora lo que son. Encontraré la forma. Mis amigas, mi familia... no pueden mantenerme encerrada para siempre.
Victoria se detuvo frente a ella. Su altura y sus tacones la hacían imponerse físicamente. Sonrió, una sonrisa de depredador puro.
—¿Con qué teléfono vas a llamar, Scarlett? —preguntó Victoria con burla—. ¿Con qué dinero vas a pagar a un abogado? Averigüé sobre tus amigas. ¿Esa tal Ivanna? Si intentas contactarla, le haré una auditoría fiscal a su pequeña galería de arte y la dejaré en la calle en tres días. Y en cuanto a tu credibilidad... ¿quién le creerá a una mujer con un historial psiquiátrico de inestabilidad que intenta arruinar a su amoroso marido por pura paranoia?
Scarlett retrocedió un paso, sintiendo que el aire no llegaba a sus pulmones. Sus amenazas, su rabia... todo era inútil. Victoria y Roman habían levantado un muro de acero a su alrededor y ella no tenía ni un solo martillo para romperlo.
Victoria recogió su maletín, satisfecha al ver la derrota absoluta en los ojos de Scarlett.
—Yo no soy "la otra mujer", querida. Yo soy su socia. Tú eres el estorbo. Y si fueras inteligente, te quedarías calladita en tu habitación tomando tus pastillas, en lugar de intentar jugar a la guerra con personas que te pueden aplastar.
Victoria se dio la vuelta, sus tacones resonando en el mármol del vestíbulo, y salió por la puerta principal, dejándola abierta.
El eco del portazo final fue el sonido que rompió lo último que quedaba de Scarlett.
Las rodillas le fallaron. Cayó al suelo del salón, justo donde el sol de la tarde iluminaba el mármol frío. Se hizo un ovillo, abrazándose el vientre vacío. No tenía dinero. No tenía teléfono. Su propia servidumbre no le obedecía. Sus amenazas eran chistes para ellos. Y peor aún: poner en riesgo a Ivanna era algo que no se podía perdonar.
Estaba completamente sola. Aplastada bajo la bota de dos sociópatas.
Lloró. Lloró con la desesperación de un animal arrinconado que se da cuenta de que la jaula está cerrada. Pero mientras las lágrimas le quemaban las mejillas contra el suelo frío, una certeza oscura y gélida comenzó a cristalizarse en su mente.
Ser la víctima no la iba a salvar. Y si las reglas del mundo corporativo y de Roman Pierce exigían monstruos para ganar la partida... ella tendría que convertirse en el peor de todos.
El yate Aegis no era una embarcación de recreo; era una fortaleza flotante de ciento veinte metros de eslora, anclada en las aguas oscuras y privadas de la marina. Pertenecía al Grupo Nexus, y su diseño de acero negro y cristales polarizados gritaba dinero soberano e inmunidad diplomática.A las ocho en punto de la noche, un sedán negro se detuvo en el muelle.Kassian Bordeaux bajó primero. Llevaba un esmoquin de corte italiano, negro sobre negro, desprovisto de cualquier bulto que delatara un arma. Su presencia, imponente y letal, hizo que los cuatro guardias suizos apostados al pie de la pasarela se tensaran al instante.Pero las miradas de los mercenarios se desviaron de inmediato hacia la mujer que bajó después de él.Scarlett llevaba un vestido de noche de seda esmeralda oscura que se ceñía a su figura, con una capa ligera que ondeaba con la brisa del oc&ea
El pitido de la línea cortada sonó en la inmensa sala de la mansión de Malibú como el latido de un corazón mecánico.Scarlett seguía con el teléfono en la mano. La pantalla se había congelado en el último fotograma del video en vivo: Victoria Sterling, encogida en el sofá de cuero en Mónaco, pálida y destruida, y en primer plano, Roman Pierce.Los ojos de Roman en la pantalla no reflejaban el vacío baboso de la celda de aislamiento. La medicación suiza lo había estabilizado, sí, pero no lo había curado. Había canalizado toda su locura en un solo foco. Miraba a la cámara con una sonrisa retorcida, lúcida y aterradora. Sabía que del otro lado del lente estaba la mujer de rojo. Sabía que era Scarlett.La imagen desapareció cuando la pantalla se bloqueó.El teléfono crujió.
El viento del océano Pacífico golpeaba los inmensos ventanales de la mansión en Malibú, pero en el interior, el silencio era un templo dedicado al triunfo.Kassian no había comprado un terreno vacío; había adquirido, mediante transferencias fantasma que se cerraron en menos de tres horas, la propiedad más moderna y aislada del acantilado. Una fortaleza de cristal, acero oscuro y mármol blanco que parecía flotar sobre el abismo del mar.El sol estaba a punto de ocultarse, tiñendo el cielo de tonos rojizos y púrpuras.Scarlett estaba descalza sobre la alfombra de piel blanca del inmenso salón hundido. Se había quitado la chaqueta de su traje sastre, quedando solo con la blusa de seda que se adhería a su piel. Sostenía una copa de champaña, mirando el horizonte donde el agua se fundía con el cielo.No había vecinos. No hab&iacu
La mañana en Los Ángeles estaba inusualmente despejada, como si el viento hubiera barrido las cenizas del distrito financiero para dar paso a una nueva era.A las nueve en punto, una caravana de tres todoterrenos negros blindados, ahora sin el logotipo de L'Éclipse y portando placas diplomáticas privadas, se detuvo frente a la escalinata de la sede central de Pierce Industries.El caos mediático del día anterior había sido reemplazado por un cordón de seguridad impecable.Scarlett bajó del vehículo. No vestía de rojo. Llevaba un traje sastre de seda color crema, con un corte afilado y elegante, proyectando una luz y un poder que deslumbraban a las cámaras. Era la imagen de la resiliencia corporativa; la viuda que había sobrevivido a un escándalo y regresaba para salvar el legado de su padre.A su lado, Kassian Bordeaux caminaba con la cadenc
El reloj de pie en la oficina del piso cuarenta del bufete de abogados Sterling & Vance marcaba las 4:55 p.m.La sala de conferencias estaba revestida en roble oscuro y olía a cera para muebles y a pura codicia. En el centro, sobre una inmensa mesa de cristal esmerilado, descansaban dos pesadas carpetas de cuero.A un lado de la mesa, Arthur Pierce estaba sentado con la postura relajada de un emperador. Victoria Sterling estaba a su derecha, revisando compulsivamente cada cláusula de los documentos de cesión.Al otro lado, Scarlett se mantenía de pie. Llevaba un traje sastre negro, implacable, proyectando una autoridad que helaba la sangre. Kassian Bordeaux estaba junto a ella, con las manos en los bolsillos, el rostro esculpido en la misma frialdad sociópata que lo había mantenido vivo en las calles durante quince años.—Todo está en orden, Arthur —confirmó Victoria,
La palabra "quiebra" quedó flotando en el cálido aire de Bel Air, más afilada que el cristal roto de una botella de champaña.Arthur Pierce detuvo su copa a milímetros de sus labios. La sonrisa cultivada y gélida no desapareció de su rostro, pero la comisura de sus ojos se tensó levemente. Victoria, a su lado, palideció bajo el sol de California. Ella, mejor que nadie, conocía los estatutos internos que Scarlett acababa de invocar.—Estás faroleando —siseó Victoria, perdiendo un poco de su altivez—. Para iniciar una liquidación forzosa necesitas la aprobación de un juez federal alegando insolvencia, y la inyección suiza nos dejó en números verdes.Scarlett no le prestó atención a la directora financiera; mantuvo sus ojos oscuros, fríos e insondables, clavados en Arthur. —Roman perdió la mitad d







