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Capítulo 2: El error de cálculo

Author: Oby Jennifer
last update Petsa ng paglalathala: 2026-10-21 19:22:08

Kael permaneció solo en su despacho mucho después de que Elara subiera a su habitación. La carpeta estaba abierta sobre el escritorio, frente a él.

La leyó dos veces y luego una tercera. Seguía esperando llegar a la parte en la que todo se venía abajo, en la que ella pedía la casa, la mitad de las acciones de Sterling Group o una gran suma de dinero que le permitiera convencerse de que era igual que cualquier otra esposa que se casaba con un hombre rico y quería marcharse con más de lo que había traído.

Esperaba encontrar algo que pudiera usar en su contra. Una amenaza. Algo contra lo que pudiera luchar.

Pero no había nada.

Ella solo pedía lo que el acuerdo prenupcial ya le concedía. Ni un dólar más. No quería ninguna parte de la empresa. No quería la casa, solo una pequeña suma para cubrir sus pertenencias personales.

Era todo tan justo y claro que le molestaba más de lo que lo habría hecho cualquier exigencia desmesurada. No era una mujer que intentara hacerle daño. Era simplemente una mujer que estaba poniendo fin a su matrimonio.

Aun así, tomó el teléfono y llamó a su abogado. Una parte de él necesitaba escuchar que aquello no era más que una trampa, una táctica para asustarlo o el primer paso de una batalla que cambiaría en cuanto él se opusiera.

«El acuerdo está bien fundamentado», le dijo su abogado diez minutos después, todavía con voz de alguien que acababa de despertarse. «Ella tenía un buen abogado. Todo coincide exactamente con el acuerdo prenupcial. Si firmas, el divorcio estará finalizado en treinta días».

«¿No está pidiendo más?».

«Kael, está pidiendo menos de lo que tiene derecho a recibir. Incluso podrías darle más, y aun así ella no podría obligarte a hacerlo».

Hizo una pausa.

«¿Mi consejo? No luches contra esto. No hay nada contra lo que luchar».

Kael colgó el teléfono y permaneció sentado a solas en la oscuridad. La carpeta seguía abierta bajo la luz de la lámpara del escritorio.

Algo pesado y opresivo le subió por el pecho. No sabía cómo llamarlo, pero se parecía mucho a la culpa.

Cinco años. Ella le había entregado cinco años de su vida. Ahora se marchaba y solo pedía lo que los documentos ya le habían prometido, mucho antes de que ambos llegaran siquiera a hablar de verdad entre ellos.

No se quedó pensando en aquella sensación. Nunca lo hacía. La miró una vez y luego la apartó, convirtiéndola en algo más fácil de soportar.

Irritación. Eso era mejor. Eso sí lo entendía.

Debería estar pidiendo más, se dijo mientras se levantaba y comenzaba a caminar de un lado a otro del despacho. Cualquier otra mujer en su situación haría lo mismo. Tenía todo el derecho a marcharse con una suma considerable, una compensación que reflejara todo lo que había sacrificado, todo lo que había soportado y todo aquello de lo que nunca se había quejado en voz alta.

El hecho de que no pidiera más le resultaba extraño. De una manera en la que no quería profundizar demasiado, sentía como si ella lo estuviera culpando, como si estuviera dejando claro algo en silencio, como si pedir tan poco fuera una forma de usarlo en su contra.

Bien. Si ella no estaba dispuesta a aceptar lo que merecía, él se lo daría de todos modos.

Volvió a sentarse y comenzó a hacer llamadas aquella misma mañana, primero a su abogado y después a su contable. Planeaba ofrecerle una compensación muy superior a la exigida por el acuerdo prenupcial. Una cantidad lo bastante grande como para significar algo. Una cantidad que le permitiera marcharse sintiendo que había hecho lo correcto, lo generoso, lo que haría un hombre mejor por una mujer a la que había fallado.

En realidad, no se trataba de ella, aunque se dijera a sí mismo que sí. Se trataba de cerrar un capítulo y compensar algo para no tener que volver a enfrentarse a ello.

«Lo aceptará», dijo en voz alta, dirigiéndose a la habitación vacía, repitiendo el pensamiento como si necesitara convencerse. «Siempre acepta lo que le ofrecen».

Lo creyó cuando lo dijo. Elara había pasado cinco años aceptando lo que le ofrecían sin pedir nada más ni una sola vez. ¿Por qué iba a ser diferente aquella noche?

Al otro lado de la ciudad, en el despacho de un abogado con luces brillantes y una cafetera sucia, Elara estaba sentada en una silla dura. Ya llevaba allí demasiado tiempo.

Su abogada, una mujer llamada Grace, llevaba unas gafas de lectura de montura elegante. Su voz era más suave de lo que la mayoría esperaba. Deslizó una pila de documentos sobre la mesa hacia Elara.

«Estos son solo los primeros documentos», dijo Grace. «En cuanto él firme su copia, podremos finalizar todo. No debería llevar mucho tiempo, porque ambas partes están manteniendo las cosas sencillas».

Elara asintió y tomó la pluma.

Firmó donde le indicaron. Escribió sus iniciales donde le dijeron que lo hiciera. Su mano no tembló ni una sola vez, aunque una extraña sensación de vacío comenzaba a crecer en su pecho. Sabía lo que era, pero todavía no estaba dispuesta a ponerle nombre.

Se parecía un poco a quedarse de pie en una habitación vacía después de que terminara una fiesta.

Aquella noche no había venido nadie con ella. Ni una hermana, ni una amiga, ni siquiera una sola persona de la familia que alguna vez había celebrado su boda como si dos familias poderosas estuvieran uniéndose, cuando en realidad solo se trataba de un acuerdo comercial disfrazado con un vestido blanco.

Nunca le había pedido a nadie que la acompañara. Y, si era sincera consigo misma, ni siquiera estaba segura de que quedara alguien que hubiera aceptado hacerlo.

Grace levantó la mirada de los documentos. Su expresión era cautelosa.

«¿Quieres esperar antes de que terminemos la última parte? Date un poco más de tiempo. Quizá podrías traer a algún familiar para la firma final, si eso te ayudara».

Elara bajó la mirada hacia la pluma que tenía en la mano. Miró el documento frente a ella y su propia letra, que ya ocupaba la mitad superior de la página. Parecía firme y segura, aunque por dentro no se sentía así.

«No hay nadie a quien esperar», dijo en voz baja.

Dejó la pluma sobre la mesa y levantó la mirada. Su voz se mantuvo firme durante todo el tiempo, aunque algo detrás de sus ojos estuvo a punto de romperse.

«En realidad, nunca lo hubo».

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