FAZER LOGINMAXIMILIANO
La observo de reojo mientras conduzco. Victoria mantiene la vista clavada en la ventanilla, pero yo sigo sintiendo su mirada sobre mi torso desnudo en la habitación; vi cómo sus ojos se demoraban en mis músculos, cómo su respiración se volvía errática. Ese destello salvaje en su mirada de puro deseo, me produce satisfacción, mucho más que el cierre de cualquier contrato.
Sé perfectamente que la reunión es vital, pero no me importa. Lo que ella no sabe es que los clientes me contactaron al anoche para retrasar el encuentro un par de horas.
No se lo dije. Quería este caos. Quería verla entrar en mi villa, quería que me encontrara con esa mujer y ver si, por una puta vez, la máscara de asistente perfecta se agrietaba por los celos.
El resultado me dejó un sabor amargo: actuó bien, demasiado bien, recurriendo incluso a la patraña del embarazo para marcar territorio que sentí de verdad.
Me decepciona que siga fingiendo que no le provoco nada, cuando sé que podría tener a cualquier mujer de esta ciudad con un chasquido de dedos. Ella, sin embargo, se empeña en ser la excepción.
Vuelvo a recordar el día de su entrevista. Entró en mi despacho y algo en el aire cambió. Otros hombres quizá la habrían pasado por alto; para el estándar de las modelos que frecuento, ella podría parecer común, incluso un poco rellenita con esas curvas que desbordan su traje sastre, pero para mí fue un impacto visceral. Sentí un impulso animal, una necesidad inmediata de poseerla, de someter esa voluntad que sospeché indomable.
Hasta que llegué a la sección de "estado civil" en su currículum:
Casada.
Para mi mala suerte.
—¿Eres feliz, Victoria? —Suelto la pregunta y sinceramente ni yo mismo se porque lo hago.
—¿Feliz? —Ella suelta una risa seca, casi un ladrido. No se amedrenta—. Qué pregunta tan inoportuna, señor Markov. Pero sí, lo soy. Mi vida es estable, si es lo que le preocupa.
Me lanza una mirada de soslayo, tan afilada que casi puedo sentir el corte.
—Aunque claro, mi concepto de "felicidad" no incluye meterme con desconocidas en una villa antes de una junta de diez mil millones. Supongo que no soy tan hedonista como usted.
Suelto una carcajada que retumba en el habitáculo. Me encanta. No es solo su cuerpo, es esa lengua bífida que tiene el valor de desafiarme. Soy el dueño de este imperio, pero ella es la única que no se arrodilla.
Justo cuando voy a presionarla más, su teléfono vibra. Hospital Central. Veo cómo su seguridad se desmorona en un segundo. Escucho la voz del médico hablando de traumatismos y gravedad. Escucho el nombre del imbécil de su marido: Adel.
—Maximiliano, detén el coche —me ordena, con las manos temblando—. Tengo que irme. Adel está en el hospital.
—No —respondo, y mi voz recupera esa frialdad de hierro—. Adel es un hombre hecho y derecho, puede lamerse sus propias heridas. Sabes que la reunión de hoy es el eje de este trimestre. No te vas a ninguna parte. Te necesito en esa sala.
—¿Lo dice en serio? —Me mira con un odio puro que me quema—. ¡Mi esposo podría estar muriéndose y usted me habla de contratos! ¡Es un ser humano despreciable!
—¿Tan importante es para ti ese inútil? —le suelto, con el desprecio goteando en cada palabra.
—¡Es mi esposo! —grita, soltándose el cinturón mientras el coche aún no se detiene del todo—. Si quiere despedirme, hágalo. Pero yo me largo.
Me lanza una mirada de asco, abre la puerta y se baja antes de que pueda retenerla. La veo detener un taxi y desaparecer. Aprieto el volante con tanta fuerza que el cuero cruje. Ella cree que corre hacia su salvación, pero solo corre hacia la ruina que yo mismo he orquestado.
Manejo hacia la oficina, pero mi mente está en el hospital. Sé exactamente qué está pasando en esa habitación. Sé que Adel no se cayó por las escaleras; sé que mis contactos en los bajos fondos le dieron el "recordatorio" que se merecía por su deuda. Ese millón que le van a reclamar es el precio de su estupidez.
Tomo el teléfono y marco a mi contacto de seguridad.
—Vayan al hospital —ordeno con voz gélida—. Asegúrense de que esos matones asusten a Victoria lo suficiente. Quiero que huela el miedo, que sienta la asfixia de la deuda. Quiero que entienda que su "esposo" es el ancla que la va a hundir, y que yo soy el único bote salvavidas que podrá pagar su libertad.
Hoy no solo voy a ganar diez mil millones. Hoy voy a empezar a cobrarme esa bofetada, y el pago será su rendición absoluta ante mí. Cuando no tenga a dónde ir, cuando el banco le quite la casa por las deudas de ese ludópata, Victoria vendrá a mí. Y yo estaré esperándola.
Estaciono el auto y camino hacia la entrada de mi empresa. Al entrar, las miradas me persiguen y cruzo el vestíbulo. Me dirijo directamente a la sala de juntas.
Abro la puerta y no puedo evitar una sonrisa de satisfacción. La mesa está impecable, los dossiers alineados y el café humeando. Todo está listo. Es una pena que Victoria no esté aquí para ver la perfección que ella misma ayudó a montar, aunque mi furia por su desplante sigue ahí, latente, en un rincón de mi cabeza.
Cuando llegan los clientes los saludos a todos con amabilidad pero que vale la pena por el contrato que voy a firmar.
—Bienvenidos. Es un placer tenerlos aquí —digo, estrechando las manos con firmeza.
Saludo a los dos hombres con un asentimiento respetuoso y a la mujer con una cortesía impecable. Son los representantes del certamen más importante del país.
—Por favor, tomen asiento —los invito, señalando las sillas de piel.
Mientras nos acomodamos y empiezo a desglosar los puntos clave de la campaña, la imagen de Victoria en el taxi vuelve a cruzar mi mente. Me pregunto si ya estará frente a la camilla de su marido, si ya habrá sentido el terror al ver a los matones entrar en la habitación. Esa distracción me irrita, pero la oculto tras una máscara de profesionalismo absoluto.
La conversación fluye sin tropiezos. Les presento nuestra estrategia para el Reinado de Rusia: una publicidad agresiva, innovadora y, sobre todo, extremadamente rentable. Hablo de cifras, de alcances mediáticos y de exclusivas. Ellos asienten, convencidos por la lógica de mis números y la contundencia de mi voz.
—Estamos de acuerdo, Maximiliano. El contrato es suyo —dice el hombre principal, extendiendo su mano sobre la mesa.
Estrecho su mano, sellando el trato. Acabo de asegurar la campaña del año. El negocio está cerrado, pero mientras firmo los documentos, solo puedo pensar en que el verdadero contrato, el que me vincula a Victoria, acaba de entrar en su fase más oscura.
Ella me necesita, aunque todavía no lo sepa.
Sé que lo que estoy haciendo no es correcto. Sé que forzar su caída, usar las deudas de su marido y arrinconarla contra la pared es una jugada sucia. No está bien, y no intento justificarlo.
Pero la quiero para mí.
No me basta con tenerla ocho horas al día frente a un escritorio siguiendo mis órdenes. La quiero bajo mis sábanas, en mi cama, entregada a mí sin que nada ni nadie se interponga.
VICTORIAEl dolor me cruzó la espalda como un hachazo. Solté la taza de té que tenía en la mano; el cristal se estrelló contra el granito de la cocina, esparciendo astillas y líquido caliente por todo el suelo. Me apoyé con ambas manos en el borde de la barra, apretando los dientes para no gritar. El estómago se me contrajo en un espasmo violento, duro como una roca.—¿Victoria? —la voz de Max retumbó desde el pasillo. Sus pasos rápidos y pesados no tardaron en llegar.Me quedé estática, esperando a que la ola de dolor disminuyera, respirando a bocanadas cortas. Cuando abrí los ojos, Max ya estaba frente a mí. Su mirada oscura barrió el suelo roto y luego se clavó en mi rostro pálido.—Empezó —articulé, con la voz ronca, forzando las palabras—. Las contracciones. Son seguidas, Max. No es como las falsas de la semana pasada.Maximiliano no dudó un solo segundo. Me tomó del brazo con firmeza, sosteniendo mi peso mientras otra punzada me obligaba a doblar las rodillas.—Camina despacio.
VICTORIA.Cuatro meses pasaron volando. La calma había regresado a la casa, y con ella, el crecimiento innegable de la vida en mi vientre. Con poco más de seis meses de embarazo, el vestido verde oscuro que elegí para la ocasión se me ceñía por completo a la barriga, redonda y prominente. Ya no había forma de ocultarlo, ni quería hacerlo.Maximiliano terminó de ajustarse el saco del traje y se colocó a mi lado en el gran recibidor de la casa. Me pasó una mano por la cintura, atrayéndome hacia él con esa posesión que mantenía intacta, mientras esperábamos la llegada de los invitados. Esta noche la casa se vestiría de gala para la familia.El timbre sonó puntual. Los primeros en cruzar la puerta fueron Valentina y Sergio. Ver a mi hermana caminar del brazo de ese mafioso todavía generaba un contraste fuerte, pero la seguridad en el rostro de Valentina y la forma en que Sergio mantenía la mirada atenta en ella dejaban claro que el terreno entre ambos estaba firme. Enzo venía con ellos, c
VICTORIACaminé rápido por el pasillo de la comisaría, sin rodeos. Empujé la puerta de la oficina del detective y entré con el abogado detrás de mí. Saqué el grabador digital del bolso y lo dejé caer sobre el escritorio.—Ahí tiene su prueba, detective —le solté—. La confesión completa de Raquel.El hombre frunció el ceño. Tomó el aparato y presionó el botón. La voz histérica de la madre de Adel llenó la oficina, admitiendo palabra por palabra que la carta era una farsa inventada para perjudicarnos. Al terminar el audio, el detective apagó el dispositivo y me miró.—¿Cómo consiguió esto, Victoria?—Eso no le importa —le corté—. Ahí está la prueba material de que la acusación es falsa. Saque a mi esposo de esa celda ahora mismo.El abogado intervino de inmediato, poniendo su carpeta sobre la mesa con autoridad.—Con esta evidencia, el cargo de homicidio calificado se cae por completo al demostrarse la falsedad de la declaración. Exijo la liberación inmediata de Maximiliano. Tramite la
VICTORIARaquel desvió la mirada por una fracción de segundo. Ese era su punto débil.—No sé de qué hablas —dijo con voz trémula.—¡Claro que lo sabes! Adel violó a mi hermana Valentina. La destrozó. ¿Y sabes qué es lo más asqueroso? Que el hijo de Valentina, el pequeño Enzo, es de Adel. Tu hijo engendró a un niño bajo el terror y la violencia. Era un monstruo, Raquel. Un parásito que vendía a su propia esposa al mejor postor en las mesas de apuestas para salvar su propio pellejo. Eso es lo que defiendes.—¡Cállate! —Raquel me soltó una bofetada limpia que me giró la cara. El golpe me ardió en la mejilla, pero no me moví. Le sostuve la mirada con los ojos inyectados en rabia, sonriendo con amargura.—Pégame todo lo que quieras. Eso no va a cambiar la verdad. Tu hijo está tres metros bajo tierra porque se lo buscó solo. Y ahora pretendes hundir a Maximiliano con una maldita carta manuscrita. Una carta que convenientemente apareció tres meses después de su muerte.Raquel respiraba agita
VICTORIA.Me miré al espejo del vestidor. Cuatro semanas. Un pestañeo en el tiempo, pero suficiente para cambiar las reglas del juego. Me acomodé el abrigo negro, ajusté el cinturón con firmeza y deslicé los dedos sobre mi vientre plano. El frío en el estómago no era por las náuseas; era pura rabia concentrada. A Max no lo iban a refundir en una celda por una basura como Adel, no lo iba a permitir.Terminé de abrocharme las botas y bajé las escaleras a paso rápido.Al llegar a la planta baja, Tania me cortó el paso en la entrada de la cocina. Tenía los ojos fijos en mí, la espalda rígida y una bandeja sobre la barra con un plato de huevos revueltos, pan tostado y un vaso de jugo de naranja.—No tengo tiempo, Tania —le solté, directa, intentando esquivarla—. Voy de salida. Tengo algo importante que hacer.—No vas a ningún lado con el estómago vacío —sentenció ella, bloqueando mi avance con esa autoridad pesada que compartía con su hijo.—Dije que no tengo hambre. El tiempo corre y Max
VICTORIA.La oficina del detective era un cubículo asfixiante, atiborrado de carpetas amarillentas y con un persistente olor a tabaco rancio. Me senté frente a su escritorio sin que me lo ofreciera. Crucé las piernas, mantuve la espalda rígida y lo clavé con una mirada que no admitía titubeos.El detective me observó por encima de sus carpetas, con esa parsimonia irritante que usan los policías para desestabilizar.—Señora... o debo decirle Victoria —empezó, entrelazando los dedos—. Sé que es una situación difícil. Pero la carta que entregó la madre de Adel es una prueba física. Su exesposo dejó asentado por escrito que Maximiliano lo estaba cazando, que temía por su vida y que él le había robado a usted.—Es una maldita mentira —lo corté en seco, sin un ápice de vacilación en la voz. Mi tono fue frío, directo, contundente—. Y usted, como detective, debería sentir vergüenza de comprarse el relato de un cobarde antes de contrastar los hechos.El detective arqueó una ceja, reclinándose







