Compartir

SIN SALIDA

Autor: QUEEN DE VIL
last update Fecha de publicación: 2026-05-02 01:02:17

VICTORIA

Miro a Adel y, por primera vez en años, su rostro me resulta extraño. Ya no reconozco al hombre con el que me casé.

Sin embargo no me voy, me quedo junto a el, cumpliendo mi deber aunque me duele el alma. Aunque este decepcionada profundamente.

Cuesta mantener la compostura cuando despierta, pero lo logro.

—Adel... mi amor, ¿cómo te sientes? —le pregunto, acercándome y acariciando su mano con una suavidad que me cuesta mantener—. Me tenías muerta de miedo. ¿Qué te pasó? ¿Por qué llegaste así?

Él evita mi mirada, sus ojos se mueven erráticos por la habitación.

—Me robaron, Victoria —balbucea con voz ronca—. Unos tipos me asaltaron al salir del trabajo... querían el maletín y el reloj. Se ensañaron conmigo.

Lo observo en silencio. Cada palabra es un clavo más en su ataúd. Lo he pillado en la mentira; sé que no tiene trabajo y sé quiénes le hicieron esto. La decepción me quema la garganta, pero decido soltar el anzuelo de golpe.

—¿Te robaron? Qué extraño —suelto con una calma que lo hace tensarse—. Hace una horas estuvieron aquí tres hombres. No parecían ladrones comunes, Adel. Parecían cobradores. Me dijeron que les debes un millón de rublos.

Él se queda pálido, el monitor cardíaco empieza a pitar con más fuerza.

—¿Con qué dinero estuviste apostando? —le pregunto.

—Nuestros ahorros... —susurra, hundiendo la cabeza en la almohada.

—¿Sabes que ese dinero era para tener un hijo? ¡Eran nuestros ahorros para la clínica de fertilidad! —le grito, y la rabia me desborda.

Al verse descubierto, Adel empieza a llorar de forma patética. Me suplica ayuda entre sollozos, dice que perder el trabajo lo destrozó y que solo quería multiplicar el dinero para darnos un futuro mejor.

—Unos amigos ganaron mucho, yo solo quería que tú y nuestro hijo vivieran mejor... por favor, ayúdame, no volverá a pasar. Lo hice con buenas intenciones —me ruega, intentando tomar mi mano.

Siento un asco profundo, pero verlo así, tan roto y cobarde, me dan ganas de llorar. No puedo seguir en esa habitación; el aire me falta. Salgo al pasillo y camino de un lado a otro, sintiendo que el suelo se mueve bajo mis pies. Mi mente es un caos total. Pienso en Maximiliano, pero pedirle un adelanto es absurdo; tardaría décadas en pagar esa suma con mi sueldo. Pienso en mi hermana, pero me detengo de inmediato. Valentina ya tiene suficientes problemas como para cargarle los míos, además de que me restregaría su desprecio por Adel en la cara.

Salgo del hospital con la ropa arrugada y el alma hecha jirones. Llego a casa, me doy una ducha rápida para intentar quitarme el rastro de esa noche y me cambio de ropa. Tengo que volver a la empresa, tengo que ser la asistente perfecta aunque mi vida se esté cayendo a pedazos.

Ya en el taxi, saco el teléfono. Mis dedos tiemblan mientras busco el contacto de mi suegra. Nuestra relación siempre ha sido tensa, ella nunca me consideró suficiente para su "perfecto" hijo.

—¿Diga? —responde Nadia con ese tono de superioridad que tanto detesto.

—Nadia, soy Victoria. Adel está en el hospital. Le dieron una paliza y está bastante mal. Necesito que vayas a cuidarlo porque yo tengo que trabajar.

—¿Qué? ¿En el hospital? —dice, pero en lugar de angustia, escucho reproche—. Victoria, no sé qué habrás hecho para que mi hijo terminara así, pero él es tu responsabilidad. Tú eres su esposa, tú tienes que estar ahí. Yo tengo mis planes y mis compromisos.

La rabia que he estado acumulando durante toda la noche estalla de repente. Ya no soy la nuera sumisa que baja la cabeza.

—Escúchame bien, Nadia —le contesto con una firmeza que me desconoce—. No te estoy pidiendo permiso, te estoy avisando. Tu hijo está en una camilla, solo y golpeado. Si tienes un poco de sangre en las venas, vas a ir a verlo. Yo soy la que mantiene esta casa y la que está pagando cada factura de ese hospital, así que mueve un dedo por él al menos una vez en tu vida.

Cuelgo sin darle oportunidad de replicar. No le digo ni una palabra de la deuda; no merece saber la clase de hijo que crió.

Llego a la empresa. Me esfuerzo por caminar con la espalda erguida y el rostro sereno, ocultando el temblor de mis manos. Subo al último piso. Al entrar en su oficina, me sorprende encontrarlo ya allí. Él está observando la ciudad a través del ventanal, imponente y sombrío.

—Buenos días, señor Markov —digo, intentando mantener la voz profesional.

Él ni siquiera se molesta en responder al saludo. Se gira lentamente, con esos ojos de depredador que parecen disfrutar de mi miseria.

—¿Cómo está tu marido? —suelta de forma brusca, sin rodeos.

—Fuera de peligro —respondo secamente, tratando de no mostrar debilidad.

—Bien —dice él, caminando hacia su escritorio mientras se sirve más cafe—. Porque tenemos mucho de qué platicar para la próxima campaña. El reinado de Rusia no va a organizarse solo y te necesito al cien por ciento.

Siento que el corazón me late en la garganta. Es ahora o nunca.

—Señor, antes de iniciar con la agenda, me gustaría hablar de un tema personal con usted —le digo, deteniéndome frente a su escritorio.

Él deja el vaso de cristal sobre la madera y me mira con una intensidad que me desnuda.

—Dime.

—Necesito un préstamo —suelto, apretando los puños—. Un millón de rublos.

Maximiliano se queda en silencio un segundo, procesando la cifra, y luego estalla en una carcajada gélida. Es un sonido amargo que rebota en las paredes.

—Niña, ¿sabes lo que estás diciendo? —dice, levantándose y rodeando el escritorio hasta quedar frente a mí—. Un millón. ¿Sabes cuántos años tendrías que trabajar para mí para pagar eso? Es ridículo.

—Lo tengo claro, señor —respondo, intentando que no me tiemble la voz—, pero si no fuera algo de vida o muerte, no se lo estaría pidiendo.

Él se queda mirándome, analizando cada milímetro de mi expresión. Deja el vaso de café sobre la mesa con un golpe seco.

—¿Para qué quieres esa cantidad de dinero, Victoria? —sabia que iba hacerme esa pregunta.

No puedo decirle que es para salvar la vida de Adel y la mía, no puedo confesarle que si no pago para el fin de semana nos van a matar a los dos. No quiero morir, no ahora que tengo tantos sueños por cumplir. Tengo que mentir.

Cierro los ojos un segundo y le pido perdón mentalmente a mi hermana por lo que voy a hacer. No tengo otra opción.

—Es un tema personal —insisto.

—¿Qué tema? —presiona él, dando un paso hacia mí.

—Mi hermana... —suelto, sintiendo una punzada de culpa—. Valentina está enferma y necesita un tratamiento urgente. Muy caro.

Maximiliano me clava una mirada fría, calculadora. Siento que no me cree, que sus ojos están leyendo la mentira que acabo de soltar, pero no retrocede.

—No tengo esa cantidad disponible para préstamos personales —dice con una indiferencia que me destroza.

—¡Por favor, señor! —le suplico, olvidando el orgullo—. Se lo ruego.

Inclina su cuerpo sobre el escritorio y entrelaza los dedos mientras me observa.

—¿Y cómo piensas pagarme? —pregunta con una sonrisa cínica.

—Con mi sueldo... iré devolviendo cada rublo mes a mes.

Él estalla en una carcajada que me humilla.

—¿Con tu sueldo? Victoria, sé realista. Ni dándome todo tu dinero durante los próximos cinco años lograrías cubrir esa cifra. Estarías muerta de hambre antes de terminar de pagarme.

El pánico me recorre la espalda. Me quedo en silencio, derrotada, esperando el "no" definitivo.

—¿Entonces qué es lo que quiere de mí? —le pregunto casi en un susurro.

Maximiliano no responde de inmediato. Se pone de pie, rodea el escritorio y se acerca a la silla donde estoy sentada. Su presencia es una sombra que lo cubre todo. Se inclina sobre mí, atrapándome entre su cuerpo y el respaldo, y me toma del mentón con una mano firme, obligándome a mirarlo.

El calor que desprende ese hombre me golpea la cara, es una mezcla de perfume caro y algo mucho más primitivo. Su cercanía es invasiva, dominante. Al estar tan cerca, con sus muslos rozando mis rodillas, noto la tensión en su cuerpo. Mis ojos bajan por un segundo y el corazón me da un vuelco porque noto su erección presionando contra la tela de su pantalón.

—Tengo una opción —susurra, y su voz vibra directamente en mi garganta debido a la cercanía—. ¿Qué tal si te vendes a mí?

Me quedo sin palabras, con el pulso martilleando en mis oídos. El deseo oscuro que brilla en sus ojos me deja claro que el precio de ese millón de rublos no se pagará en una oficina, sino entre sus sábanas. Maximiliano no quiere una empleada agradecida; quiere poseerme por completo, y sabe que me tiene exactamente donde quería: sin salida.

Continúa leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la App

Último capítulo

  • POV CEO: ADICTO A MI SECRETARIA.   NACIMIENTO

    VICTORIAEl dolor me cruzó la espalda como un hachazo. Solté la taza de té que tenía en la mano; el cristal se estrelló contra el granito de la cocina, esparciendo astillas y líquido caliente por todo el suelo. Me apoyé con ambas manos en el borde de la barra, apretando los dientes para no gritar. El estómago se me contrajo en un espasmo violento, duro como una roca.—¿Victoria? —la voz de Max retumbó desde el pasillo. Sus pasos rápidos y pesados no tardaron en llegar.Me quedé estática, esperando a que la ola de dolor disminuyera, respirando a bocanadas cortas. Cuando abrí los ojos, Max ya estaba frente a mí. Su mirada oscura barrió el suelo roto y luego se clavó en mi rostro pálido.—Empezó —articulé, con la voz ronca, forzando las palabras—. Las contracciones. Son seguidas, Max. No es como las falsas de la semana pasada.Maximiliano no dudó un solo segundo. Me tomó del brazo con firmeza, sosteniendo mi peso mientras otra punzada me obligaba a doblar las rodillas.—Camina despacio.

  • POV CEO: ADICTO A MI SECRETARIA.   UN HIJO

    VICTORIA.Cuatro meses pasaron volando. La calma había regresado a la casa, y con ella, el crecimiento innegable de la vida en mi vientre. Con poco más de seis meses de embarazo, el vestido verde oscuro que elegí para la ocasión se me ceñía por completo a la barriga, redonda y prominente. Ya no había forma de ocultarlo, ni quería hacerlo.Maximiliano terminó de ajustarse el saco del traje y se colocó a mi lado en el gran recibidor de la casa. Me pasó una mano por la cintura, atrayéndome hacia él con esa posesión que mantenía intacta, mientras esperábamos la llegada de los invitados. Esta noche la casa se vestiría de gala para la familia.El timbre sonó puntual. Los primeros en cruzar la puerta fueron Valentina y Sergio. Ver a mi hermana caminar del brazo de ese mafioso todavía generaba un contraste fuerte, pero la seguridad en el rostro de Valentina y la forma en que Sergio mantenía la mirada atenta en ella dejaban claro que el terreno entre ambos estaba firme. Enzo venía con ellos, c

  • POV CEO: ADICTO A MI SECRETARIA.   SALIDA

    VICTORIACaminé rápido por el pasillo de la comisaría, sin rodeos. Empujé la puerta de la oficina del detective y entré con el abogado detrás de mí. Saqué el grabador digital del bolso y lo dejé caer sobre el escritorio.—Ahí tiene su prueba, detective —le solté—. La confesión completa de Raquel.El hombre frunció el ceño. Tomó el aparato y presionó el botón. La voz histérica de la madre de Adel llenó la oficina, admitiendo palabra por palabra que la carta era una farsa inventada para perjudicarnos. Al terminar el audio, el detective apagó el dispositivo y me miró.—¿Cómo consiguió esto, Victoria?—Eso no le importa —le corté—. Ahí está la prueba material de que la acusación es falsa. Saque a mi esposo de esa celda ahora mismo.El abogado intervino de inmediato, poniendo su carpeta sobre la mesa con autoridad.—Con esta evidencia, el cargo de homicidio calificado se cae por completo al demostrarse la falsedad de la declaración. Exijo la liberación inmediata de Maximiliano. Tramite la

  • POV CEO: ADICTO A MI SECRETARIA.   UN GRAN PLAN 2

    VICTORIARaquel desvió la mirada por una fracción de segundo. Ese era su punto débil.—No sé de qué hablas —dijo con voz trémula.—¡Claro que lo sabes! Adel violó a mi hermana Valentina. La destrozó. ¿Y sabes qué es lo más asqueroso? Que el hijo de Valentina, el pequeño Enzo, es de Adel. Tu hijo engendró a un niño bajo el terror y la violencia. Era un monstruo, Raquel. Un parásito que vendía a su propia esposa al mejor postor en las mesas de apuestas para salvar su propio pellejo. Eso es lo que defiendes.—¡Cállate! —Raquel me soltó una bofetada limpia que me giró la cara. El golpe me ardió en la mejilla, pero no me moví. Le sostuve la mirada con los ojos inyectados en rabia, sonriendo con amargura.—Pégame todo lo que quieras. Eso no va a cambiar la verdad. Tu hijo está tres metros bajo tierra porque se lo buscó solo. Y ahora pretendes hundir a Maximiliano con una maldita carta manuscrita. Una carta que convenientemente apareció tres meses después de su muerte.Raquel respiraba agita

  • POV CEO: ADICTO A MI SECRETARIA.   UN GRAN PLAN

    VICTORIA.Me miré al espejo del vestidor. Cuatro semanas. Un pestañeo en el tiempo, pero suficiente para cambiar las reglas del juego. Me acomodé el abrigo negro, ajusté el cinturón con firmeza y deslicé los dedos sobre mi vientre plano. El frío en el estómago no era por las náuseas; era pura rabia concentrada. A Max no lo iban a refundir en una celda por una basura como Adel, no lo iba a permitir.Terminé de abrocharme las botas y bajé las escaleras a paso rápido.Al llegar a la planta baja, Tania me cortó el paso en la entrada de la cocina. Tenía los ojos fijos en mí, la espalda rígida y una bandeja sobre la barra con un plato de huevos revueltos, pan tostado y un vaso de jugo de naranja.—No tengo tiempo, Tania —le solté, directa, intentando esquivarla—. Voy de salida. Tengo algo importante que hacer.—No vas a ningún lado con el estómago vacío —sentenció ella, bloqueando mi avance con esa autoridad pesada que compartía con su hijo.—Dije que no tengo hambre. El tiempo corre y Max

  • POV CEO: ADICTO A MI SECRETARIA.   LA ULTIMA MENTIRA DE ADEL

    VICTORIA.La oficina del detective era un cubículo asfixiante, atiborrado de carpetas amarillentas y con un persistente olor a tabaco rancio. Me senté frente a su escritorio sin que me lo ofreciera. Crucé las piernas, mantuve la espalda rígida y lo clavé con una mirada que no admitía titubeos.El detective me observó por encima de sus carpetas, con esa parsimonia irritante que usan los policías para desestabilizar.—Señora... o debo decirle Victoria —empezó, entrelazando los dedos—. Sé que es una situación difícil. Pero la carta que entregó la madre de Adel es una prueba física. Su exesposo dejó asentado por escrito que Maximiliano lo estaba cazando, que temía por su vida y que él le había robado a usted.—Es una maldita mentira —lo corté en seco, sin un ápice de vacilación en la voz. Mi tono fue frío, directo, contundente—. Y usted, como detective, debería sentir vergüenza de comprarse el relato de un cobarde antes de contrastar los hechos.El detective arqueó una ceja, reclinándose

Más capítulos
Explora y lee buenas novelas gratis
Acceso gratuito a una gran cantidad de buenas novelas en la app GoodNovel. Descarga los libros que te gusten y léelos donde y cuando quieras.
Lee libros gratis en la app
ESCANEA EL CÓDIGO PARA LEER EN LA APP
DMCA.com Protection Status