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Capítulo final

Author: Philamyde Lee
last update publish date: 2026-10-08 15:20:11

Los labios se le movieron contra mi piel.

—Y al otro lado del pasillo, probablemente soñando con leche. —Chupó. El calor me atravesó el pecho hasta el vientre; el coño se me cerró sobre nada—. Estás goteando un poco. En mi lengua.

La vergüenza peleó con la excitación. Ganó la excitación.

—Eso… no lo puedo controlar cuando tú…

—No dije que me molestara. —La voz era un gruñido ahora—. Dije que estás goteando. Es una observación.

—Es vergonzoso.

—Eres tú alimentando a nuestro hijo y todavía
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    Los labios se le movieron contra mi piel. —Y al otro lado del pasillo, probablemente soñando con leche. —Chupó. El calor me atravesó el pecho hasta el vientre; el coño se me cerró sobre nada—. Estás goteando un poco. En mi lengua. La vergüenza peleó con la excitación. Ganó la excitación. —Eso… no lo puedo controlar cuando tú… —No dije que me molestara. —La voz era un gruñido ahora—. Dije que estás goteando. Es una observación. —Es vergonzoso. —Eres tú alimentando a nuestro hijo y todavía deseándome. Deja de disculparte por un cuerpo que hizo las dos cosas. La mano le bajó por mi vientre. Estaba más blando que antes, todavía redondeado, todavía con las marcas del embarazo, y me encogí, chupándome el estómago por instinto, tratando de hacerme más pequeña. La mano se le detuvo. —Elena. —Lo sé. Sé que me veo distinta. Solo… —Mírame. Lo hice. Los ojos le ardían, feroces, la misma mirada que me había dado la primera vez que me vio desnuda al otro lado de su escritorio. —Eres má

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    Los meses que siguieron fueron una lección de cómo se veía Julian Thorne cuando estaba aterrado. Se movía a mi alrededor como si estuviera hecha de vidrio hilado. Mi taza siempre estaba llena, pero nunca de café: té de hierbas, descafeinado, leche tibia con miel cuando no podía dormir. Instaló barandales en el baño que no necesitaba, contrató a una nutrióloga que me mandaba planes de comida que en su mayoría ignoraba, siete doctores me estaban monitoreando, y desarrolló el hábito de ponerme la palma en el vientre a intervalos al azar, como si necesitara confirmar que el bebé seguía ahí. —Estás encima de mí —dije una mañana, a los seis meses, el estómago redondo y tenso como un tambor. Estaba detrás de mí en la cocina, las manos en mis caderas, la barbilla enganchada en mi hombro mientras yo intentaba untar mantequilla de maní en el pan. —Estoy supervisando. —Me estás asfixiando. Los labios me rozaron la oreja. —Tengo permiso. El sexo era distinto. Eso era lo que no había espera

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