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Capítulo 3 – La Gran Verga

作者: Heln
last update publish date: 2026-09-16 17:59:08

Cassandra

Sé que mi mamá en realidad no ama a Don George y que lo único que le importa es el dinero, pero preferí no decir nada y dejarla hacer.

Me enteré de que Don George tiene sesenta y cinco años. Mi mamá apenas cumple cuarenta, así que estoy segura de que lo suyo no es una relación seria, por muy guapo que sea y aunque no parezca de la tercera edad.

“Ma, ¿estás segura de querer casarte? No lo amas, ¿por qué mejor no te echas para atrás?”, le dije mientras estábamos en una habitación de hotel preparándonos para su boda civil.

Mi mamá me pellizcó con fastidio: “¡Baja la voz! Por supuesto que no lo amo; ya viste lo débil que está George, lo operaron de la cadera y le cuesta caminar. Su terapia sigue en el extranjero, pero le propuse que me contratara a mí, así también tú tienes ingresos además del dinero que le vamos a sacar. Además, ya tengo bien manipulado al viejo: compró una mansión y ahí vamos a vivir. ¡Ya no vamos a pasar carencias, y menos cuando el viejo estire la pata! ¿Por qué me echaría para atrás en la boda? ¡No soy una tonta! ¡Lo voy a convertir en mi sugar daddy hasta que se muera!”.

Me quedé negando con la cabeza porque no podía creer cómo el dinero había cambiado tanto a mi mamá. Si antes ya sabía que era materialista y que papá acumulaba deudas por comprarle todo lo que quería, ahora las cosas habían empeorado.

Me quedé en silencio viendo la boda civil. Mi mamá fingía muy bien estar feliz, incluso soltando algunas lágrimas mientras abrazaba a Don George terminando la ceremonia.

“Muchas felicidades”, le dije.

Don George me sonrió: “Gracias. Tu mamá me dijo que tuviste que dejar la carrera de Fisioterapia. Retoma tus estudios, yo me hago cargo, pero ¿te parece bien si también te contrato como mi terapeuta?”.

“S-Sí”, contesté.

La mansión a la que fuimos a vivir está dentro de un fraccionamiento exclusivo, y todavía no me creo que esta sea nuestra nueva casa.

Pude pagar la colegiatura para volver a la escuela; aunque voy retrasada por casi un año, al menos podré terminar mi carrera.

Había pasado casi un mes y ya me estaba acostumbrando a esta nueva vida, cuando una noche al volver a casa busqué de inmediato a mamá.

Fui primero a la habitación de ella y de Don George, pero lo vi durmiendo solo, así que cerré la puerta despacio. Ya le daría su terapia al día siguiente porque había estado muy ocupada en la escuela.

Ya me iba a meter a mi cuarto cuando escuché unos gemidos, así que seguí el sonido y me di cuenta de que venía de la última habitación del pasillo.

Pegué la oreja a la puerta y, al escuchar lo que pasaba, me quedé en shock, así que la abrí un poquito.

“¡Ohhh! ¡Elena! ¡Sigue así, muéveme bien el coño! ¡Qué rica sigues! ¿A poco mi verga está más rica que la de tu viejo decrépito?”, decía un hombre.

“¡Claro que sí!”, contestaba mi mamá montada encima de él como si estuviera jineteando un caballo.

Entré furiosa, haciendo que los dos se detuvieran de golpe. Mi mamá se vistió a las prisas mientras el tipo se sonreía con burla antes de largarse.

“Ma, ¿qué te pasa? ¿No te da lástima Don George?”, le reclamé con coraje, pero si yo estaba enojada, mi mamá lo estaba mucho más.

Me jaló del brazo sacándome de la habitación de invitados hasta llegar al cuarto de ella y de Don George, y sin ningún remordimiento señaló al viejo.

“Le doy pastillas para dormir, así que por más que mi novio y yo nos estemos cogiendo aquí en la cama, él no se va a despertar. Además, Mark le consigue unas pastillas para debilitarlo más y evitar que el viejo se recupere pronto. ¡¿No ves que le cuesta más caminar?! ¿A poco no está bien? Falta poco para que, cuando desaparezca, nos volvamos millonarias al instante, ¿así que de qué te quejas? ¡Si tú también sales ganando! Tienes carro para ir a la escuela y te doy un buen de dinero para tus gastos, ¡así que no me vengas a juzgar!”, soltó mi mamá.

Me quedé con la cabeza agachada porque era verdad que todo había cambiado, pero al mismo tiempo no podía evitar sentir compasión por Don George, ya que siempre había sido muy bueno con nosotras.

Al día siguiente no tenía clases, así que tocaba día de terapia con Don George. Noté que estaba muy decaído y débil, seguramente porque el medicamento que le dio mi mamá todavía hacía efecto.

“Cariño, mi tarjeta de crédito llegó al límite, ¿me prestas la tuya?”, le dijo mi mamá con voz empalagosa.

Sin pensarlo, Don George abrió la cartera, se la entregó y siguió comiendo en silencio.

“Qué bueno es mi amor”, dijo mi mamá dándole un beso en la mejilla antes de pararse. “Llegaré tarde, tengo planes con mis amigas”, dijo y salió.

Puse cara de fuchi; puras amigas, de seguro iba a verse con su novio. Don George me miró y sonrió.

“¿Y tú no quieres ir de compras?”.

De inmediato negué con la cabeza: “No, no necesito nada, además hoy tenemos día de terapia”.

A Don George se le resbaló la taza de café de las manos y se manchó. Manang Karen limpió rápido el piso mientras yo agarraba su silla de ruedas para llevarlo al elevador y subir a su cuarto a ayudarlo a cambiarse.

“Lo siento”, dijo Don George con pena al entrar a la habitación que compartía con mi mamá.

“Ay, no se preocupe por eso”, le contesté y lo llevé al baño.

“Cass, la verdad no sé por qué mi cuerpo está tan débil. Me da vergüenza, pero ¿podrías ayudarme a quitarme la ropa?”.

Asentí con la cabeza. Al fin y al cabo, todo esto era culpa de mi mamá, y esto era lo único que podía hacer para calmar un poco mi conciencia. Desvestí a Don George mientras seguía sentado en la silla de ruedas y abrí la regadera.

Tomé el jabón corporal y comencé a bañarlo, pero cuando mi mirada bajó hacia su miembro, me quedé con la boca abierta del impacto al ver lo enorme que lo tenía, incluso estando flácido.

No quería que se sintiera incómodo, así que hice como si nada, me apuré con el baño y lo cubrí con una toalla.

“Con razón Don George la tiene tan grandota, ¿a qué hora se le ocurre a mi mamá andarse buscando a otro?”, murmuré rascándome la cabeza.

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