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Capítulo 2 – Padrastro

Author: Heln
last update publish date: 2026-09-16 17:58:26

Cassandra

Hace un año…

Iba con mi mamá corriendo hacia el hospital porque nos dijeron que papá estaba entre los pacientes que habían llevado tras un fuerte accidente automovilístico en EDSA.

Al llegar, nos mandaron directamente a la morgue del hospital, así que desde ese momento supimos que ya no estaba con vida.

“¡Luis!”, gritaba mi mamá mientras abrazaba el cuerpo sin vida de papá.

Yo casi me caigo al suelo de la debilidad. Algunas enfermeras y otras personas que estaban allí llorando tuvieron que ayudarme.

Toda la morgue se llenó con los sollozos de los familiares de las víctimas; debía haber como una docena de cadáveres allí.

Ya no me importaba que mi uniforme blanco se manchara de sangre mientras me aferraba a la cabeza de papá, que casi ni se reconocía.

En eso llegaron los policías para dar un reporte: “Ya atraparon al conductor ebrio de la camioneta, pero...”.

“¿Pero qué?”, preguntó alguien de los presentes.

El oficial meneó la cabeza y volvió a hablar: “Lo que pasa es que pudo pagar la fianza porque resulta que es hijo de un congresista”.

El llanto se convirtió de inmediato en pura rabia. ¿Qué oportunidad podíamos tener contra el hijo de un político rico? Y más viviendo en un país donde los ricos siempre aplastan a los pobres cuando se trata de justicia.

“¿Y ahora qué? ¿Simplemente lo van a dejar libre? ¿Qué va a pasar con nosotros, los que perdimos a alguien?”, grité llorando.

Estaba en mi último año de la carrera de Fisioterapia y sabía que probablemente tendría que dejar de estudiar, ya que papá era el único que trabajaba en la casa.

Antes de que el policía pudiera responder, llegó un abogado junto con otros agentes de policía. Incluso venía un guardaespaldas que, al fijarme bien, llevaba un uniforme con el logotipo del congresista.

“Soy el abogado Julius Samonte, representante legal de Carl Ledesma. Lamentamos mucho lo ocurrido, pero el congresista Arthur Ledesma asegura que se le brindará ayuda financiera a todos los afectados. Se cubrirán los gastos funerarios y se entregará un beneficio en efectivo de 100,000 pesos a cada familia. Carl es menor de edad, tiene apenas 16 años, por lo que no se le fincarán cargos penales. Será trasladado a Estados Unidos para recibir tratamiento médico, ya que el muchacho también quedó traumatizado”.

Furiosa, corrí hacia el frente, por lo que los guardaespaldas y algunos policías se interpusieron de inmediato, pero no me dejé intimidar.

“¿100,000? ¿Acaso eso es lo que vale mi vida? ¡Yo perdí a un padre, otros aquí perdieron a una madre! ¡A un hijo! ¡A un esposo! ¡A un hermano! ¿Y luego nos dicen que al demonio que mató a nuestros seres queridos lo mandaron a Estados Unidos porque está traumatizado? ¿Y nosotros qué? ¡¿Qué se creen?! ¡Esto lo vamos a cargar el resto de nuestras vidas!”, grité intentando contener las lágrimas, pero fracasé y siguieron cayendo como un manantial.

El abogado asintió con la cabeza y volvió a hablar: “Lo entiendo, pero como ya dije, la familia del congresista no está evadiendo ninguna responsabilidad. Deberían estar agradecidos de que ya no tienen que preocuparse por los gastos del entierro, y los 100,000 pesos pueden usarlos para iniciar un negocio. No está nada mal”.

Quería contestarle algo más, pero se marchó junto con los demás policías y el guardaespaldas. Regresé al lado de mi mamá, que seguía en completo estado de shock.

Al día siguiente, enterraron todos los cuerpos juntos en un cementerio público, y nos entregaron el dinero junto con un documento en el que firmábamos que no volveríamos a protestar ni presentaríamos ninguna demanda.

Ya no pudimos hacer nada porque nos obligaron prácticamente a firmar antes de que los policías nos dejaran ir.

Al volver al departamento que rentábamos, nos llevamos la sorpresa de que allí estaba nuestra dueña, una mujer rica pero codiciosa llamada señora Ruiz: “Me enteré de que Luis murió, lo que significa que ya no van a poder pagar la renta. Así que tienen un mes para buscar a dónde mudarse”.

Mi mamá explotó, tal vez por toda la rabia y la tristeza acumulada por lo ocurrido, y comenzó a señalar a la señora Ruiz mientras le gritaba: “¡Eres una maldita descarada! ¡Ni una sola vez nos atrasamos con el pago! ¡Aunque Luis ya no esté, yo voy a trabajar! ¡Eres una vieja avariciosa!”.

La señora Ruiz no se quedó callada, pues se sintió humillada frente a la gente, y de inmediato le quitó las llaves: “¡Así que avariciosa! ¡Pues entonces larguense ahora mismo!”.

Detuve a mi mamá para evitar que se fuera a los golpes y terminara arrestada; el esposo de la señora Ruiz era policía, por lo que era muy arrogante y se creía dueña de la ley.

Nos fuimos a refugiar a un motel barato mientras conseguíamos otro departamento donde vivir.

Los 100,000 pesos se acabaron volando, así que ambas empezamos a buscar trabajo. Tuve que pausar mis estudios para entrar a trabajar como cajera en una tienda de conveniencia, mientras que mi mamá conseguía empleo como afanadora en un restaurante.

Pero como el sueldo era muy bajo, no nos alcanzaba para vivir. Tras casi siete meses trabajando, seguíamos sin ahorros y el dinero no cubría los gastos diarios, por lo que mi mamá tomó la decisión de irse al extranjero como empleada doméstica.

No quería quedarme sola, pero al ser la única manera de poder retomar mis estudios, no me quedó otra opción.

“Hija, solo vamos a juntar dinero por un año. En cuanto termines enfermería, regresaré”.

Esas fueron las últimas palabras de mi mamá antes de separarnos. Me invadió una profunda preocupación cuando pasó un mes entero sin una sola llamada ni un mensaje suyo. Tampoco mandó dinero, así que seguí sin poder retomar la escuela y atada al sueldo de cajera.

Casi fui a armar un escándalo a la agencia para averiguar si mi mamá seguía con vida. Solo me decían que estaba bien, pero yo no les creía.

Tres meses después, de repente apareció mi mamá. Venía con ropa elegante y aspecto de mujer adinerada, pero lo que más me sorprendió fue que venía acompañada de un hombre anciano que iba en silla de ruedas y se veía muy frágil.

“Hija, perdóname por no haberte llamado ni una vez. El problema es que mi primer patrón me maltrataba. Me golpeaba y no me daba de comer. Por suerte logré escapar, pero ya no pude recuperar mis cosas, ni siquiera mi celular, por eso no me comuniqué. Por cierto, él es Don George Elizalde, la persona que me acogió… y también es mi prometido. Él será tu padrastro”.

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