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Capítulo 5 – Atracción Extrema

Author: Heln
last update publish date: 2026-09-16 18:00:47

Cassandra

Sentí como si me hubiera caído el veinte de golpe, así que me tomé el trago de golpe y me serví otro vaso. Pensándolo bien, seguramente mi mamá tampoco había sido honesta conmigo en el pasado cuando se fue a trabajar al extranjero.

Probablemente su patrón jamás la maltrataba por ser cruel, sino que todo era culpa suya porque se dedicaba a robarle.

Nuestra noche de tragos con Don George continuó hasta que nos acabamos casi tres botellas caras.

“¿Usted no tiene esposa? Yo no sé nada de su vida, mientras que usted de seguro ya sabe todo sobre la nuestra gracias a mi mamá”, le pregunté.

Él dio un trago antes de rellenar nuestros vasos: “Mi primera esposa ya falleció. Tengo dos hijos, pero jamás nos llevamos bien. No crecieron conmigo, vivieron con mis suegros desde pequeños. De hecho, nunca me consideraron un padre, aunque hasta el día de hoy siguen usando mi dinero”.

Esperé a ver si continuaba, pero se quedó callado, así que preferí no seguir preguntando para no verme de chismosa; además, el alcohol ya empezaba a marearme.

“¿Sabes? Yo creía que tú y tu mamá eran hermanas, la verdad no se parecen en nada”, comentó Don George.

“Me parezco a papá”, le contesté.

Y me quedé viéndolo fijamente. La verdad es que era un hombre muy atractivo a pesar de su edad.

No sé qué demonios se me metió en la cabeza, pero una y otra vez venía a mi memoria el recuerdo de lo gigante que lo tenía.

“Qué coraje con mi mamá, teniendo semejante verga y todavía se anda buscando a otro”, se me salió decir de repente, haciendo que los dos nos quedáramos congelados.

Si la tierra me hubiera podido tragar en ese momento, lo habría agradecido. El alcohol me había quitado el freno de la lengua.

“¿C-Cuánto dinero se llevó mi mamá?”, cambié de tema rápidamente.

Don George se quedó pensativo un momento: “La caja fuerte tenía un millón de dólares, y en pesos mexicanos —nota: adaptado del contexto filipino original de moneda local, equivalente a los diez millones mencionados— eran como diez millones. Se llevó diez relojes Rolex valorados en tres millones cada uno, joyas de oro y diamantes. Todavía no lo calculo bien, pero yo estimo que son más de 100 millones de pesos en total”.

Por poco me caigo de la silla al escuchar semejante cifra. ¿A qué ángel se le ocurriría ayudarme a pagar semejante deuda? Ni siquiera un demonio me prestaría tanto dinero en la vida.

Don George se paró y se despidió: “Me voy a descansar. Mañana le diré a Manang que limpie todo este tiradero”.

Pasaron varios minutos desde que se fue hasta que me animé a pararme, entrar a mi cuarto y meterme a bañar.

Salí envuelta únicamente en una toalla y caminé directo a la habitación de Don George. Estaba de pie junto a la ventana, sumido en sus pensamientos, por lo que no se dio cuenta de mi llegada de inmediato.

“No tengo dinero para pagarle lo que robó mi mamá, y ningún valor podrá compensar jamás el daño que causó, pero… por favor, permítame al menos reducir un poco esa culpa”.

Don George volteó a verme y se quedó con los ojos abiertos de par en par cuando me dejé caer la toalla que cubría mi cuerpo.

Tragó saliva, se acercó con una mirada llena de confusión y dijo: “Cassandra… ¿Sabes lo que estás diciendo? Yo no te estoy cobrando nada”.

“Lo sé, pero mi conciencia no me deja en paz. Desde antes de que se casara con mi mamá yo sabía que lo único que buscaba era su dinero, pero no hice nada para detenerla. Prácticamente me volví cómplice de su delito porque yo también me beneficié de ello. Ahora quiero demostrarle que no soy como mi mamá, que sí sé lo que es la gratitud. Don George, le entrego mi virginidad con la esperanza de que pueda perdonarme. Y aunque no sea hoy, ojalá algún día también pueda perdonar a mi mamá por todo lo que hizo”, le dije antes de besarlo en los labios.

Él todavía titubeaba, pero en cuanto me arrodillé para empezar a chupársela, terminó por ceder por completo.

No tenía experiencia previa porque nunca había tenido novio, pero como de vez en cuando veía porno, tampoco era ninguna ignorante.

“Cassandra… ¡Ohhhhh! Todavía estás a tiempo de echarte para atrás, porque si esto avanza ya no habrá vuelta atrás y no vas a poder pararme”, advirtió.

Como la verga de Don George era tan enorme, apenas logré meterme la mitad a la boca y sentí que casi me ahogaba.

Me agarró de la cabeza y empezó a embestirme el rostro, así que tuve que sujetarlo de las piernas para frenarlo un poco, ya que sus movimientos eran cada vez más rápidos y profundos.

Cuando tuvo toda su verga hasta la garganta, ya se me habían salido las lágrimas de los ojos. Pasaron varios minutos antes de que me dejara libre y me levantara para llevarme a la cama.

Se acostó boca abajo, acomodó mi coño frente a su cara y me abrió las piernas por completo. Me dio un poco de vergüenza notar que no estaba depilada, pero a él pareció importarle poco porque se lanzó de inmediato a lamerme el coño con desesperación.

Me estremecía de pies a cabeza mientras me chupaba el clítoris con furia, al mismo tiempo que me metía dos dedos para moverlos dentro de mi cavidad. No paraba de soltar jugos en abundancia, los cuales él se tragaba de inmediato.

Se incorporó y comenzó a frotar la cabeza de su miembro duro como una piedra contra los labios de mi coño. Yo ya no distinguía si lo que sentía era comezón o pura desesperación en mi interior, pero de algo estaba segura: solo una verga podía calmar esa sensación.

“Cass, ¿estás segura?”, preguntó con la punta de su miembro apuntando justo a la entrada.

“¡Ahhhh! ¡Don George, métela ya!”, grité.

Con una embestida fuerte, enterró toda su verga dentro de mi virgen coño. Sentí cómo algo se desgarraba en mi interior, la prueba inequívoca de que había dejado atrás mi virginidad.

Sin embargo, Don George se fue con cuidado y el dolor pronto se transformó en puro placer. Lo único que se escuchaba en la habitación eran nuestros constantes gemidos y suspiros conforme nos veníamos una y otra vez.

A la mañana siguiente me desperté con la sorpresa de que ya estaba en mi propia recámara. Traía puesta la pijama, pero todavía sentía el dolor de mi estreno como mujer.

Al salir al pasillo, escuché voces en la sala hablando con Don George.

“Papá, vine a vivir aquí a partir de hoy”.

¿Papá?

¿El hijo de Don George estaba allí?

 

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