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Capítulo 4

Author: Miss Sunny
[Punto de vista de Kaelen]

—Kaelen… por favor… te necesito… —gimió la voz de la IA—. Tómame, Kaelen…

Arranqué el auricular de mi oído y lo lancé sobre el escritorio. Mi pecho subía y bajaba con fuerza. Respiraba agitadamente, como si acabara de correr diez millas.

En mi teléfono, el video se repetía en bucle. Había pagado una fortuna a un equipo tecnológico para que lo hiciera. En el video, un fantasma digital con el rostro de Sia llevaba un camisón negro transparente… del tipo que yo quería arrancarle del cuerpo.

Pero la euforia se desvaneció rápidamente.

Miré la pantalla, a ese rostro falso suyo, y me sentí enfermo. El desprecio hacia mí mismo me golpeó de lleno.

Patético.

Yo era el Alfa de La Cumbre. Podía tener a cualquier mujer que quisiera. Y, sin embargo, allí estaba, excitándome con un video falso de una chica de dieciocho años.

Falso. Todo era falso.

Extendí la mano para cerrar la aplicación. Entonces, mi nariz se dilató.

El aroma me golpeó de lleno. Era tenue, flotando a través de la rendija de la puerta. Pero para un Alfa, era estruendoso.

Sudor salado. Vainilla. Bayas silvestres. Y debajo… el dulce y pesado olor de una hembra excitada.

Mi mano se quedó inmóvil.

Sia escuchó.

No sentí vergüenza. Sentí una descarga eléctrica directa a mi entrepierna.

Ella estaba de pie fuera de mi puerta. Escuchó los sonidos húmedos y rítmicos de mi mano. Me oyó gemir su nombre.

¿Qué pensó? Una sonrisa oscura curvó mis labios. ¿Acaso se tocó? ¿Están mojadas sus pequeñas bragas ahora mismo por culpa de su «Papi»?

El pensamiento me puso duro otra vez. Al instante.

Me levanté y me moví en silencio. Seguí el rastro del aroma directamente hasta el dormitorio de Sia.

Giré el picaporte. Sin seguro. Chica descuidada.

La luz de la luna llenaba la habitación. Sia estaba acurrucada en medio de la gran cama, enterrada bajo el edredón.

Caminé hasta el borde. Mis pasos no hicieron ruido alguno.

—Sia —susurré.

Ella no se movió. Estaba fingiendo. Podía oír su corazón martilleando contra sus costillas como un pájaro atrapado. Su respiración era demasiado superficial.

Estaba despierta. Y estaba aterrorizada.

Me quedé de pie por encima de ella, como un monstruo admirando a su mascota. Mis ojos trazaron el camino su hombro, luego la curva de su cuello donde su pulso latía desbocado.

Me acerqué para alcanzarla. Mi mano se detuvo a unos centímetros de su piel.

El calor que emanaba de ella era embriagador. Imaginé agarrarla, inmovilizarla contra el colchón y preguntarle exactamente qué había oído. Imaginé revisar esas sábanas de seda para ver si ella estaba tan mojada como olía.

Mi erección latía contra la cremallera. Era un dolor punzante.

«Aún no», advirtió la parte racional de mi mente. «Está asustada. Ve despacio».

Retiré la mano, cerrando los dedos en un puño. En lugar de eso, acomodé suavemente el edredón más arriba sobre su hombro.

Me incliné, con los labios justo junto a su oído. Sabía que podía sentir mi aliento caliente.

—Buenas noches, mi compañera —murmuré. Fue un gruñido bajo, solo para ella y su loba.

Se estremeció bajo las sábanas.

Satisfecho, me di la vuelta y salí. Necesitaba otra ducha fría.

***

[Punto de vista de Vivian]

2:00 a. m.

Me dejé caer en la barata silla de plástico.

El choque múltiple en la autopista había sido una carnicería. Había operado durante seis horas seguidas. Mi uniforme estaba manchado y mi espalda me estaba matando. Solo quería silencio.

«Click».

La cerradura giró. Levanté la cabeza de golpe.

Leo estaba allí.

Veintiséis años. Cabello rubio, ojos color avellana, hombros anchos. El chico dorado del hospital. Pero esa noche no estaba sonriendo.

Se apoyó contra la puerta, cruzando los brazos. Sus bíceps tensaron la tela azul del uniforme.

—Leo, abre la puerta —suspiré—. Necesito descansar.

—¿Descansar? —se apartó de la puerta, inquieto y furioso—. ¿O necesitas volver a ese castillo? ¿Con él?

—No empieces —advertí, poniéndome de pie—. Estoy haciendo esto por la seguridad de Sia.

—Y una mierda —gruñó Leo. Cerró la distancia en dos zancadas, obligándome a retroceder hasta que mis caderas chocaron contra el escritorio—. Estás jugando a la casita con el Alfa ricachón.

—¡Es mi prometido, Leo!

—¡Es una estatua, Vivian! Es frío y viejo, y no te mira de la forma en yo lo hago.

En realidad, Kaelen era un año menor que yo. Pero antes de que pudiera hablar, las manos de Leo me agarraron por la cintura. Me alzó y me sentó sobre el escritorio.

Se colocó entre mis piernas. El calor de su cuerpo era imposible de ignorar. Olía a antiséptico y a sol, tan diferente del aroma oscuro y pesado de Kaelen.

—Leo, detente… —mi protesta fue débil.

—Dime que me detenga de nuevo—me desafió, con el rostro a centímetros del mío—. Dime que tu loba no quiere a este cachorro.

No esperó aquella respuesta. Sin espacio para las palabras, estrelló sus labios contra los míos. Fue un beso hambriento y desesperado.

Jadeé, y su lengua se enredó con la mía. Mis manos encontraron su espeso cabello dorado, atrayéndolo más cerca.

Me derretí.

Diosa de la Luna, estaba tan cansada de ser fuerte. Por un momento, solo quería ser deseada.

Las manos de Leo recorrieron mi cuerpo. Amasó mi pecho con rudeza a través del uniforme mientras su otra mano se deslizó por mi muslo, hasta que su pulgar se presionó sobre mi carne suave.

Después de un par de maniobras, sus dedos se hundieron profundamente en mi humedad. Cambiaba el ángulo, explorándome. Jugos resbaladizos no demoraron en correr por sus dedos y gotear al suelo.

Cuando sacó los dedos, balanceé las caderas contra el aire vacío, necesitada. Él bajó la cintura de su pantalón y agarró su gruesa y dura longitud.

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