Mag-log inLos sollozos ahogados resonaban desde una esquina de la cama king size, ahora completamente desordenada.
Berlyn abrazaba sus propias rodillas, escondiendo el rostro entre ellas mientras dejaba que las lágrimas empaparan sus mejillas redondeadas. Su cuerpo temblaba violentamente. Sobre las sábanas de seda blanca, ahora arrugadas, destacaba una intensa mancha roja: el silencioso testigo de la caída de la pureza que había protegido durante diecinueve años. —Deja de hacer ruido. Es molesto —gruñó Dave con voz grave, intentando mantener el tono lo más bajo posible. El hombre se pasó una mano por el cabello negro desordenado y luego clavó en Berlyn una mirada fría y afilada. —¿Quieres que tus lloriqueos se escuchen fuera de la habitación, hm? Berlyn no respondió. Por el contrario, hundió aún más el rostro entre sus rodillas, lamentando la ruina absoluta en la que se había convertido su vida. Su pecho subía y bajaba con dificultad, atrapado por una opresión insoportable. Saber que ya no era pura le hacía sentir como si alguien le estuviera estrujando el corazón con brutalidad. Se sentía sucia. Repugnante. ¿Cómo había sido posible que su cuerpo cediera con tanta facilidad bajo el control de un hombre al que, hacía apenas unos minutos, consideraba poco más que un muerto viviente? Al ver que Berlyn no dejaba de sollozar, Dave soltó un bufido áspero. En un movimiento rápido, avanzó hacia ella y le sujetó el cuello. No con suficiente fuerza para matarla, pero sí la necesaria para cortarle el aire y obligarla a levantar la cabeza. —Escúchame bien, chica curvilínea —siseó Dave frente al rostro enrojecido de Berlyn, que luchaba por respirar. La mirada del multimillonario era tan amenazante que parecía dispuesto a despellejarla viva. —Ni se te ocurra revelar a nadie el secreto sobre mi estado. Si llegas a abrir esa boca llorona frente a Victoria, no dudaré en matarte. Arrojaré tu cadáver al mar para que los tiburones se alimenten de él. ¿Entendido? Berlyn se aferró a la muñeca fuerte de Dave, buscando desesperadamente una bocanada de aire. Asintió rápidamente, mientras el miedo se reflejaba claramente en sus ojos húmedos. Cuando Dave finalmente la soltó, ella tosió varias veces y se llevó una mano al cuello ardiente. —L-lo prometo… guardaré su secreto, señor… —susurró con voz ronca, todavía temblorosa por el llanto. Se secó las lágrimas con el dorso de la mano y, reuniendo algo de valor, volvió a mirarlo. —P-pero… ¿por qué tiene que mentirle a la señora Victoria? Ella… ella parece amarlo muchísimo. Siempre veo en las noticias cómo ha permanecido a su lado durante todo este año… —¡Al diablo con todas esas malditas noticias! —la interrumpió Dave con una sonrisa torcida y aterradora. Soltó una risa cargada de desprecio, como si acabara de escuchar el chiste más nauseabundo del mundo. —No sabes nada de lo que se esconde detrás de la máscara de esa mujer diabólica, Elyn. Así que será mejor que mantengas la boca cerrada y dejes de hacer preguntas si quieres seguir conservando la cabeza sobre los hombros. Berlyn se encogió inmediatamente. Bajó la mirada hacia sus propios pies, obediente y silenciosa. El ambiente dentro de la habitación se volvió sofocante, incluso más frío que cuando Dave fingía ser una estatua sin vida. —Vístete de una vez —ordenó Dave nuevamente mientras apartaba el rostro, negándose a seguir contemplando las curvas desnudas de Berlyn—. ¿O acaso te estás demorando a propósito para que vuelva a devorarte, hm? Al escuchar aquella amenaza, Berlyn negó frenéticamente con la cabeza. El pánico volvió a recorrerla. —¡N-no, señor! ¡Por favor, no! —exclamó de inmediato. Y no era para menos. La parte más íntima de su cuerpo aún le dolía y palpitaba por el trato brusco e implacable de Dave. Con movimientos torpes y apresurados, recogió del suelo su ropa interior y su sujetador, vistiéndose rápidamente. Luego tomó el ajustado uniforme de sirvienta y comenzó a abotonarlo con manos todavía temblorosas. Una vez arreglada, caminó hasta el gran espejo agrietado. Tomó un peine, arregló su cabello desordenado y volvió a recogerlo en un moño pulcro detrás de la cabeza. Después respiró hondo, intentando aparentar normalidad, como si unos minutos antes no hubiera estallado una tormenta dentro de aquella habitación. Justo cuando terminó de arreglarse, unos fuertes golpes resonaron detrás de la puerta de roble. —¡Elyn! ¡Abre la puerta! —gritó Victoria desde afuera con su habitual tono agudo y autoritario. El corazón de Berlyn estuvo a punto de salírsele del pecho. Giró rápidamente hacia la cama, presa del pánico. Pero Dave fue mucho más rápido. En cuestión de segundos, ya había vuelto a su posición original: acostado boca arriba, cubierto hasta el pecho por las mantas, el rostro inexpresivo y los ojos fijos en el techo. De nuevo parecía un cadáver viviente incapaz de moverse. Berlyn soltó lentamente el aire atrapado en sus pulmones y se acercó a abrir la puerta. —S-sí, señora… —murmuró, mostrando el rostro más inocente que pudo fingir. Victoria permanecía en el umbral con los brazos cruzados, observándola de arriba abajo con evidente sospecha. —¿Qué estabas haciendo tanto tiempo ahí dentro? ¿Y por qué cerraste la puerta con llave? —preguntó con tono acusador. —Lo siento, señora. Y-yo estaba cambiando al señor Moreno… —mintió Berlyn, apretando discretamente la tela de su uniforme para ocultar los nervios—. Su ropa se mojó un poco mientras lo limpiaba con agua tibia, así que tuve que hacerlo con cuidado para no lastimarlo. Victoria resopló antes de asomar la cabeza hacia la habitación, observando a su esposo inmóvil sobre la cama. —¿Y notaste algún movimiento mientras lo atendías? Algo… mínimo. ¿Un espasmo? ¿Algún movimiento en sus manos? Berlyn tragó saliva discretamente. Comprendía perfectamente la intención detrás de aquellas preguntas. Victoria no había contratado a una cuidadora barata como ella por preocupación hacia Dave, sino para vigilarlo y asegurarse de que jamás volvería a recuperarse. —¿Movimiento? —Berlyn fingió una expresión llena de tristeza y lástima, digna de una actriz profesional—. El señor Moreno sigue exactamente igual, señora. Continúa siendo un muerto viviente incapaz de hacer nada. Incluso… perdón por decirlo, pero cuando le limpié la parte inferior… fue realmente triste. Parece que esa parte también está completamente muerta y ya no funciona en absoluto. Al escuchar aquello, la tensión en el hermoso rostro de Victoria desapareció al instante. Una pequeña sonrisa satisfecha se dibujó sobre sus labios pintados de rojo intenso. —Ya sabía que ese hombre no sirve para nada —se burló sin el menor remordimiento, dejando al descubierto el profundo desprecio que sentía hacia su marido. Luego volvió a mirar a Berlyn con severidad. —Muy bien, Elyn. Escúchame con atención. Si algún día notas el más mínimo cambio en mi esposo, debes informármelo a mí primero. A nadie más. Recuerda que tú trabajas para mí en esta casa. ¿Entendido? Berlyn bajó la cabeza para ocultar el brillo culpable y asustado de sus ojos. —Sí, señora Victoria. Lo entiendo —respondió obedientemente. Victoria agitó una mano con indiferencia. —Bien. Entonces continúa con tu trabajo. Después se dio la vuelta y se alejó elegantemente por el pasillo. Berlyn cerró la puerta rápidamente y volvió a echarle el seguro. Apoyó la espalda contra la madera y soltó un suspiro pesado de alivio. Pero esa tranquilidad apenas duró unos segundos. Cuando abrió los ojos, el “muerto viviente” sobre la cama ya estaba sentado, observándola con una sonrisa ladeada cargada de significado. Dave bajó las piernas de la cama y caminó hacia ella con pasos firmes e intimidantes, nada propios de alguien que llevaba un año paralizado. Se detuvo justo frente a Berlyn, atrapándola entre la puerta y su torso desnudo. —Una actuación realmente impresionante, chica curvilínea —susurró Dave con tono burlón. Sin embargo, sus ojos brillaban satisfechos al recordar cómo Berlyn había engañado a Victoria acerca de su “total impotencia”. Dave levantó una mano y acomodó detrás de la oreja algunos mechones rebeldes que se habían soltado de su peinado. —Dime… ¿cuánto te paga esa mujer diabólica para convertirte en su espía? Berlyn se quedó inmóvil. La cercanía entre ambos volvió a robarle el aliento. Podía sentir el calor que irradiaba la piel de Dave rozando su rostro. Dave inclinó ligeramente la cabeza hasta dejar sus rostros a apenas unos centímetros de distancia. La sonrisa del multimillonario se amplió lentamente, irradiando una autoridad aplastante. —Te pagaré diez veces más… no, cien veces más de lo que ella te da —susurró con una voz baja, seductora y peligrosamente dominante—. Pero solo si decides convertirte en mi mujer, obedecer cada una de mis órdenes… y satisfacer todos mis deseos en esta cama. ¡Boom! El corazón de Berlyn volvió a golpear con fuerza dentro de su pecho. Aquella propuesta descabellada resonó en sus oídos, destruyendo los últimos restos de cordura que aún le quedaban.El crepúsculo comenzaba a teñir el cielo del distrito residencial de la familia Moreno con tonos rojizos y dorados. El ambiente dentro de la majestuosa mansión se sentía mucho más tranquilo que durante el caos emocional que había reinado desde primera hora de la mañana. En la sala de estar de la segunda planta, cubierta por una gruesa alfombra de lana, el aire acondicionado estaba ajustado a una temperatura agradable para garantizar la comodidad de la señora de la casa.Berlyn estaba sentada, recostada contra un largo sofá color crema, con las piernas estiradas y cubiertas por unos finos calcetines de punto. Sobre su regazo descansaba abierto un ejemplar de la última edición de una guía sobre el embarazo, pero su mirada ya no estaba puesta en las palabras impresas en sus páginas. Sus ojos se habían desviado hacia su hijo mayor, Arvin, que estaba ocupado construyendo torres con bloques de madera sobre la alfombra junto a Dave.Al ver al hombre de complexión imponente, vestido con una c
La noticia del embarazo de Berlyn se extendió como una cálida brisa que envolvía cada rincón de la mansión Moreno. Para Dave, la llegada de otro hijo era un regalo de valor incalculable. Sin embargo, no tardó en darse cuenta de que este segundo embarazo traía consigo una dinámica muy diferente a la de la primera vez que Berlyn había estado embarazada.Si durante su primer embarazo Berlyn había sido relativamente tranquila e independiente, esta vez los cambios hormonales la volvían mucho más sensible, propensa a los caprichos y presa de cambios de humor completamente impredecibles. Aquella situación consiguió que Dave Moreno, un director ejecutivo de sangre fría acostumbrado a controlar transacciones empresariales por valor de billones, experimentara un nivel de estrés que jamás habría imaginado.Aquella mañana, el dormitorio principal ya estaba envuelto en una pequeña tensión desde las siete.Dave se encontraba frente al gran espejo, ajustándose la corbata de lujo. Había cancelado del
La cálida luz del sol de la tarde comenzó a teñir de naranja el largo pasillo de cristal que conectaba el invernadero con el edificio principal de la mansión. Berlyn seguía sentada en una cómoda tumbona, con la hoja de papel que acababa de terminar de dibujar sobre el regazo. A su lado, Dave permanecía fielmente acompañándola, bebiendo de vez en cuando un sorbo de té de crisantemo que ya comenzaba a enfriarse mientras observaba los ágiles dedos de su esposa deslizarse sobre el papel.Sin embargo, cuando Berlyn extendió la mano para tomar un lápiz de colores de la mesita de madera que tenía al lado, su movimiento se detuvo de repente.Su visión comenzó a nublarse. Una intensa sensación de vértigo la golpeó inesperadamente, sin previo aviso. El invernadero, que hasta entonces había permanecido tranquilo, pareció inclinarse y girar a su alrededor, haciendo que perdiera el equilibrio de inmediato. El lápiz se le escapó de los dedos y cayó al suelo de baldosas cerámicas con un tintineo.—¿
LLos cálidos rayos del sol matutino se deslizaron lentamente a través de las rendijas de las cortinas de seda del dormitorio principal de la mansión Moreno. La luz dorada se extendió sobre las gruesas sábanas blancas, creando una atmósfera de tranquilidad que hacía mucho tiempo no se respiraba en aquella habitación. El aire de la mañana era fresco y limpio, impregnado de un tenue aroma a jazmines procedente del jardín interior, cuya fragancia entraba por la ventana ligeramente entreabierta.Berlyn fue la primera en despertarse. Abrió los párpados lentamente, acostumbrándose al resplandor que iluminaba la habitación. Lo primero que sintió fue el calor que rodeaba su cintura. El robusto brazo de Dave seguía firmemente ceñido alrededor de ella, abrazándola por detrás con una mezcla de posesividad y ternura. La respiración regular de su esposo, cuyo cálido aliento acariciaba su nuca, constituía la melodía más reconfortante para dar la bienvenida a su mañana.Berlyn giró lentamente el cue
Las frías y tenebrosas paredes de hormigón del antiguo almacén fueron desapareciendo lentamente de la vista mientras Dave avanzaba a grandes zancadas, llevando a Berlyn en brazos hacia el aire libre. La suave brisa nocturna acarició el rostro de Berlyn, aportándole una frescura que disipó de inmediato los últimos restos del intenso olor a anestésico y la humedad asfixiante del lugar donde la habían mantenido secuestrada.Dave no aflojó su abrazo ni un solo instante. Las fuertes manos del director ejecutivo sujetaban firmemente la espalda y el pliegue de las rodillas de su esposa, como si temiera que, de relajar la presión siquiera durante un minuto, la mujer entre sus brazos desapareciera y volviera a ser arrebatada por las sombras de la noche.—Señor, el vehículo principal está listo. El equipo también ha despejado por completo el perímetro exterior —informó Yuda, que permanecía erguido junto a la puerta abierta de la berlina negra. La voz de su asistente sonaba grave, cargada de un
El aroma de aire húmedo mezclado con polvo y olor a óxido penetró en los sentidos de Berlyn a medida que recuperaba lentamente la conciencia. Sentía la cabeza extremadamene pesada, con un mareo insoportable a causa de los residuos del anestésico que envenenaba su cuerpo.Al intentar mover las manos, el roce áspero de la cuerda de esparto que ataba sus muñecas por detrás del respaldo de la silla de madera le provocó un ardor punzante en la piel. Berlyn abrió los ojos con mucho esfuerzo. A su alrededor solo había un viejo almacén en penumbras, iluminado apenas por una bombilla amarilla que colgaba desamparada del techo cubierto de polvo.—¿Ya despertó, Sra. Moreno? —dijo una voz extremadamente familiar desde las sombras, en un rincón de la estancia.Unos pasos constantes se aproximaron. Julian Vance emergió de la oscuridad, vistiendo una camisa blanca con las mangas remangadas hasta los codos. Ya no quedaba rastro de la sonrisa educada ni del encanto ejecutivo que solía proyectar. El ro







