LOGINYuda contuvo la respiración, todavía lanzando miradas dudosas hacia Berlyn antes de volver a enfocarse en su jefe. El silencio se deslizó entre ellos a través de la ventana entreabierta.
—No te preocupes. Ella no se atreverá a traicionarme —dijo Dave finalmente, rompiendo el silencio con una voz baja, fría y llena de absoluta seguridad. Apoyó una mano sobre el marco de la ventana mientras lanzaba una breve mirada hacia atrás para comprobar que Elyn seguía inmóvil en su sitio. Después volvió a mirar a su asistente y añadió con tono autoritario: —Ah, y prepara un contrato oficial para ella. También quiero que averigües todos sus puntos débiles y cada una de sus vulnerabilidades. Ciérrale todas las salidas hasta que no tenga ninguna posibilidad de traicionarnos. Yuda asintió de inmediato, memorizando cada orden. —Sí, señor. Me encargaré personalmente. —Y respecto al problema de la sucursal en Manhattan… —continuó Dave, frunciendo el ceño con visible irritación—. Ocúpate tú solo de algo tan insignificante. ¿Ni siquiera puedes manejar eso? —Perdón, señor. Lo resolveré esta misma noche —respondió Yuda inclinándose respetuosamente. Después retrocedió unos pasos, descendió hábilmente desde el balcón y desapareció entre la oscuridad de los enormes jardines de la mansión. Dave cerró la ventana y echó el seguro antes de girarse lentamente. En un rincón de la habitación, Elyn seguía aferrando con fuerza el borde de su delantal. El miedo recorría cada rincón de su cuerpo. Ver la manera fría y calculadora en que Dave organizaba sus estrategias le hizo comprender algo aterrador: El hombre frente a ella era mucho más peligroso que cualquier monstruo que hubiera imaginado. No era simplemente un multimillonario. Era alguien capaz de controlar tormentas. Dave avanzó hacia ella, acortando la distancia hasta que la sombra de su cuerpo envolvió por completo la pequeña figura de Elyn. —Ahora báñame —ordenó sin expresión alguna. Elyn se sobresaltó. Sus ojos se abrieron enormemente. —¿P-por qué no se baña usted solo, señor? —preguntó impulsivamente, alzando un poco la voz por el pánico antes de morderse rápidamente el labio inferior—. Quiero decir… usted puede caminar y moverse perfectamente. Dave curvó los labios en una sonrisa fina y burlona. Se inclinó ligeramente hacia ella, clavando la mirada en sus ojos temblorosos. —¿Ya olvidaste cuál es tu trabajo aquí, chica curvilínea? Eres mi enfermera personal. A partir de ahora, considérame un bebé indefenso… exactamente igual que esa mujer traidora de afuera cree que soy. Elyn tragó saliva con dificultad. El cálido aliento de Dave rozó su frente, erizándole la piel. —S-sí, señor… —susurró resignada, demasiado asustada para discutir. Dave se dio la vuelta y caminó lentamente hacia el amplio baño revestido de mármol blanco. Elyn lo siguió con la cabeza baja. Mientras avanzaba, la mirada oscura de Dave se endureció al ser invadido nuevamente por los recuerdos del pasado. Su mente volvió a aquella noche maldita de hacía un año. El accidente. Su automóvil deportivo destrozándose violentamente contra la barrera de la carretera a toda velocidad. En aquel instante, Dave había lanzado su propio cuerpo hacia el asiento del copiloto para proteger a Victoria del impacto mortal. Él terminó gravemente herido. Los médicos incluso llegaron a pensar que jamás despertaría. Pero el destino tenía otros planes. Dave recuperó la consciencia antes de lo esperado aquella misma noche en cuidados intensivos. Su cuerpo seguía rígido e inmóvil, pero su mente estaba completamente despierta. Y fue entonces cuando la verdad más asquerosa se reveló ante sus propios ojos. Dentro de aquella habitación tenue de hospital, vio a Victoria besándose apasionadamente sobre el sofá con Raymond… el hermano mayor de Dave. Los jadeos obscenos de su esposa y la respiración agitada de Raymond llenaban la habitación, destrozando el orgullo y la dignidad de Dave como esposo. Pero lo peor vino después. Dave escuchó claramente sus conversaciones. Ellos habían planeado el accidente. Victoria se quejaba de la soledad que había sufrido durante sus tres años de matrimonio, mientras Dave dedicaba todo su tiempo a expandir su imperio empresarial. Por eso había elegido a Raymond como amante para satisfacer sus deseos. Y no solo eso. Victoria y Raymond también conspiraban para eliminar lentamente a Dave y quedarse con toda la herencia principal de la familia Moreno. Raymond, quien en realidad solo era un hijo adoptado dentro de la familia, siempre había sentido un odio profundo hacia el éxito de Dave. Desde aquella noche, Dave juró vengarse de la manera más cruel posible. Por eso decidió interpretar el papel de un cadáver viviente: paralítico y mudo, permitiendo que sus enemigos bailaran sobre su falsa desgracia. Lamentablemente, durante ese año Victoria y Raymond habían sido extremadamente cuidadosos, impidiendo que Dave consiguiera pruebas financieras suficientes para enviarlos a prisión sin escapatoria. —¿Señor? ¿Por qué se quedó quieto frente a la puerta? La suave voz de Elyn rompió de inmediato sus pensamientos oscuros. La muchacha permanecía en la entrada del baño, con ambas manos unidas frente al abdomen. Su rostro redondeado lucía algo pálido. —Vamos… dijo que quería bañarse. Ya preparé el agua caliente —añadió, forzando una pequeña sonrisa rígida. Aunque todo su cuerpo seguía dolorido y la parte más íntima aún palpitaba debido a la intensa unión de hacía unos momentos, Elyn hacía un enorme esfuerzo por seguir comportándose profesionalmente. Ese trabajo era su única oportunidad para pagar los cinco millones de dólares que debía. No podía arruinarlo por culpa del dolor físico. Elyn se acercó lentamente y sostuvo con cuidado el brazo fuerte de Dave para ayudarlo a entrar al baño. Dave observó la mano de la joven rodeando su brazo. Los dedos de Elyn temblaban ligeramente, pero su contacto era cálido y sincero… algo que Dave no había sentido de nadie en todo un año. La dejó guiarlo. Caminó despacio, adaptándose al ritmo torpe y algo dolorido de Elyn, provocado precisamente por él mismo. La muchacha mojó una pequeña toalla dentro de la bañera de mármol y comenzó a limpiar lentamente los anchos hombros de Dave. El vapor cálido llenó el espacio entre ellos, creando una tensión incómoda. Elyn lo trataba realmente como si fuera un bebé indefenso, limpiándolo cuidadosamente sin atreverse a mirar más abajo. —¿Cuántos años tienes? —preguntó Dave de repente. Su voz grave resonó en el silencioso baño. Elyn se sobresaltó ligeramente y detuvo sus manos por un segundo. —Diecinueve, señor —respondió en voz baja antes de continuar limpiándolo. —¿Dónde estudias? —En la Universidad de Columbia. Estudio diseño de moda… señor. Había un leve orgullo en su voz, aunque enseguida intentó ocultarlo. Dave guardó silencio mientras la toalla tibia recorría lentamente su brazo derecho. Sus ojos afilados observaron cómo el rostro redondeado de Elyn se teñía de rojo por el vapor… o quizá por la cercanía entre ambos. —Tienes diecinueve años… y aun así eras virgen cuando estuviste conmigo hace un rato. En Nueva York eso es bastante raro —comentó Dave sin rodeos. El tono de su voz era tranquilo, pero exigente. Las manos de Elyn temblaron. Una opresión dolorosa se instaló de inmediato en su pecho, como si una enorme piedra la aplastara por dentro. Sintió que Dave estaba burlándose de su cuerpo y de su incapacidad para ser deseada. Su expresión se oscureció y sus labios se apretaron con dolor contenido. —Sí… así es —respondió con brusquedad, incapaz de ocultar el resentimiento en su voz. Apartó la mirada. —Porque estoy gorda como un cerdo… por eso ningún hombre ha querido tocarme jamás. Incluso… incluso mi exnovio siempre rechazaba hasta mis besos. Al escuchar aquella confesión tan honesta y cargada de heridas emocionales, Dave detuvo suavemente las manos de Elyn. Sujetó su muñeca y la obligó a mirarlo de frente. Sus ojos se clavaron directamente en los de la muchacha, que comenzaban a llenarse de lágrimas, como si buscara descubrir alguna mentira en ellos. —¿De verdad? —susurró Dave. Su voz se volvió inesperadamente más baja, mientras un brillo difícil de interpretar cruzaba sus ojos. Continuará…El crepúsculo comenzaba a teñir el cielo del distrito residencial de la familia Moreno con tonos rojizos y dorados. El ambiente dentro de la majestuosa mansión se sentía mucho más tranquilo que durante el caos emocional que había reinado desde primera hora de la mañana. En la sala de estar de la segunda planta, cubierta por una gruesa alfombra de lana, el aire acondicionado estaba ajustado a una temperatura agradable para garantizar la comodidad de la señora de la casa.Berlyn estaba sentada, recostada contra un largo sofá color crema, con las piernas estiradas y cubiertas por unos finos calcetines de punto. Sobre su regazo descansaba abierto un ejemplar de la última edición de una guía sobre el embarazo, pero su mirada ya no estaba puesta en las palabras impresas en sus páginas. Sus ojos se habían desviado hacia su hijo mayor, Arvin, que estaba ocupado construyendo torres con bloques de madera sobre la alfombra junto a Dave.Al ver al hombre de complexión imponente, vestido con una c
La noticia del embarazo de Berlyn se extendió como una cálida brisa que envolvía cada rincón de la mansión Moreno. Para Dave, la llegada de otro hijo era un regalo de valor incalculable. Sin embargo, no tardó en darse cuenta de que este segundo embarazo traía consigo una dinámica muy diferente a la de la primera vez que Berlyn había estado embarazada.Si durante su primer embarazo Berlyn había sido relativamente tranquila e independiente, esta vez los cambios hormonales la volvían mucho más sensible, propensa a los caprichos y presa de cambios de humor completamente impredecibles. Aquella situación consiguió que Dave Moreno, un director ejecutivo de sangre fría acostumbrado a controlar transacciones empresariales por valor de billones, experimentara un nivel de estrés que jamás habría imaginado.Aquella mañana, el dormitorio principal ya estaba envuelto en una pequeña tensión desde las siete.Dave se encontraba frente al gran espejo, ajustándose la corbata de lujo. Había cancelado del
La cálida luz del sol de la tarde comenzó a teñir de naranja el largo pasillo de cristal que conectaba el invernadero con el edificio principal de la mansión. Berlyn seguía sentada en una cómoda tumbona, con la hoja de papel que acababa de terminar de dibujar sobre el regazo. A su lado, Dave permanecía fielmente acompañándola, bebiendo de vez en cuando un sorbo de té de crisantemo que ya comenzaba a enfriarse mientras observaba los ágiles dedos de su esposa deslizarse sobre el papel.Sin embargo, cuando Berlyn extendió la mano para tomar un lápiz de colores de la mesita de madera que tenía al lado, su movimiento se detuvo de repente.Su visión comenzó a nublarse. Una intensa sensación de vértigo la golpeó inesperadamente, sin previo aviso. El invernadero, que hasta entonces había permanecido tranquilo, pareció inclinarse y girar a su alrededor, haciendo que perdiera el equilibrio de inmediato. El lápiz se le escapó de los dedos y cayó al suelo de baldosas cerámicas con un tintineo.—¿
LLos cálidos rayos del sol matutino se deslizaron lentamente a través de las rendijas de las cortinas de seda del dormitorio principal de la mansión Moreno. La luz dorada se extendió sobre las gruesas sábanas blancas, creando una atmósfera de tranquilidad que hacía mucho tiempo no se respiraba en aquella habitación. El aire de la mañana era fresco y limpio, impregnado de un tenue aroma a jazmines procedente del jardín interior, cuya fragancia entraba por la ventana ligeramente entreabierta.Berlyn fue la primera en despertarse. Abrió los párpados lentamente, acostumbrándose al resplandor que iluminaba la habitación. Lo primero que sintió fue el calor que rodeaba su cintura. El robusto brazo de Dave seguía firmemente ceñido alrededor de ella, abrazándola por detrás con una mezcla de posesividad y ternura. La respiración regular de su esposo, cuyo cálido aliento acariciaba su nuca, constituía la melodía más reconfortante para dar la bienvenida a su mañana.Berlyn giró lentamente el cue
Las frías y tenebrosas paredes de hormigón del antiguo almacén fueron desapareciendo lentamente de la vista mientras Dave avanzaba a grandes zancadas, llevando a Berlyn en brazos hacia el aire libre. La suave brisa nocturna acarició el rostro de Berlyn, aportándole una frescura que disipó de inmediato los últimos restos del intenso olor a anestésico y la humedad asfixiante del lugar donde la habían mantenido secuestrada.Dave no aflojó su abrazo ni un solo instante. Las fuertes manos del director ejecutivo sujetaban firmemente la espalda y el pliegue de las rodillas de su esposa, como si temiera que, de relajar la presión siquiera durante un minuto, la mujer entre sus brazos desapareciera y volviera a ser arrebatada por las sombras de la noche.—Señor, el vehículo principal está listo. El equipo también ha despejado por completo el perímetro exterior —informó Yuda, que permanecía erguido junto a la puerta abierta de la berlina negra. La voz de su asistente sonaba grave, cargada de un
El aroma de aire húmedo mezclado con polvo y olor a óxido penetró en los sentidos de Berlyn a medida que recuperaba lentamente la conciencia. Sentía la cabeza extremadamene pesada, con un mareo insoportable a causa de los residuos del anestésico que envenenaba su cuerpo.Al intentar mover las manos, el roce áspero de la cuerda de esparto que ataba sus muñecas por detrás del respaldo de la silla de madera le provocó un ardor punzante en la piel. Berlyn abrió los ojos con mucho esfuerzo. A su alrededor solo había un viejo almacén en penumbras, iluminado apenas por una bombilla amarilla que colgaba desamparada del techo cubierto de polvo.—¿Ya despertó, Sra. Moreno? —dijo una voz extremadamente familiar desde las sombras, en un rincón de la estancia.Unos pasos constantes se aproximaron. Julian Vance emergió de la oscuridad, vistiendo una camisa blanca con las mangas remangadas hasta los codos. Ya no quedaba rastro de la sonrisa educada ni del encanto ejecutivo que solía proyectar. El ro







