LOGIN—Claro que es verdad —murmuró Elyn con amargura, intentando liberar su mano del agarre de Dave. Sin embargo, los dedos firmes del multimillonario apretaron aún más su muñeca carnosa.
Dave clavó la mirada en los ojos vidriosos de Elyn antes de soltar un bufido despectivo. La comisura de sus labios se elevó, dibujando una sonrisa cínica que atravesó el pecho de la muchacha como una cuchilla. —Tu exnovio tenía razón, Elyn. No eres atractiva en absoluto. Las palabras salieron de su boca frías y ligeras, como si no tuvieran peso alguno. Dave soltó su muñeca con un pequeño tirón y se recostó contra la pared de la bañera. —Que te haya convertido en mi amante no significa que me gustes. No te ilusiones demasiado. Solo estaba demasiado solo después de pasar un año entero actuando como un muerto viviente. Tu cuerpo no es más que una distracción para matar el aburrimiento. ¡Plaf! Elyn no abofeteó a Dave; en cambio, arrojó con fuerza la toalla mojada dentro de la tina de agua caliente, provocando un fuerte chapoteo. Su pecho subía y bajaba mientras intentaba contener la furia que hervía de pronto en su cabeza. El dolor que Michael le había dejado aún no desaparecía por completo, y ahora ese hombre extraño, que además era su jefe, pisoteaba su dignidad exactamente en la misma herida. Sin responderle, Elyn tomó nuevamente la toalla. Con toda la rabia acumulada, comenzó a frotar la amplia espalda de Dave con brusquedad. Tan fuerte era la presión que la piel pálida del multimillonario se enrojeció de inmediato. —¡Oye, chica gordita! ¡Más despacio! —maldijo Dave, apretando la mandíbula al sentir el ardor provocado a propósito por su cuidadora—. ¡¿Quieres lastimarme?! —No lo estoy lastimando, señor. Solo estoy haciendo mi trabajo de manera profesional, señor Moreno —replicó Elyn con aspereza, presionando aún más la toalla sobre el hombro de Dave. Al diablo con el hecho de que ese hombre fuera un monstruo peligroso. En ese momento, la dignidad de Elyn gritaba mucho más fuerte. —¿Elyn? ¿Con quién estás hablando ahí dentro? ¡Deg! La voz aguda y autoritaria proveniente de la puerta del baño rompió de golpe la tensión entre ambos. Era Victoria. El corazón de Elyn pareció saltar fuera de su pecho. La sangre se le congeló de inmediato. Miró hacia la puerta cerrada y luego volvió la vista hacia Dave con los ojos abiertos por el pánico. Dave reaccionó mucho más rápido. El brillo de sus ojos se oscureció al instante mientras su aura amenazante volvía a envolverlo. Sin emitir sonido alguno, avanzó de inmediato, acorraló a Elyn contra la pared de mármol y le sujetó el cuello con una mano. —Interpreta bien tu papel, niña estúpida —susurró Dave con una voz semejante al siseo de un demonio junto al oído de Elyn. Su agarre se tensó, dándole una advertencia absoluta—. No permitas que esa mujerzuela sospeche ni lo más mínimo, o ambos estaremos acabados antes de que este juego termine. Elyn solo pudo asentir rápidamente, con el rostro completamente pálido. Apenas Dave aflojó la presión sobre su cuello, el multimillonario se movió con una rapidez silenciosa y extraordinaria, sentándose en la silla de ruedas para baño que estaba en un rincón de la tina. En cuestión de segundos, Dave volvió a transformarse. Su cabeza quedó ligeramente inclinada hacia un lado, sus ojos miraban fijamente hacia la pared y todo su cuerpo musculoso se volvió rígido, sin el menor rastro de vida. Había regresado a ser un muerto viviente. Antes de que Elyn pudiera recuperar el aliento, la puerta del baño fue abierta desde afuera. —Eh... ¿señora Victoria? —Elyn se giró, esforzándose al máximo por aparentar una sorpresa natural. Victoria entró al baño. La razón de irrumpir así en un lugar privado era más que evidente: estaba consumida por la sospecha. Desde el principio, Victoria jamás había confiado en nadie dentro de la mansión, incluida la nueva cuidadora que había contratado. Victoria no respondió de inmediato. Sus pasos la llevaron directamente hasta la silla de ruedas de Dave. Se inclinó y observó el rostro de su esposo desde muy cerca. Luego agitó la mano frente a los ojos abiertos de Dave. Los ojos de Dave permanecieron inmóviles. No parpadearon ni se desviaron. Seguían vacíos, como dos agujeros negros. Pero Victoria no quedó satisfecha. Extendió su mano adornada con largas uñas color rojo sangre y pellizcó con fuerza el brazo desnudo de Dave, retorciéndole la piel hasta dejarla roja. Elyn, al verlo, contuvo la respiración detrás de la espalda de Victoria. Sin embargo, Dave era un verdadero monstruo cuando se trataba de fingir. No cerró el puño, no cambió el ritmo de su respiración y ni siquiera un músculo de su rostro se contrajo. Soportó el dolor con una tensión perfectamente encerrada dentro de su propia carne. —Señora... ¿ocurre algo? ¿Por qué vino hasta aquí? —preguntó Elyn, obligándose a que su voz sonara temblorosa y asustada, como si estuviera confundida por la brusca actitud de la dueña de la casa. Victoria retiró la mano y se volvió hacia Elyn, mirándola con una expresión aguda y desconfiada. —Escuché una voz aquí dentro hace un momento. Parecía la voz de un hombre. ¿Con quién estabas hablando, Elyn? Victoria avanzó un paso, reduciendo la distancia entre ambas. Entonces, movió la mano con rapidez y sujetó la mandíbula de Elyn con las puntas de sus uñas. —Recuerda cuál es tu lugar en esta casa, Elyn. ¡Tú eres una persona que me pertenece! No intentes ocultarme nada jamás, o puedo hacer que tu vida sea mucho más miserable que simplemente huir de las deudas. Elyn sintió el ardor en la mandíbula, pero su mente trabajaba rápidamente en busca de la excusa más lógica que pudiera convencer a una mujer tan desconfiada como Victoria. —L-lo siento, señora —balbuceó Elyn, dejando escapar lágrimas a propósito para alimentar el ego de Victoria—. No estaba hablando con nadie. Estaba escuchando un podcast motivacional sobre dietas en mi teléfono. Me sentía muy mal porque el uniforme que usted me dio me queda demasiado ajustado. Yo... yo me siento como un cerdo, señora. Por eso estaba frotando el cuerpo del señor Dave con tanta fuerza para desahogar mi frustración, y sin darme cuenta terminé regañándome a mí misma en voz alta. Al escuchar una explicación tan ridícula y lamentable relacionada con el peso de Elyn, la presión de Victoria sobre su mandíbula comenzó a aflojarse. La expresión de desprecio y superioridad volvió a dominar el hermoso rostro de la socialité. Soltó una risita burlona, convencida de que no se había equivocado al apostar por esa chica gorda; Elyn era demasiado tonta como para engañarla. —Qué patética. Por eso deberías ser consciente del tamaño de tu cuerpo —se burló Victoria mientras sacaba un pañuelo de su bolsillo para limpiarse la mano, como si acabara de tocar algo sucio. Luego lanzó otra mirada hacia Dave antes de volver a fijarse en Elyn. —Ya basta. Termina de limpiar a este muerto viviente y vístelo. Mi suegra, la madre de Dave, acaba de llegar a la mansión. Esa vieja quiere visitar a su querido e inútil hijo. Elyn se sobresaltó ligeramente. ¿La madre de Dave había llegado? —Escúchame bien, Elyn —advirtió Victoria, apuntándole al rostro con su dedo estilizado—. Si esa anciana pregunta cualquier cosa sobre lo que haces aquí, debes decir que tu única tarea es darle sus medicamentos y alimentarlo. Tienes que decirle a mi suegra que soy yo quien se encarga completamente de cuidar, bañar y atender a Dave. ¿Entendido? Victoria deseaba mantener intacta su imagen de esposa fiel y sacrificada frente a su suegra millonaria para facilitar sus planes. —Sí, señora. Entiendo. Diré exactamente lo que usted me ordene —respondió Elyn, inclinando obedientemente la cabeza. —Bien. Termina rápido. Te espero en la sala principal —dijo Victoria con frialdad antes de darse la vuelta y salir del baño, cerrando la puerta con un fuerte golpe. En cuanto los pasos de Victoria desaparecieron por completo en el pasillo, Dave enderezó el cuerpo de inmediato. Su respiración era pesada y brusca, cargada de la ira que había reprimido con todas sus fuerzas durante aquella actuación. —Fue una excusa inteligente, chica gordita —susurró Dave con una voz ronca y peligrosa mientras se levantaba de la silla de ruedas. Caminó hacia Elyn, arrinconándola hasta que la espalda de la muchacha chocó contra el frío lavabo de mármol—. Estuviste a punto de hacerme perder el control y romperle el cuello a esa maldita mujer. Elyn no retrocedió. Las lágrimas que había contenido todo ese tiempo finalmente se deslizaron por sus mejillas redondeadas. Su cuerpo temblaba, no por miedo a Dave, sino por el cansancio y la opresión que habían llegado a su límite. —¿Usted cree que esto es divertido, señor? —La voz de Elyn tembló violentamente mientras reprimía el llanto. Empujó el pecho firme de Dave con las pocas fuerzas que le quedaban, aunque el hombre ni siquiera se movió—. ¡Me arrepiento! ¡De verdad me arrepiento de haber aceptado este trabajo de locos! Dave entrecerró los ojos y la observó con una mirada afilada. —¿Te arrepientes? ¿Después de todo el dinero que necesitabas? —¡Al diablo con ese dinero! —gritó Elyn en voz baja, temiendo que alguien pudiera escucharla desde fuera de la habitación. Se aferró a su uniforme de sirvienta, que sentía como una soga apretándole el cuello—. ¡Vine aquí solo para cuidar a un enfermo y pagar las deudas de mi padre! Pero ¿qué obtuve? Afuera tengo que ser la sirvienta y la espía de su esposa, y dentro de esta habitación... ¡debo entregarle mi cuerpo a un demonio manipulador como usted, que además me llama poco atractiva! Elyn se secó las lágrimas con brusquedad y miró a Dave con un dolor tan profundo que parecía atravesarla por completo. —Esta relación... este contrato prohibido... todo esto me da asco. No solo estamos jugando con el deseo sobre una cama, señor Moreno. Estamos jugando con la muerte y con mentiras repugnantes frente a sus enemigos. Estoy cansada... Dave guardó silencio durante un instante. Su mirada se suavizó apenas un segundo al contemplar la fragilidad de Elyn, pero su ego y los traumas que cargaba volvieron a sellar sus emociones rápidamente. Avanzó un paso más y sujetó con fuerza ambos hombros de Elyn, obligándola a mirarlo directamente. —Ya has entrado demasiado profundo en mi historia, Elyn. No hay vuelta atrás —susurró Dave muy cerca de su rostro, con una voz fría pero posesiva—. Ahora seca tus lágrimas, vísteme, ponte tu máscara... y ayúdame a recibir a mi madre. La verdadera función de nuestro teatro acaba de comenzar.El crepúsculo comenzaba a teñir el cielo del distrito residencial de la familia Moreno con tonos rojizos y dorados. El ambiente dentro de la majestuosa mansión se sentía mucho más tranquilo que durante el caos emocional que había reinado desde primera hora de la mañana. En la sala de estar de la segunda planta, cubierta por una gruesa alfombra de lana, el aire acondicionado estaba ajustado a una temperatura agradable para garantizar la comodidad de la señora de la casa.Berlyn estaba sentada, recostada contra un largo sofá color crema, con las piernas estiradas y cubiertas por unos finos calcetines de punto. Sobre su regazo descansaba abierto un ejemplar de la última edición de una guía sobre el embarazo, pero su mirada ya no estaba puesta en las palabras impresas en sus páginas. Sus ojos se habían desviado hacia su hijo mayor, Arvin, que estaba ocupado construyendo torres con bloques de madera sobre la alfombra junto a Dave.Al ver al hombre de complexión imponente, vestido con una c
La noticia del embarazo de Berlyn se extendió como una cálida brisa que envolvía cada rincón de la mansión Moreno. Para Dave, la llegada de otro hijo era un regalo de valor incalculable. Sin embargo, no tardó en darse cuenta de que este segundo embarazo traía consigo una dinámica muy diferente a la de la primera vez que Berlyn había estado embarazada.Si durante su primer embarazo Berlyn había sido relativamente tranquila e independiente, esta vez los cambios hormonales la volvían mucho más sensible, propensa a los caprichos y presa de cambios de humor completamente impredecibles. Aquella situación consiguió que Dave Moreno, un director ejecutivo de sangre fría acostumbrado a controlar transacciones empresariales por valor de billones, experimentara un nivel de estrés que jamás habría imaginado.Aquella mañana, el dormitorio principal ya estaba envuelto en una pequeña tensión desde las siete.Dave se encontraba frente al gran espejo, ajustándose la corbata de lujo. Había cancelado del
La cálida luz del sol de la tarde comenzó a teñir de naranja el largo pasillo de cristal que conectaba el invernadero con el edificio principal de la mansión. Berlyn seguía sentada en una cómoda tumbona, con la hoja de papel que acababa de terminar de dibujar sobre el regazo. A su lado, Dave permanecía fielmente acompañándola, bebiendo de vez en cuando un sorbo de té de crisantemo que ya comenzaba a enfriarse mientras observaba los ágiles dedos de su esposa deslizarse sobre el papel.Sin embargo, cuando Berlyn extendió la mano para tomar un lápiz de colores de la mesita de madera que tenía al lado, su movimiento se detuvo de repente.Su visión comenzó a nublarse. Una intensa sensación de vértigo la golpeó inesperadamente, sin previo aviso. El invernadero, que hasta entonces había permanecido tranquilo, pareció inclinarse y girar a su alrededor, haciendo que perdiera el equilibrio de inmediato. El lápiz se le escapó de los dedos y cayó al suelo de baldosas cerámicas con un tintineo.—¿
LLos cálidos rayos del sol matutino se deslizaron lentamente a través de las rendijas de las cortinas de seda del dormitorio principal de la mansión Moreno. La luz dorada se extendió sobre las gruesas sábanas blancas, creando una atmósfera de tranquilidad que hacía mucho tiempo no se respiraba en aquella habitación. El aire de la mañana era fresco y limpio, impregnado de un tenue aroma a jazmines procedente del jardín interior, cuya fragancia entraba por la ventana ligeramente entreabierta.Berlyn fue la primera en despertarse. Abrió los párpados lentamente, acostumbrándose al resplandor que iluminaba la habitación. Lo primero que sintió fue el calor que rodeaba su cintura. El robusto brazo de Dave seguía firmemente ceñido alrededor de ella, abrazándola por detrás con una mezcla de posesividad y ternura. La respiración regular de su esposo, cuyo cálido aliento acariciaba su nuca, constituía la melodía más reconfortante para dar la bienvenida a su mañana.Berlyn giró lentamente el cue
Las frías y tenebrosas paredes de hormigón del antiguo almacén fueron desapareciendo lentamente de la vista mientras Dave avanzaba a grandes zancadas, llevando a Berlyn en brazos hacia el aire libre. La suave brisa nocturna acarició el rostro de Berlyn, aportándole una frescura que disipó de inmediato los últimos restos del intenso olor a anestésico y la humedad asfixiante del lugar donde la habían mantenido secuestrada.Dave no aflojó su abrazo ni un solo instante. Las fuertes manos del director ejecutivo sujetaban firmemente la espalda y el pliegue de las rodillas de su esposa, como si temiera que, de relajar la presión siquiera durante un minuto, la mujer entre sus brazos desapareciera y volviera a ser arrebatada por las sombras de la noche.—Señor, el vehículo principal está listo. El equipo también ha despejado por completo el perímetro exterior —informó Yuda, que permanecía erguido junto a la puerta abierta de la berlina negra. La voz de su asistente sonaba grave, cargada de un
El aroma de aire húmedo mezclado con polvo y olor a óxido penetró en los sentidos de Berlyn a medida que recuperaba lentamente la conciencia. Sentía la cabeza extremadamene pesada, con un mareo insoportable a causa de los residuos del anestésico que envenenaba su cuerpo.Al intentar mover las manos, el roce áspero de la cuerda de esparto que ataba sus muñecas por detrás del respaldo de la silla de madera le provocó un ardor punzante en la piel. Berlyn abrió los ojos con mucho esfuerzo. A su alrededor solo había un viejo almacén en penumbras, iluminado apenas por una bombilla amarilla que colgaba desamparada del techo cubierto de polvo.—¿Ya despertó, Sra. Moreno? —dijo una voz extremadamente familiar desde las sombras, en un rincón de la estancia.Unos pasos constantes se aproximaron. Julian Vance emergió de la oscuridad, vistiendo una camisa blanca con las mangas remangadas hasta los codos. Ya no quedaba rastro de la sonrisa educada ni del encanto ejecutivo que solía proyectar. El ro







