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ENCUENTROS CALCULADOS

Author: Milenils
last update publish date: 2026-02-27 02:39:55

A las siete y media de la mañana siguiente, la luz del amanecer milanés entraba por las ventanas de su apartamento, tiñendo las paredes de un suave tono dorado. El invierno casi terminaba, y la primavera prometía nuevos proyectos en el atelier Moretti. Ilein se despertó con una mezcla de emoción y nerviosismo, sintiendo el peso de las expectativas que la rodeaban. Sabía que cada día era una oportunidad para demostrar su valía en un mundo que parecía, a veces, estar en su contra.

Se levantó y se puso un vestido de seda negra de su propio diseño, ceñido al cuerpo con corte sirena y escote en pico. La tela resbalaba suavemente sobre su piel, haciéndola sentir poderosa y elegante. Unos pendientes de perlas blancas se movían con cada paso, y una franja de encaje bordado marcaba su talle. Los tacones altos de charol negro le daban un porte imponente y sensual, elevando su confianza. Su cabello estaba recogido en un moño bajo, con algunos mechones sueltos en la nuca, mientras que el maquillaje, sobrio pero efectivo, resaltaba sus labios borgoña y sus ojos delineados con precisión.

Al entrar al taller, dejó su abrigo de lana gris en el perchero, junto a los bocetos que se movían con la brisa de los ventanales. El lugar despertaba despacio: máquinas de coser en standby, el murmullo de costureras que llegaban y el olor a algodón fresco llenaban el aire. Recordó cómo Camila le había presentado al equipo y hablado de la próxima colección de otoño-invierno, un proyecto que ahora empezaba a tomar forma. Con cada paso, Ilein sentía que su sueño de triunfar en Milán se acercaba un poco más, aunque la sombra de Maximiliano Moretti Fendi siempre parecía acecharla.

Una hora después, mientras iba al almacén de telas a buscar un listón de encaje para sus bocetos, chocó suavemente contra alguien que bajaba las escaleras. Era Maximiliano Moretti; sus movimientos eran tan elegantes como la primera vez que se vieron frente a la escultura de bronce. Ilein se detuvo y sintió cómo su mirada la recorría con intensidad, como si examinara cada detalle de su ser. Sus manos temblaron al apretar el vestido, y su voz salió como un susurro:

—Disculpe, señor Moretti, no lo vi venir.

Máximo la observó con una intensidad que la hizo sentir vulnerable. Sus ojos se detuvieron brevemente en el vestido y en sus manos temblorosas. Mostró una sonrisa sutil, pero su tono era grave y autoritario:

—No hay problema, señorita Valentino. A propósito, he visto sus bocetos —tienen potencial, pero aquí se requiere más perfección.

La frase la impactó. Se le secó la boca y la respiración se hizo entrecortada, pero se enderezó con firmeza:

—Entiendo sus expectativas. Mi trabajo no solo es elegante, sino que tiene alma.

Máximo frunció el ceño ligeramente, como si cada palabra que ella pronunciara fuera una prueba que debía superar:

—El talento no basta —se necesita disciplina y pertenencia. Usted viene de un lugar muy diferente al nuestro.

Sin esperar respuesta, se dio media vuelta y se alejó. Ilein sintió tensión en el pecho, pero también un fuego de determinación: no se dejaría vencer por prejuicios. Sabía que tenía que demostrar que su origen no definía su capacidad. 

A medida que avanzó la semana, esos encuentros se repitieron. Cuando iba a tomar café en la cocina del taller, él ya estaba allí, «esperando la cafetera». Al pasar por el despacho para entregar bocetos, él salía justo en ese momento, «para revisar prototipos». Incluso cuando se retiraba al patio interior a respirar aire fresco, él aparecía con una libreta, «tomando notas sobre la luz natural». En cada ocasión, su actitud era cortés pero fría, con comentarios sobre su trabajo o preguntas sobre sus ideas —siempre aludiendo a sus raíces. La precisión de esos encuentros la hacía sentir incómoda: parecía ser observada y seguida, aunque no pudiera probarlo.

Máximo parecía convertir su paciencia en un juego. No eran casualidades; eran encuentros calculados. Parecía disfrutar de su incomodidad, como un depredador que juega con su presa. Las interacciones eran breves pero intensas, y siempre la dejaban con ira y determinación: demostraría que valía más que cualquier prejuicio. Cada palabra suya era un recordatorio de que debía luchar por su lugar en ese mundo que a menudo parecía cerrado para ella.

Una mañana, Ilein esperaba el ascensor en el vestíbulo principal. El espacio estaba tranquilo, con murmullos de conversaciones y pasos sobre el mármol pulido. La luz dorada realzaba la escultura de bronce en el centro del vestíbulo, que parecía ocultar figuras atrapadas —tal como ella intuía de la familia Moretti. Las puertas del ascensor se abrieron y Ilein contuvo el aliento al ver a Máximo dentro. La tensión en el espacio era palpable. Él la miró a los ojos:

—Buenos días, señorita Valentino.

Ilein respondió con compostura, aunque sus manos temblaban un poco:

—Buenos días, señor Moretti.

El ascensor empezó a descender. El silencio era denso, como si el aire mismo estuviera cargado de expectativas. Máximo la observó antes de hablar, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos:

—Su trabajo ha mejorado desde la semana pasada —eso es bueno.

Ilein sintió un destello de esperanza, pero la siguiente frase la recordó que nada era simple:

—Pero aún falta mucho para alcanzar nuestros estándares. No olvide que representa a nuestra marca.

Las puertas se abrieron en el vestíbulo y Máximo se adelantó sin esperar respuesta. Ilein salió despacio, con la determinación más fuerte que nunca: haría que todos vieran que su valor no depende del origen ni de los prejuicios de los demás. 

Un fin de semana, Ilein visitó una galería de arte cerca del edificio Moretti —un lugar que Joana le había recomendado, donde exponían obras inspiradas en la moda italiana. El espacio era amplio y luminoso, con paredes blancas que resaltaban las piezas de moda y accesorios de diferentes épocas. Ilein se sintió atraída por una pieza de textil y joyería que parecía reflejar la tensión entre dos mundos diferentes. Estaba absorta en ella cuando una voz a su espalda la hizo girar:

—Interesante, ¿verdad?

Era Máximo. Ilein sintió cómo se le quedaba el aire, pero esta vez no retrocedió. Respondió con firmeza:

—Sí. Parece hablar de la lucha entre lo que somos y lo que se espera de nosotros.

Máximo la miró con una expresión que parecía mostrar un destello de entendimiento, aunque su voz seguía siendo fría:

—Todos luchamos con eso. La diferencia está en cómo enfrentamos esas expectativas.

Sin añadir más palabras, se giró y se alejó. Ilein se quedó frente a la obra, sintiendo que esta vez algo había cambiado entre ellos —un destello de conexión en medio de la tensión. Su corazón latía con fuerza; estaba lista para enfrentar cualquier desafío que se presentara en su camino.

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