FAZER LOGINAlgunos deseos son demasiado tentadores como para resistirse a ellos. Algunos secretos son demasiado peligrosos para revelarlos. Y algunos pecados son, sencillamente, tan irresistibles que resulta imposible arrepentirse de ellos. Te damos la bienvenida a *Irresistible Sins* («Pecados irresistibles»), una cautivadora colección de relatos que explora deseos prohibidos, atracciones inesperadas, relaciones complejas y las apasionantes consecuencias de seguir al propio corazón. A puerta cerrada, bajo secretos cuidadosamente guardados y más allá de los límites de la tentación, vidas corrientes chocan con deseos extraordinarios. Hombres poderosos, desconocidos irresistibles, vínculos prohibidos y amantes inesperados se ven atrapados entre lo que desean y lo que el mundo espera de ellos. En estas historias, la atracción puede florecer en los lugares más insospechados, la pasión puede desafiar las convicciones más firmes y una sola decisión puede cambiarlo todo. Algunos personajes lo arriesgarán todo por un amor que no pueden explicar. Otros tendrán que lidiar con las consecuencias de secretos que jamás deberían haber guardado. Y algunos descubrirán que la tentación más peligrosa no es enamorarse de la persona «equivocada», sino admitir aquello que su corazón ha deseado desde el principio. Cada relato ofrece un viaje único, repleto de tensión emocional, giros inesperados, decisiones complejas y vínculos inolvidables. Porque el deseo no siempre sigue las reglas. El amor no siempre llega en el momento adecuado. Y, a veces, aquello a lo que nos dicen que debemos resistir es, precisamente, lo que nos resulta imposible de olvidar. Todo deseo tiene un precio. Todo secreto conlleva una consecuencia. Y cada pecado encierra una historia que merece ser contada. Adéntrate en *Irresistible Sins*, donde la tentación no conoce límites, los corazones se niegan a seguir las normas y algunas historias son, sencillamente, demasiado cautivadoras como para resistirse a ellas.
Ver maisNo podía dormir otra vez. Las paredes de este nuevo edificio eran finísimas, y al vecino de al lado —Jake, creo que se llamaba— parecía no importarle quién lo oyera.
Era pasada la medianoche. Estaba acurrucada en la cama con mi Kindle, intentando leer alguna novela romántica aburrida, pero mi mente no dejaba de divagar. Entonces lo oí. Gemidos bajos. Un jadeo de mujer. El cabecero golpeando contra la pared que compartíamos.
Se me aceleró el corazón. Me quedé paralizada, aguzando el oído.
«Joder, sí… más profundo», retumbó su voz, áspera y grave. El tipo de voz que me revolvía el estómago aunque solo lo había visto dos veces en el pasillo: alto, hombros anchos, pelo oscuro y despeinado, brazos cubiertos de tatuajes, siempre con una camiseta ajustada que dejaba ver todos sus músculos.
La mujer gimió más fuerte. Piel contra piel. Sonidos húmedos. Apreté los muslos instintivamente. Un calor intenso me recorría el vientre.
Me dije a mí misma que me pusiera los auriculares. Que lo ignorara. Pero en vez de eso, dejé el Kindle y me acerqué sigilosamente a la ventana.
Nuestros apartamentos daban al mismo pequeño patio. Sus persianas estaban entreabiertas, como siempre. Las mías, lo justo. La luz de la luna se filtraba y allí estaba él.
Jake la tenía inclinada sobre el brazo del sofá. Estaba desnuda, con el trasero en alto y la cara hundida en un cojín. Él estaba detrás de ella, con los vaqueros bajados hasta los muslos, su grueso pene entrando y saliendo lenta y fuertemente. Cada embestida la hacía gritar. Su gran mano le agarró el pelo, tirando de su cabeza hacia atrás para que arqueara más la espalda.
Debería haber apartado la mirada. No lo hice.
Mi mano se deslizó bajo mis pantalones cortos de pijama antes de darme cuenta. Ya estaba mojada. Resbaladiza. Mis dedos encontraron mi clítoris y lo acariciaron lentamente, al ritmo de sus caderas.
«Más fuerte», suplicó. «Fóllame más fuerte».
Gruñó algo obsceno que no alcancé a oír, y luego la penetró profundamente. Todo su cuerpo se estremeció. Le dio una palmada en el trasero, fuerte y seca. Ella gimió como si le encantara.
Contuve la respiración. Me froté más rápido. Con la otra mano me apreté el pecho a través de mi fina camiseta, pellizcando el pezón hasta que dolió placenteramente.
Jake giró ligeramente la cabeza. Como si sintiera que lo observaban.
Me quedé paralizada, con los dedos aún presionados contra mi clítoris.
¿Me vio?
Sus ojos recorrieron el patio, se posaron en mi ventana. En la estrecha rendija de mis persianas.
Por un segundo nuestras miradas se cruzaron.
No dejó de follarla. Ni siquiera disminuyó la velocidad. Pero esa sonrisa oscura se extendió por su rostro: lenta, cómplice, peligrosa.
Sabía que lo estaba mirando.
Sentí que me ardía la cara. La vergüenza y el calor me invadieron al mismo tiempo. Debería haberme agachado. Haber cerrado las persianas. En cambio, mis dedos seguían moviéndose, ahora más despacio, provocándome mientras él me miraba fijamente.
Murmuró algo. No lo oí, pero juraría que parecía: «Buena chica».
Luego agarró las caderas de la mujer con más fuerza y la embistió más rápido. Sus gritos se volvieron agudos, desesperados. Ella llegó al orgasmo ruidosamente, temblando, y él la siguió inmediatamente, enterrándose profundamente con un gemido bajo, con las caderas sacudiéndose mientras la llenaba.
Me mordí el labio con tanta fuerza que sentí el sabor de la sangre. Mi propio orgasmo llegó de repente y en silencio: oleadas recorriendo mi cuerpo, muslos temblando, dedos empapados. Tuve que apoyar la frente en el cristal frío para no caerme.
Cuando volví a abrir los ojos, él se retiraba lentamente. El semen goteaba por su muslo. Le dio una palmada suave en el trasero, casi juguetona, y luego volvió a mirar mi ventana.
Esa sonrisa burlona otra vez. Extendió la mano y abrió las persianas del todo. Sin vergüenza alguna. Me dejó verlo todo: su grueso y aún duro pene brillante, sus abdominales tensos, la forma en que se acarició una vez como si estuviera presumiendo para mí.
Mi coño se contrajo vacío. Quería morirme de vergüenza. También quería que él me hiciera eso.
Se dio la vuelta, ayudó a la mujer a levantarse, la besó rápidamente como si nada. Ella se fue poco después, sus tacones resonando por el pasillo.
Jake se quedó desnudo. Caminó hasta su nevera, cogió una cerveza y la abrió. Luego se sentó en el sofá frente a mi ventana, con las piernas abiertas, el pene medio erecto contra su muslo.
Levantó la botella en un pequeño brindis.
Directamente hacia mí.
Me tambaleé hacia atrás, alejándome de la ventana, con el corazón latiendo tan fuerte que pensé que despertaría a todo el edificio. Cerré las persianas de golpe, me metí en la cama y me tapé con las sábanas.
Pero aún podía ver su sonrisa burlona en mi mente. La forma en que me miraba como si me atravesara.
No pude dormir fácilmente esa noche.
La noche siguiente estaba en la cocina preparando té cuando alguien llamó a la puerta.
Abrí y allí estaba.
Jake. Con una camiseta negra ajustada al pecho, vaqueros bajos hasta las caderas y una caja de herramientas en una mano.
“Hola, vecina”, dijo con voz baja y tranquila. “Me enteré de que tienes un grifo que gotea. El administrador del edificio me pidió que lo revisara”.
Parpadeé. Se me secó la boca.
“Yo… no llamé a nadie”.
Se encogió de hombros, con esa misma sonrisa burlona en los labios. “Supongo que los rumores corren”.
Entró sin esperar a que lo invitara. Cerró la puerta tras de sí. El cerrojo hizo clic.
Retrocedí hasta que mi trasero chocó contra la encimera.
Dejó la caja de herramientas. Miró mi pequeña cocina como si fuera suya. Entonces sus ojos se posaron en mí: chándal y sudadera con capucha extragrande, el pelo recogido en un moño desordenado, sin sujetador. De todas formas, me sentía desnuda.
“¿El grifo de la cocina, verdad?” —preguntó, pero no miraba el fregadero.
Tragué saliva. —Sí.
Se acercó. Lentamente. Me acorraló contra la encimera hasta que no tuve adónde ir.
Su voz bajó de tono. —¿Te gusta mirar, Emma?
Contuve la respiración. Sabía mi nombre.
—Yo… no quise decir…
—Mentira. —Se inclinó, apoyando una mano en la encimera junto a mi cadera—. Me viste follarla anoche. Le frotaste ese lindo coñito mientras lo hacías. Te corriste mirando mi polla.
El calor me inundó la cara. Entre las piernas. Apreté los muslos.
—Dejaste las persianas entreabiertas —susurré, una excusa tonta.
Soltó una risita oscura—. Y tú no cerraste las tuyas.
Levantó la mano libre. Dos dedos me sujetaron la barbilla, inclinando mi cara hacia arriba para que tuviera que mirarlo.
—Dime —dijo. “¿Te tocaste pensando en que te doble así? ¿En que te estire ese coño apretado hasta que grites?”
Mis rodillas casi cedieron.
“Sí”, susurré.
Su pulgar rozó mi labio inferior. “Buena chica”.
Entonces su mano se deslizó hacia abajo. Sobre mi sudadera. Más abajo. Me acarició a través de mi pantalón de chándal.
Jadeé.
“Ya estás mojada otra vez”, murmuró. “Pequeña voyeur sucia”.
Presionó la palma de su mano contra mi clítoris. Gemí, moviendo las caderas hacia adelante sin control.
“Voy a arreglar tu grifo”, dijo, frotando círculos lentos que me hicieron parpadear. “Pero primero voy a arreglar este coño necesitado. Te voy a follar con los dedos aquí mismo hasta que me mojes la mano. Entonces me lo agradecerás”.
Asentí rápidamente. No podía hablar.
Me bajó el pantalón de chándal y las bragas de un tirón brusco. El aire fresco golpeó mi piel desnuda. Entonces aparecieron sus gruesos dedos, dos deslizándose entre mis pliegues, cubriéndose con mi lubricación.
"Joder, escucha eso", gruñó mientras los introducía dentro de mí. Profundo. Curvado. Dio en ese punto que hacía estallar las estrellas.
Gemí fuerte. Me agarré a sus hombros.
"Silencio, nena", advirtió. "No quiero que todo el edificio oiga lo mojada que te pones por el vecino".
Pero no disminuyó la velocidad. Bombeó más rápido. Su pulgar frotando mi clítoris. Sonidos húmedos llenaron la cocina.
Ya estaba temblando. Tan cerca.
"Suplica", ordenó.
"Por favor... Jake... hazme correr... por favor..."
Se curvó con más fuerza. "Eso es. Correte en mis dedos como te corriste mirándome anoche".
Me derrumbé. Mi coño se contrajo, chorreando sobre su mano, mis muslos temblaban. Le mordí el hombro para ahogar el grito.
Siguió follándome hasta que gemí, hipersensible.
Entonces se retiró lentamente. Llevó sus dedos empapados a mis labios.
“Límpialos.”
Abrí la boca. Chupé. Me saboreé. Salado. Dulce. Sucio.
Gimió en voz baja. “Buena chica, jodida.”
Se apartó lo suficiente para mirarme: los pantalones bajados hasta los tobillos, la sudadera remangada, la cara enrojecida.
“El grifo es el siguiente”, dijo, sonriendo de nuevo. “¿Pero esta noche? En mi casa. A las nueve. Ponte algo fácil de arrancar.”
Agarró su caja de herramientas como si nada hubiera pasado y se marchó.
Me quedé allí, goteando, con el corazón acelerado, contando ya las horas.
Estaba jodida.
Y no podía esperar.
Jonah se despertó antes de que sonara la alarma que no había programado. Las cinco y cincuenta y tres. La habitación seguía a oscuras; los pinos tras la ventana se recortaban como sombras negras contra un cielo que empezaba a teñirse de gris por los bordes. El brazo de Reed cruzaba su pecho; la respiración de Reed, lenta y acompasada, se oía a su lado. Se quedó inmóvil. Escuchó el silencio: esa clase de silencio que en Chicago le resultaba sofocante, pero que ahora sentía como algo que había anhelado sin saberlo. La casa asentándose. La respiración de Carl en el pasillo. El sonido muy lejano de un pájaro que madrugaba. No buscó el teléfono. Simplemente se quedó allí tumbado. Reed se despertó a las seis y cuarto. Sin alarma, solo un cambio en su respiración y ya estaba despierto, tal como Jonah imaginaba que siempre le ocurría. Tampoco se movió de inmediato. Se quedó tumbado, con el brazo aún sobre el pecho de Jonah, mirando el techo. —Te vas hoy —dijo Reed. No era una pregunta.
El fin de semana se convirtió en una bruma de sexo, sudor y entrega.Para la noche del domingo, había perdido la cuenta de cuántas veces Damien me había poseído. Contra los cristales. Sobre la isla de la cocina. En la lujosa bañera. Inclinada sobre su escritorio mientras me susurraba promesas obscenas al oído.Ahora, con las luces de la ciudad centelleando allá abajo, yacía agotada en la enorme cama; mi cuerpo estaba marcado por mordiscos, huellas de manos y los restos de sus múltiples eyaculaciones que aún se deslizaban por mi interior.Damien estaba tumbado a mi lado, apoyado en un codo, recorriendo lentamente mi vientre con el dedo.—Te quedarás esta noche también, ¿verdad? —dijo. No era una pregunta.Giré la cabeza para mirarlo. —Mañana tengo trabajo.—Di que estás enferma. —Su mano se deslizó entre mis piernas; sus dedos acariciaban suavemente mi sexo hinchado y empapado de semen—. Diles que no te encuentras bien. Porque no podrás caminar bien después de lo que voy a hacerte.Int
Damien me llevó en brazos desde la ventana hasta la enorme cama sin salirse de mí. Me recostó boca arriba y se echó mis piernas a los hombros, doblándome por la mitad mientras volvía a penetrarme con embestidas profundas e intensas. El nuevo ángulo hacía que se sintiera aún más grande. Cada embestida llegaba tan profundo que apenas podía respirar debido al placer. —Mírame —gruñó, con la mirada fija en la mía—. Quiero que recuerdes exactamente quién te está follando ahora mismo. No podía apartar la vista. Su poderoso cuerpo se movía sobre el mío; sus músculos se tensaban con cada embestida y el sudor brillaba en su piel. Me folló con más fuerza; el sonido del choque de nuestros cuerpos llenaba el ático. —Damien... —gemí, clavándole las uñas en los brazos. Se inclinó y me mordió el cuello, succionando con fuerza hasta dejarme otra marca. —Di mi nombre otra vez cuando te corras. Metió la mano entre nuestros cuerpos y me frotó el clítoris con movimientos circulares rápidos y bruscos
La luz de la mañana se filtraba por los ventanales del ático, bañando con un suave resplandor nuestros cuerpos entrelazados. Yo estaba recostada sobre el pecho de Damien, escuchando el ritmo constante de su corazón mientras sus dedos trazaban dibujos perezosos a lo largo de mi espalda.Apenas habíamos dormido. Tras una noche intensa de follar en cada habitación, habíamos dormitado unas horas, solo para despertar y empezar de nuevo; esta vez más despacio, con mayor intimidad, pero con la misma intensidad absorbente. La mano de Damien bajó hasta rodear mi trasero, apretándolo con aire posesivo. —Todavía sueltas mi semen —murmuró con la voz ronca por el sueño—. Me gustas así. Marcada. Mía. Sus palabras me hicieron estremecer. —Eres insaciable. —Solo contigo. —Me levantó la barbilla y me besó profundamente, entrelazando su lengua con la mía. Su verga ya se estaba endureciendo contra mi muslo. Nos giró para que yo quedara de nuevo debajo de él. Esta vez se tomó su tiempo, besando cada












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