LOGINKassian LéonEl día de la boda.Es pequeño. Es íntimo. Somos nosotros.Una treintena de personas. Sus amigos, su madre, su padre que ya llora. Mis hermanos de armas, mi antiguo comandante, y nadie más. Mi familia son ellos. Mi familia es ella.Ella baja el pasillo. Está de blanco, pero no demasiado. Simple, elegante, luminosa. Me mira, y en sus ojos lo veo todo. Nuestra primera noche, nuestra primera mañana, nuestra primera discusión, nuestro primer perdón. Veo Venecia, París, Bretaña. Veo el futuro. Veo hijos quizás, canas seguro, manos arrugadas sostenidas en las mías.— Estás hermoso, murmura ella al llegar.— Tú lo eres todo, respondo.Intercambiamos nuestros votos. Los suyos son largos, escritos, perfectos. Hablan de paciencia, de espera, de confianza. Hablan del hombre que no decía te amo y que ahora lo grita en el viento.Los míos son cortos. Porque no necesito largos discursos.— No sa
La invitaciónELSALa primera vez que vi el sobre, creí que era un error.Era un martes de noviembre, el tipo de día gris en que París parece una postal descolorida. Volvía del trabajo, cansada sin razón, como siempre. Mis pasos resonaban en la escalera de mi edificio del distrito once, esa escalera que subía desde hacía dos años sin mirar realmente las paredes, los escalones, las puertas. Solo un camino mecánico entre la calle y mi apartamento.Estaba ahí, deslizado bajo mi puerta.Papel grueso, color crema, que parecía absorber la luz en lugar de reflejarla. Mi nombre escrito a mano con una letra antigua, casi caligráfica, con trazos gruesos y finos como ya no se hacen. Sin sello, sin dirección del remitente. Solo mi nombre, trazado con una aplicación que hacía cada letra inquietante.Elsa.Me quedé inmóvil en el rellano, con la llave en la mano, mirando ese sobre como si fuera a moverse. Mi corazón
Kassian Léon1 año después.Nunca la he quitado de la mirada.Estamos en nuestro apartamento. El nuestro. No el mío, no el suyo. El nuestro. En Montmartre, con una vista de París que me recuerda a Venecia cada vez que miro por la ventana. Ella eligió los muebles, yo instalé la cocina. Ella trajo sus plantas, yo traje mis libros. Nuestras vidas se fusionaron sin choques, como si siempre hubieran estado destinadas a ser una sola.Esta noche, ella cocina. Lleva una de mis camisetas, demasiado grande para ella, y nada más. Sus pies descalzos sobre el suelo de baldosas, su cabello recogido en un moño aproximado, baila con una música que apenas oigo. Prueba la salsa con la punta de la cuchara, cierra los ojos, sonríe. Está en su casa. Está en nuestra casa.Dejo mi libro. La miro. De verdad.— ¿Qué? dice ella sin darse la vuelta. Siente mi mirada en su nuca.— Nada.— Mientes. Haces ese ruido cuando piensas.
Kassian LéonCuando llega al orgasmo, es violento. Su cuerpo se arquea, sus piernas se aprietan alrededor de mi cabeza, sus gritos son ahogados por la almohada. Tiembla mucho tiempo, sacudida por espasmos, vaciada.Subo sobre ella. La miro. Sus ojos están vidriosos, sus mejillas rojas, sus labios hinchados. Es bella. Más bella que todo.— Te amo, dice ella. Te amo tanto.— Lo sé.— Quiero que lo digas.— Pronto.— ¿Cuándo?— Cuando pueda.Ella me mira, y en sus ojos no hay reproche. Solo amor. Solo paciencia. Solo confianza.La penetro. Lentamente. Profundamente. Ella todavía está sensible del orgasmo anterior, cada movimiento es una sobrecarga de sensaciones. Gime, casi llora.— Demasiado, dice ella. Es demasiado.— ¿Demasiado bien?— Demasiado todo.Bajo el ritmo. Casi hasta detenerme. Apenas me muevo, lo justo para quedarme en ella, lo justo para
Kassian LéonElla mira, maravillada como una niña. Sus ojos brillan más que las luces de la ciudad. Toca el agua con la punta de los dedos, sonríe a los gatos que duermen en los escalones, respira profundamente como para guardar este aire en ella para siempre.— Es la ciudad más bella del mundo, dice ella.— Sí.— ¿Has venido antes?— A menudo. Por negocios.— ¿Y ahora?— Por ti.Ella apoya su cabeza en mi hombro. Su cabello huele a sexo y amor, a viaje y aventura. Acaricio su brazo, del codo a la muñeca, una y otra vez.— Nunca olvidaré esta noche, dice ella.— Yo tampoco.— Ni en cien años.— En cien años, estaré muerto.— Entonces recordaré por los dos.Río suavemente.— Eres romántica.— Tú también, lo sabes.— No. Soy pragmático.— Eres romántico. Lo escondes, pero lo eres.— Quizás.— Segur
Kassian LéonCambio de ritmo. Bajo el ritmo. La miro a los ojos.— Eres mía, digo.— Soy tuya.— Nadie más.— Nadie.— Para siempre.— Para siempre.Me sumerjo en ella. Otra vez. Otra vez. Cada movimiento es una declaración. Cada movimiento es una promesa. Cada movimiento es un te amo que todavía no logro decir.Sus dedos acarician mi rostro. Toca mis labios, mis mejillas, mis ojos. Me mira como si yo fuera la cosa más preciada del mundo. Como si fuera hermoso. Como si fuera bueno.— Te siento, murmura ella. Te siento por todas partes en mí.Gimo. Un sonido que no controlo, que viene de mis entrañas.— Tú también, respondo. Tú también.Sus manos se deslizan entre nosotros. Toca ahí donde estamos unidos. Acaricia el lugar donde la penetro, donde nuestros cuerpos se mezclan. La sensación es tan intensa que tengo que cerrar los ojos un instante.— Mírame, dice ella.Abro los ojos. La miro.— Quiero que me veas llegar al orgasmo, dice ella. Quiero que veas lo que me haces.Me muevo más rá







