Mag-log inADRIEN—Se ha tocado —dice Lena entrando en mi habitación.—Lo sé. La he visto.—La miras siempre.—Sí.—Estás obsesionado.—Quizás.Lena se acerca, se arrodilla delante de mí. Está sin máscara aquí, en mi espacio privado, una pequeña habitación contigua a la rotonda, amueblada simplemente con una cama grande, una mesa, algunas estanterías. Su rostro es bello, marcado por los años —los cuarenta, quizás más—, por las noches blancas, por los rituales, por las marcas que lleva bajo sus ropas, como todos nosotros. Ojos marrones profundos, pómulos altos, una boca generosa.—¿Quieres que me quede, esta noche? —pregunta—. Para ayudarte a prepararte.—No. Mañana es importante. Debo estar listo. Solo.—Ella te gusta de verdad.—Sí. Más que las otras.Lena asiente. Veo en sus ojos una sombra de celos, pronto reprimida, pronto borrada. Está conmigo desde hace diez años, ha vist
ELSAHan curado mi herida.Una mujer enmascarada se ha arrodillado delante de mí, ha limpiado el corte con una solución que picaba, ha aplicado una pomada que olía a hierbas, ha vendado mi muslo con una venda de lino limpio. Sus gestos eran suaves, precisos, casi tiernos.Luego me han dado a beber un líquido amargo en una pequeña copa de madera. Quemaba al bajar, pero casi enseguida, el dolor de mi muslo ha comenzado a apaciguarse, a volverse más lejano, como si me hubieran alejado de él. Un calor agradable se ha extendido por mi cuerpo, relajando mis músculos, calmando mis temblores.—¿Qué es esto? —he preguntado.—Una preparación a base de plantas —ha respondido la mujer—. Para el dolor, para el sueño, para los sueños. Vas a dormir, ahora. Bien. Y mañana, estarás lista.Me han llevado de vuelta a mi celda. La misma, la pequeña pieza de piedra con su cama estrecha. Me han ayudado a tumbarme, han subido la manta sobre m
ELSA Miro el cuchillo. El cuenco. Sus ojos claros. —¿Quieres que yo...? —Que te abras. Que te cortes. Que des un poco de ti, aquí, delante de nosotros. Que llenes este cuenco con tu sangre. —Va a doler. —Sí. —¿Por qué debería aceptar? —Porque quieres saber hasta dónde puedes llegar. Porque quieres sentir lo que es dar de verdad, no solo el cuerpo, sino la sustancia misma. Porque quieres ser de los nuestros, y para eso hay que pagar un precio. La sangre es el precio. Miro el cuchillo. Mi mano tiembla, todo mi cuerpo tiembla. El miedo es tan fuerte que me dan ganas de vomitar, de huir, de gritar. —No puedo. —Puedes. La pregunta es: ¿quieres? La misma pregunta que la víspera. La misma elección. Irme o quedarme. Huir o ir más lejos. La puerta siempre está abierta, lo sé. Nadie me retiene físicamente.
Lena sonríe. Sus labios se estiran lentamente, revelando dientes aún blancos a pesar de los años. —Mañana, la segunda noche. La ofrenda. ¿Crees que aceptará? —Aceptará. Está lista. No lo sabe aún, pero está lista. La vi cuando tomó el cuchillo... no, todavía no, mañana. Pero la vi en sus ojos. Ese brillo. Tiene sed de entregarse. Lanzo una última mirada a la chica dormida. Elsa. Me gusta su nombre. Le va bien. Dulce y duro a la vez. Como ella. —Ve a descansar —le digo a Lena—. Mañana será largo. —Tú también. —Voy a velar un poco más. Ella asiente, posa una mano en mi brazo al pasar, un gesto de afecto antiguo, luego se aleja por el pasillo. Sus pasos disminuyen, se desvanecen. Me quedo ahí, mirando a Elsa dormir. Mañana, ella ofrecerá algo de sí misma. Un sacrificio. Una parte de ella que aún no conoce. Sangre, carne, dolor voluntario. La
Sí. Es eso. Esa sensación que nunca había experimentado, que ni siquiera habría sabido nombrar. Ser tomada, poseída, invadida. No estar nunca más sola, porque incluso en la soledad, llevaré sus marcas, su olor, su recuerdo. No es solo sexual. Es más profundo. Es existir por fin en la mirada de los otros. Existir lo suficiente para que quieran tocarte, tomarte, marcarte, guardarte.—Voy a correrme —murmuro.—Todavía no. No sin permiso.Hace un gesto imperceptible. Enseguida, las manos se detienen. Desaparecen. Me quedo sola sobre el altar, temblorosa, con el aliento corto, al borde del abismo, frustrada y colmada a la vez.—La primera noche ha terminado —dice—. Has sido abierta. Ahora, vas a descansar. Mañana, la segunda noche. La de la ofrenda.Me tiende la mano. La tomo, me ayuda a levantarme. Mis piernas flaquean, me apoyo contra él un segundo, el tiempo de recuperar el equilibrio.Estoy desnuda, marcada de dedos rojos, el
ADRIENSe quitó el abrigo primero.Lentamente —sus dedos temblaban tanto que tardó casi un minuto en desabrochar los tres botones—. El abrigo cayó al suelo, recogido enseguida por una mujer enmascarada que se acercó sin ruido, como una sombra.Luego su jersey. Lo agarró por el cuello y lo pasó por su cabeza. Su cabello se esparció, eléctrico, cayendo en desorden sobre sus hombros. Llevaba un sujetador blanco simple debajo, práctico, sin pretensión.Sus zapatos. Se agachó para deshacer los cordones, lentamente, tomándose su tiempo. Quizás para retrasar lo inevitable, quizás para saborear cada etapa. Cuando se enderezó, sus pies descalzos sobre la piedra fría, se estremeció.Sus vaqueros. Desabrochó el botón, bajó la cremallera, y dejó deslizar la tela por sus piernas. Recogidos de nuevo por una mano anónima. Se quedó un segundo en equilibrio, el tiempo de quitarse completamente los vaqueros, luego se enderezó.Solo quedaban e







