LOGINSí. Es eso. Esa sensación que nunca había experimentado, que ni siquiera habría sabido nombrar. Ser tomada, poseída, invadida. No estar nunca más sola, porque incluso en la soledad, llevaré sus marcas, su olor, su recuerdo. No es solo sexual. Es más profundo. Es existir por fin en la mirada de los otros. Existir lo suficiente para que quieran tocarte, tomarte, marcarte, guardarte.—Voy a correrme —murmuro.—Todavía no. No sin permiso.Hace un gesto imperceptible. Enseguida, las manos se detienen. Desaparecen. Me quedo sola sobre el altar, temblorosa, con el aliento corto, al borde del abismo, frustrada y colmada a la vez.—La primera noche ha terminado —dice—. Has sido abierta. Ahora, vas a descansar. Mañana, la segunda noche. La de la ofrenda.Me tiende la mano. La tomo, me ayuda a levantarme. Mis piernas flaquean, me apoyo contra él un segundo, el tiempo de recuperar el equilibrio.Estoy desnuda, marcada de dedos rojos, el
ADRIENSe quitó el abrigo primero.Lentamente —sus dedos temblaban tanto que tardó casi un minuto en desabrochar los tres botones—. El abrigo cayó al suelo, recogido enseguida por una mujer enmascarada que se acercó sin ruido, como una sombra.Luego su jersey. Lo agarró por el cuello y lo pasó por su cabeza. Su cabello se esparció, eléctrico, cayendo en desorden sobre sus hombros. Llevaba un sujetador blanco simple debajo, práctico, sin pretensión.Sus zapatos. Se agachó para deshacer los cordones, lentamente, tomándose su tiempo. Quizás para retrasar lo inevitable, quizás para saborear cada etapa. Cuando se enderezó, sus pies descalzos sobre la piedra fría, se estremeció.Sus vaqueros. Desabrochó el botón, bajó la cremallera, y dejó deslizar la tela por sus piernas. Recogidos de nuevo por una mano anónima. Se quedó un segundo en equilibrio, el tiempo de quitarse completamente los vaqueros, luego se enderezó.Solo quedaban e
ELSALa rotonda me cortó el aliento.Era una sala circular, inmensa, de techo alto —al menos cinco metros, quizás más—. Las paredes eran de piedra vista, esa misma piedra que en el pasillo, pero aquí estaba esculpida, trabajada, cubierta de frescos y bajorrelieves que no podía descifrar en la penumbra. Decenas de velas ardían por todas partes, posadas sobre soportes de hierro forjado, en nichos cavados en la piedra, en el suelo mismo, creando una atmósfera de catedral pagana.En el centro, estaba el altar.Una losa de piedra negra, maciza, pulida por los años —por los cuerpos, comprendí más tarde—. Brillaba suavemente a la luz de las llamas, como si absorbiera su calor y lo restituyera en un resplandor sordo. Alrededor, dispuestas en círculo, había banquetas de terciopelo rojo, cojines oscuros, tapices espesos que caían del techo hasta el suelo, ahogando los sonidos, creando una intimidad casi opresiva.Y estaban ellos.
Abrí.La puerta giró sobre sus goznes sin ruido —los engraso yo mismo cada semana, cada detalle cuenta—. Ella estaba ahí, frente a mí, sus grandes ojos alzados hacia mi rostro. En la penumbra de la calle, no podía ver gran cosa de mí, solo una silueta oscura en el marco.Pero yo la veía.Lo veía todo. Las finas líneas de tensión alrededor de su boca. La forma en que sus dedos apretaban el teléfono en su bolsillo. El ligero temblor de sus labios. Y sus ojos, sobre todo. Sus ojos que me miraban como si yo fuera a la vez la salvación y la condenación.—Elsa.No era una pregunta. Sabía quién era. Lo sabía todo de ella desde hacía semanas —su dirección, su trabajo, sus hábitos, sus fallas—. No se elige a una recluta al azar.—Sí —respondió, la voz estrangulada.—Entra.Me aparté. Detrás de mí, el pasillo oscuro se abría como una garganta. Las velas parpadeaban, el incienso perfumaba, el silencio era absolut
Kassian LéonEl día de la boda.Es pequeño. Es íntimo. Somos nosotros.Una treintena de personas. Sus amigos, su madre, su padre que ya llora. Mis hermanos de armas, mi antiguo comandante, y nadie más. Mi familia son ellos. Mi familia es ella.Ella baja el pasillo. Está de blanco, pero no demasiado. Simple, elegante, luminosa. Me mira, y en sus ojos lo veo todo. Nuestra primera noche, nuestra primera mañana, nuestra primera discusión, nuestro primer perdón. Veo Venecia, París, Bretaña. Veo el futuro. Veo hijos quizás, canas seguro, manos arrugadas sostenidas en las mías.— Estás hermoso, murmura ella al llegar.— Tú lo eres todo, respondo.Intercambiamos nuestros votos. Los suyos son largos, escritos, perfectos. Hablan de paciencia, de espera, de confianza. Hablan del hombre que no decía te amo y que ahora lo grita en el viento.Los míos son cortos. Porque no necesito largos discursos.— No sa
La invitaciónELSALa primera vez que vi el sobre, creí que era un error.Era un martes de noviembre, el tipo de día gris en que París parece una postal descolorida. Volvía del trabajo, cansada sin razón, como siempre. Mis pasos resonaban en la escalera de mi edificio del distrito once, esa escalera que subía desde hacía dos años sin mirar realmente las paredes, los escalones, las puertas. Solo un camino mecánico entre la calle y mi apartamento.Estaba ahí, deslizado bajo mi puerta.Papel grueso, color crema, que parecía absorber la luz en lugar de reflejarla. Mi nombre escrito a mano con una letra antigua, casi caligráfica, con trazos gruesos y finos como ya no se hacen. Sin sello, sin dirección del remitente. Solo mi nombre, trazado con una aplicación que hacía cada letra inquietante.Elsa.Me quedé inmóvil en el rellano, con la llave en la mano, mirando ese sobre como si fuera a moverse. Mi corazón







