LOGINELSA Miro el cuchillo. El cuenco. Sus ojos claros. —¿Quieres que yo...? —Que te abras. Que te cortes. Que des un poco de ti, aquí, delante de nosotros. Que llenes este cuenco con tu sangre. —Va a doler. —Sí. —¿Por qué debería aceptar? —Porque quieres saber hasta dónde puedes llegar. Porque quieres sentir lo que es dar de verdad, no solo el cuerpo, sino la sustancia misma. Porque quieres ser de los nuestros, y para eso hay que pagar un precio. La sangre es el precio. Miro el cuchillo. Mi mano tiembla, todo mi cuerpo tiembla. El miedo es tan fuerte que me dan ganas de vomitar, de huir, de gritar. —No puedo. —Puedes. La pregunta es: ¿quieres? La misma pregunta que la víspera. La misma elección. Irme o quedarme. Huir o ir más lejos. La puerta siempre está abierta, lo sé. Nadie me retiene físicamente.
Lena sonríe. Sus labios se estiran lentamente, revelando dientes aún blancos a pesar de los años. —Mañana, la segunda noche. La ofrenda. ¿Crees que aceptará? —Aceptará. Está lista. No lo sabe aún, pero está lista. La vi cuando tomó el cuchillo... no, todavía no, mañana. Pero la vi en sus ojos. Ese brillo. Tiene sed de entregarse. Lanzo una última mirada a la chica dormida. Elsa. Me gusta su nombre. Le va bien. Dulce y duro a la vez. Como ella. —Ve a descansar —le digo a Lena—. Mañana será largo. —Tú también. —Voy a velar un poco más. Ella asiente, posa una mano en mi brazo al pasar, un gesto de afecto antiguo, luego se aleja por el pasillo. Sus pasos disminuyen, se desvanecen. Me quedo ahí, mirando a Elsa dormir. Mañana, ella ofrecerá algo de sí misma. Un sacrificio. Una parte de ella que aún no conoce. Sangre, carne, dolor voluntario. La
Sí. Es eso. Esa sensación que nunca había experimentado, que ni siquiera habría sabido nombrar. Ser tomada, poseída, invadida. No estar nunca más sola, porque incluso en la soledad, llevaré sus marcas, su olor, su recuerdo. No es solo sexual. Es más profundo. Es existir por fin en la mirada de los otros. Existir lo suficiente para que quieran tocarte, tomarte, marcarte, guardarte.—Voy a correrme —murmuro.—Todavía no. No sin permiso.Hace un gesto imperceptible. Enseguida, las manos se detienen. Desaparecen. Me quedo sola sobre el altar, temblorosa, con el aliento corto, al borde del abismo, frustrada y colmada a la vez.—La primera noche ha terminado —dice—. Has sido abierta. Ahora, vas a descansar. Mañana, la segunda noche. La de la ofrenda.Me tiende la mano. La tomo, me ayuda a levantarme. Mis piernas flaquean, me apoyo contra él un segundo, el tiempo de recuperar el equilibrio.Estoy desnuda, marcada de dedos rojos, el
ADRIENSe quitó el abrigo primero.Lentamente —sus dedos temblaban tanto que tardó casi un minuto en desabrochar los tres botones—. El abrigo cayó al suelo, recogido enseguida por una mujer enmascarada que se acercó sin ruido, como una sombra.Luego su jersey. Lo agarró por el cuello y lo pasó por su cabeza. Su cabello se esparció, eléctrico, cayendo en desorden sobre sus hombros. Llevaba un sujetador blanco simple debajo, práctico, sin pretensión.Sus zapatos. Se agachó para deshacer los cordones, lentamente, tomándose su tiempo. Quizás para retrasar lo inevitable, quizás para saborear cada etapa. Cuando se enderezó, sus pies descalzos sobre la piedra fría, se estremeció.Sus vaqueros. Desabrochó el botón, bajó la cremallera, y dejó deslizar la tela por sus piernas. Recogidos de nuevo por una mano anónima. Se quedó un segundo en equilibrio, el tiempo de quitarse completamente los vaqueros, luego se enderezó.Solo quedaban e
ELSALa rotonda me cortó el aliento.Era una sala circular, inmensa, de techo alto —al menos cinco metros, quizás más—. Las paredes eran de piedra vista, esa misma piedra que en el pasillo, pero aquí estaba esculpida, trabajada, cubierta de frescos y bajorrelieves que no podía descifrar en la penumbra. Decenas de velas ardían por todas partes, posadas sobre soportes de hierro forjado, en nichos cavados en la piedra, en el suelo mismo, creando una atmósfera de catedral pagana.En el centro, estaba el altar.Una losa de piedra negra, maciza, pulida por los años —por los cuerpos, comprendí más tarde—. Brillaba suavemente a la luz de las llamas, como si absorbiera su calor y lo restituyera en un resplandor sordo. Alrededor, dispuestas en círculo, había banquetas de terciopelo rojo, cojines oscuros, tapices espesos que caían del techo hasta el suelo, ahogando los sonidos, creando una intimidad casi opresiva.Y estaban ellos.
Abrí.La puerta giró sobre sus goznes sin ruido —los engraso yo mismo cada semana, cada detalle cuenta—. Ella estaba ahí, frente a mí, sus grandes ojos alzados hacia mi rostro. En la penumbra de la calle, no podía ver gran cosa de mí, solo una silueta oscura en el marco.Pero yo la veía.Lo veía todo. Las finas líneas de tensión alrededor de su boca. La forma en que sus dedos apretaban el teléfono en su bolsillo. El ligero temblor de sus labios. Y sus ojos, sobre todo. Sus ojos que me miraban como si yo fuera a la vez la salvación y la condenación.—Elsa.No era una pregunta. Sabía quién era. Lo sabía todo de ella desde hacía semanas —su dirección, su trabajo, sus hábitos, sus fallas—. No se elige a una recluta al azar.—Sí —respondió, la voz estrangulada.—Entra.Me aparté. Detrás de mí, el pasillo oscuro se abría como una garganta. Las velas parpadeaban, el incienso perfumaba, el silencio era absolut







