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Obstáculos

Author: xRaconteurr
last update publish date: 2026-08-06 06:05:01

Miércoles, 31 de diciembre del 2015 - 22:10 hs. 

Salomé estaba presente físicamente, pero su mente vagaba en otra parte. No podía culparla. El impacto de ese primer contacto, después de tantos meses de ausencia, había sido abrumador en demasiados sentidos. Esos sentimientos que yo juraba haber enterrado en lo más profundo de mi ser salieron a flote sin pedir permiso, exigiéndome que protegiera a la mujer vulnerable que temblaba a mi lado. Juré que nunca volvería a sentir esa punzada de debilidad junto a ella. De repente, el pasado dejó de importar. Me dio igual la traición, me dieron igual las mentiras, e incluso me importó un carajo que llevara en su vientre la prueba irrefutable de mi destrucción.

En ese instante, mi única prioridad era asegurarme de que ella estuviera bien.

Y era evidente que el primer paso tendría que darlo yo. Ella permanecía rígida como una figura de porcelana, con las piernas juntas y las manos entrelazadas sobre su regazo. Su mirada escapaba hacia cualquier rincón de la casa: la enorme alfombra color burdeos, las pesadas cortinas rojas de cedro o el rústico ventilador del techo. Cualquier punto muerto era mejor que hacer contacto visual conmigo. Sus nervios eran palpables, casi asfixiantes. Yo, por el contrario, no tuve que esforzarme. El miedo se había esfumado. Sabía exactamente qué hacer, cómo actuar y qué terreno pisaba. Estaba mentalmente blindado para lo que la noche me tuviera preparado.

—Estás preciosa. —Rompí el hielo, forzando una sonrisa amable mientras intentaba buscar sus ojos detrás de esa espesa cortina de cabello.

—Gracias. —Su voz fue apenas un murmullo—. Pero no es cierto...

—¿Que no? —Solté una risa corta—. ¿Ya me viste bien? Si te contara la humillación que nos hizo pasar tu hermana por no traer esmoquin...

Muy despacio, Salomé levantó el rostro. Sus ojos finalmente chocaron con los míos. Bingo, pensé. Intenté alargar esa conexión todo lo posible, ignorando el ruego silencioso en su mirada llorosa que pedía apartar la vista. Pero cometí un error. Me distraje. Mi atención fue secuestrada por esa maldita cicatriz en forma de 'S' que coronaba su ceja derecha.

—No... —susurré de inmediato, intentando retenerla—. Déjame verte.

—No quiero. —Escondió el rostro de nuevo—. Me da vergüenza.

—¿Segura que es por eso? —Lancé el dardo con suavidad—. ¿O simplemente no soportas mirarme a la cara?

—¡No! —Levantó un poco la voz, aunque sus ojos siguieron clavados en la alfombra—. Llevo toda la semana esperando este momento. Pero...

—No te preocupes. —Alcé las manos en señal de paz, notando cómo la situación la estaba ahogando—. Sin prisas, ¿de acuerdo?

—De acuerdo...

Iba a necesitar mucha más paciencia de la que había calculado. Las cicatrices no eran un detalle menor. Sabía que su recuperación se había complicado por no llevarla a urgencias a tiempo, pero jamás esperé un impacto visual tan crudo. Para una mujer joven y tan atractiva como ella, la amenaza de cargar con esas marcas de por vida debía ser un tormento psicológico brutal. Había factores que yo ni siquiera había considerado. La realidad siempre superaba a la teoría.

Aun así, la noche era joven. Teníamos tiempo de sobra para acoplarnos el uno al otro, o al menos eso intentaría para no irme con las manos vacías. Lo vital era mi propia calma.

—¿Cómo te trata la vida por aquí? —Tanteé el terreno, buscando que se relajara—. Tu hermana me dio un recorrido rápido y... el contraste con la ciudad es brutal.

—Ya... —respondió en un tono apagado—. Aunque yo no salgo mucho a la calle. El cambio de ambiente tampoco es que me haya afectado demasiado.

—Entiendo. —Asentí, observándola de perfil—. ¿Y la convivencia? Imagino que soportar el carácter de Zamira bajo el mismo techo todo el día no debe ser tarea fácil.

—Qué va... —Una sombra de sonrisa asomó en sus labios—. No sé qué habría sido de mí sin Zami estos meses. Me ha salvado la vida.

—Lo sé. —Le devolví la sonrisa—. Detrás de esa armadura de hierro que le gusta usar, tiene un corazón enorme. Me consta.

—Pues sí. —Alzó levemente el rostro. Amagó con mirarme a los ojos, pero su vista se detuvo a la altura de mi pecho—. Y tú... ¿Tú cómo estás?

—¡Chicos, a cenar!

Un 31 de diciembre a las diez y media de la noche, era lógico que la anfitriona tuviera prisa por servir antes de que nos dieran las campanadas. Pero mandar al diablo el contexto de la única conversación productiva que estaba logrando sacar adelante... Apreté la mandíbula, disimulando mi enojo cuando Aura apareció, tomó a Salomé de la mano y se la llevó al comedor. Me quedé desconcertado. ¿Acaso esta chica no entendía la tensión radiactiva que había en su propio salón? Supuse que Zamira la habría puesto al tanto de todo para evitar interferencias, pero al cruzarme con mi cuñada en el umbral y verla pedir disculpas con la mirada, mis dudas se disiparon.

—El colmo, Zamira... —mascullé al pasar a su lado.

—¡Lo siento! —Se excusó en un susurro desesperado—. Dijo que no iba a recalentar el solomillo por tercera vez. No pude frenarla.

Tragué saliva y entré al comedor con mi mejor cara de póker. Me senté en el primer asiento libre, a la izquierda de la mesa, dejando la cabecera para la dueña de la casa. Salomé se acomodó a mi lado, mientras que Zamira y Cristian se ubicaron frente a nosotros. El protocolo dictó silencio absoluto hasta que Aura tomó asiento y dio la orden oficial.

—¡Pues bien, a comer! —anunció con una euforia que desentonaba por completo con nuestro funeral silencioso.

Todos atacamos los platos de inmediato. La comida era un espectáculo, pero mi cerebro seguía maquinando los pasos a seguir durante la noche. A mi lado, Salomé picoteaba la ensaladilla sin ganas, con la mirada perdida. Cristian y Zamira, en un esfuerzo táctico por salvar la velada, comenzaron a lanzarse sus habituales dardos envenenados y a revivir anécdotas recientes que ya nos sabíamos de memoria.

El ambiente alcanzó una falsa normalidad. Hasta que Aura decidió clavar su mira láser directamente en mi frente.

—¿Y tú qué, Damián? —Me deslumbró con una sonrisa radiante—. ¿Qué novedades tienes?

—¿Yo? —Parpadeé, sorprendido—. Poco, la verdad. Aprovechando los días libres, que el viernes toca volver a la oficina.

—A la oficina, claro. —Entrecerró los ojos con astucia—. Tengo entendido que ocupas un cargo bastante alto en una empresa muy importante.

—¿Ah, sí? —Solté una carcajada seca, desconfiando de inmediato del rumbo de la charla—. No dejo de ser un simple peón que acata las órdenes de cuatro ejecutivos de traje.

—Si tú lo dices... —Mantuvo su sonrisa inocente—. Pero me imagino que tu cuenta bancaria debe estar muy bien respaldada, que es lo que cuenta.

—¡Aura! —Zamira intervino de golpe, forzando una risa nerviosa—. ¡Es de pésima educación hablar de dinero en la mesa!

—¿Qué tiene de malo? Estamos en confianza, ¿verdad? Ojalá yo pudiera presumir un sueldo así... —Aura se encogió de hombros, ignorando la tensión que empezaba a endurecer la mandíbula de Cristian—. Al fin y al cabo, tú tampoco cobras mal en la cafetería, Zami. No te puedes quejar.

—Me alcanza para mis gastos y algún capricho ocasional. —Aura me clavó la mirada de nuevo, implacable—. Pero si tuviera que mantener una casa, una pareja... y hasta un hijo... ¿Tú podrías, Damián? Es decir, ¿tu sueldo daría para tanto?

El sonido de un cristal estallando contra el suelo nos hizo saltar a todos. Maldiciendo entre dientes, Cristian se puso de pie con la camisa empapada en vino tinto. Me agarró del brazo y me arrastró con él hacia el cuarto de baño, bajo la excusa de pedirme una de las mudas extra de mi bolso, dejando a las chicas lidiando con el desastre de vidrios rotos.

—Lo siento, pero no lo soportaba más. —Lucho se apoyó contra la puerta del baño en cuanto la cerramos.

—No sé si darte las gracias o decirte que perdiste la cabeza. —Negué lentamente, descolocado por el giro brusco de los eventos.

—Estas dos te quieren encasquetar al niño. —Soltó de golpe, apretando los puños—. Y mira que le advertí a Zamira que no intentaran ninguna estupidez.

—Frena un poco. —Alcé las manos, intentando enfriar su furia—. Solo están tanteando el terreno. Era parte de lo que esperábamos que hicieran, ¿no?

—¡Qué van a estar tanteando el terreno ni qué nada! —Lucho caminaba en círculos, fuera de sí—. ¡Van a la yugular!

—Pues que vayan a la yugular si quieren. —Me apoyé en el lavabo, cruzándome de brazos—. ¿Tan poca fe me tienes que crees que dejaré que dos mujeres decidan por mí en un tema tan delicado?

—Tanta sonrisita y tanto escote pueden nublarle el juicio a cualquiera. Yo solo te advierto que abras los ojos.

—Deja las paranoias para después. —Fruncí el ceño—. Me preocupa mucho más que se instalen como guardaespaldas toda la noche. Ya viste cómo cortaron mi charla a solas con Salomé...

—Por eso ni te estreses. —Señaló con el dedo, muy seguro de sí mismo—. Llegado el momento, yo me encargo de neutralizar a ese par.

—¿Seguro?

—Completamente. Pero tendrás que aguantar hasta que pasen las campanadas.

—De acuerdo. —Asentí, procesando el plan—. Confío en tu criterio.

—De todos modos, camina con cuidado. —Endureció la mirada—. Zamira puede adorarte, pero su lealtad absoluta es hacia su hermana. Si intuye que la noche no favorece sus intereses, no dudará en boicotearte.

—Entendido. Despreocúpate. —Rebusqué en mi bolso y le arrojé una camisa marrón al pecho—. Mientras consiga aislarme con Salomé, el resto me importa un carajo.

—Después de medianoche, la pista es tuya. Tienes mi palabra.

—Gracias. Eres mi puto ángel de la guarda.

—Yo solo quiero que salgamos de aquí con el menor daño posible... —Se encogió de hombros mientras se desabotonaba la camisa manchada—. Y que Zamira se deje follar en paz esta noche, claro está.

—Eres un imbécil... —Negué con la cabeza, conteniendo la risa—. Cámbiate de una vez.

—Te van a seguir acribillando con preguntitas venenosas en la mesa, ¿lo sabes, verdad?

—Sí, y escúchame bien. —Lo señalé, muy serio—. Déjame manejarlo a mí. Necesito que Salomé no se ponga a la defensiva para que podamos hablar claro más tarde. Si tú abres la boca y sueltas una de tus dagas, vas a arruinar el terreno. ¿Queda claro?

—Lo intentaré. —Hizo una mueca de fastidio—. Pero no garantizo milagros. La rubia esa me está sacando de quicio.

—A mí también. Pero contrólate, por favor.

—¡Hecho! Volvamos al ruedo.

Aunque me proyectaba sereno y preparado para los misiles que cayeran en la cena, la suma de tantos factores externos me estaba drenando la energía. Sin embargo, era realista: no habría otra oportunidad como esta para acorralar la verdad. No mientras Zamira respirara cerca. Debía tragarme el orgullo, ser paciente y fabricar ese momento a solas a toda costa. Necesitaba que Salomé se derrumbara, que escupiera todo lo que llevaba dentro y que, de paso, escuchara mi versión del infierno.

Necesitaba esa charla urgente para poder tomar una maldita decisión. Porque a las once y cuarto de la noche de ese 31 de diciembre, mi cabeza seguía siendo un absoluto caos.

Y me importaba una m****a lo que mis amigos o las anfitrionas opinaran al respecto.

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