LOGINMiércoles, 31 de diciembre del 2015 - 21:15 hs.
Al escuchar el sonido de la puerta, agudicé el oído para intentar descifrar las diferentes voces que provenían del umbral. Únicamente logré distinguir las de Zamira y la de, presumiblemente, su amiga Aura. Cristian, en un tierno intento de darme ánimos, me apretó la mano con fuerza. Acto seguido, me invitó a ponerme de pie para recibir de una manera más presentable a nuestras anfitrionas.
Zamira irrumpió en el salón con unas cuantas bolsas y un pequeño golden retriever moviendo la cola pegado a sus pies. Nadie más la siguió. Venía sola.
—Las chicas se están cambiando... —aclaró enseguida, al notar que me había quedado paralizado—. A diferencia de ustedes, a ellas sí les importa estar bien vestidas esta noche... ¡Ah, ella es Sunny! La perrita de Aura.
—Qué bonita... —fue lo único que atiné a murmurar, decepcionado por este nuevo amague del destino—. Por cierto, ¿y Luna?
—En el piso de arriba estará... —dijo, colocando minuciosamente dos botellas de vino en cada extremo de la mesa—. Esa gata solo aparece cuando Salomé está cerca.
—Me alegra oír eso, la verdad... No te das una idea de lo que costó que se llevaran bien.
—Sí... bueno —cortó Lucho, sin disimular su nulo interés en el tema—. ¿Esperamos en el salón? Tengo los huevos entumecidos de tanto esperar de pie.
—Sí, ¿por qué no? —respondió Zamira, ignorando el exabrupto y forzando una sonrisa que no auguraba nada bueno—. Si total... aquí hemos venido a hacer lo que nos dé la gana, ¿no?
Sin darnos tiempo a responder, enfiló por el pasillo hacia el recibidor y se perdió escaleras arriba, echando humo por las orejas. Podría decir que me importaba lo que pensara Zamira, pero estaría mintiendo descaradamente. Me preocupaba mucho más descifrar a qué venía toda la escena de antes. Aunque, teniendo en cuenta su desesperación por que volviera con su hermana, seguramente la supuesta "confesión" de Salomé no sería plato de buen gusto para mí.
De todas formas, Lucho, que captó de inmediato mi intranquilidad, tuvo el detalle de esbozarme por encima lo que se estaba cociendo. Aunque medía sus palabras para no cagarla con Zami, mi buen amigo se encargó de despejarme un par de dudas para que mi cabeza dejara de dar vueltas.
—Salomé va a intentar explicarse, Damián.
—¿Qué?
—Que quiere darte explicaciones de todo lo que pasó... Vamos, lo que nos imaginábamos antes de venir.
—Ya... Suponía que los tiros iban por ahí —murmuré, pensativo—. Es... lo normal, ¿no? Lo que no termino de entender es por qué Zamira no quiere que lo haga.
—Ella cree que puede ser contraproducente para... sus propios intereses, ¿me sigues? Teme que... —dudó—. Teme que, entre confesión y confesión, la cosa se ponga turbia y...
—¿Y qué? ¿Tiene miedo de que le levante la mano o algo así? —reí con amargura—. Dejemos de exagerar, por favor.
—No es eso, animal... El caso es que Zamira teme que Salomé te dé más información de la que realmente necesitas saber, ¿comprendes?
—Vamos a ver, Lucho... —suspiré profundamente—. Las cosas ya pasaron... y ahora estamos como estamos. Los errores ya se cometieron y no podemos hacer nada para borrarlos, ¿cierto? Es lo que llevamos semanas discutiendo Román, tú y yo.
—Si yo entiendo tu punto. El problema es que... —volvió a titubear—. Ella cree que el escenario de hoy es perfecto para que vuelvan a estar juntos, Damián... Y le aterra que todo se vaya a la m****a por empezar a remover las cenizas del pasado.
—Joder —reí con sequedad—. Si la cosa se tiene que ir a la m****a, se irá con explicaciones o sin ellas... Lo de hoy es algo más... no sé, ¿visceral? No estoy aquí para recriminar nada, Lucho... Lo que busco es... bueno, ver si algunas sensaciones siguen vivas entre nosotros.
—De acuerdo, está bien. Solo quería que entendieras un poco el porqué de la actitud de Zamira.
—Está todo perfecto. No te preocupes por eso. A ver si no tardan en bajar...
—¡Genial, entonces! ¡Ahora que se te ha quitado la cara de estatua, podemos dejar bien claro que yo no te he dicho una sola palabra, ¿vale?!
—Que sí, Lucho... Tú tranquilo.
—No. Tranquilo tú, cabrón. Que parecías un fantasma hasta hace un segundo.
—Estoy bien, Lucho —sonreí, devolviéndole una buena palmada en el muslo—. Ya estamos aquí, ¿no? Los nervios pasaron a ser secundarios. A partir de ahora lo único que cuenta son los hechos.
—¡Ese es el Damián que queríamos ver, maldita sea! Mantente así de centrado y vas a ver cómo se te quitan las ganas de mirarle el culo a mi chica.
—¡Que te calles ya con eso, idiota!
—¡Ja, ja! Te voy a tener con correa hasta que nos larguemos de aquí. Eso te lo garantizo.
Así estuvimos, picándonos e insultándonos durante una media hora más. El vértigo que me congelaba la sangre fue transformándose gradualmente en un cosquilleo inofensivo gracias a ese rato a solas con mi mejor amigo. Aunque, por más distendido que me sintiera, mis ojos no podían despegarse de las escaleras.
Y, a lo tonto, dieron las diez de la noche...
—Parece que no eres el único que está temblando... —sugirió Lucho, sonriendo de medio lado mientras miraba su reloj por enésima vez.
—¿Por qué lo dices?
—Es imposible que tarden tanto en vestirse... Ahí arriba alguien tiene tantas dudas como tú.
—Son mujeres, Lucho... Y es Nochevieja.
—No seas iluso... Ya te digo yo que en este preciso instante están tratando de convencerla para que baje.
—Y aunque así sea, ¿qué más da? —repliqué, hastiado de que la espera se estirara tanto y frustrado por no poder hacer nada—. Ya bajarán cuando estén pre...
Estaba a punto de mandarle a cerrar la boca a Cristian, cuando Zamira se materializó en lo alto de las escaleras. Parecía de mucho mejor humor y venía acompañada de su amiga Aura, una chica rubia de pelo largo, ojos verdes y complexión delgada, dueña de un rostro tremendamente atractivo. Ambas se quedaron clavadas en el descansillo, mirando hacia el rincón que nosotros no podíamos ver, como si intentaran arrastrar con la mirada a la persona que faltaba.
—¿Ves? —me susurró Lucho, con la sonrisa del que acaba de ganar una apuesta.
Pero yo ya no tenía cabeza para sus bromas. Toda mi existencia se concentró en lo que ocurría en ese punto ciego, donde Aura y Zamira seguían insistiendo. El corazón me martilleaba las costillas, el pecho me ardía y la cabeza me daba vueltas a una velocidad enfermiza. El vuelco definitivo ocurrió cuando, harta del tira y afloja, Zami agarró a Salomé del brazo y la expuso ante nosotros de un solo tirón.
—Ea —anunció Aura, risueña—. Ya estamos.
Y aquí es donde los manuales dictan que debería relatar cómo me deslumbró su belleza. Cómo me quedé sin aliento al verla más hermosa que nunca tras tres largos meses. Debería decir que la mandíbula se me desencajó al ver ese vestido blanco entallado, sin escote pero perversamente revelador, que le cubría hasta medio muslo. Podría poetizar sobre cómo su melena negra, cayendo en ondas relucientes sobre sus hombros, me transportó a aquellas mañanas en las que despertaba a su lado solo para observarla dormir. Hasta podría mentir diciendo que hice un esfuerzo titánico para no clavar los ojos en su vientre, el cual, sin ser descomunal, se marcaba indudablemente bajo la tela ajustada.
Todo eso podría haber ocurrido. Pero mi cuerpo, mi alma y mi cerebro se cortocircuitaron en el instante exacto en que mis ojos chocaron con las horribles cicatrices que surcaban su rostro.
El instinto me impulsó hacia ella de forma automática. Levantarle la barbilla con delicadeza, sentir el escozor en el pecho al ver sus ojos anegados en lágrimas, maldecir internamente al comprender que esas marcas tardarían una eternidad en borrarse de su piel perfecta... todo sucedió en un arrebato incontrolable. La envolví en un abrazo como hacía una vida que no lo hacía, y ella rompió a llorar contra mi pecho. Nos habríamos quedado fundidos el uno en el otro de no ser por las tres personas que, en ese milisegundo, sobraban por completo en nuestro universo. Ese reencuentro pulverizó mis expectativas; fue infinitamente más profundo, o infinitamente más doloroso, dependiendo del cristal con el que se mirara.
No cruzamos una sola palabra. Las palabras sobraban. La intensidad del abrazo y la amargura de las lágrimas hablaron por nosotros. Por eso no sentí el menor pesar cuando Zamira, con los ojos vidriosos y una sonrisa triunfal, nos guió hacia el salón, dejando atrás a un Cristian completamente descolocado que no sabía ni dónde esconder la mirada.
Fue Aura quien, por suerte, decidió romper el hielo.
—¡Yo soy Aura! —se presentó, dirigiéndose a mí y luego a Cristian, intercalando miradas con una sonrisa que no le cabía en el rostro.
—L-Cristian, ¡un placer! —balbuceó Lucho, todavía orbitando en otra galaxia, despachando el saludo con un beso en cada mejilla.
—Damián —me presenté a secas, aferrado como un salvavidas a la mano de Salomé, la cual no había soltado ni por un segundo.
—¡Encantada! —exclamó ella, dándome dos besos rápidos—. ¡Me hacía muchísima ilusión conocerte, Damián! ¡He oído hablar mucho de ti!
—Vaya... —reí, forzando cortesía—. Espero que cosas buenas.
—¡Maravillas! Las expectativas están por las nubes.
—Pues espero estar a la altura.
—¡Bueno! —interrumpió Zami, dando una palmada—. ¡¿Quién tiene hambre?!
—Yo... —saltó Lucho de inmediato, desesperado por huir de la tensión del salón—. Ese solomillo tiene una pinta que...
—Pues habrá que darle un golpe de horno, ¡que con la espera seguro se ha quedado helado! —apuntó Aura, aparentemente inmune a la densidad del ambiente.
—¡Pues acompáñanos a la cocina y le vas dando el visto bueno! —le ordenó Zamira a mi amigo, dejando claro como el agua que su presencia allí estorbaba.
—Eh... ¡Sí! Vamos. Y ya voy catando.
—De ti también me han contado unas cuantas cosas, Cristian —le soltó Aura mientras se alejaban, dándole un codazo cómplice a Zamira.
—Calla, anda... —la frenó mi cuñada—. Que este se viene arriba con nada...
—El día que me veas venido arriba te juro que no vas a querer que me baje, muñeca.
—¡Vaya! —se sorprendió Aura—. ¿Pero no te lo habías...?
—¡Aura! ¡A la cocina y cierra la boca!
Mientras el comité de bienvenida desaparecía para regalarnos intimidad, yo me acomodé junto a Salomé en el sofá más pequeño del salón. Ella, sin dar la menor señal de querer articular palabra, me siguió dócilmente, aferrada a mi mano y sin atreverse aún a levantar la vista.
Fue en ese preciso instante de silencio cuando comprendí que las cosas iban a ser infinitamente más complejas de lo que había proyectado. Todas las elucubraciones, campañas de reconquista, posibles mentiras o excusas preparadas que mis amigos y yo habíamos barajado durante semanas, acababan de saltar por los aires. Esta reunión no trataba sobre estrategias. Trataba sobre dos almas destrozadas intentando reconocerse; dos personas perdidas en la oscuridad buscando desesperadamente la mano del otro para volver a la luz. En ese segundo, el único triunfo era que estábamos juntos bajo el mismo techo. Que, por fin, volvíamos a tenernos cerca.
Todo lo demás podía esperar.
Hemos llegado, por fin. ¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿1 año? ¿1 año y medio? Vaya viaje, estimados amigos…No pensaba escribir nada. De hecho, voy improvisando a medida que me va llegando la inspiración. Como aquella mañana, hace tiempo ya, luego de haber pasado una noche entera llorando luego de perder mi contrato en otra plataforma, cuando me senté en la silla de mi ordenador con ese cosquilleo tan fuerte en el estómago. No como los de Damián y Salomé, obviamente. En mi caso, esa sensación vino provocada por un arrebato de creatividad como nunca antes en mi vida había tenido uno.“¿Por qué no?”, me dije a mí mismo.Siendo yo un fan acérrimo de este tipo de relatos de infidelidad no consentida, me sentí en la obligación de traer esta deslumbrante historia a este lado del mundo, utilizando la escritura como única herramienta, a mí manera, con mis propios personajes y desde la más absoluta humildad.El resultado es este, estimadas lectoras y por supuesto, lectores. Pudo haber sido mejor,
—Siento mucho todo, Damián… —me dijo, sin despegarse de mí, al cabo de un buen rato en el que ambos nos habíamos quedado en silencio, escuchando el canto de los pajaritos y los apacibles sonidos que provenían desde el tranquilo lago.—Ya da igual, Salomé…—Siento que hayas tenido que pasar por todo esto —continuó, sin escucharme—. Siento que te hayas tenido que ver en la obligación de escuchar todo esto… Cualquier otra persona habría cortado por lo sano, pero tú me diste la oportunidad de explicarme…—Porque todos merecemos que se nos escuche cuando nos equivocamos, Salomé… —respondí, pensativo, perdiendo la vista en el horizonte durante un breve instante—. Da igual lo que hayas podido hacer, o a quien hayas podido lastimar, siempre debes tener el derecho de, por lo menos, poder explicarte…—Eres demasiado bueno, Damián… —musitó, acurrucándose más contra mi pecho, cogiéndose con fuerza del pecho de mi camisa—. Lo siento mucho, de verdad. Lo siento con todo mi corazón, Damián.Sólo pud
—¿No deberías arrepentirte de haberte quedado embarazada de ese sujeto, ¿no crees?—¿Cómo que no? —respondió, frunciendo el ceño y negando con la cabeza—. Es de lo que más me arrepiento de todo. Si esto no hubiese ocurrido, las cosas podrían ser muy diferentes ahora mismo.—Pero, ¿por qué tendrías que estar arrepentida de tener un hijo con una persona a la que amas?—¡Ya te he dicho que no lo amo! —exclamó, de pronto, dando una fuerte palmada al pasto—. ¡Nunca lo he amado, Damián!—Eso es lo que menos me cuadra de todo, Salomé… —dije yo, pasándome la mano por la frente y luego por la cara—. ¿Cómo haces para creer que estás enamorado de alguien? No lo entiendo, por más que lo intente.—¿Qué parte no entendiste de que Fernando me engañó para que yo me sintiera así?—¿Te engañó para que tú te sintieras así? —pregunté, haciendo énfasis en toda la extensión de la frase.—¡Sí!—Por lo tanto, hubo un momento en el que sí que te sentiste así.—Pero, porque él… —se detuvo y me miró como si no
Jueves, 1 de enero del 2016 — X —Duro, ¿no?Ahí, a la sombra de uno de los esbeltos y colosales nogales que decoraban parte de las orillas de aquel lago que perduraría en mis recuerdos todo lo que me quedara de vida, Salomé, después de tanto escarbar y escarbar, había logrado encontrar el valor que tanto había estado buscando para dar conclusión a nuestra reunión. Ya no había dudas en sus ojitos, tampoco vergüenza en sus gestos. La niña pequeña había desaparecido para dar lugar a una mujer que acababa de asumir todas sus responsabilidades ante el hombre al que le había sido desleal. Se habían acabado los momentos de indecisión, las vacilaciones y cualquier otro tipo de disyuntiva con respecto a lo que debía hacerse. Ya estábamos ahí, uno delante del otro, preparados y seguros, listos para escudriñar cada detalle que pudiese haber quedado sin explicación entre todos esos secretos que Salomé había decidido sacar de su armario particular. Todo aquello que había puesto nuestras vidas pat
Me desperté al día siguiente, mareado, sobre las 10 de la mañana. Dami se había quedado a pasar la noche conmigo porque no me había visto muy bien. Él tampoco había podido dormir mucho. Le agradecí su preocupación, pero enseguida me aclaró que estaba muy decepcionado conmigo, que si se había quedado a cuidarme había sido por pura humanidad.Se fue a los diez minutos de tener esa charla, pidiéndome por favor que dejara pasar un tiempo antes de volver a contactar con él. Que tenía que poner sus pensamientos en orden.Me quedé solo. Solo como hacía tres años. Solo como durante toda la secundaria.Decidí que me quedaría en casa de mis padres durante un tiempo. Ya en frío, me pareció la mejor opción. Fueron dos semanas… Dos largas semanas en las que casi no salí de la cama, en las que no respondí ninguna llamada, en las que no quise saber nada del mundo. No comía, apenas bebía, apenas hacía nada que no fuese dormir o mirar al techo…Cuando regresé a la residencia, todos esos días después,
Ahí mismo, librándose de mi mano como si no fuera nada, se agachó y comenzó a hacerme una mamada de campeonato. Me cogió la polla con una mano y se la metió en la boca hasta la garganta, haciendo chocar sus labios contra mi vello púbico. Así arrancó con un mete saca tan violento como pringoso, dejando todos sus mocos a lo largo de todo el tronco, resbalando por mis huevos y su barbilla, cayendo en el suelo, dejándolo todo perdido.—Pues tienes más aguante de lo que pensaba —seguía diciendo, sacándosela de la boca para luego seguir chupándola sin parar, lengüeteando el tronco de arriba abajo—. Aunque debe ser porque acabas de follar, puto cerdo asqueroso…Y no se detuvo hasta que no pude aguantar más. Me corrí en su puta boca y se lo tragó todo, sin desperdiciar ni una sola gota.—Pues aquí se acabó, ¿no? —me decía, pasándose sus flemas por encima de la camiseta, a la altura de las tetas—. Contigo es uno y adiós, ¿no?Y una mierda.A mí esa puta niñata malcriada y caprichosa no me iba







